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miércoles, 18 de enero de 2023

Las pasiones y las palabras. Sobre la teoría política ... - Dialnet

 Resumen: 

Como en la psicología del individuo, en la pólis se encuentran dos principios contrapuestos, las pasiones y la ley. En los animales gregarios existe también el factor político que lleva a trabajar a muchos por un fin común. Pero en el hombre hay una diferencia en su actividad política, es decir, la ley que proviene de la razón y que no se puede expresar sin palabras. Por ello Aristóteles, a diferencia de Platón, otorga una función constructiva a los sofistas, como técnicos de la retórica que es necesaria para establecer la ley en la ciudad. La política es la ciencia superior que articula la ética y la retórica para que los hombres en la ciudad puedan llegar al fin último, la felicidad. No hay, para Aristóteles, un fin exterior metapolítico, que pueda satisfacer separadamente los componentes superiores de la psyché humana. 

Palabras clave: Aristóteles - Platón - política - retórica Passions and words. On Aristotle’s political theory 

Abstract: As on a person’s psychology, there are in the pólis two opposing principles, passions and law. In gregarious animals, there is also a political factor that leads many individuals to work for a common purpose. But in man there is a difference in his political activity, i.e., the law that comes from reason and cannot be expressed without words. For this reason, Aristotle, unlike Plato, gives a constructive function to Sophists, as experts on rhetoric, which is necessary to establish law in the city. Politics is a superior science that articulates ethics and rhetoric in order that men in the city can reach the ultimate goal, happiness. For Aristotle, there is not an external metapolitical objective, which could separately satisfy the upper components of the human psyche. 

Key words: Aristotle - Plato - politics - rhetoric 

Las pasiones 

Las pasiones humanas son uno de los factores de la corrupción política, según un tópico platónico que retoma Aristóteles. En su análisis de la evolución política de Atenas en el siglo anterior señala un caso paradigmático: los males comenzaron a causa de la afección homosexual de Tésalo, hijo de Pisístrato, por el joven Armodio (Constitución de los Atenienses 18. 2). Ya Homero había puesto el rapto de una mujer como inicio y causa de la guerra de Troya (Ilíada 2. 161 et passim). La atracción sexual, la pasión más fuerte entre hombres y animales (Investigación sobre los animales 571b), constituye sin embargo un factor natural, necesario y previo respecto de la formación de la ciudad. Otras pasiones, como la concupiscencia de bienes y la agresividad, pertenecen en cambio a la política de modo estructural. El problema subyacente en toda discusión sobre los regímenes políticos radica en la formación de clases de la pólis con intereses diferentes, en cuanto poseen grados diferentes de riquezas y otros bienes. La concupiscencia por aumentar indefinidamente los bienes, en los ricos, y por conseguirlos alguna vez, en los pobres1 , es la topografía donde se debe desplegar cualquier investigación y cualquier teoría política. En el polo opuesto de las pasiones se coloca, según Aristóteles, la ley, que es la que constituye la ciudad. La ley es definida en varios pasajes como un ordenamiento racional carente de pasión, o “intelecto sin deseo” (ἄνευ ὀρέξεως νοῦς) (Política 1287a 32). La ley, que es universal, cumple en la ciudad la función de la racionalidad, del noûs; en cambio las pasiones, que son de lo singular, cumplen en la ciudad la función de la sensibilidad. Tenemos un reflejo en la ciudad de la estructura antropológica de las partes del alma: la parte racional debe gobernar, las partes impulsiva y apetitiva deben obedecer. Lo contrario significaría la ruina de la ciudad. Esta correlación de partes del alma y funciones políticas las comparte Aristóteles con su maestro Platón. Pero de este principio común sacan uno y otro conclusiones opuestas. Platón, en Leyes (835c 1-8), saca una conclusión favorable a la monarquía, tomando como supuesto que la racionalidad del monarca virtuoso tendrá el poder necesario para poner en orden las pasiones de la plebe. En cambio Aristóteles razona en sentido contrario: los muchos, en la democracia sometida a la ley, sabrán evitar que las pasiones de un monarca dominante conduzcan el gobierno hacia su corrupción (Política 1286 a 24-35). La ciudad no puede confiar excesivamente en la virtud de uno solo, porque nadie tiene garantizado el autocontrol de las pasiones. En este sentido escribe Aristóteles: “Es conveniente depender de otros y verse impedido de hacer lo que a uno le parece, ya que el poder (ἡ ἐξουσία) de hacer lo que se quiere no puede reprimir lo malo que hay en cada hombre” (Política 1318b 38-1319a 1)2

 1 Véase el análisis de los regímenes según las posesiones de bienes en el libro V de Política. Cfr. KRAUT y SKULTETY (2005) para los temas más discutidos como la esclavitud, la libertad, la ley y la democracia en la Política de Aristóteles. Para un acercamiento exhaustivo a la obra completa, cfr. DÜRING (2005). El libro de OÑATE Y ZUBÍA (2001) es también un tratado complexivo de consulta insoslayable para el lector contemporáneo de la obra aristotélica.

2 Todas las traducciones de fragmentos son propias, sobre la base de las versiones de los traductores más difundidos de la obra de Aristóteles, cuyos nombres figuran en la bibliografía. 

El régimen óptimo para Aristóteles no prevé una clase de ciudadanos que mande y otra que obedezca, sino una comunidad donde todos mandan y obedecen alternativamente. De cualquier manera queda abierta la pregunta si en principio es mejor el gobierno de uno o el gobierno de una asamblea. 

Intentemos reflexionar sobre esta diferencia: ¿una asamblea popular es menos corrupta que un monarca?, ¿una asamblea deliberativa autárquica es más o menos sabia que un legislador ennoblecido por la sabiduría? Aristóteles no decide quién es más corrupto, si una asamblea o un monarca, porque tal decisión depende de la facticidad. Sin embargo responde sobre cuál de los dos es ‘más corruptible’, en el orden de lo probable, y la respuesta es clara: más corruptible es un hombre solo3 . Funda esta respuesta la afirmación general de que a todo hombre, por naturaleza, corresponde tener pasiones4 . Las pasiones son una dimensión constitutiva de la antropología, no una enfermedad del hombre. La enfermedad, en cambio, consiste en la anarquía psicológica dentro del individuo humano, cuando el horizonte ilimitado de la razón se ausenta de su deber y deja esa ilimitada apertura al deseo, pasión que en otros animales es limitada por la naturaleza. Dice así Aristóteles: “el deseo de lo placentero (ἡ τοῦ ἡδέος ὄρεξις) es insaciable y absoluto para el que no usa la razón y el ejercicio del apetito (ἡ  τῆς ἐπιθυμίας ἐνέργεια) aumenta la tendencia natural y si los apetitos son grandes e intensos desalojan el raciocinio” (Ética Nicomaquea 1119b 8- 11). Lo que ocurre en el individuo particular, puede ocurrir también en la ciudad. Pero mientras Platón había colocado la figura del sabio y del virtuoso para que tenga la función de razón en la ciudad, Aristóteles coloca la ley, no a un hombre. Esta ley, por otra parte, puede ser la ley de la naturaleza, la ley no escrita o consuetudinaria, puede ser la ley escrita como decisión autárquica de la ciudad. Pero en todo caso las pasiones, en particular el deseo –ὄρεξις–, serán siempre parte constitutiva del hombre y deberán estar presentes en la construcción de la ciudad. El νοῦς en la ciudad será la ley, pero el modo de ser y de actuar de esta ley tiene diferencias, y estas diferencias son correlativas de las diversas formas posibles de gobierno, formas que serán mejores o peores en la medida en que articulen   con eficacia la justicia y los deseos, la razón y las pasiones.

