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miércoles, 4 de enero de 2023

Diez preguntas y respuestas sobre los monopolios, los precios y la competencia

 

Diez preguntas y respuestas sobre los monopolios, los precios y la competencia

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Por Gustavo Rodriguez, socio de Rodríguez García – consultoría especializada y profesor de la Maestría en Derecho de la Propiedad Intelectual y de la Competencia de la PUCP.

Muchas personas repiten de manera irreflexiva que los monopolios son malos y que por eso están prohibidos. Lo cierto es que ni están prohibidos ni son necesariamente malos. Sin embargo, es importante tratar de explicar el punto para evitar malos entendidos respecto de un tema tan importante pues la incomprensión de este asunto puede conducir a un apoyo a medidas o propuestas de intervención que podrían generar más daño que bienestar. En ese sentido, veamos algunas preguntas y respuestas:

1. ¿El monopolio está prohibido en el Perú?

El primer párrafo del artículo 61º de nuestra Constitución establece: “El Estado facilita y vigila la libre competencia. Combate toda práctica que la limite y el abuso de posiciones dominantes o monopólicas. Ninguna ley ni concertación puede autorizar ni establecer monopolios”. Como puede apreciarse, en el Perú existe un mandato constitucional orientado a combatir el abuso de posición de dominio en el mercado o el abuso de posiciones monopólicas. Los monopolios no están prohibidos. Sin embargo, sí se encuentra proscrito que mediante una ley o concertación se autorice o establezca un monopolio. Los monopolios que son, por ejemplo, consecuencia de la propia dinámica del mercado (por ejemplo, porque un agente de mercado le gana a sus competidores), son perfectamente lícitos.

2. ¿Deberían estar prohibidos los monopolios?

De ninguna manera. Los monopolios son parte del proceso competitivo y, de hecho, suelen ser necesarios para incentivar el nivel adecuado de innovación. Probablemente la mayor virtud de la competencia sea que empuja los precios al nivel de los costos. Si producir un bien me cuesta X, probablemente tendré que venderlo a X puesto que cualquier margen será aprovechado por un competidor para quitarme mercado gracias a un precio más atractivo (salvo que su producto sea mejor y pueda atraer clientes pese al precio mayor). El lado oscuro de esta historia es que el modelo de competencia perfecta, en tanto implica precios más bajos, implica incentivos más débiles. ¿Usted innovaría para poner un producto en el mercado respecto del que solo podrá cobrar el equivalente al costo? Como regla general, se necesitan expectativas de retorno superiores para producir el nivel de innovación óptimo.

3. ¿Pero los monopolios implican precios más altos?

Como regla general, es previsible que un monopolista pueda cobrar precios mayores. Pero los precios son señales en el mercado. Si un precio sube, está señalizándose que debe producirse más del bien y que el agente de mercado que está vendiendo está haciendo un gran negocio. El precio alto atrae nuevos competidores que, precisamente porque se genera competencia, empujarán el precio nuevamente a la baja.

4. ¿No se supone que los precios altos son negativos para los consumidores?

La gente suele ver a los precios altos como algo negativo porque suele asociarse con la imposibilidad de comprar algo. No puedo ir a un concierto porque la entrada es cara o no puedo viajar por el mundo porque no tengo el dinero. Lo que no se entiende es que no es que uno no pueda acceder a algo porque el precio sea alto sino que el precio es alto precisamente porque no hay suficiente para que todos accedan. Una mansión lujosa probablemente tenga un precio elevado pero eso es así porque no hay suficientes mansiones lujosas para todos. Los precios altos no generan escasez de mansiones lujosas sino que reflejan dicha realidad. Imagínese que el Estado regula el precio y lo reduce por mandato de la ley. En ese caso, mucha más gente competiría por acceder a la mansión lujosa pese a su escasez. El Estado tendría que implementar algún mecanismo que determinara quién accede a la mansión con consecuencias probablemente nefastas.

5. ¿Pero no es obvio que el mercado se mueve por el afán de lucro?

En realidad, no debe confundirse el deseo de ganar dinero -que es natural- con el funcionamiento del mercado. El mercado, como dice Thomas Solow en un popular libro, es un sistema de ganancias y pérdidas. Las pérdidas son importantes porque de esa manera se señaliza que debe dejar de producirse algo que la gente no quiere. La regulación de los precios por parte del Estado se traduce, por eso, en una afrenta a los deseos de los consumidores. Es probablemente el atentado más grave al principio de soberanía del consumidor pues lesiona directamente su libertad de elegir.

