ESCRIBA LO QUE DESEA LEER EN ESTE BLOG

lunes, 24 de octubre de 2016

La defensa del libre comercio unilateral



La defensa del libre comercio unilateral

 • 
     
0



En las elecciones presidenciales de 2016, a los estadounidenses se les ha dado a elegir entre dos tipos de comercio controlado y dirigido. Por un lado, está Donald Trump, que está a favor de un abierto proteccionismo y un comercio controlado en beneficio de industrias y empresas selectas. Por otro lado, esta Hillary Clinton, que está a favor de tratados de comercio para dirigir este punto aunque parece oponerse al TPP, solo es porque no cree que este tratado sea “justo”. Es decir, para Clinton, el TPP no es lo bastante proteccionista. Aunque Clinton describa su postura como “a favor del comercio”, la realidad es que tanto Clinton como Trump están a favor de dos tipos distintos de proteccionismo. Ni siquiera el decepcionante candidato del tercer partido Gary Johnson ofrece una alternativa creíble creyendo erróneamente que el TPP y el comercio dirigido “mejorarían el libre comercio”.
Pero hay una tercera opción y algunos intelectuales, como el Profesor Patrick Minford en el británico Institute of Economic Affairs, han argumentado recientemente a favor de esa otra opción: el libre comercio unilateral.
Los economistas afirman haber tenido un consenso a favor de libre comercio. Pero aunque supongamos que esto sea cierto, la pregunta sobre cómo llegar a un régimen de libre comercio todavía está sin debatir. Hoy en día, la mayoría de los economistas deposita su fe en los llamados tratados de “libre comercio”. Por el contrario, los economistas austriacos tradicionalmente los ven con suspicacia. En este sentido, esos austriacos siguen la doctrina de laissez faire de los economistas clásicos del siglo XIX. Por ejemplo, J.R. McCulloch, en su The Literature of Political Economy  (1845), señalaba que los tratados comerciales “no se han empleado para eliminar los obstáculos que se oponen al comercio” y en 1901, Vilfredo Pareto argumentaba que “desde el punto de vista del proteccionista, los tratados de comercio son (…) lo más importante para el futuro económico de un país”.
Si en el pasado algunos tratados comerciales pueden haber sido realmente beneficiosos para comercio, esto fue hace mucho tiempo. Las negociaciones se dejan ahora a burócratas irresponsables discutiendo sobre a qué compinche debería favorecerse más. De esto se deduce que los “tratados de libre comercio” consisten en una avalancha de regulaciones detalladas. Por ejemplo, el reciente acuerdo comercial entre la UE y Canadá tiene 1.598 páginas. Pero lo opuesto al proteccionismo no son tratados de miles de páginas sobre armonización regulatoria, propiedad intelectual, patrones laborales, “desarrollo sostenible”, antitrust, etc. No hay lugar para el comercio dirigido cuando hay libre comercio real.
En el mercado libre, el comercio tratar de servir a los consumidores de la manera más valiosa, pero, con los tratados, el comercio se convierte en un asunto de poder y política, en el que se ven recompensados los compinches en lugar de los empresarios.
La justificación económica de los tratados comerciales consiste en una simple aplicación de la teoría de juegos. Mientras que todos los gobiernos quieren que los demás gobiernos dejen abiertas sus puertas a una competencia extranjera, al mismo tiempo, tienen interés en erigir barreras comerciales para aumentar los impuestos. De esto se deduce que, en ausencia de coordinación internacional, prevalecería el proteccionismo. El error está aquí en que el estado no es una entidad individual que sólo maximiza su riqueza. En nuestras democracias occidentales, los gobiernos son capturados por numerosos buscadores de rentas que tratan todos de vivir a costa de los demás. La cuestión fundamental es por tanto entender cuál sería el impacto de los tratados comerciales concebidos en secreto sobre los comportamientos los buscadores de rentas. Al plantear esta pregunta, parece improbable que podamos lograr un resultado mejor dando más poder al estado para definir qué debería estar sometido a libre comercio o no. Y realmente ocurre que los tratados, ni son la mejor manera de conseguir libre comercio, ni son la manera más común de hacerlo. Como ha señalado el economista Razeen Sally, según el banco mundial, “dos tercios de la liberalización de aranceles de los países en desarrollo desde principios de la década de 1980 se han llevado a cabo unilateralmente”.
En lugar de una promoción de arriba abajo del “libre comercio” dirigido por instituciones supranacionales, deberíamos considerar el libre comercio unilateral como una parte importante de un programa político liberal. Sir Robert Peel, cuando se anunciaba la abolición de las leyes de grano en la cámara de los comunes en 1846, advertía brillantemente: “Confío en que el gobierno (…) no reanudará la política que ellos y nosotros hemos considerado la menos apropiada, que es el regateo con países extranjeros sobre concesiones recíprocas, en lugar de mantener ese rumbo independiente que creemos que responde a nuestros propios intereses. (…) Dejemos por tanto que nuestro comercio sea tan libre como nuestras instituciones. Proclamemos el libre comercio y una nación tras otra seguirán nuestro ejemplo”.
El libre comercio bilateral es bueno para ambas partes, independientemente de que una de ellas continúe o no fijando aranceles. Para quienes participan en el libre comercio unilateral, este significa que necesitan exportar menos para importar más. En otras palabras, hace más ricos a los comerciantes libres.
El mundo se hubiera beneficiado mucho si hubiera escuchado a Sir Robert Peel. El libre comercio unilateral tiene la ventaja de que necesita que el estado haga solo una cosa: abstenerse de interferir. Con esta alternativa, el estado no puede conceder privilegios a grupos de intereses, ni puede ralentizar el proceso de liberalización. Por tanto, si el libre comercio es el objetivo, las negociaciones inacabables no deberían ser los medios principales.
Podemos tener libre comercio ahora mismo declarándolo unilateralmente. Para todos los verdaderos amigos de la libertad y el comercio, el lema debería ser: liberalizar primero, negociar después.