3 “Cada uno tomado individualmente es inferior al mejor, pero la ciudad se compone de muchos y como un banquete al que contribuyen muchos es mejor que el de uno solo, por eso juzga mejor muchas veces una multitud (ὄχλος) que un individuo cualquiera” (Política 1286a 28-35). 

4 “Aquello en que no está presente en absoluto lo pasional (τὸ  παθητικόν) es mejor que en lo que es innato (συμφυές)” (Política 1286a 18). 

Las palabras 

Las colonias que forman otras especies de animales –una colmena digamos– están constituidas en base a los impulsos y apetitos de los miembros, pero el Aristóteles viejo nos sorprende, en sus investigaciones biológicas, diciendo que algunos animales son “más políticos” (πολιτικώτερον) que otros (Investigación sobre los animales 589a 2). En otro lugar, después de haber distinguido los animales gregarios de los solitarios, agrega todavía dos distinciones más, en estos términos: 

Políticos, son los animales que actúan en vistas a un fin común, lo que no es el caso siempre con los animales gregarios (τὰ  ἀγελαῖα). Tales (=políticos) son el hombre, la abeja, la avispa, la hormiga, la grulla. Y entre estos, algunos tienen jefe, otros no lo tienen. Entre los que tienen jefe están las grullas y la especie de las abejas. Entre los que no tienen, las hormigas y muchos otros (Investigación sobre los animales 488a 7-14). 

No basta ser gregario ni es necesario tener jefe para pertenecer a la categoría de animales políticos. Según estas definiciones, lo que hace falta para serlo es llevar adelante una “acción que sea común” (κοινὸν ἔργον) y dirigida a un mismo fin. ¿No nos confunde esta tardía clasificación aristotélica? ¿Cómo podremos salvar a los politólogos de la ingrata tarea de ponerse a estudiar hormigas? Una respuesta inicial la encontramos en el libro Política, donde dice: “La razón por la cual el hombre es un animal político (πολιτικὸν  ὁ  ἄνθρωπος  ζῷον) más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza no hace nada en vano (οὐθὲν γάρ μάτην ἡ φύσις ποιεῖ) y el hombre es el único animal dotado de palabra” (Política 1253a 7-10). Sin duda el uso de πολιτικός aplicado a los animales no cubre la acepción plena del término cuya raíz y definición se refiere a pólis, pero en el contexto aristotélico debemos reconocer que no se trata aquí de una metáfora sino de una analogía. 

Podemos expandir el tratamiento aristotélico en estos términos: los animales que merecen la denominación de políticos son aquellos capaces de organizar una obra en común teniendo un mismo fin para dicha acción, en otras palabras, que son capaces de ejecutar una misma obra con división de funciones de trabajo. Algunos de estos animales lo hacen guiados por apetito instintivo, otros, la hacen por medio de palabras. A estos últimos, les llamamos hombres. En los hombres no se ha perdido el ordenamiento orgánico que abraza a los animales, que se comportan según las leyes de la naturaleza, pero, su misma naturaleza los ha dotado de un órgano más complejo que produce un desdoblamiento en el interior de su psiquis: el deseo y el lenguaje. La dimensión política humana se relaciona también y necesariamente con la capacidad de dictar y escribir leyes, procedimiento que está basado en la técnica de las palabras. Todas las ciencias que tratan sobre palabras y construcciones simbólicas pertenecen, en algún sentido, al campo de la política. Una teoría política en Aristóteles, entonces, no podrá dejar de articular todas las ciencias que tocan la cuestión política. Esta articulación ha sido ya muy tratada y discutida en el caso de la conjunción de ética y política, cuestión que ha sido zanjada por el mismo Aristóteles, quien declara que la ética es una parte de la ciencia política, y que la política es “suprema y directiva en grado sumo” (κυριωτάτης  καὶ  μάλιστα  ἀρχιτεκτονικῆς) de las ciencias sobre la praxis (EN 1094 a-b). Pero también debe ingresar a esta articulación la psicología o teoría de anima, en cuanto es la que considera la constitución de la psiquis en los animales y en el hombre, con sus jerarquizadas funciones y facultades, entre las que figuran las dos que generan la lucha del campo político: la razón y los deseos. O en otros términos: las pasiones y las palabras. Por los textos que he citado anteriormente, podríamos agregar a este proyecto de articulación también los textos biológicos y zoológicos de Aristóteles. Pero lo que me interesa ahora analizar más de cerca, es la articulación necesaria de la Retórica en este panorama de lo político, en cuanto hemos descubierto que en algún momento de la articulación, lo que especifica la política humana es la facultad de usar palabras. Dejando de lado por ahora la consideración de otras partes de la ciencia que tendrían el mismo derecho que la retórica para interactuar con la política, como todas las partes del Órganon y la Poética. 

La retórica 

Cuando Aristóteles escribe su tratado sobre Retórica, hace una observación crítica hacia los tratadistas anteriores, Isócrates y Gorgias en especial, en el sentido siguiente: los tratadistas sobre retórica se habían limitado a la discusión de solo una de sus partes, la que tiene por función convencer a los jueces en el ejercicio de ataque o defensa, es decir la retórica ‘forense’, pero en esta discusión habían omitido la parte “más política” (πολιτικωτέρας) de la retórica, es decir, la deliberativa, que sirve para producir las leyes (δημηγορική)5 . Los sofistas habían estudiado esta notable actividad de la ciudad griega, descubriendo que las palabras son un instrumento excepcional de ataque y defensa, y habían desarrollado técnicas que tenían como función, según la crítica de Aristóteles, mover las pasiones de los jueces6 . La crítica es consistente en el sentido de que la palabra de los pleiteros no se pone al servicio de toda la ciudad, sino dentro de la ciudad para bien de alguna de sus partes. Cuando Aristóteles enumera el total de las partes de la retórica, resultan tres7 : la deliberativa de la asamblea, la forense de los tribunales, y la epidíctica o expositiva de la plaza, que hoy podríamos llamar ‘publicitaria’. La primera tiende a producir leyes y disposiciones de la asamblea, se refiere al futuro, interesa a todos los que hablan o escuchan y su asunto se dirime como factible o no, obligatorio o no, en sentido universal para la pólis. La segunda, de los abogados en los tribunales, se refiere al pasado, no interesa a los que juzgan sino a terceros y su asunto toca lo justo y lo injusto pero no tiene un sentido universal. La tercera es la epidíctica (ἐπιδεικτική –expositiva– y no ἀποδεικτική –demostrativa–, que pertenece a la ἐπιστήμη) 8 ; esta especie expositiva tiende a convencer al público de que algo es bueno o malo, su tiempo es el presente aunque accesoriamente usa el pasado y el futuro, y, sin cubrirla toda, en ella cabe nuestro concepto de publicidad. Su lugar es también la plaza, ἀγορά, no ya como lugar de asamblea política sino como lugar del mercado y de la oratoria ciudadana. 