6. ¿No es que las empresas ponen precios altos para abusar de los consumidores?

Las empresas no “ponen” los precios. Como regla general, un vendedor no puede poner el precio que le da la gana a algo. La competencia debe preservarse pues limita el precio que el vendedor puede cobrar. Si el Estado prohibe los monopolios, reduce el incentivo por competir y eso afecta los precios de manera negativa.

7. ¿Pero podría afirmarse que es un abuso que una empresa cobre determinado precio alto, por ejemplo, por un lomo saltado que vale menos?

El valor es subjetivo. Las personas valoramos las cosas de formas distintas y estamos dispuestos a pagar precios diferentes en función a nuestras valoraciones diferentes. El lomo saltado no tiene un valor objetivo. Las personas que valoran el lomo saltado lo suficiente, lo comprarán. Los que no, no lo harán. Nuevamente, prohibir que se cobre determinado precio por un producto lesionaría la libertad de elegir de un grupo de consumidores que, por las razones que sean, estarían dispuestos a pagar un precio mayor.

8. ¿Entonces el Estado no debería hacer algo?

El Estado debe hacer precisamente lo que establece la Constitución: combatir prácticas que limiten la libre competencia de modo que se produzcan abusos de posición de dominio o monopólicas. Los controles de precios y otras políticas parecidas afectan a los consumidores. Todo “defensor de los consumidores” que defienda un control o regulación de precios es un falso defensor de los consumidores.

9. ¿No se está asumiendo una posición ideológica? ¿No hay un sesgo anti-Estado?

Para nada. La sensatez dicta que al hacer algo se debe ver la evidencia ponderando los costos y los beneficios. Mucha gente suele ver al mercado fallido perdiendo de vista que el Estado falla y mucho. La cuestión no es, como suelen creer los políticos, encontrar un fallo de mercado para que el Estado intervenga. La cuestión es demostrar que la intervención del Estado será mas barata y por tanto eficiente. Si el Estado asume costos -con el dinero de todos los peruanos- e interviene generando ineficiencias, todos habremos perdido.

10. ¿Entonces, qué pasa con la gente que dice que los monopolios están mal y que los precios altos son injustos y deben ser regulados?

Simple: o bien emplean un discurso para la tribuna que es políticamente rentable o simplemente no han tenido la oportunidad de leer y comprender el contenido de este cuestionario.


Imagen: https://goo.gl/XuSo4k 

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 UNIVERSIDAD DE ALCALA

DEPARTAMENTO DE FUNDAMENTOS DE ECONOMIA E HISTORIA ECONOMICA
Historia del pensamiento Económico
Profesor: C.M.Gómez Gómez


Alfred Marshall

La teoría de la demanda de Marshall es esquemática e ...




AlfredMarshall: la oferta y la demanda

Ninguna introducción a Alfred Marshall puede superar a la aportada por uno de sus discípulos más brillantes, John Maynard Keynes en su biografía publicada el año de la muerte de su maestro (1924) y de la que tomamos los siguientes apartados a modo de introducción:

"Igual que sus colegas, Henry Sidgwick y James Ward en la cátedra de ciencias morales de Cambridge durante las últimas décadas del siglo XIX, Alfred Marshall pertenecía a la tribu de los sabios y los pastores; ahora bien, dotado como ellos de una doble naturaleza, era también un científico. En su condición de predicador y pastor de hombres no poseía nada especial que lo elevara por encima de otras naturalezas afines. En su condición de científico fue en su campo, el más grande que el mundo conoció en un todo un siglo. Sin embargo, le gustaba dar preferencia al primer aspecto de su naturaleza. Este yo (pensaba) debe dominar, el otro servir. El segundo yo buscaba el conocimiento por el conocimiento; el primero subordinaba los fines abstractos a las exigencias de un progreso práctico. Los ojos penetrantes y las alas inquietas del águila eran a menudo llamadas a tierra para cumplir el voto del moralista.

