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domingo, 4 de septiembre de 2022

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Teorías elegantes que jamás funcionaron: el problema de Paul Samuelson

Teorías elegantes que jamás funcionaron: el problema de Paul Samuelson

Michael Hudson 

20/12/2009

Paul Samuelson, el más conocido de los economistas norteamericanos, falleció este pasado domingo. Fue el primer galardonado con el Premio Nobel de Economía (establecido en 1970, el año anterior, por el Banco de Suecia “en honor de Alfred Nobel”). Dicho galardón provocó esta mordaz crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonweal. El artículo se titulaba “¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?)”.

Ya resulta bastante lamentable que el campo de la psicología haya constituido durante tanto tiempo una ciencia no social, al observar las fuerzas motivadoras de la personalidad como algo que se deriva de la experiencia psíquica interna y no, en cambio, de la interacción personal con el entorno social. Algo parecido sucede en el campo de la economía: desde su revolución "utilitarista" hará cosa de un siglo, esta disciplina ha abandonado también su análisis del mundo objetivo y sus relaciones políticas, económico-productivas, en favor de normas más introvertidas, utilitarias y orientadas hacia el bienestar social. Las especulaciones morales relativas a lo psíquico matemático han venido a desplazar a la ciencia otrora social de la economía política.           

En buena medida, la revuelta de esta disciplina contra la economía política clásica británica era una reacción contra el marxismo, que representaba la culminación lógica de la economía clásica ricardiana y su énfasis primordial en las condiciones de producción. Tras la contrarrevolución, la fuerza motivadora del comportamiento económico vino a considerarse como algo que proviene de las necesidades humanas antes que de sus capacidades productivas, la organización de la producción y las relaciones sociales que se siguen de ello. Para el periodo de postguerra, la revolución anticlásica (curiosamente denominada neoclásica por sus participantes) había ganado la batalla. Su más importante libro de texto para el adoctrinamiento fue Economics de Paul Samuelson.

Hoy en día prácticamente todos los economistas reconocidos  son producto de esta revolución anticlásica, que yo mismo me siento tentado a llamar revolución contra el análisis económico per se. Los profesionales reconocidos de la economía descuidan de modo uniforme las condiciones sociales previas y las consecuencias de la actividad económica humana. En esto reside su deficiencia, así como la del Premio de Economía recientemente instituido y otorgado por la Academia Sueca: durante la próxima década por lo menos debe seguir siendo por fuerza un premio para lo que no es economía o para la economía superficial en el mejor de los casos. ¿Debería por tanto concederse en algún caso?           

Este es sólo el segundo año en que se concede el Premio de Economía y la primera vez que se otorga a una sola persona -- Paul Samuelson --, descrito en palabras de un jubiloso editorial del New York Times como “el mayor teórico económico puro del mundo". Y sin embargo el cuerpo de doctrina al que se adhiere Samuelson constituye una de las razones por las que ha ido descendiendo el número de estudiantes matriculados en las facultades de Economía del país. Pues se sienten consternados, me alegra decirlo, por la irrelevante naturaleza de esta disciplina tal como hoy se enseña, se impacientan ante su incapacidad para describir los problemas que acosan al mundo en que viven, y se sienten ofendidos por cómo se aparta en sus explicaciones de los problemas más evidentes que hacían en un principio tan atractiva a sus ojos esta materia.            

El problema de la concesión del Nobel no reside tanto en la persona escogida (aunque me extenderé después sobre las implicaciones de la elección de Samuelson), sino en su designación de la economía como campo científico digno en algún caso de recibir un Premio Nobel. En palabras del comité del Premio, el señor Samuelson ha sido galardonado "por el trabajo científico mediante el cual ha desarrollado la teoría económica estática y dinámica y ha contribuido activamente a elevar el nivel del análisis en la ciencia económica..."

¿Cuál es la naturaleza de esta ciencia? ¿Puede ser "científico" promulgar teorías que no describen la realidad económica tal como se desenvuelve en su contexto económico, y que, cuando se aplican, conducen al desequilibrio económico? ¿Es la economía verdaderamente una ciencia? Por supuesto, se lleva a la  práctica, pero con una notable falta de éxito en años recientes por parte de todas las principales escuelas económicas, de los postkeynesianos a los monetaristas.    

En el caso de Samuelson, por ejemplo, la política comercial que se deduce de sus doctrinas teóricas es el laissez faire. Que esta doctrina ha sido adoptada por la mayoría del mundo occidental resulta evidente. Que ha beneficiado a las naciones desarrolladas, está claro también. Sin embargo, es dudosa su utilidad en el caso de los países menos desarrollados, pues por debajo se encuentra una permanente justificación del statu quo: dejemos que las cosas marchen por si solas y todo llegará (tenderá) a alcanzar un “equilibrio.” Por desgracia, este concepto de equilibrio es la idea más perversa de todas las que asolan la economía de hoy en día, y es justamente este concepto el que Samuelson ha hecho tanto por popularizar. Pues se pasa demasiado a menudo por alto que cuando alguien cae de bruces queda "en equilibrio", lo mismo que cuando está erguido. La pobreza, igual que la riqueza, presenta un estado de equilibrio. Todo lo que existe representa, ya sea sólo brevemente, alguna clase de equilibrio -- es decir, algún balance o resultado--  de fuerzas.      

