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martes, 19 de mayo de 2020

El fundamentalismo de mercado provoca desigualdad

El fundamentalismo de mercado provoca desigualdad



La pregunta hecha por los editores de Forbes de ¿por qué los mexicanos no nos llevamos bien con la riqueza? puede responderse de múltiples maneras. Para empezar, yo diría que no hay tal, que eso de que “los mexicanos” no nos llevamos bien con la riqueza es una especie intencionada, pero sin fundamento histórico o analítico, y que más bien ha servido para soslayar el meollo de la cuestión social contemporánea de México, que tiene que ver con una desigualdad económica y social, de ingresos y acceso a las garantías y a los derechos sociales, que se ha convertido ya en un bloqueo al crecimiento sostenido y a una evolución política democrática digna de tal nombre.

Al final de un recorrido más o menos riguroso a lo largo de la historia del país, lo que uno encuentra no es tanto una molestia con la riqueza, sino más bien un malestar con las maneras como tal riqueza se reparte entre quienes la producen, así como con los usos que se hacen de ella en la vida social y los procesos de producción económica.

Asimismo, la historia nos enseña que este “mal llevarse con la riqueza” nos refiere sobre todo a una historia política que, en lo fundamental, ha transitado por senderos no democráticos ni deliberativos, sino de presencia activa y agresiva de las masas pobres o empobrecidas, por un lado, y de una elites cuyas dificultades para ponerse de acuerdo han impedido la configuración de unos proyectos nacionales que modularan la distribución del esfuerzo social volcado a la producción.

La conciencia de la desigualdad, de la que no puede separarse la pobreza de masas que nos caracteriza, ha llevado a muchos mexicanos a plantearse otras formas de organización del Estado y de la economía. Sin embargo, hoy como ayer, la marca histórica de la concentración económica que va de la riqueza al ingreso y las oportunidades se ha soslayado y desconocido como el núcleo de las relaciones sociales donde, a la vez, se teje la evolución política que ahora se quiere democrática y plural, además de inscrita en la globalidad del mundo.

La desigualdad guarda una estrecha correspondencia con las tendencias del ingreso y su partición entre personas y familias, con la distribución del producto entre las ganancias y los salarios. Las distancias entre el salario y las utilidades se han mantenido muy grandes y hoy afectan las formas distributivas en la industria moderna vinculada a la exportación.

La mundialización de la política y de la economía, y de su crisis, han derivado en procesos de individualización extrema y despolitización social. Contra estas tendencias, afirma la filósofa española Victoria Camps, “hay que seguir proclamando el valor de la equidad. Sin equidad los individuos no son realmente libres, aunque formalmente vean reconocidas sus libertades, la vida que les es dado vivir carece de calidad y de dignidad. Es preciso proclamar sin reservas la universalidad de la igualdad y ejercer políticas de justicia distributiva a nivel internacional”.

No es tarea sencilla. Sin embargo, también es cierto que el agravamiento de la desigualdad económica que tiene lugar en la actualidad no es inevitable. Los gobiernos pueden empezar a reducir la desigualdad rechazando el fundamentalismo de mercado, regulando los intereses particulares de las elites poderosas, cambiando las leyes y los sistemas que han provocado la actual explosión de desigualdad y adoptando medidas para equilibrar la situación a través de la introducción de políticas que redistribuyan el dinero y el poder.

Para lograrlo, el punto de partida tendrá que ser la recuperación de la idea de desarrollo y el rescate y reivindicación del Estado social que en México tiene que empezar por ser un Estado fiscal.

La creación y distribución de la riqueza es siempre una historia profundamente política. Quizás, a lo que los mexicanos hemos renunciado es a hacer buena política.



Rolando Cordera Campos es coordinador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM.