Pero, bajo otro aspecto, esta duplicidad constituyó una ventaja absoluta. El estudio de la economía no parece que requiera dotes especialmente relevantes. ¿No es acaso, en el aspecto intelectual, una materia extremadamente fácil, en comparación con los estudios más elevados de la filosofía o de la ciencia pura? Y, sin embargo, un buen economista, o simplemente competente, es una auténtica rareza. Materia fácil en la que pocos destacan. Tal vez, la paradoja encuentre su explicación en el hecho de que, en economía, el maestro debe poseer una rara combinación de dotes. Debe alcanzar un nivel elevado en distintas direcciones, combinando capacidades que, a menudo, no posee una misma persona. Debe ser, en algún modo, matemático, historiador, estadista, filósofo; manejar símbolos y hablar con palabras; contemplar lo particular bajo el prisma de lo general, abordar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo de la idea. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con la vista puesta en el futuro. Su mirada ha de abarcar todas las partes de la naturaleza y de las instituciones humanas. Debe ser, simultáneamente, interesado y desinteresado; distanciado e incorruptible como el artista, y no obstante, a veces, tan pegado a la tierra como el político. Si no plenamente, sí en muy buena parte, Marshall poseía ese ideal poliédrico. Pero, por encima de todo, esta variedad de educación y de naturaleza le otorgaba el don más esencial de cuantos le son precisos al economista: era en sumo grado historiador y matemático, estudios, a la vez, de lo particular y de lo general, de lo temporal y lo eterno." (Keynes, Ensayos Biográficos, p.185)

Nuestra exposición, menos ambiciosa, se concentrará sólo en algunos aspectos fundamentales de la obra principal de Marshall: Principles of Economics, 1890. Esta obra, sorprendentemente rica y sutil, desafía una presentación general y cualquier intento de resumen. Cualquier síntesis, delante de tal densidad, y cualquier selección de algunos temas corre el riesgo de parecer reduccionista. La ambición de Marshall, así como sus preocupaciones por la relevancia práctica sin renunciar a una sólida orientación teórica, son circunstancias que ayudan a explicar el grado de complejidad de la obra, y porqué razón, para un observador desprevenido, los Principios pueden parecer faltos de coherencia y de lógica interna. Marshall era un matemático competente y emplea las técnicas algebraicas y geométricas para analizar situaciones concretas a partir de supuestos e hipótesis establecidos con precisión. Sin embargo, el autor no se daba por satisfecho con el estudio puramente mecánico de las tendencias y los equilibrios. Marshall era, por encima de todo ello, un hombre realista, plenamente consciente de la complejidad de la vida económica, dotado del rigor necesario, pero también convencido de que la realidad nunca se dejaría encerrar en los límites estrechos de un modelo. Además tuvo la suerte de ser comprendido por un público cultivado de hombres de negocios, empresarios y políticos, para quienes escribió su obra. Por eso, relegará los desarrollos más técnicos a las notas de pie de página y a los apéndices matemáticos dando a veces la impresión de que escribió dos libros: uno con el texto principal y otro con las ecuaciones, las notas al margen y todo lo demás.

Sin ánimo de abarcar toda la obra de Marshall, y aun menos la contenida en los principios, en estos apuntes nos limitaremos a ver con algún detalle la teoría de los precios.

2. Concepción General del valor y los Precios:

Los elementos que gobiernan el valor se deben buscar, de una parte, en la utilidad aportada por los bienes consumidos, y, de otra, en los esfuerzos y sacrificios implicados en la producción. Estas satisfacciones y costes subjetivos son susceptibles de una evaluación por parte del mercado: el dinero da una medida de las mismas. De este modo, en el mercado, la utilidad gobierna la demanda y los costes gobiernan la oferta. Estas dos hojas de la tijera, como dice Marshall, determinan los precios. Nosotros las analizaremos en su orden.

2.1La Teoría de la Demanda

La concepción marshaliana de la demanda difiere fundamentalmente de la concepción clásica. Para los clásicos, la demanda se refiere a cantidades necesarias para satisfacer necesidades particulares. Hay así "una demanda de subsistencia" para alimentar la población, una "demanda de trabajo productivo" correspondiente a la acumulación deseada de capital, una "demanda efectiva que permite la remuneración de los factores a sus tasas naturales y hace entonces venir los bienes sobre el mercado, una "demanda de bienes de lujo y de trabajo improductivo" eventualmente para garantizar desembolsos suficientes, etc. De esta concepción resulta dos consecuencias. La primera es que la demanda no es un concepto general. Existen demandas correspondientes a campos particulares y poniendo en juego comportamientos específicos que se deben articular, pero que son, de partida, distintos. La segunda es que las demandas están difícilmente relacionadas con los precios de mercado. La mayor parte del tiempo son rígidas, inelásticas. La población debe ser alimentada, lo que determina la demanda de trigo; se acumulará un cierto volumen de capital, lo que determina la demanda de trabajo productivo; el arbitraje entre la prodigalidad y la parsimonia determinará para los capitalistas y los propietarios de la tierra la demanda de bienes de lujo y de trabajo improductivo... En efecto, como hemos visto, la reflexión de los clásicos se dirige esencialmente hacia las fuerzas que gobiernan el precio natural, los cuales dependen esencialmente de la oferta.