En ningún lado es tan evidente la esterilidad de esta concepción previa del equilibrio como en el famoso teorema del principio de igualación del precio de los factores, que establece que la tendencia natural de la economía internacional es que salarios y beneficios entre las naciones acaben convergiendo con el tiempo. Como generalidad empírica esto evidentemente no resulta válido. Los niveles de los salarios internacionales y los niveles de vida están divergiendo, no convergiendo, de modo que los países acreedores ricos se están volviendo más ricos mientras los países pobres endeudados se están volviendo más pobres, y a un ritmo que se acelera, para acabar de rematarlo. Las transferencias de capital (inversión y “ayuda” internacionales) si han hecho algo es agravar el problema, en buena medida porque han tenido tendencia a apuntalar los defectos estructurales que obstaculizan el progreso de los países pobres: sistemas obsoletos de tenencia de tierra, inadecuadas instituciones educativas y de formación laboral, estructuras sociales aristocráticas precapitalistas y así sucesivamente. Por desgracia, son justamente esos factores político-económicos los que ha pasado por alto la teorización de Samuelson (como los pasan por alto la generalidad establecida de los economistas académicos desde que la economía política dejó paso a la “economía” hace un siglo).             

A este respecto, las teorías de Samuelson se pueden describir como hermosas piezas de reloj que, una vez montadas, componen un reloj que no da la hora con precisión. Las piezas individuales son perfectas, pero su interacción en cierto modo no lo es. Las piezas de este reloj son los elementos constitutivos de la teoría neoclásica que se añaden a un conjunto inaplicable. Forman un estuche de instrumentos conceptuales diseñados idealmente para corregir un mundo que no existe.

Es un problema de alcance. Los tres volúmenes de ensayos sobre economía de Samuelson representan multitud de aplicaciones de teorías dotadas de coherencia interna (o lo que los economistas llaman "elegantes"), pero ¿con qué fin? Las teorías son estáticas, el mundo dinámico.

En última instancia, el problema se reduce a una diferencia básica entre la economía y las ciencias naturales. En estas últimas, la concepción previa de una simetría última ha llevado a muchos avances revolucionarios, de la revolución copernicana en astronomía a la teoría del átomo y sus subpartículas, sin olvidar las leyes de la termodinámica, la tabla periódica de los elementos y la teoría de campos unificados. La actividad económica no se caracteriza por una simetría similar subyacente. Es más desequilibrada. Las variables independientes o las conmociones exógenas no ponen en movimiento otros movimientos a la contra en compensación, tal como deberían, a fin de aportar un nuevo equilibrio significativo. Si lo hicieran, no habría en absoluto crecimiento económico en la economía mundial, ni diferencia alguna entre la potencia productiva per cápita y los niveles de vida de los Estados Unidos y de Paraguay.   

Samuelson, sin embargo, es representativo de la corriente académica central hoy al imaginar que las fuerzas de la economía tienden a igualar el poder productivo y la renta personal en todo el mundo, salvo cuando se impide mediante las “impurezas”  de la política gubernamental que rompen el equilibrio. La observación empírica lleva mucho tiempo indicando que la evolución histórica de las fuerzas del “libre” mercado ha favorecido cada vez más a las naciones más ricas (aquellas lo bastante afortunadas como para haberse beneficiado de una ventaja económica de partida) retardando de forma correspondiente el desarrollo de los países rezagados.  Precisamente la existencia de “impurezas” políticas e institucionales, tales como programas de ayuda exterior, políticas gubernamentales de empleo ex profeso, y actuaciones políticas afines que han tendido a contrarrestar el “curso” natural de la historia económica, al tratar de mantener cierta equitatividad internacional del desarrollo económico y ayudar a compensar la dispersión económica causada por la economía “natural” que rompe el equilibrio. 

Esta década será testigo de una revolución que derribará estas insostenibles teorías. No son infrecuentes tales revoluciones en el pensamiento económico. Es más, prácticamente todos los postulados económicos destacados y las “herramientas del oficio” se han desarrollado en el contexto de de debates político-económicos que acompañaban a momentos decisivos de la historia económica. Así pues, cada teoría propuesta ha tenido su contrateoría. 

En una importante medida estos debates se han referido al comercio y los pagos internacionales. David Hume, por ejemplo, con su teoría cuantitativa del dinero, junto a Adam Smith y su “mano invisible” del interés propio, se oponían a las teorías monetarias mercantilistas y a las teorías financieras internacionales que se habían utilizado para defender las restricciones comerciales de Inglaterra en el sigloXVIII. Durante los debates en Inglaterra sobre las Corn Laws (Leyes del Grano) unos años más tarde, Malthus se opuso a Ricardo en relación con la teoría del valor y la renta y sus implicaciones para la teoría de la ventaja comparativa en el comercio internacional. Posteriormente, los proteccionistas norteamericanos del siglo XIX se opusieron a los ricardianos, apremiando a que los coeficientes de ingeniería y la teoría de la productividad se convirtieran en nexo del pensamiento económico, más que la teoría del intercambio, el valor y la distribución. Aún más tarde, surgieron la escuela austriaca y Alfred Marshall para oponerse a la economía política clásica (sobre todo a Marx) desde otra posición de ventaja más, haciendo del consumo y la utilidad el nexo de su teorización. 

En la década de 1920, Keynes se opuso a Bertil Ohlin y Jacques Rueff (entre otros) en lo que toca a la existencia de límites estructurales a la capacidad de los mecanismos tradicionales de ajuste de precio y renta para mantener el “equilibrio”, o incluso la estabilidad económica y social. El escenario de este debate fue el problema de las reparaciones germanas. Hoy en día se libra un debate paralelo entre la Escuela Estructuralista, que florece principalmente en América Latina y se opone a los programas de austeridad como plan viable de mejora económica de sus respectivos países, y las escuelas monetarista y postkeynesiana que defienden los programas de austeridad del FMI de ajuste de la balanza de pagos. Por último, en otro debate, Milton Friedman y su escuela monetarista se oponen a lo que queda de los keynesianos (incluyendo a Paul Samuelson) respecto a si son los agregados monetarios o las tasas de interés y la política fiscal los factores decisivos en la actividad económica.            

