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viernes, 6 de marzo de 2020

¿Qué es la economía keynesiana?




El principio central de esta escuela de pensamiento es que la intervención del Estado puede estabilizar la economía 
Por: Sarwat Jahan, Ahmed Saber Mahmud y Chris Papageorgiou

Durante la Gran Depresión de los años treinta, la teoría económica del momento no pudo explicar las causas del grave derrumbe económico mundial ni tampoco brindar una solución adecuada de políticas públicas para reactivar la producción y el empleo. El economista británico John Maynard Keynes encabezó una revolución del pensamiento económico que descalificó la idea entonces vigente de que el libre mercado automáticamente generaría pleno empleo, es decir, que toda persona que buscara trabajo lo obtendría en tanto y en cuanto los trabajadores flexibilizaran sus demandas salariales (recuadro). El principal postulado de la teoría de Keynes es que la demanda agregada —la sumatoria del gasto de los hogares, las empresas y el gobierno— es el motor más importante de una economía. Keynes sostenía asimismo que el libre mercado carece de mecanismos de auto-equilibrio que lleven al pleno empleo. Los economistas keynesianos justifican la intervención del Estado mediante políticas públicas orientadas a lograr el pleno empleo y la estabilidad de precios. 

La idea revolucionaria 

Keynes argumentaba que una demanda general inadecuada podría dar lugar a largos períodos de alto desempleo. El producto de bienes y servicios de una economía es la suma de cuatro componentes: consumo, inversión, compras del gobierno y exportaciones netas. Cualquier aumento de la demanda tiene que provenir de uno de esos cuatro componentes. Pero durante una recesión, suelen intervenir fuerzas poderosas que deprimen la demanda al caer el gasto. Por ejemplo, al caer la economía la incertidumbre a menudo erosiona la confianza de los consumidores, que reducen entonces sus gastos, especialmente en compras discrecionales como una casa o un automóvil. Esa reducción del gasto de consumo puede llevar a las empresas a invertir menos, como respuesta a una menor demanda de sus productos. Así, la tarea de hacer crecer el producto recae en el Estado. Según la teoría keynesiana, la intervención estatal es necesaria para moderar los auges y caídas de la actividad económica, es decir, el ciclo económico. 

Hay tres elementos fundamentales en la descripción keynesiana del funcionamiento de la economía: 
• En la demanda agregada influyen muchas decisiones económicas, tanto públicas como privadas. Las decisiones del sector privado pueden a veces generar resultados macroeconó
micos adversos, tales como la reducción del gasto de consumo durante una recesión. Esas fallas del mercado a veces exigen que el gobierno aplique políticas activas, tales como un paquete de estímulo fiscal. Por lo tanto, el keynesianismo apoya una economía mixta guiada principalmente por el sector privado pero operada en parte por el Estado. 
• Los precios, y especialmente los salarios, responden lentamente a las variaciones de la oferta y la demanda, algo que genera situaciones periódicas de escasez y excedentes, sobre todo de mano de obra. 
• Las variaciones de la demanda agregada, ya sea previstas o no, tienen su mayor impacto a corto plazo en el producto real y en el empleo, no en los precios. 

Los keynesianos creen que, como los precios son un tanto rígidos, las fluctuaciones de cualquier componente del gasto —consumo, inversión o gasto público— hacen variar el producto. Si el gasto público aumenta, por ejemplo, y todos los demás componentes se mantienen constantes, el producto aumentará. Los modelos keynesianos de actividad económica también incluyen un efecto multiplicador; es decir, el producto varía en algún múltiplo del aumento o disminución del gasto que causó la variación. Si el multiplicador fiscal es mayor de uno, un dólar de aumento del gasto público se traduciría en un aumento del producto superior a un dólar. 