El concepto de demanda extraño al análisis clásico juega el papel central en el análisis de Marshall. En primer lugar, porque la determinación de los precios de mercado (y no el precio natural) es uno de los principales problemas de estudio, de modo que la demanda toma un sitio natural al lado de la oferta. de otro lado, porque la demanda se convierte en un concepto general, pertinente para el conjunto de los mercados (productos, factores, bienes y servicios, activos reales y financieros,...)

La concepción marshaliana de los "bienes económicos" que son objeto de una demanda rompe radicalmente con a tradición clásica. Esquemáticamente, podríamos decir que una economía produce menos "bienes", "satisfacciones" o "utilidades", que los que los consumidores buscarán obtener en el mercado. Así, los servicios, igual que los bienes materiales, satisfacen ese criterio. Un "bien económico" es el que se compra en el mercado; su valor es el precio al que se compra. En esta óptica, la distinción bien servicio carece de contenido analítico: "a veces se dice que los comerciantes no producen: que, en tanto que el carpintero produce los muebles, el mercader se limita a vender lo que ya está producido. Pero esta distinción carece de base científica. Los dos producen utilidades y ninguno de ellos puede hacer más" (p.53). Una consecuencia anexa pero importante se deriva inmediatamente: la antigua distinción clásica entre trabajo productivo e improductivo desaparece. "Si se trata de tomar un nuevo punto de partida, es preferible considerar todo trabajo como productivo, con excepción de aquel trabajo que no consigue el objetivo al que se dirige y que, por ello, no produce utilidad alguna" (p.54-55).

Evidentemente la naturaleza de la demanda va a cambiar. Ya no se trata de una simple cantidad requerida para la satisfacción de una necesidad particular, sino de una relación que expresa, antes de toda transacción de mercado, la evolución de las cantidades demandadas de acuerdo con los distintos precios posibles. Es entonces un concepto ex-ante y es también una función que puede expresarse en una curva.

Sin duda esta noción se impone ahora con la fuerza de lo evidente; pero no podemos olvidar que al final del período clásico fue una formulación innovadora. Por supuesto las curvas de demanda fueron trazadas antes de Marshall por Cournot pero es el primer autor el que logró el mérito de desarrollar una teoría en este campo.

La teoría de la demanda de Marshall es esquemática e incompleta y se concentra en la demanda de un bien, o un grupo de bienes, frente a un entorno vagamente definido. La función de utilidad del individuo se define como:

u(x) + w(y)

Donde x es el nivel de consumo del bien X, e y es el gasto en todos los demás bienes medido en dinero de poder adquisitivo constante. El cómo se define tal índice y si el precio de x está o no incluido en su cálculo es algo que no se aclara. Asumiendo la utilidad marginal decreciente del consumo del bien X y del bien Y, podemos deducir el gasto máximo e que el individuo está dispuesto a hacer para asegurarse el consumo de x unidades del bien X, cuando dispone de un ingreso total de m para gastar en todos los bienes. Esta función se define implícitamente como:

u(x) + w(m-e(x,m))-w(m)=0

Así, puede obtenerse la función inversa de demanda del bien x como:

f(x,m) = ex(x,m)=u´(x)/w´(m-e(x,m))

Puede comprobarse con facilidad que la demanda aumenta con el ingreso y disminuye con el precio del bien X. La demanda de mercado se obtiene simplemente agregando las demandas individuales.

Si los individuos pueden comprar x unidades del bien X al coste monetario total de c(x), entonces, el excedente del consumidor que éste obtiene con la compra es igual a:

s(x,m)=e(x,m)-c(x)

Evidentemente, este excedente se mide en dinero. La ganancia en términos de utilidad está dada por:

b(x,m)=u(x)+w(m-c(x))-w(m)

Si cada unidad puede adquirirse a un precio fijo, p, y si el consumidor maximiza su bienestar dado p, entonces:

c(x)=x.p = x.f(x,m)=x.ex(x,m)

En consecuencia:

s(x,m)=e(x,m)-xex(x,m)

Esta fórmula es exactamente la misma que obtendríamos al calcular la renta del suelo, en cuyo caso e(x,m) es el producto obtenido de la utilización de una cantidad x de factor variable, al que se le paga por su productividad marginal y m es el equivalente de la cantidad de tierra. Precisamente por esa analogía, Marshall utilizó hasta 1898 el término renta en lugar del, ahora más familiar, de excedente del consumidor.