En ninguno de estos debates admiten (o admitían) los miembros de esta escuela las teorías, ni siquiera los supuestos y postulados subyacentes, de la otra. A este respecto, la historia del pensamiento económico no se ha asemejado a la de la física, la medicina u otras ciencias naturales, en las que un descubrimiento se reconoce con bastante rapidez y el interés nacional propio vinculado al mismo está casi completamente ausente. Sólo en economía se plantea la ironía de que dos teorías contradictorias puedan ambas tener derecho a una superioridad digna de premio, y que el premio pueda agradar a un grupo de naciones y contrariar a otro en el terreno teórico.

Así pues, si el Premio Nobel pudiera concederse a título póstumo, tanto Ricardo como Malthus, Marx y Marshall, tendrían derecho a recibirlo, lo mismo que tanto Paul Samuelson como Milton Friedman fueron contendientes destacados en el Premio de 1970 [Friedman consiguió su Nobel en 1976]. ¿Quién, por otro lado, podría imaginar al destinatario del Premio de Física o Química manteniendo un punto de vista que no fuera universalmente compartido por sus colegas? (Dentro de la profesión pueden, por supuesto, existir diferentes escuelas de pensamiento. Pero no suelen discutir la aportación positiva reconocida del ganador del Nobel en su profesión). ¿Quién podría examinar la historia de estos premios y entresacar a buen número de sus receptores cuyas aportaciones demostraran ser vías falsas o escollos al progreso teórico en lugar de avances (en su día) revolucionarios?

La Academia Real Sueca se ha dejado aprehender por tanto en una serie de incoherencias al escoger a Samuelson para que reciba el Premio de Economía correspondiente a 1970. Para empezar, el premio del año pasado se otorgó a dos economistas matemáticos (Jan Tinbergen, de Holanda y Ragnar Frisch, de Noruega) por su traducción a lenguaje matemático de las teorías económicas de otras personas, y por poner a prueba estadísticamente la teoría económica existente. Por contraposición, el premio de este año se le otorgó a un hombre cuya aportación teórica es en lo esencial de imposible comprobación por la propia naturaleza de sus “puros” supuestos, que son siempre excesivamente estáticos como para hacer que el mundo se detenga en su dinámica evolución con el fin de que puedan “someterse a prueba” (lo que impulsó a una de mis colegas a comentar que el siguiente Premio de Economía debía otorgarse a todo aquel que fuera capaz de probar empíricamente cualquiera de los teoremas de Samuelson).

Y precisamente debido a que la “ciencia” económica parece más semejante a la “ciencia política” que a la ciencia natural, el Premio de Economía aparenta estar más próximo al Premio Nobel de la Paz que al de Química. Deliberadamente o no, representa el respaldo o reconocimiento de la Academia Sueca a la influencia política de algún economista al ayudar a defender alguna medida política gubernamental (presuntamente) loable. ¿Podría por consiguiente galardonarse tan de buena gana con el premio a un presidente norteamericano, a un miembro de un banco central o a alguna otra figura no académica como a un teórico “puro” (si es que tal cosa existe)? ¿Podría concederse igualmente a David Rockefeller por tomar la iniciativa a la hora de rebajar los tipos de interés preferente, o al presidente Nixon por su acreditado papel como guía de la mayor economía del mundo, o bien a Arthur Burns como presidente de la Junta de la Reserva Federal? Si la cuestión es en última instancia la de la política gubernamental, la respuesta habría de ser afirmativa.    

¿O ha de convertirse la popularidad en el criterio principal para ganar el premio? El premio de este año debe de haberse concedido al menos en parte como reconocimiento al libro de texto de Samuelson, Economics, que ha vendido más de dos millones de ejemplares desde 1947, influyendo de este modo en la mentalidad de toda una generación –digámoslo, pues ciertamente no es todo culpa de Samuelson— de anticuados carrozas. La orientación misma del libro ha movido a los estudiantes a apartarse de un mayor estudio de la materia en lugar de atraerlos a ella. Y sin embargo, si la popularidad y el éxito en el mercado de las modas económicas pasajeras (entre quienes han preferido permanecer en la disciplina, en lugar de buscar más jugosos pastos intelectuales en otros pagos) han de tomarse en consideración, entonces el Comité del Premio ha cometido una injusticia al no otorgar el premio literario de este año Jacqueline Susann [mediocre novelista norteamericana de gran éxito popular en los años 70].            

Para resumir, la realidad y la pertinencia, más que la “pureza” y la elegancia, son las cuestiones candentes de la economía de hoy, y las implicaciones políticas, más que las geometrías de anticuario. El error no es por tanto de Samuelson, sino de su disciplina. Hasta que haya acuerdo sobre lo qué es o debería ser economía, resulta tan estéril conceder un premio a la “buena economía” como otorgárselo a un ingeniero que diseñara una maravillosa máquina que no pudiera construirse o cuya finalidad quedara sin explicación. El premio debe así recaer en aquellos aún perdidos en los pasillos de marfil del pasado, reforzando la economía del equilibrio general del mismo modo que no gozará del favor de quienes se esfuerzan por devolver la materia a ese pedestal suyo de la política económica por largo tiempo perdido.     

PS.- Diciembre de 2009. En la época en que escribí esta crítica enseñaba teoría del comercio internacional en la Facultad de Postgrado de la New School for Social Research. Posteriormente critiqué la metodología de Samuelson en “The Use and Abuse of Mathematical Economics,” Journal of Economic Studies, 27 (2000):292-315. Lo más importante de todo es el teorema de igualación del precio de los factores. Finalmente ha vuelto a editarse mi libro Trade, Development and Foreign Debt: A History of Theories of Polarization v. Convergence in the World Economy.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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¿El que se le otorgue el Premio Nobel a la economía, a diferencia de la Ingeniería, es un argumento suficientemente lógico para afirmar que es una ciencia como las demás?