Estabilizar la economía 

De esos tres principios por sí solos no se deduce ninguna fórmula en materia de políticas. Lo que distingue a los keynesianos de otros economistas es su creencia en las políticas intervencionistas para reducir la amplitud del ciclo económico, que colocan entre los más importantes de todos los problemas económicos. En vez de considerar los desequilibrios presupuestarios del Estado como perniciosos, Keynes propugnaba políticas fiscales anticíclicas, que actúan en sentido contrario al del ciclo económico. 
Por ejemplo, los keynesianos propondrían incurrir en un gasto deficitario destinado a proyectos de infraestructura que demanden mucha mano de obra para estimular el empleo y estabilizar los salarios cuando la economía se contrae, y elevarían los impuestos para enfriar la economía y evitar la inflación ante un abundante crecimiento de la demanda. La política monetaria también podría utilizarse para estimular la economía, por ejemplo, bajando las tasas de interés para alentar la inversión. La excepción ocurre durante una trampa de liquidez, cuando el incremento de la oferta monetaria no logra reducir las tasas de interés y, por lo tanto, no impulsa el producto ni el empleo. 

Keynes sostenía que los gobiernos debían resolver los problemas a corto plazo en vez de esperar que las fuerzas del mercado corrigieran las cosas en el largo plazo, porque, como escribió, “A largo plazo, todos estaremos muertos”. Esto no significa que los keynesianos recomienden ajustar las políticas cada pocos meses para mantener el pleno empleo. De hecho, creen que los gobiernos no pueden saber lo suficiente como para aplicar con éxito un ajuste preciso. 

El keynesianismo evoluciona 

Aun cuando las ideas de Keynes fueron ampliamente aceptadas durante su vida, también fueron analizadas minuciosamente y refutadas por varios de sus contemporáneos. Merecen destacarse particularmente sus polémicas con la Escuela Austríaca de Economía, cuyos adherentes creían que las recesiones y los auges son parte del orden natural y que la intervención del Estado solo empeora el proceso de recuperación. 
La economía keynesiana dominó la teoría y la política económica después de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1970, cuando en muchas economías avanzadas hubo inflación y un lento crecimiento, fenómeno llamado “estanflación”. La teoría keynesiana perdió entonces popularidad porque no ofrecía una respuesta de políticas apropiadas para superar tal situación. Los monetaristas dudaban de la capacidad de los gobiernos para regular el ciclo económico con la política fiscal y sostenían que el uso sensato y
prudente de la política monetaria (esencialmente controlando la oferta monetaria para influir en las tasas de interés) podría aliviar la crisis (véase “¿Qué es el monetarismo?”, F&D, marzo de 2014). Los miembros de la escuela monetarista también sostenían que el dinero puede tener un efecto en el producto a corto plazo pero creían que en el largo plazo una política monetaria expansiva genera únicamente inflación. Los economistas keynesianos adoptaron en gran medida estas críticas, incorporando a la teoría original una mejor integración del corto y el largo plazo así como una comprensión de la neutralidad del dinero a largo plazo: la idea de que un cambio en la oferta monetaria afecta solo las variables nominales de la economía, como precios y salarios, pero no ejerce efecto alguno en las variables reales, como el empleo y el producto. 

Tanto los postulados keynesianos como los monetaristas fueron puestos bajo la lupa cuando surgió la nueva escuela clásica a mediados de la década de 1970. Dicha escuela afirmaba que los responsables de las políticas públicas son ineficaces porque los participantes individuales del mercado pueden prever los cambios de una política y actuar anticipadamente para contrarrestarlos. Una nueva generación de keynesianos que surgió en los años setenta y ochenta argumentó que, aun cuando los individuos pueden prever correctamente tales cambios, los mercados agregados quizá no se ajusten instantáneamente; por lo tanto, la política fiscal puede igualmente ser eficaz a corto plazo. 

La crisis financiera mundial de 2007–08 hizo resurgir el pensamiento keynesiano, que dio sustento teórico a las políticas económicas adoptadas por muchos gobiernos, incluidos los de Estados Unidos y el Reino Unido,  como respuesta a la crisis. Cuando sobrevino la recesión mundial a fines de 2008, el profesor de Harvard N. Gregory Mankiw escribió en el New York Times, “Si tuviéramos que recurrir a un único economista para comprender los problemas que enfrenta la economía, indudablemente ese economista sería John Maynard Keynes. Aunque Keynes murió hace más de medio siglo, su diagnóstico de las recesiones y depresiones sigue siendo la base de la macroeconomía moderna.