Para Marshall, este caso general resulta de poca utilidad práctica ya que depende demasiado de elementos imposibles de observar en el comportamiento ordinario de los individuos. Por eso, formula a continuación un caso especial que puede ser útil como una aproximación, introduciendo el siguiente supuesto simplificador: admitamos que el bien X es poco importante en el consumo y que, por lo tanto, e(x,m) y c(x) son cantidades despreciables con respecto al gasto total m. En este caso, es válida la siguiente aproximación:

w(m-z)-w(m) = zw´(m)

Además, la función de demanda puede expresarse como:

f(x,m)=u´(x)/w´(m)

y, el excedente del consumidor como:

s(x,m)=b(x,m)/w´(m)

Así, la función de demanda es proporcional a la utilidad marginal y el excedente del consumidor al beneficio en términos de utilidad (a b); el factor de proporcionalidad en ambos casos es el recíproco de la utilidad marginal del ingreso (1/w'(m)). Este resultado supone entonces que la utilidad marginal del ingreso es constante y es fundamental para la teoría de la demanda de Marshall y para sus aplicaciones a la economía del bienestar.

Si la utilidad marginal del dinero es constante, el análisis de la demanda se simplifica notablemente. Por ejemplo, cuando un precio baja, el ingreso real aumenta. La restricción presupuestaria se desplaza y los gastos pueden aumentar. Entonces, la utilidad del último franco gastado disminuye. En la teoría microeconómica esto es denominado efecto renta y analiza la influencia de una variación del ingreso sobre el consumo de un bien y sabemos que en el caso de bienes inferiores este es negativo. En la derivación de su curva de demanda Marshall descarta este efecto renta. Los bienes que él estudia son "de poca importancia" de manera que las consecuencias sobre el ingreso real de una variación del precio son descartables. La utilidad marginal del dinero se puede considerar en estos casos constante. Así es posible derivar la curva de demanda de un bien en función de su precio. La idea subyacente es que pariendo de una situación de equilibrio U´i/pi = U´m la disminución del precio significa que ahora U´i/pi > U´m como U´m es constante hace falta una disminución de U´i para restablecer el equilibrio. Esta baja se obtiene aumentando el consumo del bien i.

Pero aparte de que este razonamiento supone una utilidad marginal del dinero constante. Todo el análisis se conduce con la hipótesis de independencia de los bienes, de lo que resulta, una función de utilidad aditiva. Así que la demanda del consumo de cada bien puede tratarse con independencia de la demanda de los demás bienes. Marshall subraya que ciertos bienes son complementarios (sólo pueden utilizarse en conjunto de acuerdo con una relación técnica fija), y otros son sustitutivos (procuran indiferentemente la misma satisfacción). Tener en cuenta todas estas interdependencias lleva necesariamente a otra función de utilidad y hace más compleja la determinación del óptimo del consumidor. Esa será la perspectiva de Edgeworth en su trabajo del Giornale degli economisti (febrero 1891). A pesar de que Marshall menciona los trabajos de Edgeworth en las reediciones de sus principios se mantiene en su concepción. Él pensaba que las funciones de utilidad generalizadas "podrían tener un gran poder de atracción para los matemáticos" pero añadía "parecen menos adaptadas (que las funciones aditivas) para la representación de la realidad económica diaria" (Apéndice XII).

La teoría de la demanda planteada arriba parece demasiado restrictiva; aunque parece indispensable generalizarla a un número mayor de bienes Marshall no optó por ese camino, al menos en su obra publicada. Evidentemente, aunque cada bien puede tener una participación muy pequeña y despreciable en el gasto total, el consumo de todos esos bienes si puede afectar la demanda de los demás y la utilidad marginal del consumo. Los principios de Marshall nos ofrecen entonces una visión intuitiva del problema de optimización del consumidor, pero no de su traducción en las distintas funciones de demanda. Marshall, prefirió guiarse por objetivos más pragmáticos y esto no le impidió admitir, por ejemplo, la existencia de bienes sustitutivos o complementarios, e incluso la excepción de los bienes Giffen, todos ellos incompatibles con la teoría expuesta más arriba.