 

¿El que se le otorgue el Premio Nobel a la economía, a diferencia de la Ingeniería, es un argumento suficientemente lógico para afirmar que es una ciencia como las demás?


No. No es un buen argumento lógico[1]. Porque el argumento (del título) parte de una premisa[2]falsa: No existe un Premio Nobel para la economía. El ampliamente pregonado “Premio Nobel de Economía” no es un verdadero Premio Nobel.  Es un premio en Ciencias Económicas -en memoria de Alfred Nobel- y, está basado en una donación de Sveriges Riksbank (banco central sueco) a la fundación Nobel en 1968, con motivo del 300 aniversario del banco. Lo que el Banco de Suecia hizo fue similar a una infracción contra una marca registrada, lo que significa un inaceptable robo a los verdaderos Premios Nobel. 
La historia cuenta que cuando Alfred Nobel (1833 -1896) dejó como legado destinar su fortuna a premiar aquellos campos que hacían mejor al ser humano, jamás pensó en la Economía. El mal llamado Nobel de Economía no formaba parte de la nómina de aquellos rubros que, originalmente, estaban nombrados en el testamento de Alfred Nobel: de acuerdo con algunos historiadores, él no simpatizaba con la economía ni con las finanzas
En el Premio Sveriges Riksbank, cuyo verdadero nombre es Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel, tampoco se menciona (en singular) a  la  Ciencia Económica.  

El segundo año en que se concede el Premio de Economía fue la primera vez que se otorga a una sola persona -- Paul Samuelson --, descrito en palabras de un jubiloso editorial del New York Times como el mayor teórico económico puro del mundo". 
Paul Samuelson (el más conocido de los economistas norteamericanos), fue el primer galardonado con el Premio establecido en 1970  por el Banco de Suecia en honor de Alfred Nobel). Dicho galardónprovocó una mordaz crítica El artículo se titulaba ¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?). Esta crítica resume la reacción en aquel entonces y fue publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonwea[3].  
El error no es por tanto de Samuelson, sino de su disciplina. Hasta que haya acuerdo sobre lo que es o debería ser economía, resulta tan estéril conceder un premio a la buena economía como entregárselo a un ingeniero que diseñara una maravillosa máquina que no pudiera construirse o cuya finalidad quedaría sin explicación. El premio debe así recaer en aquellos aún perdidos en los pasillos de marfil del pasado, reforzando la economía del equilibrio general del mismo modo que no gozará del favor de quienes se esfuerzan por devolver la materia a ese pedestal suyo de la política económica por largo tiempo perdido.
Dos tercios de esos premios fueron a economistas de Estados Unidos, a gente que especula en mercados de valores. Éstos no tienen nada que ver con el objetivo de Alfred Nobel de mejorar la condición humana y de propiciar nuestra supervivencia, ellos son exactamente lo opuesto".Estas palabras, pronunciadas por Peter Nobel durante una entrevista con la economista estadounidense Hazel Henderson, concentran el sentir de todos los opositores al Premio del Banco de Suecia. La propia página web de la Fundación Nobel distingue entre los galardones con pedigrí, es decir, los elegidos por su fundador y por tanto los únicos dignos de llevar su apellido; y el Premio en Ciencias Económicas, término que utiliza la Fundación para referirse al falso Nobel. Pero esto no evita la confusión, ni impide que, de facto, se eleve a la Economía al Olimpo creado por el inventor de la dinamita para la Medicina, la Fisiología, la Literatura, la Paz, la Química y la Física.

Pero, la economía, como ciencia, escribe Alberto Acosta, ha tenido y tiene una vida atribulada. A lo largo de su historia se han sucedido diversas teorías, como parte de un proceso complejo, para nada absoluto ni continuo. En este empeño, sin posibilidad de avances mecanicistas o de espacios para un predominio monopólico por parte de alguna teoría, se han propuesto diversos nombres para definir a la economía y se han escogido muchos calificativos para distinguirla de las otras ciencias, más allá de sus múltiples escuelas. Esto expresa la compleja búsqueda de identidad y legitimidad de una ciencia permanentemente en ciernes... Sus alcances, por igual, han sido tema de discusiones recurrentes.


Y –aunque se le hubiere otorgado alguna vez el verdadero «Premio Nobel» (a la economía) –, tampoco (este solo hecho validaría su estatus científico como las demás ciencias naturales tal como veremos en la conclusión líneas abajo cuando el ministerio francés de investigación reunió en 1992 a varios pensadores provenientes de diversas corrientes de la economía para que compararan el estado de la ciencia económica con el de las ciencias 'duras'.  Ver: estatus epistemológico específico para las ciencias sociales.