Keynes escribió, ‘Los hombres prácticos, que se creen libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto’. En 2008, ningún economista difunto es más prominente que el mismo Keynes”. 

Pero la crisis de 2007–08 también mostró que la teoría keynesiana debía contemplar mejor el papel del sistema financiero. Los economistas keynesianos están rectificando esa omisión integrando los sectores real y financiero de la economía.   

■ Sarwat Jahan es Economista y Chris Papageorgiou es Subjefe de División en el Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del FMI. Ahmed Saber Mahmud es Director Asociado de Economía Aplicada de la Universidad Johns Hopkins.

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La

El absurdo de la economía keynesiana


El absurdo de la economía keynesiana

La economía de John Maynard Keynes, tal y como se ha enseñado a los alumnos universitarios durante las últimas décadas está ahora mismo muerta en la teoría, pero no en la práctica. El libro de Keynes de 1936, la Teoría general del empleo, el interés y el crédito, retrataba al mercado como esencialmente inestable y designaba al gobierno como estabilizador. La estabilidad que supuestamente queda fuera del alcance del mercado iba a ser proporcionada por los cargos macroeconómicos del gobierno federal: el presidente (con la ayuda de su Consejo de Asesores Económicos), el Congreso y la Reserva Federal.
La aceptación de la profesión económica del keynesianismo fundamentalista llegó a su máximo en la década de 1960. En décadas recientes, el entusiasmo por Keynes se ha ido desvaneciendo al tratar sus defensores de obtener nuevas ideas a partir de la Teoría General o introducir en ella las suyas propias. Y aunque el gobierno federal se ha convertido desde hace mucho tiempo en un suministrador neto de inestabilidad macroeconómica, las instituciones y herramientas políticas que se crearon para conformar la visión keynesiana se han convertido en parte integral de nuestro entorno económico y político.
Un sistema contable de renta nacional, creado con un ojo en la teoría keynesiana, permitía a los estadísticos poner en gráficos los cambios en la macroeconomía. Pensando en términos de un total o agregado de toda la economía, los consejeros políticos seguían la producción de bienes y servicios comprados por consumidores, inversores y gobierno. Las autoridades fiscales y monetarias estaban listas para actuar siempre que la producción total real o medida de la economía, que se suponía que reflejaba el lado de la demanda de los mercados, quedara por debajo de su producción potencial, que se estimaba a partir de la base del lado de la oferta. Rebajar impuestos permitiría a consumidores e inversores gastar más; el gasto público se añadiría directamente al total; imprimir o pedir prestado dinero facilitaría los movimientos opuestos en los ingresos públicos y en sus gastos.
Una insuficiencia crónica de demanda agregada, que implica que precios y salarios están en cierto modo atascados por encima de sus niveles de liquidación del mercado, se creía que era el estado normal de cosas. ¿Por qué podría haber esos problemas de precio en una escala que abarca toda la economía? ¿Qué legislación e instituciones públicas podrían interponerse en el camino de los necesarios ajustes del mercado? Estas preguntas se veían eclipsadas por la cuestión más acuciante políticamente de cómo aumentar la demanda para liquidar los mercados a los precios existentes. La Nueva Economía de Keynes desviaba el foco de atención del mercado al gobierno, de los cambios económicamente justificados en los precios del mercado a los cambios políticamente justificados en el gasto público.
Los políticos siguen apelando a nociones keynesianas básicas para justificar sus planes intervencionistas. El uso continuo de políticas de gestión de la demanda dirigidas a estimular la actividad económica (gastando dinero recién impreso o tomado prestado durante las recesiones y antes de las elecciones) requiere que entendamos en qué consiste la economía keynesiana y cuáles son sus defectos. También identificar los defectos a nivel del estudiante universitario ayuda a este a evaluar en sus cursos de grado y de nivel superior esas modificaciones modernas como post, neo o nuevo keynesianismo, así como algunas ramas del monetarismo.
El nivel extremo de agregación en la economía keynesiana deja irremediablemente a un lado todo el rango de decisiones y acciones de compradores y vendedores individuales. La economía keynesiana simplemente no trata la oferta y la demanda en el sentido convencional de estos términos. Por el contrario, todo el sector privado se analiza en términos de solo dos categorías de bienes: bienes de consumo y bienes de inversión. Los patrones de precios dentro de estas dos gigantescas categorías sencillamente desaparecen de la imagen. Para empeorar las cosas, el único precio relativo que se mantiene en esta formulación (el valor relativo de los bienes de consumo frente a los bienes de inversión, expresado por el tipo de interés) se supone que, o no funciona en absoluto, o funciona perversamente.