VER AQUÍ
https://www.forbes.com.mx/fundamentalismo-mercado-provoca-desigualdad/

El fundamentalismo del mercado

Patricia Fernández de Lis
La palabra mercado es ya como la sal: hay quien la utiliza para condimentar, a modo de explicación, cualquier tipo de abuso. Los escándalos corporativos, la manipulación de las cuentas, los sueldos galácticos de los directivos, e incluso las diferencias en la distribución de la riqueza, son consecuencias inevitables, dicen, del triunfo de los mercados financieros como instrumento regulador de la economía. El funcionamiento del mercado, además, es libre, y el único papel que le queda al Estado es garantizar el derecho a la propiedad privada de los individuos.
Esta forma de pensamiento es definida por John Kay como modelo americano, y es el que supuestamente ha triunfado después de la caída del muro de Berlín. Kay lo llama fundamentalismo de mercado: "La creencia de que intervenir en su funcionamiento nunca está justificado".

The truth about the markets

John Kay
Penguin
ISBN 0-713-99489-4
John Kay, que ha sido profesor de la London School of Economics, ha escrito un libro sobre el mercado. Pero The truth about the markets -que significa La verdad acerca de los mercados; el libro está editado en inglés- pretende ir más allá. Kay no habla sólo, ni siquiera principalmente, de los mercados financieros. Utiliza como idea base del libro la forma de funcionar del modelo económico americano -sostenido por esos mercados financieros-, pero lo hace para definir el resto de los modelos y para responder a preguntas económicas básicas: ¿por qué unos países son más ricos que otros? ¿Cuál es el papel del régimen económico y político en esa situación, y cuál el de los recursos naturales? ¿Qué papel debe cumplir el Estado en la economía? Kay cree que éstas son las preguntas que hay que realizar, y frente a ellas, las que tradicionalmente se formulan en los medios económicos -¿subirán los tipos de interés?, ¿cómo hay que interpretar las últimas cifras macroeconómicas?- "son aburridas e intrascendentes".
Éste es, así, un libro sobre economía y mercados poco corriente porque no habla prácticamente de ninguno de los dos conceptos. Kay pasa buena parte de la obra explicando cuáles son las instituciones que definen nuestra vida económica, pero ninguna de ellas son instituciones económicas, sino que trata, más bien, de acotar el papel en la economía del lugar de trabajo o el hogar. También habla del funcionamiento de los mercados, pero no los financieros, sino de los de alimentos, flores o electricidad. Con un lenguaje muy sencillo, y a menudo muy crítico y políticamente incorrecto, Kay describe la vida de una profesora suiza o un granjero indio para explicar las diferencias en el nivel económico de uno y otro.
Esta obra es simple, clara y, por tanto, muy recomendable para quien no sepa nada de economía o tenga la idea equivocada de que es sólo una retahíla de porcentajes y complejas siglas que no tienen ninguna consecuencia en la vida real. Se puede estar de acuerdo o no con Kay, y se puede admirar o criticar su estilo. Pero no se puede negar el esfuerzo que realiza por que la economía descienda del pedestal al que algunos expertos se empeñan en alzarla, y hay que reconocer que no tiene pelos en la lengua para expresar una opinión que puede llegar a ser impopular: el modelo americano de hacer negocios no puede ni debe definir la economía porque los países que aplican la receta de individualismo sin restricciones, más un gobierno mínimo, están entre los más pobres del planeta.
https://elpais.com/diario/2004/01/04/negocio/1073225668_850215.html

Fundamentalismo económico

    Fundamentalismo económico
    Jung Mo Sung

    1. Fundamentalismo religioso

    El término "fundamentalismo", como se sabe, deriva de 12 opúsculos titulados The Fundamentals, publicados en Estados Unidos entre 1910 y 1915. Esto es, se refiere a un movimiento en el interior del cristianismo que da una vital importancia a la infalibilidad de la Biblia, mantiene una fuerte hostilidad contra la teología moderna, métodos, resultados e implicaciones del estudio crítico moderno de la Biblia, y está completamente seguro de que los que no participan de su punto de vista religioso no son verdaderamente cristianos.