Debe notarse que de estas especies de retórica dos coinciden completamente con dos de los tres poderes del sistema político que estudia Aristóteles9 : el legislativo y el judicial. El restante, el poder de gobierno o ejecutivo, que Aristóteles ubica en los ámbitos de la administración del tesoro y en la conducción del ejército, no pertenece a la retórica porque por su naturaleza no exige convencer alguien o que alguien sea convencido, sino admite la decisión soberana según lo legislado y susceptible de ser examinado por los jueces. Por otra parte, una de las formas de la retórica, la epidíctica o expositiva, no forma parte de la actividad política, aunque esté en la pólis, porque no se refiere a la acción común de la pólis. No es superflua la siguiente observación cuantitativa: las dos terceras partes de la retórica coinciden con la teoría de los tres poderes políticos; y las dos terceras partes de esta teoría coinciden con la retórica

 5 Véase en Retórica 1354b 24, el término compuesto con las raíces δῆμος y ἀγορά, vocablo que usa Aristóteles solo en Retórica. 

6 “No conviene inducir al juez a la ira o a la envidia o a la compasión, pues sería igual a torcer la propia regla (κανών) de que uno se ha de servir” (Retórica 1354a 24-26). 

7 “De modo que es preciso que existan tres géneros de discursos retóricos: el deliberativo (συμβουλευτικόν), el judicial (δικανικόν) y el epidíctico (ἐπιδεικτικόν) (Retórica 1358b 7-8). Cfr. GARVER 1994; esp. el cap. V, “Why Reasoning Persuades” (pp. 139-171).

8 Cfr. BERTI (2008: 23-36). 9 Cfr. Aristóteles, Política 1297b -1298 a. La división de los tres poderes puede verse ya antes en Platón, cfr. Hipias Mayor 304a y República 353d. 

La Retórica es ‘política’ por una razón ‘técnica’. Porque es esencial en la administración del poder de la pólis el manejo técnico de las palabras. Y habiendo tres especies de retórica –la que vende aceitunas en la plaza, la que convence a los jueces y la que delibera sobre las leyes–, esta última, que es la superior, coincide plenamente con el más importante de los tres poderes de la ciudad, el legislativo. El ejercicio legislativo es el resorte superior de la política porque la ley es el punto de referencia universal y común de todos los ciudadanos. El ejercicio legislativo es al mismo tiempo la forma superior de la retórica, porque si definimos la retórica como técnica de la persuasión, en el caso de la retórica jurídica el interés es solamente de una de las partes; en el caso de la retórica epidíctica, el interés está por lo general de la parte del que habla, por ejemplo para vender aceitunas o para promover una guerra contra los persas; en el caso de la retórica legislativa, en cambio, el interés o la pasión de los que pueden convencer y ser convencidos es común y universal, es el interés del δῆμος. 

La política es ciencia de lo posible, en el sentido de factible. En este contexto es mejor decir ‘factible’ y no verosímil u opinable. Dentro de la ciudad, la ley no es algo opinable, pero la ley surge de un proceso de confrontación de opiniones, y este proceso tiene sus pautas. Tiene pautas lingüísticas, pues la forma de la deliberación consiste en una eurística de proposiciones entre las que se elige una que al final vota la mayoría. El juicio lingüístico deja su marca hasta en la denominación de una de las formas del poder: la judicial. En griego κρίνειν, como en castellano ‘juzgar’, tiene entre sus múltiples sentidos uno gramatical, básico, y otro extendido, para referirse a la sentencia de un tribunal. ¿Por qué esta expansión de acepciones? Porque siempre juzgar significa definir entre una proposición y su contradictoria. También sobre la base lingüística se apoya la dimensión retórica, porque con proposiciones se gana la persuasión de los que ejercen el poder, es decir, de los que toman decisiones referentes a la ciudad. La retórica es la forma donde se organza la materia de las pasiones. Y aquí pasiones no puede tener un sentido despectivo, pues la pasión fundamental, el deseo, tiene entre sus objetos la vida feliz en la ciudad. Dice Aristóteles: “porque el hacer las cosas bien es un fin y esto es lo que deseamos. Por eso la elección es o intelecto deseoso (ὀρεκτικὸς  νοῦς) o deseo inteligente (ὄρεξις διανοητική) y tal principio es el hombre” (EN 1139b 4-5). El político, entonces, no tiene que reprimir el deseo, sino llevarlo a término. La política podrá verse, entonces, también como una discriminación polémica de deseos contrapuestos. Y en esta tarea de discriminar, la retórica no es meramente una parte subordinada de la ciencia. 

Debemos profundizar un poco más sobre la distinción de la ciencia, que se ocupa de lo verdadero, respecto de la retórica, que se ocuparía según Platón, de lo opinable. Verdad y opinión pueden aquí jugar un papel de polaridades excluyentes, con la subordinación de la política y de la retórica a la ciencia. Esa subordinación está expresada por lo general en el pensamiento de Platón. El filósofo debe ser rey porque solo la ἐπιστήμη puede llevar las riendas de la opinión, como el νοῦς conduce los corceles de las pasiones. En este caso tendríamos un concepto de ‘retórica’ colocado en un terreno en el que las palabras, órgano de lo racional, pueden ser arrastradas permanentemente por los deseos, expresión de lo pulsional y lo apetitivo. Esta es la razón por la que la retórica no puede ser considerada una técnica política por Platón, en su polémica con retóricos, como Isócrates, o sofistas como Gorgias, porque tal retórica es un remedo enfermizo del lógos como discurso débil que no capta lo universal y permanente. Aristóteles le abre a la retórica la puerta que Platón le había cerrado, es decir, abre la puerta para que la retórica pueda ser considerada una ‘técnica’, para que sea admitida como una disciplina en la educación del ciudadano, y en última instancia, para que se le reconozca su pertenencia a las ciencias. La razón de esta admisión hace referencia a su funcionalidad específica en el orden político. Y como tal, la retórica está en la lista de las ciencias subordinadas a la política, junto con la economía y la estrategia10. Si nos preguntamos qué división de las especies de la ciencia correspondería a la retórica, debemos conceder que no es una ciencia teórica, tampoco es por sí misma ciencia práctica, sino es ciencia técnica, vale decir, productiva de un resultado exterior al sujeto productor. Trata de un proceso cuyo resultado no se puede lograr sin conocer reglas. El resultado prototípico del trabajo retórico, son las leyes orales y escritas, y también, en un nivel más abajo, las sentencias judiciales. Esto nos aclara la relación con la política, y por qué el adjetivo πολιτική puede atribuirse a la retórica. ¿Qué relación guarda entonces con el otro orden de la ciencia, la especulativa o teórica, que sin duda Aristóteles coloca en el lugar más excelso? La relación no estriba en una subordinación completa de la retórica frente a la ciencia y al sabio, como en Platón, sino que se encuadra en una distinción de campos, porque ambas son ciencias pero con objetos distintos, y ambas se relacionan con la naturaleza humana, pero de modos distintos. 

10 Si distribuimos las ciencias subordinadas según los tres poderes políticos, la asamblea y los tribunales tienen la ‘retórica’ como técnica específica, y el poder ejecutivo tiene como saberes la ‘economía’ para la administración del tesoro y la ‘estrategia’ para la conducción de la guerra. Sin embargo, las cuestiones fundamentales de la guerra, como la decisión de guerra y paz, pertenecen preferentemente a la asamblea, cfr. Política 1298a 4-33.