El reclamo de un estatus especial para las teorías pertenecientes a las ciencias sociales es tradicional, escribe Eduardo R. Scarano:

“Generalmente se originan en posiciones filosóficas muy específicas o en concepciones que no reivindican el conocimiento científico como paradigma de racionalidad… Lo novedoso e interesante del reclamo de un estatus especial para las ciencias sociales… consiste en que se realiza sin objetar ese paradigma. Así, la economía es plenamente una ciencia como se entiende en el marco de la epistemología anglosajona contemporánea. Incluso la reivindicación del estatus especial se realiza sin necesariamente negar el monismo metodológico… El punto de vista que intentamos Continua) sostener es que aunque reconozcamos que la teoría neoclásica es la teoría más amplia, profunda, explicativa y predictiva que se ha construido, sin embargo, su mejor defensa no es la de quienes lo hacen sobre la base de abandonar el principio de la competencia entre teorías. Las consecuencias que se derivan de esta actitud son de largo alcance –nos restringiremos a las epistemológicas-, por ejemplo, se elimina el principio de la proliferación de teorías; el objetivo principal del conocimiento científico deja de ser el aumento del conocimiento; implícitamente al menos se abandona el realismo. Se erige en principio máximo un principio absolutamente conservador: aferrarse a la teoría prevaleciente y formular una epistemología que se adapte  a su defensa. El principio implícito es el siguiente: si una teoría está vigente entonces es válida y se debe construir una metodología que la recoja. Ahora bien, la principal defensa de este tipo de instrumentalismo es la capacidad predictiva de una teoría. A pesar de los esfuerzos de Friedman el problema de los economistas consiste en la poca capacidad predictiva de la economía y de la aparente imposibilidad de sobrepasar las predicciones genéricas. Justamente hay que discutir aquello que Friedman da por hecho, la capacidad predictiva de la economía...”

El examen de los patrones sobre los cuales se debía construir la economía según Lionel Robbins (que optimista comparaba la solidez de la economía con la de las teorías físicas), es lo explicó en un ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica[4]. El objeto de este ensayo es exponer la naturaleza y la significación de la Ciencia Económica. Su primera tarea es, pues, delimitar el contenido de la Ciencia Económica, ofrecer una definición útil de lo que trata la Economía.  

Los mayores errores. A esta polémica se une el elevado número de economistas estadounidenses premiados por la Academia Sueca, la inmensa mayoría de ellos seguidores del neoriberalismo que tan bien encarna la Universidad de Chicago. De hecho, este centro acumula el mayor número de premios Nobel de Economía del mundo, con un total de 10. Más controvertido es justificar el premio concedido en 1997 a Robert C. Merton y Myron S. Scholes, por el nuevo método que desarrollaron para calcular el valor de los derivados. Éste fue puesto en práctica en el hedge fund Long Term Capital Management (LTCM), co-fundado por los dos premiados, que apenas un año después quebró y desató tal cataclismo financiero que la Reserva Federal tuvo que salir al rescate. Estos ejemplos han llevado a los opositores al Premio del Banco de Suecia a pedir su abolición o, al menos, a exigir que se modifiquen los criterios de selección del ganador, con el objetivo de dirigirlos hacia descubrimientos que, realmente, ayuden a mejorar la sociedad. Como el Grameen Bank, creado por el economista bengalí Muhammad Yunus y dedicado a conceder microcréditos a los pobres. Esta labor, efectivamente, fue merecedora de un Nobel en 2006, el de la Paz. Ese mismo año, Edmund Phelps, de la Universidad de Columbia, fue reconocido con el galardón en Economía por su trabajo en el que redefinía la tasa natural de desempleo. Cuando Hazel Henderson preguntó a Peter Nobel sobre estos dos galardones, el descendiente de Alfred Nobel respondió en referencia a Yunus: "Es la primera vez que un economista obtiene un Premio Nobel verdadero". Oliver Hart -de 68 años, nacido en Londres y nacionalizado estadounidense- y el finlandés Bengt Holmström -de 67, oriundo de Helsinski-, ganaron el Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel 2016 por "sus contribuciones a la teoría de los contratos".

La pretensión de que la Economía era una Ciencia nos hizo mucho daño, escribe David Anisi de la Universidad de Salamanca[5].

Sin embargo algunos economistas peruanos afirman categóricamente que la economía es una ciencia y niega la validez de “ciencias económicas” –tal como acostumbra sostener  arrogantemente el Dr. Adolfo Figueroa (ver video).

Samulson y Nordhaus, escribieron 1985:

“Una forma posible de describir leyes económicas… Es por medio de experimentos controlados… Los economistas [desafortunadamente]… no pueden realizar experimentos controlados como los químicos o los biólogos, porque no pueden controlar fácilmente los factores importantes. Como los astrónomos o los meteorólogos se deben contentar generalmente con observar.”

La economía no era considerada en general una ciencia experimental hasta fechas recientes. Actualmente, la mayoría de economistas aceptan que una teoría cuyas predicciones no son tan acertadas en la mayoría de las veces pero que, ahora que ya recibe apoyo del laboratorio experimental, merece ser al menos reconsiderada. Esto nos permite ubicar a decisores humanos en una situación análoga a la que dicha teoría describe y ver cómo se comportan.

Dentro de éste nuevo contexto, una argumentación más cercana a la realidad de acuerdo al avance de la economía que viene encaminándose gracias a la investigación experimental  que ha venido aumentando de modo importante y sostenido, bien podría argumentarse así:

La ciencia económica está permanentemente en ciernes y, buscando su rigor científico para determinar su identidad propia a través del laboratorio económicoAl menos, un ejemplo lo encontramos en el Premio -en memoria de Alfred Nobel-  concedido en 2002 otorgada a  Vernon Smith (el padre de los experimentos económicos sobre mercados).   

A propósito, la economía, en ciernes –Alberto Acosta escribe -, tironeada por las visiones de acumulación y maximización de los recursos disponibles, de un lado, y las visiones de la interacción entre seres humanos con su entorno social y ambiental, de otro, no termina de encontrar su identidad. 
Sin embargo, la “Economía” es una ciencia que ocupa un puesto imperial entre las ciencias sociales. Pero, paradójicamente la economía procura desligarse de ellas para aproximarse a las ciencias exactas y naturales. Asumiendo los retos propios de la complejidad del mundo y los actuales retos para la Humanidad. Esto expresa la compleja búsqueda de legitimidad de una ciencia permanentemente en ciernes.

