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lunes, 30 de noviembre de 2015

La fábula del físico, el ingeniero y el economista

La fábula del físico, el ingeniero y el economista

Un físico, un ingeniero y un economista sobreviven a un accidente de avión que los lleva a una isla desierta. Desafortunadamente, el único alimento que consiguen rescatar de los restos del siniestro es una gran lata de conservas, que no pueden abrir al no disponer de ninguna herramienta. Sentados frente a ella, cada uno propone su particular forma obtener el alimento, basada en sus conocimientos profesionales. El físico sugiere calentar la lata tanto como sea posible para que al enfriarla bruscamente con el agua de mar se produzca una grieta. El ingeniero propone atarla con lianas y, tras calcular una trayectoria pendular, golpearla contra una roca de sílex debidamente fijada al tronco de un árbol. Por último, el economista, con meliflua sonrisa ante la cara de asombro de sus compañeros, plantea la siguiente hipótesis: “Supongamos que tenemos un abrelatas…”. Acto seguido, se despide con gran educación. Físico e ingeniero deciden, desconcertados, retirarse también a descansar.
La hipótesis enunciada por el economista impide dormir al físico y al ingeniero, que se debaten hasta el amanecer entre la duda sobre la existencia real del abrelatas y la forma de encontrar el procedimiento más adecuado para abrir la lata por otros medios. Entre tanto, el economista recupera fuerzas con un plácido y reparador sueño.
A la mañana siguiente, cuando el físico inicia la construcción del horno que habría de servir para abrir la lata el economista, en tono insinuante, le susurra con complicidad: “Imagínate que tuviéramos un abrelatas… ¿Qué harías?”. A lo que el físico responde que abrirla y repartir la comida, ya que hay suficiente para los tres. A esta afirmación el economista responde reflexivo, “Si tuviéramos un abrelatas no tendríamos porqué compartir la comida con el ingeniero, especialmente considerando que su método para abrir la lata posiblemente nos dejará sin comida a los tres”. Dicho esto se aleja tranquilamente a la búsqueda del ingeniero que a su vez se afana en realizar un montaje con lianas para ensayar su método. Una vez lo encuentra en un claro del bosque le insinúa igualmente y con la misma procacidad: “Imagínate que tuviéramos un abrelatas… ¿Qué harías?”. La respuesta del Ingeniero, parecida a la del físico, provoca un comentario homólogo al realizado pocos minutos antes ante éste. Hecha su valoración, el economista se aleja con una sonrisa manteniéndose durante días apartado de ambos.
Día tras día, físico e ingeniero son más incapaces de concentrarse en sus respectivos trabajos mientras piensan obsesivamente en la necesidad de disponer de un abrelatas, y más aún en la posibilidad de que el economista tenga uno oculto. De hecho, los comentarios de éste los han convencido de que realmente esconde la herramienta y lo único que pretende es que el reparto de la comida se haga entre menos comensales. El tiempo pasa inexorable y el hambre devora las entrañas de los náufragos. La relación entre el físico y el ingeniero se ha ido deteriorando, perturbada por los sutiles comentarios del economista, al no llegar a un acuerdo respecto de la mejor forma de abrir la lata. La idea de que el economista oculta el abrelatas los perturba ya hasta el punto de no ser capaces de acometer ninguna tarea útil. Entre tanto, el economista espera pacientemente.
Una mañana, en su paseo matutino el economista encuentra el cadáver del físico en la playa y al ingeniero gravemente herido por la pelea que han mantenido. Con parsimonia recoge la lata y la ubica en el horno que había diseñado el físico. Posteriormente, la enfría en el agua del mar pero no consigue abrirla ya que no conoce los detalles del procedimiento diseñado por su fallecido compañero. Decepcionado, se desplaza al bosque donde tras varios intentos frustrados consigue arrojar la enorme lata contra la punzante piedra instalada por el Ingeniero. Sin embargo, al no conocer los cálculos hechos por éste y al haberse debilitado la lata por el intento anterior estalla en mil pedazos esparciendo la comida a los cuatro vientos, donde rápidamente es devorada por los insectos y animales salvajes que desde la muerte de los otros dos náufragos acechan insidiosamente al economista.
El poco alimento disponible sólo le permite tener una lenta agonía. Es por tanto hallado muerto por el equipo de rescate a corta distancia de donde yacen descompuestos los cadáveres del físico y el ingeniero. Los rescatadores identifican a las víctimas y encuentran los restos de la gran lata de comida en las cercanías. Uno de ellos exclama, “lástima: sólo les faltó un abrelatas”, a lo que el otro responde, “te equivocas, no les faltó el abrelatas, les sobraron las previsiones de riesgo y el economista”.
Para Standard & Poors, Fitch y Moody’s que tarde o temprano reventarán la lata.