Está claro que esta discusión debe ser encuadrada en la sistemática división de las ciencias que propone Aristóteles, es decir: las ‘teóricas’ que no buscan nada fuera de sí mismas, las ‘prácticas’ que buscan un resultado que no se distingue del que la tiene, las productivas o ‘técnicas’, que buscan un resultado que se distingue del que la ejerce. Si consideramos las ciencias teóricas, cuyo método dominante puede denominarse aristotélicamente la ‘dialéctica’, y si consideramos por otra parte la retórica, fronteriza en cuanto técnica que sirve a las ciencias prácticas, ambas disponen del ‘universal’, τὸ καθόλου. Universal que es indispensable para que haya arte y para que haya ciencia. Pero se trata de universales de distinta naturaleza. Si colocamos la ciencia en el campo de lo inteligible y universal, por una parte, y la política y retórica en el campo de lo particular y sensible, por otra, no nos queda más remedio que expulsar a los sofistas de la ciencia y de la política, como hace Platón. Pero si consideramos que el objeto de la ciencia política no es siempre lo meramente opinable, sino lo factible, es decir lo que se refiere a la acción humana que se enfrenta a alternativas posibles, entonces la retórica y la política se encuentran en el terreno de un universal de naturaleza diversa del científico, el universal de la ley. Este universal no es deductivo, no hace falta extraerlo de una ciencia superior, porque él mismo, en su proceso de constitución, crea su dignidad epistémica. Es clara la expresión aristotélica: “el fin de la política no es el conocimiento (γνῶσις), sino la acción (πρᾶξις)” (1095a 6). Una ley es un universal elegido. No es producto de la naturaleza, sino de la deliberación, pero este deliberar, está en la naturaleza del hombre. No lo descubre el hombre por la dialéctica, sino lo produce por discusión de alternativas, consideración de ventajas y desventajas, y finalmente, por votación entre opciones, procesos en los cuales es invalorable la presencia del retórico como técnico de lo lingüísticamente posible y de lo políticamente factible. Aristóteles mantiene la mayor jerarquía del trabajo dialéctico frente al retórico, pero no los confunde. Se mantiene de alguna manera en el horizonte platónico, pero alcanza importantes novedades: permite que la retórica de los sofistas ingrese en el edificio de las ciencias, aunque con notables modificaciones de los supuestos de la sofística. ¿Dónde está la modificación principal? En la afirmación de que en el razonamiento político retórico se encuentra algo universal, de lo que pueden sacarse conclusiones para la deliberación. 

La política 

La política entonces, para Aristóteles, no puede consistir en una rama independiente del conocimiento, circunscripta a ciertos asuntos propios de la pólis, sino que, sin negar las distinciones y las jerarquías de los objetos propios, la política encierra una circularidad que abraza las ramas principales de las demás ciencias. Abraza todas las ciencias prácticas como su ordenadora y jefe. Se relaciona con las tecnologías porque todas las técnicas reciben sentido en la ciudad y aportan sus servicios a las actividades de la ciudad, constitución, gobierno, justicia, conservación, nutrición, educación, sanidad, defensa y ocio, y al mismo tiempo, promueve el sostén y la interrelación de todos ellos. Y por último, se relaciona con las ciencias teóricas, porque con ellas comparte principios dialécticos y lógicos; contribuye a la consecución de los fines intermedios y de los últimos. El conocimiento de la biología, como parte de la física que a su vez es parte de las ciencias teóricas, permite conocer estructuras análogas que se encuentran en el hombre. 

Conviene ahora reflexionar sobre la relación que guarda la política con la ciencia que Aristóteles considera superior entre las ciencias teóricas, es decir con la filosofía primera o teología. No es este el lugar para estudiar la relación del último capítulo, el 10, del libro Lambda de Metafísica, donde se concluye el tratamiento del primer motor o del Dios que es intelecto y acto puro. Pero hay un detalle en ese libro que podemos poner en correlación con lo que estamos diciendo. Cuando Aristóteles presenta la teoría del ente inmóvil, inmóvil porque es tan perfecto que no tiene espacio para moverse hacia ninguna dirección, se pregunta ¿cómo puede un ente inmóvil ser el primer moviente o motor? La respuesta es que la perfección divina “mueve al modo de lo deseable (τὸ ὀρεκτόν) y de lo inteligible (τὸ νοητόν)” (Metafísica 1072a 26). Este es el motor universal de la física celeste, de la física sublunar y de las inteligencias. Y observamos que en los términos ‘deseable’ e ‘inteligible’, ὀρεκτόν y νοητόν, están señaladas las dos instancias que componen la tensión política: la pasión y la razón. 

¿Y cómo podemos vislumbrar que estos dos carriles del movimiento universal tengan una relación específica con el movimiento de la pólis? La idea de Aristóteles sobre el mundo entero es que se compone de niveles de entidad cercanos gradualmente a la perfección del primer motor. Los astros reflejan por siempre y con solo el movimiento local en sus esferas, la máxima perfección posible para la materia. La naturaleza sublunar produce también un sinnúmero de entidades que llamamos específicas y que reflejan diversos niveles de perfección orgánica, es decir, los organismos de las especies vegetales y animales mantienen en el ser diversas configuraciones de perfección, según patrones inteligibles e inmanentes a cada uno. Esos niveles de inteligibilidad permanecen también eternos, pues los individuos nacen y mueren pero las especies permanecen, pensaba Aristóteles. 

En este mundo sublunar, para sorpresa de todos, estamos también nosotros. Somos un caso atípico de especie, pues teniendo todos los niveles de funciones y facultades de plantas y animales en el máximo nivel, tenemos además la puerta abierta al mundo del intelecto y de la elección. Formamos además ciudades, por naturaleza. La pólis no es una opción ni una excepción cuando de hombres se trata. Es parte de su naturaleza11. Y esto ocurre porque el fin del individuo humano y el fin de la ciudad coinciden. El fin de ambos es la felicidad, la felicidad es lo más racional y lo más deseado. Leemos en Ética a Nicómaco que todas las cosas las elegimos por causas de otras, excepto la felicidad, puesto que ella misma es su fin. “Pareciera que la vida feliz (ὁ  εὐδαίμων  βίος) lo es conforme a la virtud (κατʹ  ἀρετήν)” (EN 1177a 1). 

 11 “El hombre es un animal social (πολιτικὸν  ζῷον) por naturaleza. Y el insocial (ὁ  ἄπολις) por causa de la naturaleza y no por causa del azar es un bruto, o un ser superior al hombre” (Política 1253a 3). Esta es la frase famosa que se suele traducir como “el hombre es un animal político”, versión inexacta, como se explicará más adelante, ya que ζῷον responde más fielmente a “ser viviente” y πολιτικόν a “hombre que vive en la pólis”, en una comunidad política, ‘en sociedad’ en definitiva. 

Y en Retórica: 

Sea pues la felicidad (εὐδαιμονία) un buen vivir con virtud (εὐπραξία  μετʹ  ἀρετῆς), o una suficiencia de vida (αὐτάρκεια ζωῆς), o la vida más agradable con seguridad, o un vigor (εὐθενία) de cosas y cuerpos, con poder de guardarlos y disponer de ellos. Todos están de acuerdo en que una de estas cosas o la mayoría son la felicidad (1360 b 14-18). 