2.2. La Teoría de la Oferta:

La oferta de bienes nace de la combinación de servicios productivos por parte de las empresas. Podemos establecer una simetría entre la lógica marshaliana de la determinación de la demanda y la de la oferta de servicios productivos. Así como los consumidores se benefician de la utilidad de los bienes que adquieren los oferentes de servicios productivos soportan desutilidades ligadas a la oferta que proponen, Así como las utilidades crecen a ritmo decreciente las desutilidades crecen a ritmo creciente. En suma, la producción implica costos y sacrificios que en la mayor parte de los casos crecen por unidad producida medida que la producción aumenta.

A esta idea general de la oferta de servicios productivos debe añadírsele otra. Marshall supone que en principio existe todo un abanico de usos posibles para los factores productivos, El trabajador puede elegir su empleador, el capital el sector de su empleo. De ello resulta que los demandantes de servicios productivos compiten por su obtención. Estos servicios irán a quien más les pague y lo haga más rápido y con mayor seguridad. Frente a la utilización alternativa, un principio de sustitución los conducirá naturalmente hacia la rentabilidad más alta y más cierta.

La teoría Marshalliana de la empresa tiene dos aspectos principales. El primero se refiere al modo en que el empresario combina los factores de producción. El segundo a los ajustes que pueden efectuarse cuando se modifican las condiciones de mercado. El primero puede tratarse inmediatamente: los empresarios son racionales y tratan de maximizar sus beneficios bajos restricciones. En tanto prevalecen las condiciones de la competencia, crecen de poder sobre los precios de sus productos y sobre las remuneraciones de los factores. De modo que, para un nivel dado de producción, la racionalidad conducirá a elegir el método menos costoso de producción. El segundo punto, el de las posibles respuestas de una empresa a la modificación de su entorno, es más complejo. Es aquí donde Marshall introduce el tiempo distinguiendo tres, o cuatro, períodos.

El "período de mercado" es un período tan corto que la totalidad de las ofertas es fijas. La empresa no puede responder a un cambio de la demanda ajustando la oferta; será el precio el que se adapte. Este caso es evidentemente analíticamente el más simple: cuando la oferta fija la cantidad la demanda fija el precio. En el "corto período", el tamaño y el equipo de las empresas está dado (es decir su capacidad de producción). Sin embargo son posibles los ajustes de producción, ya que los obreros pueden hacer horas suplementarias o contratar algunos nuevos y comprar las materias primas necesarias. Estos ajustes factoriales permiten aumentar la producción con beneficios cuando crece el precio pero esto se hará sin duda con costes marginales crecientes. En el "período largo", es la capacidad de producción de la empresa la que es variable. En efecto, si el crecimiento de la demanda se mantiene, puede ser ventajoso para las empresas el bajar el conjunto de sus costes y aumentar la capacidad. A estos tres períodos, tradicionales en el análisis Marshallianos, podríamos añadir, apoyándonos en el propio Marshall, un período más largo de tiempo en el que las técnicas de producción se modifican.

A menudo se ha subrayado, y es importante, que estas distinciones temporales no son de "calendario" si no "funcionales". Aun en el caso general y para un sector determinado, el horizonte de corto plazo es más próximo que el de largo plazo, las "duraciones" son fundamentalmente diferentes de una rama a la otra, de una empresa a la otra. Este el marco temporal en el que se desarrolla la teoría de la oferta de Marshall. A continuación nos concentramos en el análisis de la oferta de largo plazo.

2.2.1 La teoría de la oferta de largo plazo:

Para Marshall, la producción está organizada por las empresas, casi siempre negocios familiares, en una permanente pugna por minimizar sus costes de producción modificando sus métodos de producción de acuerdo con el llamada "principio de sustitución". Este principio en Marshall es muy similar a las leyes de selección natural y de supervivencia de los mejores. Las empresas de Marshall no cuentan con libre acceso a las tecnologías de producción disponibles para todos y más bien deben experimentar y probar permanentemente distintas alternativas. La curva de oferta de largo plazo se define, para Marshall, para un estado general dado de los conocimientos científicos y tecnológicos, pero cada empresa debe explorar el modo de utilizar tales conocimientos.