    Podemos decir que es un movimiento anti-moderno, que busca mantener a toda costa la certeza de la cosmovisión premoderna que está siendo profundamente cuestionada por los descubrimientos de las ciencias modernas y por la propia dinámica de la historia.

    Esa característica central de reacción antimodernista sirvió para que el término fundamentalismo también fuese utilizado por otros grupos religiosos no cristianos, como el islam y el judaísmo. La pregunta que se levanta es: ¿se puede usar ese concepto proveniente del campo religioso también en los debates sobre teorías o ideologías económicas modernas?
    Independientemente de la respuesta, podemos constatar el uso de conceptos como "dogma" y "fundamentalismo", por parte de diversos economistas y sociólogos, al referirse a diversas cuestiones de la teoría económica, en particular al neoliberalismo. Atilio Boron, por ejemplo, es uno de los que utiliza el concepto de "fundamentalistas" para referirse a los defensores del llamado Consenso de Washington [1]. Es claro que el uso de este concepto en el campo de las teorías económicas presupone una adaptación. No se refiere ya a la infalibilidad de la Biblia, sino a una racionalidad cuyos dogmas fundamentalistas son inamovibles, inmunes a cualquier crítica teórica o empírica.

    El uso ya frecuente de algunos conceptos provenientes de la teología (como dogma, fundamentalismo, sacrificios necesarios, etc.) suscita otra cuestión: ¿es un simple uso analógico, mientras no se dispone de conceptos más precisos y propios de la economía, o es un indicio o revelación de la existencia real de cuestiones teológico-religiosas en el interior de la economía?

    2. Neoliberalismo y fundamentalismo

    Para responder a estas preguntas, es preciso, antes de nada, que veamos algunas cuestiones en torno a las ciencias modernas.
    En la modernidad se creó el mito de que la ciencia, en oposición a la teología/religión/mitos, es un conocimiento éticamente neutro, apoyado en pruebas empíricas y sometido a métodos racionales objetivamente controlables. 

    En este sentido, los economistas que hablan en nombre de la ciencia económica no podrían, por definición, ser fundamentalistas.
    ¿? 
    El moderno "mito de la ciencia" pasó a ser el manto legitimador de todas las propuestas económicas, en especial las impuestas a los países del Tercer Mundo y también a los sectores más pobres de los países ricos. 

    El famoso "ajuste estructural" patrocinado por el FMI y el Banco Mundial adquirió la respetabilidad de una verdad incuestionable, en nombre de su carácter científico y de la inexistencia de cualquier otra alternativa viable. Por eso es que los fracasos reales -sea en términos del crecimiento económico o en el agravamiento de los problemas sociales- no destruyen la confianza de aquellos que lo defienden. Ni incluso la crisis de México y de Argentina, anteriormente alabadas como ejemplos que debían seguir otros países; ni incluso el hecho de que los países que han crecido económicamente son justamente aquellos que no aplicaron el ajuste -por ejemplo, los "tigres asiáticos"-, destruyen su fe en la receta neoliberal.
    Aquí tenemos una paradoja interesante: la convivencia de la "incuestionabilidad" con el "carácter científico".

     Cuando una tesis se torna incuestionable, deja de ser científica y pasa a ser un dogma. En este caso, un "dogma" en nombre de la "ciencia".

    Milton Friedman, Premio Nobel de Economía, al tratar del problema de la coordinación de actividades económicas en las sociedades complejas, dice:

    "De hecho, una objeción importante levantada contra la economía libre consiste precisamente en el hecho de que ella desempeña esa tarea muy bien. Da a las personas lo que ellas quieren y no lo que un grupo particular piensa que deben querer. La falta de fe en la libertad como tal, subyace en la mayor parte de los argumentos contra el mercado libre" [2].