Esta felicidad no se puede obtener fuera de la ciudad, entre otras cosas, porque las virtudes que conducen a su fin al hombre feliz son virtudes de un conciudadano. Y si en la cúspide de la acción humana Aristóteles coloca la vida teorética o filosófica, no está indicando una fuga de la comunidad, sino en todo caso es el señalamiento de la máxima posibilidad a la que algunos miembros del cuerpo social acceden. Pero no significa esto que los demás miembros de la comunidad no puedan lograr la felicidad, porque en los momentos de ocio feliz en la ciudad todo hombre inteligente tiene la posibilidad de participar de la contemplación de su naturaleza, de su vida, de la vida de sus familiares, amigos y conciudadanos, de la honra de su ciudad en el tiempo. Queda como problema, percibido por el mismo Aristóteles y no resuelto, cómo pueden cumplir su fin individuos que tienen la estructura humana en el nivel biológico, pero que no pertenecen a la categoría de ciudadanos porque no están articulados en la definición de pólis, como los niños mientras lo son, los esclavos, las tribus dispersas, etc. 

El hombre

Aristóteles termina de construir una correlación circular entre los términos que componen su definición del hombre: ζῷον, λογικόν, πολιτικόν. Exigiéndonos al extremo, no basta la definición ‘animal político’, porque tendríamos quizás que incluir a las abejas, cosa que desaparece cuando agregamos λογικόν. Este razonamiento no puede ser anulado con la observación de que cuando Aristóteles atribuye el predicativo πολιτικόν a los animales estaba escribiendo biología y usa lenguaje metafórico. Pero esta objeción desaparece si leemos lo que dice el texto mismo, y si tenemos en cuenta que en los tratados políticos, como el pasaje de Retórica citado anteriormente, recuerda y resuelve la cuestión. El hombre es político en cuanto vive en una comunidad lingüísticopolítica. 

Tampoco bastaría definir al hombre como ζῷον  πολιτικόν, porque aunque Aristóteles no se ocupe en decirlo explícitamente, podría haber un animal inteligente con lenguaje por encima de la especie humana, como hay en la mitología héroes, semidioses y dioses que son autárquicos en una vida solitaria, pero un hombre no podría serlo pues no estaría en el sendero que lo lleva al cumplimiento del fin de la naturaleza. La idea se desprende de un texto que no sería superfluo leerlo cada tanto. Dice Aristóteles en el primer libro de Política: 

Pero la palabra es para manifestar no solo lo justo sino también lo injusto (καὶ τὸ δίκαιον καὶ τὸ ἄδικον). Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo, de lo injusto y demás percepciones; la participación comunitaria (κοινωνία) constituye la casa y la ciudad. Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equívoco <…>. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza, y que es anterior al individuo. Porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación al todo. Y al que no puede vivir en comunidad (κοινωνεῖν), el que no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad sino una bestia o un dios (1253a 15- 28). 

La teoría política

 Según lo que acabamos de ver, la teoría política de Aristóteles no consiste tanto en estudiar un objeto nuevo y especial respecto de otros objetos descubiertos por la filosofía, sino más bien en relacionar en una consideración circular y dialéctica el resultado del encuentro de tres realidades que pueden estudiarse independientemente: ζῷον, λογικόν, πολιτικόν. Es decir, la construcción de ciudades en su alma y en su cuerpo (las leyes y las murallas), la biología en su progreso desde el animal aislado hacia el animal gregario y más allá el político, y finalmente la lingüística en todas sus especies, especialmente la poética y la retórica. Los planteos de Aristóteles han sido superados y desactualizados en casi todas sus partes por el decurso hasta nuestros días de las realidades que estudia, pero nos puede interesar todavía su perspectiva epistemológica, especialmente cuando buscamos con ardor la multidisciplina, con cierta nostalgia de aquella época en que la misma expresión ‘multidisciplina’ no tenía sentido. 

Aristóteles presenta una teoría política enraizada en su contexto ateniense del siglo IV a.C. En ella se analizan las grandes realizaciones y los grandes problemas del siglo anterior, el de Solón y Pericles y de las victorias sobre Persia, en ella palpitan las antinomias de la guerra del Peloponeso y se pueden sentir ya las tendencias complejas que se abren con la época S alejandrina, cambio de época en la historia de la humanidad. Pertenece a una cultura que por primera vez pronuncia y piensa las palabras claves con que nosotros también hablamos de ‘cuestiones políticas’. 

Aquella experiencia histórica estuvo marcada por una contradictoria experiencia humana, que, después supimos, es una experiencia padecida por casi todos los pueblos. Consiste en la reflexión teórica y práctica del saber respecto de la comunidad política como uno de los ámbitos más propios y apreciados por nosotros los humanos; pero al mismo tiempo, consiste en la reiteración de cambios convulsivos en la sociedad política que corrompen las estabilidades logradas o acordadas u obtenidas por las armas. Esta experiencia de que, por una parte, el hombre no puede comprenderse a sí mismo sin una referencia definitoria a una comunidad a la que pertenece, y de que, por otra parte, esta referencia es violentamente problemática porque muestra muchas posibilidades y pocas estabilidades, es el contexto de la teoría política griega; no parece que las cosas se hayan modificado en otros momentos. 

En este contexto la palabra humana tiene múltiples funciones. En primer lugar es la que construye atómica, molecular e histológicamente los acontecimientos más elementales de la ciudad, como el de la procreación, de la nutrición, de los pactos, de los proyectos, del comercio, en fin, los de la casa donde el hombre nace. En segundo lugar, construye las asociaciones mayores, los ejércitos, los sacerdotes de polifacéticas divinidades. En tercer lugar, construye las grandes narraciones que ubican a los reinos e imperios en un punto semiótico definido de la historia del mundo, entre el sol, la tierra y los océanos. En cuarto lugar, la palabra humana da un giro de autonomía y autoconciencia inusitado en la ciudad griega, donde ella misma se dona en libertad a cada uno de los que se consideran ciudadanos y del acuerdo dialógico surgen leyes lingüísticas dadas al hombre por los hombres de la ciudad. En quinto lugar, y en concomitancia íntima con el momento anterior, la palabra humana quiere convertirse en productora de cuerpos de literatura que expliquen y desentrañen la sustancia del mundo y toda realidad posible, provocando además discusiones interminables en infinidad de idiomas. Uno de los campos donde esta última pretensión de la palabra humana se introduce es el llamado campo de las ‘cuestiones políticas’12. 

 12 Sobre las cuestiones políticas sería un título más correcto al libro de Aristóteles Política –Πολιτικῶν–, puesto que en griego se trata de un genitivo plural neutro y no es sustantivo sino adjetivo. Aunque consuetudinario, es un error referirse a ese libro como si se tratara de La Política.