El artículo original se encuentra aquí.

La relación entre la ingeniería y la ciencia.pdf by Sam Gonzales on Scribd

¿Qué es la economía del conocimiento?


¿Qué es la economía del conocimiento?

Alejandra C. Rodríguez Aguilar (alejandra_22500@yahoo.com)
Instituto Tecnológico de Tijuana
Zeta, junio 7, 2012

La economía del conocimiento es una economía basada en la información y las comunicaciones, que tiene como objetivo la innovación tecnológica, pero principalmente, es un modelo que se puede aplicar en todo lo que tenga que ver con la generación de nuevo conocimiento. Funciona en la empresa, la escuela y en la fuerza laboral que aspira no sólo a educarse por más tiempo sino de manera continua, es decir antes era preparase para la vida, ahora es educarse durante toda la vida, porque el conocimiento se va haciendo obsoleto.

Diferentes estudios sobre el crecimiento económico han concluido que el capital humano es uno de los principales determinantes del desempeño económico de un país. Específicamente se ha encontrado que la tasa de matriculación en primaria y secundaria, así como el grado de escolaridad de los individuos de un país o una región, tienen efectos positivos en el crecimiento económico del PIB per cápita real (Barro: 2002).

Los resultados de las pruebas internacionales efectuadas en Matemáticas y otras áreas de la ciencia sirven para identificar que no solamente la cantidad sino la calidad de la educación tiene efectos positivos sobre el crecimiento económico.

Desde tiempos remotos, el conocimiento ha sido el motor del crecimiento y desarrollo de las naciones y del bienestar de la sociedad. La habilidad y destreza para inventar e innovar, da como consecuencia la generación de nuevos conocimientos e ideas que se conviertan en productos, procesos y organizaciones, siempre con la visión de impulsar el desarrollo.

En cada una de las épocas han existido organizaciones e instituciones capaces de crear y difundir el conocimiento, desde los gremios medievales hasta las grandes corporaciones comerciales de principios del siglo XX; desde los incipientes conocimientos hasta las reales academias de la ciencia que comenzaron a surgir en el siglo XVII.
Sin embargo, el estudio de la economía basada en el conocimiento es reciente, a pesar de que el conocimiento, de acuerdo a las afirmaciones del Banco Mundial, en cualquier etapa histórica siempre ha tenido un papel protagónico en el desarrollo, lo que es nuevo en nuestro sistema económico es que el conocimiento se está creando y transformando con gran rapidez como nunca antes pero también se está sistematizando para incorporarlo a la producción de bienes y servicios transformando procesos no sólo económicos sino sociales.

Aquello que distingue a la economía basada en el conocimiento es que en ella la generación y explotación del saber juega un papel predominante en la creación de riqueza que se sustenta principalmente en el uso de las ideas más que en las habilidades físicas, así como en la aplicación de la tecnología más que en la transformación de materias primas o mano de obra barata.

En los albores de los años noventa, surge en realidad el concepto de la economía del conocimiento, siendo los países desarrollados los primeros en la implementación de las Tecnologías de la Información y Comunicación conocidas como TIC’s y alcanzan su apogeo en el momento en el que las diversas administraciones públicas empiezan a ver la importancia que tendrán en un futuro inmediato las industrias de la tecnología informática y el universo de las telecomunicaciones.

Estados Unidos, país que se localiza a la cabeza desde los años setenta, tanto en el desarrollo de la industria informática como en el de las telecomunicaciones, fue también el país pionero en implementar un Plan Tecnológico, no sólo preocupado por los aspectos informáticos, sino también por los aspectos económicos, políticos y sociales que afectarían en un futuro a todos los ciudadanos norteamericanos. Y así surge en 1993 el Plan Tecnológico Americano, más conocido como Plan Gore (nombre del vicepresidente de los Estados Unidos en aquel momento, quien implantó el citado Plan).

Para poder comprender el concepto de “economía del conocimiento” en primer lugar se debe identificar qué es lo que caracteriza a una economía.
En principio este tipo de economía se basa en el conocimiento y la información son los principales insumos para su producción, pero a la vez son productos que la misma economía genera. Desde ese punto de vista, los trabajadores más numerosos de la nueva economía no producen ningún producto tangible, sino que continuamente están transformando este conocimiento e información en nuevo, para los que existe un mercado; además, bajo la nueva dinámica económica hay una velocidad mucho mayor en la difusión de la información y el conocimiento por lo que la habilidad de los trabajadores es interpretarlo y transformarlo en actividades redituables. (Castells, 2000).
Alejandra C. Rodríguez Aguilar, docente del Instituto Tecnológico de Tijuana, candidata a doctor por la Universidad Autónoma de Baja California, becaria de CONACyT, trabaja la línea de investigación de educación comparada en América Latina y es miembro de la Sociedad Española en Estudios Comparados.