La ignorancia de la escasez de Keynes

La economía prekeynesiana, como la de John Stuart Mill, así como la mayoría de la teoría contemporánea, como la de Ludwig von Mises y F. A. Hayek, destacan la noción de escasez, que implica un equilibrio esencial entre la producción de bienes de consumo y la producción de bienes de inversión. Podemos tener más de unos, pero solo a costa de los otros. La construcción de plantas y equipos adicionales debe facilitarse por un mayor ahorro, es decir, por una disminución en el consumo actual. Por supuesto, esa inversión hace posible que aumente el consumo futuro. Identificar los mecanismos de mercado que asignan recursos a lo largo de tiempo es esencial para nuestra comprensión del proceso de mercado en su capacidad de ajustar las decisiones de producción a las preferencias de consumo. Pero, como Hayek advirtió enseguida, el agregado keynesiano sirve para ocultar estos mismos mecanismos tan esenciales para la asignación intertemporal de recursos y por tanto la estabilidad macroeconómica.
En la teoría keynesiana, la idea resuelta desde hace mucho de un equilibrio de consumo e inversión sencillamente queda apartada. Coherentemente con la supuesta perversidad del mecanismo de precios, los niveles de las actividades de consumo inversión se cree que siempre se mueven en la misma dirección. Más inversión genera más renta, lo que financia más consumo; más consumo estimula más inversión. Esta característica de la teoría keynesiana implica una inestabilidad propia de las economías de mercado. Así que la teoría no es posible que pueda explicar cómo funciona una economía sana de mercado, cómo el proceso el mercado permite que un tipo de actividad se compense frente a la otra.

La teoría del “multiplicador-acelerador”

La inestabilidad propia hace su aparición en los libros de texto como la interacción entre el “multiplicador”, a través del cual la inversión afecta al consumo, y el “acelerador”, a través del cual el consumo afecta la inversión. El efecto multiplicador se deduce del sencillo hecho de que el gasto de una persona se convierte en las ganancias de otra, lo que, a su vez, permite mayor gasto. Así que cualquier aumento en el gasto, ya se origine en el sector privado o en el público, se multiplica través de rondas sucesivas de ganancias de renta y gasto de consumo.
El mecanismo acelerador es una consecuencia de la durabilidad de los bienes de capital, como plantas y equipos. Por ejemplo, una existencia de diez máquinas, cada una de las cuales dura diez años, puede mantenerse comprando una nueva máquina cada año. Un aumento ligero pero permanente en la demanda de consumo en de la producción de las máquinas de, digamos, un 10% justificaría mantener una existencia de capital de once máquinas. Así que el resultado inmediato sería una aceleración de la demanda actual de nuevas máquinas de una a dos, un aumento del 100%.
La teoría del multiplicador-acelerador explica por qué está aumentando el consumo, dado que está aumentando la inversión, y por qué está aumentando la inversión, dado que está aumentando el consumo. Pero es incapaz de explicar qué determina los niveles actuales de consumo e inversión (salvo en términos de uno con respecto al otro), por qué debería estar aumentando a disminuyendo o cómo pueden aumentar ambos al mismo tiempo. A los alumnos se les dejar con la idea general de que las dos magnitudes, inversión y consumo, pueden alimentarse entre sí, en cuyo caso la economía experimenta una expansión económica, o pueden hacerse pasar hambre entre sí, en cuyo caso la economía experimenta una contracción económica. Es decir, la teoría keynesiana explica cómo el mecanismo multiplicador acelerador hace mejor una situación buena o peor una situación mala, pero nunca explica por qué la situación debería ser buena o mala en primer lugar.
Solo en los dos extremos en el nivel de actividad económica es seguro que se produce un cambio en la dirección tanto del consumo como de la inversión. Después de una larga contracción, el desempleo prevalece y la depreciación del capital llega a niveles críticos. Cuando la producción esencial para el reemplazo de capital estimula aún más la vida económica, la macroeconomía empieza una espiral al alza. Después de una larga expansión, la economía llega a sus límites. Se produce un empacho en los mercados, tanto con bienes de consumo como de producción. Los inventarios no vendidos disparan recortes en la producción y despidos de trabajadores, la macroeconomía empieza una espiral a la baja. Keynes sostenía que la economía normalmente fluctúa entre estos dos extremos experimentando una insuficiencia general (y una supersuficiencia ocasional) de la demanda agregada.