También los griegos usaron 

martes, 17 de enero de 2023

Principios de Economía Política Carl Menger

 

Principios de Economía Política Carl Menger 

INTRODUCCIÓN 

de F. A. Hayek 

La historia de la economía política es rica en ejemplos de precursores olvidados, cuya obra no despertó ningún eco en su tiempo y que sólo fueron redescubiertos cuando sus ideas más importantes habían sido ya difundidas por otros. Es también rica en notables coincidencias de descubrimientos simultáneos y de singulares peripecias de algunos libros. Pero difícilmente se encontrará en esta historia, ni en la de ninguna otra rama del saber, el ejemplo de un autor que haya revolucionado los fundamentos de una ciencia ya bien establecida y haya conseguido por ello general reconocimiento y que, a pesar de todo, haya sido tan desconocido como Carl Menger. Apenas si existen casos paralelos al de los Principios, que tras haber ejercido un influjo firme y permanente hayan tenido — debido a causas totalmente accidentales— tan limitada difusión. 

Para los historiadores resulta incuestionable que la posición poco menos que excepcional alanzada por la Escuela austriaca en el proceso de desarrollo de la economía política en los últimos sesenta años se debe casi en su totalidad a los fundamentos sobre los que la asentó este gran economista. Es cierto que la fama de la Escuela de cara al exterior y el desarrollo de algunas panes esenciales del sistema se deben a los esfuerzos de sus brillantes seguidores Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. Pero no es oscurecer los méritos de estos dos hombres afirmar que sus ideas fundamentales surgieron en su totalidad de Carl Menger. De no haber tenido tales discípulos, su nombre habría quedado envuelto en una suave penumbra. Tal vez habría corrido la suerte de muchos hombres capacitados, cuyas ideas se anticiparon a su tiempo pero que luego fueron olvidados. En todo caso, es prácticamente seguro que durante largo tiempo apenas habría gozado de prestigio fuera del ámbito germano-parlante. Pero la característica común de todos los partidarios de la Escuela austriaca, lo que les confirió su peculiaridad e hizo posibles sus posteriores contribuciones, fue precisamente su aceptación de las teorías de Carl Menger. 

El hecho de que William Stanley Jevons, Carl Menger y Léon Walras descubrieran casi al mismo tiempo y cada uno por su lado el principio de la utilidad límite es tan conocido que no es necesario insistir en ello. Hoy se admite, en general, y con buenas razones, que el año 1871, en el que se publicaron la Theory of Political Economy de Jevons y los Principios de Menger, es el punto de partida de una nueva época en el desarrollo de la política económica. Jevons había expuesto ya sus ideas fundamentales nueve años antes, en un artículo (publicado en 1866) que apenas llamó la atención. Walras no inició la publicación de sus teorías hasta 1874. En todo caso, está bastante bien comprobada a mutua independencia de los trabajos de los tres fundadores. Aunque sus propósitos centrales —es decir, aquella parte de sus sistemas a que mayor importancia dieron sus contemporáneos— son los mismos, el carácter general y el telón de fondo de sus trabajos son tan esencialmente diferentes que se plantea de forma inevitable la pregunta de cómo es posible que por caminos tan distintos se llegara a resultados tan parecidos. 

Para comprender el transfondo intelectual de la obra de Carl Menger conviene hacer algunas observaciones sobre la situación general de la economía política en aquella época. Si bien es cierto que el cuarto de siglo que media entre la aparición de los Principles de J. St. Mill (1848) y el nacimiento de la nueva escuela fue, bajo muchos aspectos, testigo del gran triunfo de la política económica clásica en el ámbito práctico, sus fundamentos, y más en concreto su teoría del valor, fueron cada vez más discutidos. Tal vez la exposición sistemática de los Principles del propio J. St. Mill contribuyó en parte, a pesar o a causa de su autocomplaciente satisfacción por el alto grado de perfección alcanzado por la teoría del valor, a una con su posterior refutación de otros puntos importantes de esta teoría, a poner al descubierto las lagunas del sistema clásico. Fuera como fuere lo cierto es que en la mayoría de los países se multiplicaron los ataques críticos y los esfuerzos por conseguir nuevos puntos de vista. 

Pero en ninguna parte se registró tan rápido y tan total ocaso de la escuela clásica de la economía política como en Alemania. Bajo los ataques de la escuela histórica, no sólo se abandonaron enteramente las teorías clásicas — que, por lo demás, nunca habían tenido profundas raíces en esta parte del mundo—, sino que toda tentativa de análisis teórico era saludada con profunda desconfianza. Esto era en parte el resultado de una serie de reflexiones metodológicas. Pero era, sobre todo, el producto de la acentuada animosidad con que el impulso reformista de los nuevos grupos, que se autodenominaban orgullosamente “escuela ética”, se oponía a las consecuencias prácticas de la escuela clásica inglesa. En Inglaterra se estancó el progreso de la teoría económica. Mientras tanto, había surgido en Alemania una segunda generación de economistas políticos históricos, que nunca había llegado a familiarizarse con el único sistema teórico bien estructurado y desarrollado y que había aprendido, además, a considerar inútiles, si no abiertamente perjudiciales, todo tipo de especulaciones teóricas. 

Las teorías de la escuela clásica habían incurrido probablemente en tal descrédito que ya no podían servir de base de partida para un movimiento de renovación de los que todavía se interesaban por los problemas teóricos. Con todo, en los escritos de los economistas políticos alemanes de la primera mirad del siglo se registraron algunos planteamientos que abrían la posibilidad de una nueva evolución [1]. Una de las razones que explican por qué la teoría clásica nunca asentó firmemente el pie en Alemania radica en el hecho de que los economistas políticos de este país tuvieron siempre clara conciencia de ciertas contradicciones inherentes a todas las teorías de los costes o del valor del trabajo. Tal vez ya a partir de la obra de Galiani y de otros autores franceses e italianos del siglo XVIII se había mantenido siempre viva una tradición que se negaba a admitir una radical separación entre el valor y la utilidad. Desde los primeros años del siglo hasta la década de los cincuenta y los sesenta hubo toda una serie de autores, de los que el más destacado e influyente fue Hermann (apenas si se prestó atención a Gossen, cosechador por otra parte de grandes éxitos), que intentaron combinar la idea de la utilidad con la de la escasez, para explicar el concepto del valor. Estos autores llegaron a posiciones muy próximas a la solución al final aportada por Menger, que debe muchas de sus ideas a estas especulaciones que a los economistas políticos ingleses contemporáneos, más atentos al pensamiento práctico, debían parecerles por fuerza inútiles excursos al campo de la filosofía. Una mirada a las detalladas notas al pie de los Principios indica claramente que Menger conocía a fondo a estos autores alemanes, franceses e italianos y que, en este sentido, los clásicos ingleses desempeñaron en su obra un papel relativamente pequeño. 

Aunque probablemente Menger superó a todos los cofundadores de la teoría de la utilidad límite por su vasto conocimiento de la literatura especializada —y sólo gracias a su pasión de bibliófilo, despertada en él por el ejemplo de Roscher, con su formación universal, puede explicarse tanto saber como el que revela en sus Principios, escritos en los años de juventud—, se registran también asombrosas lagunas en las listas de los autores citados, lo que permite explicar el diferente planteamiento de su investigación respecto de los de Jevons y Walras [2]. Es significativo el hecho de que cuando escribió los Principios desconocía evidentemente los trabajos de Cournot, mientras que todos los restantes fundadores de la moderna economía política, entre ellos Walras, Marshall y posiblemente también Jevons [3] bebieron, directa o indirectamente, en esta fuente. Más sorprendente aún es la circunstancia de que por aquella época Menger tampoco conocía la obra de Thünen, con el que indudablemente se hubiera sentido muy compenetrado. Así pues, si de una parte puede afirmarse que trabajó en un ambiente declaradamente favorable para un análisis de la teoría de la utilidad, por otro lado, no contaba, para la construcción de una teoría moderna del precio, con un suelo tan firme como el que tuvieron sus colegas, todos ellos influenciados por Cournot, a lo que se añade, en el caso de Walras, el influjo de Dupuit [4] y en el de Marshall, el de Thünen. 