    La argumentación de Friedman es: el libre mercado es la mejor forma de organizar la economía moderna porque garantiza la libertad del consumidor. Esa libertad de compra y venta, que "constituye una condición necesaria para la prosperidad y para la libertad [económica y política]"[3], es el fundamento de la propuesta neoliberal y, al mismo tiempo, un objeto de la fe. Para Friedman, y tantos otros que piensan como él, los críticos del capitalismo neoliberal pecan, no por incapacidad o falta de coherencia teórica, sino por falta de "fe" en la libertad del consumidor y del mercado.

    Es claro que los críticos del sistema de libre mercado no creen en la capacidad milagrosa del mercado ("mano invisible"). Por eso lo critican. 

    Friedman no usa un argumento racional, pero sí "dogmático", un argumento circular. Quien cree en la libertad de mercado cree que él soluciona los problemas económicos y, por eso, lo defiende. Quien lo critica está equivocado porque no cree en el poder de la libertad del mercado y, por eso, no consigue ver la superioridad del sistema de mercado en relación a todo y cualquier otro sistema.

    Este tipo de raciocinio nos permite comprender, por ejemplo, la posición de la Federación de las Industrias del Estado de São Paulo (FIESP), defendida en un documento-manifiesto. Criticando el problema de la pobreza, atraso tecnológico y la destrucción de la naturaleza, la FIESP propone el sistema libre de mercado como la única solución. Su diagnóstico es: estos problemas "existen porque el capitalismo entendido como un régimen de sobrevivencia de los capacitados a través de la libre concurrencia y de la igualdad de oportunidades, sin privilegios o excepciones, nunca existió entre nosotros" [4].

    Para ellos, la causa de los problemas sociales o ecológicos de Brasil y de otros países no es el capitalismo, con su lógica de la exclusión y de la acumulación de la riqueza por encima de cualquier cosa, sino su ausencia. 

    La solución para las crisis económicas y sociales, resultantes del ajuste estructural neoliberal (desreglamentación de la economía, liberalización y apertura del mercado, privatización desenfrenada y el desmantelamiento del Estado de bien estar social), exige, según ellos, más mercado y menos Estado. ¿Las crisis continúan? La respuesta es: todavía hace falta más mercado. No hay crítica teórica o empírica (las crisis económicas y sociales) que destruya la fe invariable en el sistema de mercado. Es lo que Franz Hinkelammert llamó "teología del mercado total": "el neoliberal cree de una manera verdaderamente religiosa que solamente 'más mercado' puede solucionar estos problemas" [5].

    La fe es tanta que los neoliberales incluso eliminaron el concepto de "crisis" como una categoría económica. Como ellos creen que el mercado es autorregulado, no existen crisis, a lo más, desequilibrios temporales que se corrigen por sí mismos. Para ellos, como dice Suzanne Brunhoff, "las recesiones o crisis no son problemas, sino soluciones: forman parte de la recuperación del equilibrio de los mercados. Su costo en suspensión de pagos y desempleo es considerado como inevitable; es apenas el aspecto temporal del restablecimiento de las condiciones de recuperación" [6].

    Si para los calvinistas estudiados por Weber el enriquecimiento era señal divina confirmatoria de la predestinación a la salvación, para "el dogma neoliberal, la producción de pobreza es señal de que se está caminando en el rumbo correcto. La pobreza y el sufrimiento de las masas tienen un significado prometedor: en realidad indican que 'las fuerzas del mercado' están moviéndose sin interferencias y la reestructuración económica procede tal cual se esperaba, una vez que el Estado se quedó a un lado y el 'instinto capitalista' se puso en marcha, libre de las reglamentaciones 'artificiales' caprichosamente establecidas durante décadas por gobiernos hostiles" [7].