El libro de texto del keynesianismo

En las formulaciones simplistas de los libros de texto de macroeconomía, la inversión está sencillamente “dada”; según la fórmula del propio Keynes, la inclinación a invertir de la comunidad empresarial está dirigida por factores psicológicos que se resumen en la sonora expresión “espíritus animales”. Keynes apreciaba que hay algunos “factores externos” en funcionamiento, como los asuntos exteriores, el crecimiento de la población y los descubrimientos tecnológicos. En la práctica, el mercado se considera como una especie de amplificador económico que convierte cambios relativamente pequeños en estos factores externos en grandes cambios en el empleo y la producción. Esta es la visión keynesiana básica.
Se supone que los salarios y los precios, o bien son inflexibles, o bien cambian en proporción directa entre sí. En todo caso, el salario real (S/P) es siempre constante. El nivel real de salarios y precios se cree que está determinado (también) por factores externos, esta vez, sindicatos y grandes empresas. Si el salario real es demasiado alto, habrá desempleo en toda la economía. Habrá trabajo ocioso y recursos ociosos de todo tipo. El coste de oportunidad de volver a poner en marcha estos recursos no es sino ocio perdido, que no es ningún coste en absoluto. La supuesta normalidad del ocio masivo de los recursos asegura que nunca entra en juego el eterno problema de la escasez. William H. Hutt y F. A. Hayek tenían razones para referirse a la economía keynesiana como la “teoría de los recursos ociosos” y la “economía de la abundancia”.
El keynesianismo de libro de texto tiene una cierta coherencia interna o integridad económica. Dada la suposición de que precios y salarios no se ajustan adecuadamente a las condiciones de mercado (es decir, la suposición de que el sistema de precios no funciona), entran en juego las relaciones keynesianas entre los agregados macroeconómicos. Incluso las recetas políticas parecen estar justificadas: si salarios y precios no se ajustan a las condiciones existentes del mercado, entonces las condiciones del mercado deben ser ajustadas (por las autoridades fiscales y monetarias) a los precios y salarios determinados externamente.
Sin embargo, en el análisis final, la teoría keynesiana es una serie de presupuestos que se refuerzan mutuamente pero que son injustificables en su conjunto con respecto a cómo se relacionan entre sí ciertos agregados macroeconómicos. La política keynesiana es una serie de recetas políticas que se justifican a sí mismas. Por ejemplo, si el gobierno está convencido de que los salarios no van a caer y está dispuesto a contratar a los desempleados, entonces los trabajadores desempleados no estarán dispuestos a aceptar un salario por debajo del mercado, garantizando que los salarios no caerán en la práctica. Así que, aunque la intención de la política keynesiana sea estabilizar la economía, el efecto real es “keynesianizar” la economía. Hace que la economía se comporte exactamente de la misma manera perversa que implican las suposiciones keynesianas. Esta enrevesada interrelación entre teoría y política ha ocultado durante mucho tiempo los defectos esenciales de la propia teoría.
Los estudiantes a menudo hacen la pregunta evidente: ¿Por qué la política del gobierno se basa en una teoría tan defectuosa? Desde un punto de vista político, defender e implantar una política keynesiana es la vía segura a la elección y la reelección. Las ganancias de imprimir y gastar dinero son inmediatas, muy visibles y pueden concentrarse en personas que constituyen poderosos grupos de votantes. Los costes de esta política se pagan en una fecha posterior y pueden extenderse con poco impacto sobre toda la población, haciendo la relación entre política y consecuencias a largo plazo difíciles de percibir por los votantes.