Por la otra parte, en efecto no existe un Premio Nobel de Ingeniería, aunque debiera haberlo  escribe Robert Shiller:

Soy uno de los ganadores de este año del Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, por ello, agudamente consciente de la crítica a este galardón por quienes afirman que la economía –a diferencia de la química, la física o la medicina, para las cuales también se otorgan Premios Nobel– no es una ciencia. No existe un Premio Nobel de Ingeniería, aunque debiera haberlo. 
Es cierto modo, el Nobel de Química de este año se asemeja un poco a un Nobel de Ingeniería, porque fue otorgado a tres investigadores –Martin Karplus, Michael Levitt y Arieh Warshel– «por el desarrollo de modelos multiescala de sistemas químicos complejos» que subyacen a los programas informáticos que permiten que los equipos de resonancia magnética nuclear funcionen. Pero la Fundación Nobel está obligada a considerar una cantidad mucho mayor de ese tipo de material práctico y aplicado cuando evalúa el Premio de Economía[6].

A manera de conclusión:

Una buena pregunta la formuló el ministerio francés de investigación quien reunió en 1992 a varios pensadores provenientes de diversas corrientes de la economía para que compararan el estado de la ciencia económica con el de las ciencias 'duras'. La pregunta central era la siguiente: 

¿puede hoy la economía equipararse a las ciencias naturales (tanto en su metodología como en sus resultados)? 

Hubo una amplia gama de participantes y de enfoques. Neoclásicos importantes: Malinvaud, Hildebrand, Varian, Polemarchaquis, Kirman; heterodoxos de diversos matices y grados: Benetti y Cartelier (enfoque monetario), Dumenil, Levy, Foley (visión clásica), Boyer, Amable, Lordon (Escuela de la Regulación) y Robert Clower (antiguo impulsor de la teoría de los equilibrios no-walrasianos). Además, estaban bien representadas las técnicas auxiliares de la economía: la econometría (David Hendry) y lo mejor de la epistemología económica francesa (Brochier, Favereaud, Guesmerie, Walliser, Lantner).

Para el ponente Hal Varian, la pregunta no es pertinente pues la economía debe equipararse más a la ingeniería que a la física. Es más una metodología para la acción que una ciencia explicativa ("la teoría del equilibrio general es apenas una pequeña parte de la economía") y, por ende, es inútil hacerle las exigencias de las ciencias duras.

La idea común es que si los pensadores sociales ven a la economía como una ciencia es porque ésta ofrece una representación construida teóricamente de acuerdo con las exigencias formales (matematización y abstracción) del fenómeno social más esencial de la historia moderna: el mercado. Pero, construir esa representación científica ha sido el problema esencial de la ciencia económica, como evidencia el estudio de la teoría de los precios. Si la teoría walrasiana, en la formulación de Arrow y Debreu, es la referencia obligada, debería ser entonces el logro científico por excelencia de la economía después de que Adam Smith planteara la inquietud y las ideas principales para resolverla. 
Por tanto, la pregunta decisiva es: ¿se justifica otorgar al Equilibrio General walrasiano al menos el título de ciencia formal de los economistas?

Todos coinciden en responder que, justamente debido a la formalización, la economía ha hecho visible el fracaso para cumplir el reto esencial de su programa de investigación. La formalización no ha 'endurecido' la economía pero ha permitido reconocer que no puede ser una ciencia dura. No hay una teoría formal del mercado que sea aceptable, puesto que la mejor que hoy existe no cumple dos requisitos esenciales: dar cuenta del aspecto monetario de las relaciones económicas y establecer la lógica subyacente a la coordinación de los comportamientos descentralizados por parte del mercado.
En términos más claros, el equilibrio general es una teoría donde la realidad mercantil está ausente. Allí, "el mercado ideal se identifica con la ausencia del mercado" (Benetti y Cartelier) o, como dicen Clower y Howit: el hecho más extraño de la economía contemporánea (si estamos de acuerdo en que el problema de Adam Smith es el problema central de la economía) es la ausencia de una explicación intelectualmente satisfactoria del modo en que funciona la 'mano invisible' [...] En la teoría dominante (al crear una representación de lo virtual y no de lo real) el problema de Smith se descarta por hipótesis. ¿Por qué ese balance tan negativo? El modelo neoclásico tiene dos graves carencias: una teoría de las transacciones (los agentes no pueden comprar ni vender) y una teoría de la estabilidad (no se sabe cómo los individuos forman los precios ni como éstos convergen al equilibrio). Así, la economía dominante está obligada a basarse en los teoremas de existencia del equilibrio, que abusivamente se presentan como demostración de la coherencia de una sociedad comercial cuando apenas reflejan una correspondencia exclusivamente matemática y virtual.

En suma, el resultado es pesimista. Mientras los economistas se hacen cada vez más importantes (por la amplitud de los problemas que tratan y por el peso cada vez mayor de los fenómenos comerciales en el funcionamiento de las sociedades) se pone de presente esta profesión basa su éxito social en algo distinto a la solidez de la ciencia. Las vías de superación no son claras. Kirman propone unir el rigor a un sistema adaptativo complejo donde la idea misma de equilibrio pierda importancia; Benetti y Cartelier sugieren construir una visión monetaria del proceso económico; Dumenil, Levy, Amable, Boyer y Lordon buscan sentar las bases de una ciencia económica con una articulación flexible entre las partes sin pretender crear un todo coherente. Sin embargo, hay algo evidente. Mientras estos proyectos alternativos no den sus frutos, la mala teoría existente no será destronada porque los economistas también le tenemos horror al vacío.