    Cuando las crisis económica y social dejan de ser categorías teóricas, la teoría económica se cierra herméticamente contra cualquier tentativa de crítica y revisión. Si existe crecimiento económico, el modelo se autojustifica. Si hay recesión y aumento de pobreza, el modelo se justifica diciendo que se está pasando por una fase de restablecimiento de las condiciones de recuperación, esto es, está transitándose por el camino de las reformas económicas "orientadas hacia el mercado". Frente a un dogmatismo así, frente a esta postura fundamentalista, no hay posibilidad de crítica. Lo que pasa en el mundo real no tiene importancia; nada hace cambiar de opinión a la certeza dogmática en el poder bienechor del libre mercado.

    Como dice Hinkelammert, "esta inversión del mundo, en la que una institución pretendidamente perfecta [el mercado] sustituye por completo la realidad concreta para devorarla, explica la mística neoliberal de la negociación de cualquier alternativa, se busque ésta dentro de los límites del capitalismo, o no" [8].

    3. Dogma del crecimiento económico

    El énfasis dado por la crítica al dogmatismo del neoliberalismo no nos puede llevar al error de pensar que el fundamentalismo económico es un problema sólo del neoliberalismo. Es claro que el dogmatismo fundamental que enfrentamos es el del neoliberalismo, con su predicación del mercado total y del Estado mínimo. Pero, incluso entre aquellos que defienden la intervención del Estado en la economía, encontramos otro dogma más fundamental de la modernidad: la identificación del crecimiento económico con el bienestar social.

    Fernando H. Cardoso, sociólogo y presidente de la República que se defiende de la acusación de haberse convertido en un neoliberal y reafirma su opción social-demócrata, escribió que 'el dilema Estado-Mercado es falso. El papel del Estado como agente regulador, debe ser cada vez más eficaz". Así, la proposición a la que debemos estar atentos es el papel del Estado en el mercado.
    El problema es cómo aumentar la competitividad y cómo hacer más transparentes tanto las decisiones de las inversiones, como las que afectan al consumo y que, por eso, "el criterio de la competitividad, de la absorción de medios que permitan ganancias de productividad son la piedra de toque de políticas económicas que tengan por objeto aumentar el bienestar social de la población. Y ése es el deseo de la socialdemocracia. Ella reconoce que el esfuerzo del crecimiento económico es condición para el bienestar social" [9]. Los neoliberales reducen el papel del Estado a garantizar las libertades individuales y del mercado; los socialdemócratas y otros grupos defienden la intervención en el mercado bajo la condición y el pretexto de aumentar la competitividad y, con eso, producir el crecimiento económico.
    Desde los economistas neoclásicos, se perdió en la economía el debate en torno al fin económico. La reproducción de la vida humana y de la naturaleza dejó de ser la finalidad de la economía para ser sustituido por una noción abstracta de "fin económico", identificado en la práctica con el crecimiento cuantitativo, acumulación del capital. Con eso, se dio la identificación del crecimiento económico -medido en PIB- y la acumulación del capital con el bienestar social. Así, la teoría económica quedó reducida al debate en torno al mejor aprovechamiento de los recursos escasos asegurando el fin económico, esto es, la acumulación del capital.
    En la identificación no existe diferencia cualitativa entre la fabricación de armamentos para la "guerra de las estrellas" y la producción de alimentos y la mejora de la salud pública. El criterio para escoger es meramente cuantitativo, el aumento de la competitividad y del PIB. En ese caso la elección recae, con certeza, sobre los armamentos.
    Se perdió la diferencia entre la economía considerada como la administración del oikos (casa) y la economía vista como el arte de acumular riqueza. La diferencia entre una economía orientada a garantizar una vida digna para todos superando la pobreza y preservando la naturaleza, y otra que busca por encima de todo la acumulación de riqueza. Si no introducimos esa diferencia, nuestras críticas contra el fundamentalismo neoliberal quedarán prisioneras de otro dogma más fundamental: el que identifica la acumulación de riqueza con el bienestar social.