En general, aunque la distinción no es del todo clara en Marshall, pueden identificarse dos casos extremos de la teoría de la oferta a largo plazo. Por comodidad podríamos referirnos a ellos como el caso de la agricultura y el caso de la industria. El primero es mucho más fácil de analizar ya que se trata de un sector en el que los procesos productivos son relativamente simples, no hay o son mínimas las economías internas de escala, los bienes son homogéneos y fáciles de comercializar, etc. El tamaño óptimo de la empresa es pequeño, de modo que existe una elevada competencia y la gestión da poco margen a la innovación de modo que no hacen falta habilidades especiales. A medida que crece el mercado, aumenta el número de empresas idénticas o muy similares a las anteriores.

El precio de oferta de largo plazo de cada bien al que el sector puede abastecer el mercado es justamente el necesario para cubrir los costes de producción en la situación de mínimo coste, de modo que se consiga la adquisición de los insumos productivos necesarios, para inducir la preparación adecuada de los trabajadores que en el futuro remplazarán a los actuales, para sustituir la maquinaria y los demás bienes de capital. El precio de la tierra debe también ser suficiente para prevenir que esta se destine a usos alternativos, etc. En el largo plazo, a medida que crece la producción el precio tenderá probablemente a crecer por la necesidad de atraer al sector factores más escasos, como la tierra. Tal tendencia podría ser mitigada por la sustitución de factores y por la existencia de posibles economías externas debido al aumento de la eficiencia que se consigue, no dentro de cada empresa, sino por la expansión del sector. Sin economías o deseconomías externas la renta total generada por el sector será el área triangular sobre la curva de oferta y bajo la curva de precio. Un resultado que evidentemente no se aplica en presencia de economías externas.

Como en el caso de la demanda, la oferta de largo plazo depende del entorno general en el que se desenvuelve el sector; pero, al igual que en la teoría de la demanda, este entorno no es considerado en detalle por Marshall. Simplemente, se asume que los precios están expresados en dinero con poder adquisitivo constante, lo que no impide considerar la existencia de interrelaciones entre los distintos sectores que Marshall no desarrolla con una teoría más completa.

El caso de la industria, es muy diferente. Los productos son ahora diferenciados, su comercialización es difícil y las empresas deben construir una reputación en el mercado que les permita mantener la conexión con el cliente. También hay, por lo anterior, importantes economías internas de escala en la producción y la gestión de las empresas requiere habilidades especiales y escasas. En su origen las empresas aparecen como negocios familiares, organizados por un fundador excepcional y, en su desarrollo posterior pasa por un ciclo vital de crecimiento, consolidación, auge y decaimiento, a medida que el negocio familiar pasa a manos de las distintas generaciones de propietarios de la misma familia. Aun en el caso de las sociedades anónimas, es muy probable que las empresas maduras caigan en el anquilosamiento y la burocratización. Por todo lo anterior, un sector está formado por una multiplicidad de firmas, de distinto tamaño, con bienes diferenciados y en distintas fases de su ciclo vital.

La curva de oferta de largo plazo no es una simple relación entre un precio único y las cantidades ofrecidas. El precio a considerar es ahora un índice de todos los precios de las distintas empresas del sector. Por supuesto, este precio debe reunir las características del precio agrícola, garantizando la renovación de todos los factores productivos. Pero, además de lo anterior, también debe permitir la renovación constante de unas empresas por otras y, en equilibrio, mantener la distribución por edades de las empresas. Ahora, en el caso industrial, ninguna de las empresas se encuentra en una situación de equilibrio estático.

Las nuevas empresas se establecerán siempre que los beneficios esperados durante todo el ciclo vital justifiquen el coste de oportunidad de la nueva inversión, considerando que en las primeras etapas, mientras la empresa establece su lugar en el mercado, los saldos de explotación serán negativos. Por todo esto, Marshall propone el concepto innovador de la empresa representativa: una parábola que evita el tener que considerar toda la distribución de empresas diferentes que conforman un sector. Por definición, la curva de oferta de largo plazo representará el coste medio de la empresa representativa. Marshall, estaba convencido de que un observador atento podría identificar con facilidad la empresa del mercado asimilable a la firma representativa.

El coste medio y el tamaño de la empresa representativa cambia a medida que crece la producción del sector por dos razones principales. En cuanto mayor sea el sector, es más probable que existan mayores economías externas, disminuyendo el coste de cada empresa particular. En segundo lugar, y más importante, en cuanto mayor sea la demanda, mejores serán las perspectivas para una nueva empresa que desee construir un mercado para su producto y mayor será entonces el tamaño que alcancen las empresas antes de empezar su fase de decaimiento. Por ambas razones, lo más probable es que la curva de oferta a largo plazo sea decreciente, a pesar del coste que supone atraer nuevos recursos y talentos escasos para el sector. Las curvas de demanda derivadas de todos los factores pueden servir para explicar las rentas que estos generan, pero su relación con el excedente total del productor es confusa ya que éste, ya no puede ser representado por un área triangular a partir de la curva de oferta de largo plazo.