Finalmente y, a manera de sustento, recordemos a Peter Nobel, uno de los herederos de Alfred Nobel. Él suscribió un artículo, publicado el 10 de diciembre 2004 en el diario sueco Dagens Nyheter, en contra de este galardón, cuyo verdadero nombre es Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel. El texto, firmado por el matemático Peter Jager, miembro de la Real Academia Sueca de Ciencias; el ex ministro de Medioambiente Mans Lorarroth, y el economista y ex miembro del Parlamento sueco Johan Lonnroth, criticaba que entredicho. La elección de Finn E. Kydland y Edward C. Prescott ese mismo año 2004 destapó la caja de los truenos y empujó al citado grupo de economistas y matemáticos a rebelarse contra el galardón. Entre otros motivos, porque los flamantes ganadores habían defendido, 27 años antes, que los bancos centrales debían ser independientes. Según ellos, habían descubierto un modelo matemático capaz de demostrar la idoneidad de que las políticas monetarias, y con ellas, la distribución de la riqueza, estuvieran fuera del control de los representantes elegidos democráticamente, poniendo así en jaque no sólo al sistema, sino la transparencia de la función pública

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[1] La mayoría sabe que un argumento es aquel cuya conclusión deriva de manera necesaria de sus premisas, a esta propiedad exclusiva (de este tipo de argumento) se le denomina validez.
[2] En lógica, una premisa es cada una de las proposiciones anteriores a la conclusión de argumento. Al ser proposiciones, las premisas siempre afirman o niegan algo que puede ser verdadero o falso.
[3] Crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonwea […]  Paul Samuelson, el más conocido de los economistas norteamericanos… Fue el primer galardonado con el Premio Nobel de Economía (establecido en 1970,  por el Banco de Suecia en honor de Alfred Nobel). Dicho galardón provocó esta mordaz crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonweal. El artículo se titulaba ¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?). [Ver: http://www.sinpermiso.info/textos/teoras-elegantes-que-jams-funcionaron-el-problema-de-paul-samuelson[…] Hoy en día prácticamente todos los economistas reconocidos  son producto de esta revolución anticlásica, que yo mismo me siento tentado a llamar revolución contra el análisis económico per se. Los profesionales reconocidos de la economía descuidan de modo uniforme las condiciones sociales previas y las consecuencias de la actividad económica humana. En esto reside su deficiencia, así como la del Premio de Economía recientemente instituido y otorgado por la Academia Sueca: durante la próxima década por lo menos debe seguir siendo por fuerza un premio para lo que no es economía o para la economía superficial en el mejor de los casos. ¿Debería por tanto concederse en algún caso?   […] ¿Cuál es la naturaleza de esta ciencia? ¿Puede ser "científico" promulgar teorías que no describen la realidad económica tal como se desenvuelve en su contexto económico, y que, cuando se aplican, conducen al desequilibrio económico? ¿Es la economía verdaderamente una ciencia? Por supuesto, se lleva a la  práctica, pero con una notable falta de éxito en años recientes por parte de todas las principales escuelas económicas, de los postkeynesianos a los monetaristas.    […]En última instancia, el problema se reduce a una diferencia básica entre la economía y las ciencias naturales.  […] Paul Samuelson como Milton Friedman fueron contendientes destacados en el Premio de 1970 [Friedman consiguió su Nobel en 1976]. ¿Quién, por otro lado, podría imaginar al destinatario del Premio de Física o Química manteniendo un punto de vista que no fuera universalmente compartido por sus colegas? (Dentro de la profesión pueden, por supuesto, existir diferentes escuelas de pensamiento. Pero no suelen discutir la aportación positiva reconocida del ganador del Nobel en su profesión). ¿Quién podría examinar la historia de estos premios y entresacar a buen número de sus receptores cuyas aportaciones demostraran ser vías falsas o escollos al progreso teórico en lugar de avances (en su día) revolucionarios?   […]  Para resumir, la realidad y la pertinencia, más que la pureza y la elegancia, son las cuestiones candentes de la economía de hoy, y las implicaciones políticas, más que las geometrías de anticuario.   […]   PS.- Diciembre de 2009. En la época en que escribí esta crítica enseñaba teoría del comercio internacional en la Facultad de Postgrado de la New School for Social Research. Posteriormente critiqué la metodología de Samuelson en The Use and Abuse of Mathematical Economics,Journal of Economic Studies, 27 (2000):292-315. Lo más importante de todo es el teorema de igualación del precio de los factores. Finalmente ha vuelto a editarse mi libro Trade, Development and Foreign Debt: A History of Theories of Polarization v. Convergence in the World Economy.
[4] Por desgracia, no es tan sencillo como parece. Los esfuerzos de los economistas durante los últimos ciento cincuenta años han logrado establecer un conjunto de generalizaciones cuya exactitud e importancia medular sólo discuten los ignorantes o los perversos; pero no han logrado la unanimidad en cuanto a la naturaleza última de la materia común de esas generalizaciones. Los capítulos centrales de las obras clásicas de Economía presentan, con muy ligeras variantes, los principios fundamentales de la ciencia; más los que explican el objeto de la obra todavía presentan grandes divergencias. Todos hablamos de lo mismo, si bien no nos hemos puesto todavía de acuerdo sobre el objeto de nuestra conversación.