    4. Teología y fundamentalismo económico

    Después de haber analizado el fundamentalismo económico dominante hoy, queremos volver a una pregunta formulada la principio: 

    ¿la aplicación del concepto "fundamentalismo" al campo de la economía es un caso de analogía provisional o es un uso estricto del concepto? 

    Esto es, 

    ¿las teoría económicas llevan consigo, subyacentes a su discurso técnico, presupuestos teológicos?

    Esta pregunta es importante en la discusión sobre el modo de combatir el fundamentalismo neoliberal. Si ese fundamentalismo es sólo en un sentido analógico, la crítica no debe tomar en cuenta todas las cuentiones contenidas en el campo religioso. Pero si estamos ante un caso realmente religioso, esto es, si el neoliberalismo relamente se convirtió en una religión económica, nuestras críticas se deben adecuar a esa realidad.

    El espacio de este artículo no permite mayores reflexiones sobre ese tema específico. Además de remitir a una considerable bibliografía ya producida por algunos teólogos de la liberación [10], quiero citar aquí algunos economistas que notaron la presencia de presupuestos teológicos en las teorías económicas.

    Para entender mejor esa cuestión, necesitamos recordar que la ciencia económica tiene varios niveles. El más visible y conocido es el nivel de la operatividad económica. Pero ella posee también implícitamente una filosofía y, por tanto, una ética [11]. Además, existen también presupuestos teológicos [12]. Eso porque todas las ciencias y teorías se construyen a partir de algunos presupuestos que no pueden comprobarse y que en la mayoría de los casos, por no decir que en todos, están fundadas sobre un mito y/o componen el propio mito del fundador.

    Respecto a esto, Celso Furtado dice que "los mitos han ejercido una innegable influencia en la mente de los hombres que se empeñan en comprender la realidad social (...). Los científicos sociales han buscado siempre apoyo en algún postulado enraizado en un sistema de valores que raramente llegan a explicar. El mito congrega un conjunto de hipótesis que no pueden ser comprobadas (...). La función principal del mito es orientar, en un plano intuitivo, la construcción de aquello que Schumpeter llamó visión del proceso social, sin la cual el trabajo analítico no tendría ningún sentido" [13].

    Por eso, Joan Robinson, hablando del problema moral en la economía y en la sociedad, dice: "El problema moral es un conflicto que no puede ser nunca resuelto. La vida social presentará siempre a la humanidad una elección de males. Ninguna solución metafísica que se pueda formular parecerá satisfactoria para siempre. Las soluciones presentadas por los economistas no son menos ilusorias que las de los teólogos a quienes ellos sustituirán" [14].

    Cristovan Buarque, por su parte, dice que la ciencia económica "formuló un marco teórico que se encuentra más cerca de una teología del proceso productivo. Como toda teología, la economía fue construida sobre dogmas que forman sus premisas básicas" [15]. Y J. K. Galbraith, un o de los economistas más importantes del siglo, que llama a la ideología liberal la "teología del laissez-faire", dice que la defensa del neoliberalismo hoy se hace apoyada en "fundamentos teológicos más profundos. Así como es preciso tener fe en Dios, es preciso tener fe en el sistema; en cierto sentido, ambos son idénticos" [16].