El desvanecimiento en años recientes del keynesianismo antiguo en los círculos académicos proporciona poco consuelo. Aunque el número de gestores de la demanda continúa disminuyendo, es a este grupo de economistas en disminución al que los cargos públicos acuden en busca de consejo y acuerdo. Y las oportunidades de asesorar a los círculos del poder en lugar de las aulas de enseñanza son algo de cambia las mentes de algunos economistas acerca de la aconsejabilidad (política si no económica) de gestionar la demanda agregada. Imprimir y gastar dinero en búsqueda de un estímulo a corto plazo, en lugar una estabilidad a largo plazo, sigue estando a la orden del día.
Así que hay buenas razones para estudiar teoría keynesiana: Nos ayuda a entender qué es probable que hagan los cargos públicos en cualquier circunstancia. Pero para entender los efectos reales de sus políticas de gestión de la demanda largo plazo igual que al corto, necesitamos una teoría más ilustradora: una que aprecie lo que las fuerzas del mercado pueden hacer por sí mismas para mantener la estabilidad macroeconómica y como esas fuerzas se ven obstaculizadas por la estabilización proporcionada por el gobierno.
Author: 
Roger W. Garrison received his doctorate degree from the University of Virginia in 1981. He is now Emeritus Professor of Economics at Auburn University in Alabama, where he taught Macroeconomics and History of Economic Thought (among other courses) from 1978 to 2012. He was a Post Doc Fellow at New York University in 1981. He was winner of the Smith Prize in Austrian Economics in 2001 for his book Time and Money: The Macroeconomics of Capital Structure. In 2003 he was named First Hayek Visiting Scholar at the London School of Economics, where he delivered LSE’s First Memorial Hayek Lecture. He served as President of the Society for the Development of Austrian Economics in 2004. His Austrian-oriented writings have appeared in Economic Inquiry, Journal of Macroeconomics, History of Political Economy, Journal of Economic Education, Independent Review, Cato Journal, Journal of Austrian Economics, and in a number of conference volumes and reference volumes. Most recently, his invited chapter titled “Friedman and the Austrians” appears in Robert A. Cord and J. Daniel Hammond, eds., Milton Friedman: Contributions to Economics and Public Policy, Oxford University Press, 2016. 
Roger Garrison is professor emeritus of economics at Auburn University and Associated Scholar of the Mises Institute.
See his web page. Send him mail.
Recent Publications (2012–2016)
Earlier Publications (1979–2012) can be accessed through www.auburn.edu/~garriro.
Garrison, Roger W., “Friedman and the Austrians,” in Robert A. Cord and J, Daniel Hammond, eds., Milton Friedman: Contributions to Economics and Public Policy, Oxford University Press, 2016 (forthcoming).
Garrison, Roger W., “Cycles and Slumps in an Overly Aggregated Theoretical Framework,” in Steven Kates, ed., What’s Wrong with Keynesian Economics, Edward Elgar, Cheltenham, UK, 2016 (forthcoming).
Garrison, Roger W., Review of Randall G. Holcombe, “Advanced Introduction to the Austrian School of Economics, Journal of Economic Literature, 2015 (vol. 53, no. 1): 119-–21.
Garrison, Roger W. and Norman Barry, eds. 2014), Elgar Companion to Hayekian Economics, Edward Elgar, Cheltenham, UK (2014).
Garrison, Roger W., Review Essay: “Alchemy Leveraged: The Federal Reserve and Modern Finance,” Kevin Dowd and Martin Hutchinson’s Alchemists of Loss: How Modern Finance and Government Regulation Crashed the Financial System, The Independent Review, 2012 (vol. 16, no. 3): 435–51.
Garrison, Roger W., “Natural Rates of Interest and Sustainable Growth,” The Cato Journal, 2012 (vol. 32, no. 2): 423–37.