En modo alguno es esto una condición vergonzosa o imprevista. Ya Mill hizo notar hace cien años que casi siempre la definición de una ciencia se logra después de crearla y no antes. "A semejanza de la muralla de una ciudad, de ordinario se ha levantado no para servir de receptáculo a los edificios que pudieran erigirse después, sino para circunscribir a los que ya existen." En efecto, la naturaleza misma de una ciencia impone la necesaria imposibilidad de definir su alcance hasta que no llegue a una cierta etapa de su desenvolvimiento, pues su unidad sólo se manifiesta en la de los problemas que puede resolver, unidad que no se descubre hasta haber quedado establecida la interconexión de sus principios explicativos. La Economía moderna nace de varios campos distintos de investigaciones prácticas y filosóficas: de investigaciones sobre la balanza de comercio, de discusiones acerca de la legitimidad del interés. Y sólo en la última época ha llegado a tener suficiente unidad para descubrir la identidad de los problemas comunes a esas investigaciones diversas. Antes, todo intento para descubrir la naturaleza última de la ciencia estaba condenado por fuerza al fracaso. Intentarlo hubiera sido perder el tiempo en vano. Pero ensayar una delimitación precisa, una vez alcanzado este grado de unificación, no es ya perder el tiempo; se perdería dejándolo de hacer. Sólo un objetivo preciso puede hacer viable la nueva elaboración. La reflexión ingenua no puede sugerir ya los problemas; los indican los vacíos en la unidad de la teoría, las insuficiencias de sus principios explicativos. Se halla uno expuesto a seguir senderos falsos si no se ha entendido en qué consiste esa unidad. Apenas puede caber duda de que uno de los peligros mayores que acechan al economista moderno es la preocupación por las cuestiones ajenas, la multiplicación de actividades que no tienen conexión alguna, o la tienen escasa, con la solución de los problemas estrictamente relacionados con su materia. Asimismo es indudable que la solución de los problemas teóricos centrales se alcanza con mayor rapidez en aquellos centros en que las cuestiones de esta clase están por liquidarse. Más aún, si estas soluciones han de aplicarse con fruto, si hemos de entender con corrección el alcance práctico de la Ciencia Económica, es esencial que conozcamos con exactitud los supuestos y limitaciones de las generalizaciones que establece. Es con una conciencia tranquila, pues, como podernos adelantar hacia lo que, a primera vista, parece ser el problema muy académico de encontrar una fórmula para describir el contenido general de la Economía. La definición de la Economía que lograría más adeptos, por lo menos en los países anglosajones, es la que la relaciona con el estudio de las causas del bienestar material. Es el elemento común a las definiciones de Cannan  y de Marshall  y elemento que aun Pareto, cuyo análisis es tan diferente en diversos aspectos al de aquellos dos economistas ingleses, sanciona usándolo. También se encuentra implícito en la definición de J. B. Clark. Y, a primera vista, debe admitirse que, en efecto, parece que tuviéramos con ella una definición que para fines prácticos describe lo que nos interesa. Es indudable que la palabra "económico" se usa en el lenguaje ordinario en un sentido equivalente a "material". Basta reflexionar en el significado corriente de frases como "historia económica", "un conflicto entre ventajas económicas y políticas", para comprender cuán razonable pudiera parecer esta interpretación. Sin duda existen algunas cuestiones que quedan fuera de la definición y que, sin embargo, parecen caer dentro del campo de la Ciencia Económica; aun cuando, a primera vista, bien parece que se asemejan a los casos marginales inevitables en toda definición. La prueba final de la validez de una definición no es, sin embargo, su aparente armonía con ciertos usos del lenguaje diario, sino su capacidad para describir exactamente el verdadero objeto de las principales generalizaciones de la ciencia. Y cuando sometemos esa definición a esta prueba se ve que tiene deficiencias que, lejos de ser marginales o subsidiarias, equivalen nada menos que a una completa incapacidad para exhibir el alcance o el significado de las generalizaciones más centrales de todas.
[5] Porque nadie todavía sabe muy bien que es lo que por Ciencia puede entenderse; aunque sí se sabe muy bien cómo utilizar el "sello" de "científico". Lo "científico" está de alguna manera por encima de todos nosotros. Las proposiciones científicas son algo "inevitable". Tan inevitable como que las piedras caigan. Y eso, en economía, era simplemente una falsedad. Tras el "cientifismo" los "economicistas" contrajeron otra enfermedad: el "mercadismo", que se manifestaba en una actitud compulsiva hacia el estudio del mercado. No negaré que era necesario tal estudio, pero muchos "economicistas" pensaron que el mercado lo era todo. Y tal vez lo fuera para ellos puesto que únicamente de esto sabían, pero el hecho de que saber algo de algo legitime la acción de utilizarlo para todo, es tanto como esperar de un leñador que opere un ojo con el hacha o de un oftalmólogo que trate de cortar un árbol con un bisturí.            El "cientifismo" y el "mercadismo" caracterizaron nuestra profesión en el Siglo XX. Y como economista deseo librarme de esas tendencias. No puedo aceptar la perspectiva científica puesto que yo mismo soy participante del juego que observo. Y no puedo aceptar el "mercadismo" puesto que hay cosas para mi más importantes precisamente porque, como no científico, participo en el juego.  

[6] Para el común de las gentes –escribe Asdrúbal Valencia Giraldo- muchas veces no hay una distinción clara entre los ingenieros y los científicos, esto debido, tal vez, a la profunda ligazón que actualmente hay entre la ciencia y la tecnología. Que los periodistas o el público general tengan esta confusión no es tan preocupante, pero sí lo es que los mismos ingenieros a veces no tengan conciencia sobre la identidad de su profesión y, sobre todo los jóvenes, piensen que realmente ella consiste en la aplicación de la ciencia a la solución de las necesidades humanas, cuando, según muchos otros, lo específico de la ingeniería es la concepción de ingenios artificiales de los que se pretende alguna forma de utilidad. Tales artefactos pueden requerir o no el concurso de la ciencia y han evolucionado desde los antiguos ingenios de guerra hasta las naves espaciales, el manejo de la información o la optimización de las organizaciones. 


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