    Si estos economistas tienen razón, y parecen tenerla, necesitamos desenmascarar la teología implícita en el fundamentalismo económico que nortea el actual orden económico internacional, que está siendo implantada a partir de la globalización de la caída del bloque socialista y de la revolución tecnológica y de gestión. Necesitamos poner al desnudo la teología que mueve ese orden y que, por causa de su base religiosa, fascina a las personas a pesar de su irracionalismo y de su impiedad.
    La importancia de desvelar y criticar esa teología implícita o, como dice Hugo Assmann, "teología endógena", del sistema de mercado, queda más claro si tenemos en cuenta dos cosas. Primero: quien practica el mal en nombre de algún dios perverso (ídolo), o de una devoción religiosa, posee una conciencia tranquila (cf. Sl 73,12) y, por eso, su mal no conoce límites. Eso porque los sacrificios (sufrimientos y muertes) impuestos sobre los "pequeños" no se ven como mal, sino como obra salvífica.
    Segundo, en la medida en que el sistema capitalista produce una "religión económica", consigue fascinar a las personas con sus promesas y exigencias de sacrificios. Un pueblo fascinado por el "aroma religioso" capitalista lucha para entrar en el "santuario" del mercado, pero no para construir una sociedad más fraterna, justa y humana. Lo que en términos macroeconómicos significa la conjunción del mercado con control e intervención estatal y social proponiéndole metas sociales inaplazables e imprescindibles.
    Esta crítica teológica del fundamentalismo económico del neoliberalismo -en diálogo con otras ramas del saber- es una tarea fundamental en la lucha por la vida digna de todos los seres humanos. Una tarea que los teólogos y cristianos deben asumir con valor, firmeza y creatividad para que el cristianismo mantenga fidelidad a sus orígenes y no pierda su influencia social e histórica en nuestros días.

    Jung Mo Sung
    jungmosung@cidadanet.org.br


    NOTAS: 

    [1] Borón, Atilio, "A sociedade civil depois do dilúvio neoliberal", en Sader, mir & Gentili, Pablo (orgs.) Pós-neoliberalismo: as políticas sociais e o Estado Democrático, az e Terra, Río de Janeiro 1995, p. 90.
    [2] Friedman, Milton, Capitalismo e liberdade, Nova Cultura, São Paulo 1985, 2ª. Ed., p. 23.
    [3] Friedman, Milton y Rose, Liberdade de escolher, Record, Rio de Janeiro, sin fecha, 2ª ed., p. 25.
    [4] FIESP, "Livres para crescer: proposta para um Brasil Moderno", Cultura Ed. Associados, São Paulo 1990, p. 236.
    [5] Hinkelammert, F., Democracia y totalitarismo, DEI, S. José (Costa Rica) 1978, p. 189.
    [6] Brunhoff, Suzzane de, A hora do mercado: crítica do liberalismo, Ed. Unesp, São Paulo 1991, p. 34.
    [7] Boron, A., op. cit., p. 103.
    [8] Hinkelammert, Franz, El cautiverio de la utopía: las utopía conservadoras de apitalismo actual, el neoliberalismo y la dialéctica de las alternativas, "Pasos" 50(nov.dez/93), San José (Costa Rica), DEI, p. 3.
    [9] Cardoso, Fernando Henrique, Social-democracia é a alternativa viavel, "O Estado de São Paulo", p. D3.
    [10] Por ejemplo, Hugo Assmann, Franz Hinkelammert, Julio de Santa Ana, Enrique Dussel, Raúl Vidales, Jung Mo Sung y otros.
    [11] Sobre esta cuestión, ver por ej. Joan Robinson, Filosofia econômica, Zahar, Rio de Janeiro 1979, y Manfredo A. Oliveira, Etica e Economia, Atica, São Paulo 1995.
    [12] Ver por ejemplo, Jung Mo Sung, Teologia e Economia: repensando a Teologia da Libertação e utopias, Vozes, Petrópolis 1995, 2ª ed. Y Assmann, H. y Hinkelammert, Idolatría do mercado: ensaio do economia e teologia, Vozes, Petrópolis 1989.
    [13] Furtado, Celso, O mito do desenvolvimento econômico, Paz e terra, Río de Janeiro 1974, p. 15.
    [14] Robinson, Joan, Filosofia econômica, Zahar Río de Janeiro 1979, p.120.
    [15] Buarque, Cristovão, A desordem do progreso, Paz e Terra São Paulo 1991, p. 86.
    [16] Galbraith, Hohn Kenneth, A cultura do contentamento, Ploneira, São Paulo 1992, p. 53.
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