No deja de tener cierto interés la especulación sobre la evolución que habría experimentado el pensamiento de Menger de haber conocido a estos fundadores del análisis matemático. Es significativo que, a cuanto yo sé, nunca hiciera la más mínima alusión al valor de las matemáticas como instrumento de la teoría científica [5] , aunque probablemente no le faltaron ni los recursos técnicos ni la afición. Muy al contrario, está fuera de toda duda su interés por las ciencias naturales y en toda su obra es patente su fuerte predilección por los métodos de estas ciencias. 

También el interés de sus hermanos, y más concretamente de Antonio, por las matemáticas y el hecho de que su hijo Karl fuera un eminente matemático, insinúan la existencia de una predisposición hacia estas ciencias en el seno de la familia. Pero aunque en una época posterior Menger conoció los trabajos de Jevons y Walras, así como los de sus compatriotas Auspitz y Lieben, en sus escritos sobre problemas metodológicos no aparece nunca el método matemático [6] . ¿Debemos concluir que se sentía escéptico sobre su utilidad? 

Entre los autores que influyeron en Menger durante el período decisivo de su pensamiento, no aparece ningún economista austriaco, por la simple razón de que en la primera mitad del siglo XIX no los había. En las universidades frecuentadas por Menger, el estudio de la economía política, considerada como una parte de la jurisprudencia, corría a cargo de científicos procedentes en su inmensa mayoría de Alemania. Y aunque, como todos los posteriores economistas políticos austriacos, Menger se doctoró en Derecho, difícilmente puede admitirse que se sintiera estimulado por sus profesores para dedicarse al estudio de las ciencias económicas. Esta afirmación nos introduce ya en su biografía personal. 

Nació el 28 de febrero de 1840, en Neu-Sandec, en una zona de Galizia hoy perteneciente a Polonia. Su padre, que ejercía la abogacía, procedía de una familia austriaca de artesanos, músicos, funcionarios civiles y oficiales del ejército, que sólo una generación antes se había trasladado de los territorios germano-parlantes de Bohemia a las provincias orientales. Su abuelo materno [7] , un comerciante de Bohemia que se había enriquecido considerablemente durante las guerras napoleónicas, compró una extensa propiedad en la Galizia occidental. Aquí transcurrió una buena parte de la juventud de Carl Menger y, antes de 1848, pudo contemplar aún las últimas reliquias de la servidumbre de la gleba, que en esta región de Austria se prolongó más tiempo que en ninguna otra parte de Europa, con excepción de Rusia. Junto con sus dos hermanos — Anton, que más tarde escribió sobre cuestiones jurídicas y sociales, fue autor del célebre libro Das Recht auf den vollen Afbeitsvertrag y colega de Carl en la Facultad de Derecho de la Universidad de Viena, y Max, conocido parlamentario austríaco y redactor de escritos sobre problemas sociales—, Carl estudió en las Universidades de Viena (1859-1860) y de Praga (1860-1863). Tras obtener el doctorado en Cracovia, trabajó al principio como periodista, primero en Lemberg y más tarde en Viena. Sus artículos no se limitaron a temas de índole científica [8] . Al cabo de algunos años ingresó, como funcionario de la Administración, en el gabinete de Prensa del Consejo de Ministros austríaco. Se trataba de un departamento que gozaba de una posición muy relevante dentro de la Administración pública austríaca y que contaba con los servicios de hombres muy capacitados. 

Wieser nos informa de que en cierta ocasión Menger le contó que entre sus tareas figuraba la de redactar boletines sobre la situación del mercado para un periódico oficial, el Wiener Zeitung, y que, al estudiar sus informes, le había llamado la atención el claro contraste entre las teorías tradicionales sobre los precios y el hecho de que los hombres experimentados siempre consideraban la praxis como el elemento decisivo para fijar el precio de las cosas. No sabemos si fue esta circunstancia la que le impulsó a consagrarse al estudio del fenómeno de la fijación de los precios o si, lo que es más probable, sólo confirió una determinada orientación a los estudios que ya venía realizando desde sus tiempos universitarios. Lo que sí parece estar fuera de toda duda es que ya desde los años 1867-68 hasta el momento de la publicación de los Principios estaba trabajando con intensidad sobre estos problemas y que no se decidió a publicar la obra hasta no tener enteramente elaborado su sistema [9]. 

Al parecer, Menger declaró en cierta ocasión que escribió los Principios en un estado de febril excitación. Esta afirmación no puede interpretarse en el sentido de que su libro sea el resultado de una repentina inspiración y que lo planeara y escribiera a marchas forzadas. Pocos libros hay tan cuidadosamente preparados como éste y en contadas ocasiones el primer esbozo de una idea ha sido modelado tan a conciencia y ejecutado con tal cuidado en todas y cada una de sus ramificaciones. El pequeño volumen, publicado en la primavera de 1871, pretendía ser la parte introductoria de un tratado global. En él exponía con el necesario detalle los problemas fundamentales para los que ofrecía soluciones que no estaban acordes con la opinión entonces prevalente, porque deseaba tener la plena certeza de construir sobre terreno firme. Los problemas analizados en este volumen, que llevaba el subtitulo de “Primera parte. Aspectos generales”, eran: las condiciones que ponen en marcha las actividades económicas, el valor de intercambio, los precios y el dinero. Por las notas manuscritas de que nos habla su hijo en la introducción a la segunda edición, publicada más de cincuenta años más tarde, sabemos que la segunda parte estaba destinada a “los intereses, los salarios, las rentas, los ingresos, el crédito y los billetes de banco”, La tercera parte, “práctica”, estudiaría la teoría de la producción y del comercio mientras que la cuarta contendría la crítica del sistema económico imperante y presentaría algunas propuestas de reforma económica. 

Su objetivo fundamental, tal como declara en el prólogo (y también en el Capítulo III), era desarrollar una teoría unitaria del precio, que pudiera explicar todos sus fenómenos y en concreto, y sobre todo, los intereses, los salarios y las rentas, desde un punto de vista válido para todos ellos. Pero lo cierto es que más de la mitad del volumen está consagrado a cosas que no hacen sino allanar el camino para llegar a esta tarea fundamental, es decir, a la concepción —que dio su peculiar carácter a la nueva escuela— del sentido subjetivo y personal del valor. Y aun a esto tan sólo se llega tras una discusión a fondo de los conceptos básicos con los que debe trabajar el análisis económico. 