INGENIEROS VS ECONOMISTAS O LOS DIFERENTES ENFOQUES DE LA EFICIENCIA

INGENIEROS VS ECONOMISTAS O LOS DIFERENTES ENFOQUES DE LA EFICIENCIA
Tengo formación económica (en concreto, soy titulado en Ciencias Económicas y Empresariales y en Investigación y Técnicas de Mercado), pero el caso es que fue una sorpresa casi para todos los que me conocían –no para mis padres– que no me hiciera ingeniero, ya que lo mío siempre fueron los números. En realidad la única lógica detrás de esa decisión es algo que hoy me parece un poco frívolo pero que a mis 18 años me parecía una razón de peso: toda ingeniería tenía asignatura de dibujo y yo siempre detesté el dibujo y en general las artes plásticas. Sin más. También es verdad que mi padre de forma más o menos subliminal me condicionó porque solía decir que los ingenieros eran demasiado cuadriculados para dirigir una empresa, y cierto es que no me arrepiento de haber estudiado Empresariales porque aprendí una base muy útil para asumir mi papel de coordinador general de un equipo. En particular, diría que las asignaturas más cercanas a la rama de humanidades (Psicología, Dirección de Personal) han sido de hecho de las más útiles para mi desempeño profesional porque al final en la dirección de una empresa lo más crítico y complicado es la gestión de las personas. Pero en cualquier caso siempre he tenido una querencia especial por todo lo que son números y un aprecio y admiración hacia los ingenieros.
Ingenieros y economistas compartimos en la gestión de los recursos productivos el principio de la eficiencia (conseguir los objetivos con el mejor uso posible de los recursos disponibles), pero es innegable que a efectos prácticos hay un diferente enfoque. Mientras que los unos ponen el énfasis en la consecución de los objetivos, los otros la ponen en los costes. O poniendo un ejemplo práctico, en el mundo en el que me muevo de la fabricación de productos industriales, unos se concentran en que el producto funcione bien y sea duradero, a la vez que tenga un coste razonable y unos consumos reducidos, mantenimiento contenido y larga durabilidad, mientras que el enfoque de los otros es más y más el de que el producto dé el pego, sea aparente, funcione a corto plazo (mientras dura el periodo de garantía, porque luego si se rompe pronto casi mejor porque genera ingresos de mantenimiento), y sobre todo que sea barato de fabricar para permitirnos generar más beneficio a un precio dado de venta o bien recortar dicho precio para captar más cuota de mercado.
Por supuesto que hoy en día hay muchos ingenieros que han abrazado “el lado oscuro de la fuerza”, pero es porque el mundo de la empresa ha sufrido un giro en el sentido de primar esa deformación del concepto de eficiencia y demanda profesionales más y más enfocados a esa rentabilidad cortoplacista. Cierto es también la pujante competencia de países de menor coste de mano de obra ha obligado a muchas empresas occidentales a recortar en otros factores productivos lo que no pueden aquilatar por el lado del coste de la mano de obra, y eso explica muchas cosas.
Pero a mí me gusta ese modelo un poco romántico y posiblemente algo idealizado del ingeniero para el que lo principal es que las cosas sean como tienen que ser, y que disfruta optimizando productos y procesos pero sin sacrificar pilares esenciales, entre ellos el de la durabilidad. Oigo en mi desempeño profesional muchas quejas en el sentido de que ya son sólo los economistas o los ingenieros con MBA y ese punto de vista de costes ante todo los que mandan en todo tipo de empresas.  Durante mucho tiempo se han beneficiado de las inercias positivas de diseños y prácticas heredadas de tiempos más ingenuos, pero ahora que se está produciendo un radical relevo generacional en muchas empresas, en realidad se observa que no hay tal relevo: sencillamente ha desaparecido el conocimiento de los veteranos y entre los jóvenes falla mucho la base, porque no se ha primado al que más conoce sino al que más ahorra. Más aún, a menudo he tenido la sensación de que si uno empieza a plantear los riesgos que tienen ciertas prácticas de ahorro de costes y exponer sus posibles problemas futuros, necesidad de ser prudente, ir con tiento, primar las soluciones “tried-and-tested”, etc., se convierte en una “mosca cojonera”; te ganas fama de ser el típico quejica que sólo pone pegas, y se te desplaza para poner en primera fila al típico tío que anda muy erguido, con una eterna sonrisa en la boca y que a todo responde con un “¡no hay problema!”.
Queda claro que no soy nada objetivo en esta discusión. Tomo clarísima parte a favor de la primera parte del enunciado de la eficiencia, y soy precisamente de esos críticos que miro con escepticismo las soluciones de ahorro de costes y me lo pienso mucho antes de implantarlas de manera irresponsable, porque siempre tengo en mente que la rueda lleva mucho tiempo inventada y que quizá esta idea magnífica que se nos ocurre ahora fue ya descartada en un pasado por otros profesionales tan buenos o mejores que nosotros. Y no me basta el “no hay problema”. Los problemas existen y lo que quiero es estar seguro que ponerme en manos de personas que tienen sus soluciones y que me transmitan confianza en que no se dedican a la palabrería y a esconder las miserias bajo la alfombra, que es lo que observo más y más en el día a día.
Lo cierto es que vivo en los últimos tiempos con tristeza, resignación y mucha tozudez una evolución en el modelo del negocio en el que opero donde se está primando el precio por encima de toda consideración. Y como a nadie le gusta perder dinero, aparte de mejorar la eficiencia de los procesos también se están asumiendo recortes de prestaciones y retoques de diseño que reducen los costes a costa de sacrificar durabilidad y eliminar componentes no perceptibles del producto pero que tenían una función y una razón de ser. Me estoy quizá obcecando en renunciar a seguir al mercado, y probablemente eso me vaya relegando más y más a un rincón o directamente expulsar del mismo, pero al mismo tiempo creo en que existe como mínimo un nicho de mercado para los que hacen un producto bueno y duradero, y para los que no se deshacen de su capital humano de gente “cara” pero sabia y valiosa en favor de una plantilla barata sin más de gente “sin problemas”. Conste que no es sólo una visión estratégica del negocio lo que hay detrás de mi enfoque (que también), sino que es un poco del romanticismo inicial con el que empezaba el post. Me gusta hacer algo de lo que poder sentirme orgulloso y quiero pensar que vale la pena luchar por ello. Me pregunto muchas veces si dentro de diez años seguiré dándome la razón a mí mismo…

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