Lejos de los esquemas simples de competencia atomística y perfecta, esta forma de concebir la oferta de largo plazo es muy próxima a ideas posteriores de competencia monopolística, desarrolladas algunas décadas después por autores de la escuela de Cambridge e incorporadas sólo recientemente en las teorías endógenas del crecimiento económico. Los bienes son diferenciados y las empresas no son precio aceptantes, ya que cada una de ellas se enfrenta a una curva de demanda decreciente en su mercado particular. Aunque las empresas crezcan rápidamente y puedan aprovechar las crecientes economías de escala, no podrán vender su producto sin construir lentamente una clientela y una reputación en el mercado que permita, a su vez, construir una curva propia de demanda. Todo esto toma un tiempo considerable comparado con la vida de la empresa aunque, en casos excepcionales, el proceso se consolida rápidamente dando lugar a un monopolio o a un número limitado de empresas que interaccionan estratégicamente en un mercado.

3. Equilibrio de Mercado y Períodos de Análisis:

El intento de Marshall de reconciliar los resultados de la competencia perfecta con los rendimientos crecientes es complejo y problemático. Su concepto de economías de escala externas a la empresa es sin duda innovador pero su análisis está lejos de ser completo. Marshall estaba convencido que numerosas empresas podrían beneficiarse de las economías internas de escala. En ese contexto, la empresa está motivada a crecer con una oferta cada vez mayor a precios más bajos y aumentando al mismo tiempo su participación en el mercado. Por ello, al menos en principio, es esperable que el mercado termine dominado por un número limitado de empresas de gran tamaño. Además, la existencia de economías externas, relativas al sector, acentuará este proceso de concentración: las grandes empresas estarán en mejores condiciones para beneficiarse de ellos que las pequeñas.

Aceptado lo anterior, resulta que Marshall nos ofrece un conjunto de conceptos que terminan por poner en duda, sino por cuestionar claramente, la existencia de la competencia perfecta. A partir de la teoría de la oferta de largo plazo es legítimo preguntarse si debemos aceptar la imposibilidad de la competencia y resignarnos a la aparición necesaria de los monopolios. Además, si hay rendimientos crecientes, qué debemos entender por equilibrio, etc. Marshall rechaza las posibilidades anteriores y encuentra sus razones para ello en su concepto del ciclo vital de las empresas. Las empresas nacen, crecen, se consolidan, decaen y mueren y, en el curso de tal evolución, se encuentran en la imposibilidad de captar indefinidamente las economías externas. Esta es, para Marshall, una ley casi biológica aunque reconoce que las sociedades anónimas pueden ponerla en duda. La comparación que hace Marshall entre la vida de las empresas y el ciclo vital de los árboles en el bosque es esclarecedora al respecto (Principios de Economía Política, p.263): en un momento dado, las economías de escala (internas y externas) de las empresas en pleno crecimiento pueden estar compensadas por los rendimientos decrecientes de la empresas en declive.

Precisamente por ello, es crucial el concepto de empresa representativa: concebida como: "aquella que tiene la existencia normal y el éxito medio, dirigida con habilidad normal y con acceso normal a las economías internas y externas" (p.265) La hipótesis del ciclo vital y su corolario, la empresa representativa, permiten, para Marshall, reconciliar la existencia simultánea de economías internas y externas y del equilibrio competitivo en el largo plazo.

A modo de resumen de la representación de Marshall, puede decirse que la demanda (relacionada con la utilidad) y la oferta (que depende de los costes de producción) determinan los precios, cualquiera que sea el período de análisis: en el mercado corriente, el corto y el largo plazo. Podría añadirse que la existencia de economías de escala no impide en el largo plazo la existencia de un equilibrio competitivo. Utilizando la metáfora célebre de Marshall, puede decirse que "las dos hijas de la tijera" participan en la determinación de los precios y "resulta conveniente discutir si es la hoja inferior o la superior la que corta el trozo de papel, para saber si el valor está determinado por la utilidad o por el coste de producción". Así, "en cuanto más corto sea el período de tiempo que consideremos, mayor atención debemos prestar a la influencia de la demanda sobre el valor y en cuanto más largo sea dicho período, mayor será la influencia del coste de producción sobre el precio.

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