Se percibe claramente en estas páginas la influencia de los antiguos autores alemanes, con su predilección por las clasificaciones un tanto pedantes y por las claras definiciones. Pero, en manos de Menger, los venerables “conceptos fundamentales” de los manuales tradicionales alemanes cobran nueva vida. Las áridas enumeraciones y definiciones se transforman en poderosos instrumentos de un análisis en el que cada paso parece derivarse con inevitable necesidad del precedente. Aunque en la exposición de Menger faltan muchas de las plásticas expresiones y de las elegantes formulaciones de los escritos de Böhm-Bawerk y de Wieser, cuanto al contenido en nada cede a los trabajos posteriores y en muchos aspectos es netamente superior. 

No pretende esta introducción trazar un cuadro toral y coherente de las reflexiones de Menger. Pero hay en su tratado algunos aspectos poco conocidos y algo sorprendentes que merecen una especial mención. Su detallada y seria investigación sobre la relación causal entre las necesidades humanas y los medios que sirven para satisfacerlas lleva, ya en las primeras páginas, a la distinción, hoy muy conocida, entre bienes del primero, del segundo, del tercero y de otros órdenes superiores. Esta división y el concepto, hoy ya también familiar, de los bienes complementarios son —a pesar de una opinión muy difundida que defiende lo contrario— expresión típica de una opinión de la particular atención que la Escuela austríaca ha consagrado siempre a la estructura técnica de la producción. Esta atención, que encuentra su más pura expresión en la “parte pre-teórica del valor”, tan cuidadosamente elaborada, anticipaba ya la discusión de la teoría del valor que aparecería en la obra posterior de Wieser, Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaf (1914). 

Más notable aún es el papel predominante que juega, desde el principio, el factor del tiempo. Hay una creencia muy difundida de que los primeros representantes de la economía política propendían a pasar por alto este aspecto temporal. Respecto de los fundadores de la exposición matemática de la moderna teoría del equilibrio, tal vez esté justificada esta impresión, pero no lo está respecto de Menger. Para él, la actividad económica es esencialmente una planificación en orden al futuro y su concepción del espacio temporal o, dicho con mayor exactitud, de los diferentes espacios temporales a los que se extiende la previsión humana en orden a la satisfacción de las diferentes necesidades (Ver Capítulo II, nota 2) tiene un acento decididamente moderno. No es tarea fácil imaginarse hoy que Menger haya sido el primer autor que basó la distinción entre bienes libres y bienes económicos en el concepto de la escasez. Como él mismo dice (Ver Capítulo II, nota 7), todos los autores alemanes que ya habían utilizado estos conceptos con anterioridad —y muy concretamente Harmann— intentaron explicar la diferencia por la presencia o ausencia de costes, en el sentido de esfuerzos, mientras que la literatura inglesa ni siquiera conocía esta expresión. Es un hecho muy característico que en la obra de Menger no figure ni una sola vez la sencilla palabra de “escasez”, aunque fundamentó todo su análisis en esta idea. “Cantidad insuficiente” o “relación económica de las cantidades” son las equivalencias más exactas y aproximadas —aunque ciertamente mucho más pesadas— utilizadas en sus escritos. 

Toda su obra se caracteriza por el hecho de que concede mucha mayor importancia a la cuidadosa descripción de un fenómeno que a designarlo con un nombre corto y adecuado. Esta tendencia impide muchas veces que su exposición sea todo lo expresiva que sería de desear, pero le inmunizaba en cambio frente a una cierta unilateralidad y contra el peligro de excesivas simplificaciones, en las que se incurre fácilmente cuando se recurre a fórmulas cortas. El ejemplo clásico de cuanto venimos diciendo se halla en la constatación de que Menger no descubrió ni utilizó (a cuanto yo sé) la expresión de “utilidad límite” introducida por Wieser. Habla siempre de “valor”, añadiendo, para explicar bien su idea, la clara pero pesada fórmula de “la significación que alcanzan para nosotros unos bienes concretos o cantidades de bienes, por el hecho de que tenemos conciencia de que dependemos de su posesión para la satisfacción de nuestras necesidades”. Y describe la magnitud de este valor como igual a la significación de la satisfacción menos importante que puede alcanzarse mediante una cantidad parcial de la cantidad de bienes disponible (Capítulo III, 1 y 2 y nota 8). 

Otro ejemplo, tal vez menos importante pero no menos significativo, del temor de Menger a sintetizar las explicaciones en fórmulas cortas, aparece ya antes, en la discusión sobre la decreciente intensidad de las necesidades individuales a medida que va en aumento la satisfacción de las mismas. Este hecho psicológico, que ha alcanzado más tarde, bajo el nombre de “ley de Gossen sobre la satisfacción de las necesidades”, un puesto tal vez excesivo en la exposición de la teoría del valor y que fue celebrado por Wieser como el descubrimiento fundamental de Menger, aparece con frecuencia en el sistema de nuestro autor al menos como uno de los factores que nos permiten jerarquizar por orden de importancia las diferentes sensaciones de las necesidades individuales. 

Los puntos de vista de Menger son notablemente modernos en otra cuestión, aún más interesante, relacionada con la pura teoría del valor subjetivo. Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones se desprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V - 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III - 2) [10]. 

Una vez establecido el principio que le permitió fundamentar en la utilidad la explicación del valor, tal vez la más importante aportación de Menger haya sido aplicar este principio al caso en que para asegurar la satisfacción de una necesidad humana se requiere más de un bien. Aquí daban sus frutos el concienzudo análisis de la relación causal entre los bienes y las necesidades desarrollado en el capítulo introductorio y la idea de los bienes complementarios y de los bienes de diversos órdenes. Todavía hoy es poco conocido el hecho de que Menger solucionó el problema de la distribución de la utilidad de un producto final entre los diferentes bienes concurrentes de orden superior —lo que Wieser llamó más tarde el problema de la asignación— gracias a una teoría sumamente elaborada de la productividad límite. Distingue claramente entre el caso en que son variables las proporciones de dos o más factores para producir una mercancía y el otro en que estas proporciones son invariables. En el primero, soluciona el problema de la asignación afirmando que las cantidades de los diversos factores que pueden intercambiarse para mantener la misma cantidad del producto deben tener el mismo valor, mientras que cuando las proporciones son invariables declara que el valor de los diversos factores está determinado por su utilidad en las aplicaciones alternativas (Capítulo IV - 2). 

En esta primera parte de su obra, consagrada a la teoría del valor subjetivo y que resiste muy bien cualquier comparación con los trabajos posteriores de Wieser, Böhm-Bawerk y otros autores, figuran varios puntos importantes en los que la exposición de Menger presenta una grave laguna. Difícilmente puede considerarse completa una teoría del valor —y, por supuesto, nunca será del todo convincente— si no explica de forma clara y expresa - el papel que desempeñan los costes de producción para la fijación del valor relativo de las diversas mercancías. Al comienzo de su exposición, Menger demuestra que ha visto bien el problema y promete analizarlo más adelante. Pero nunca cumplió la promesa. Estaba reservado a Wieser el desarrollo de este tema, conocido más tarde por el principio de la opportunity de los costes o “ley de Wieser”. Según ella, la diferente utilización de los factores limita la cantidad disponible para cualquier tipo de producción, de tal suerte que el valor del producto no puede ser inferior al valor conjunto de todos los factores utilizados de forma concurrente para su producción. 

Se ha afirmado a veces que Menger y su escuela estaban tan satisfechos con su descubrimiento de los principios que determinan el valor en la economía de un individuo que se sentían inclinados a aplicarlos, con excesiva premura y simplificación, para explicar el fenómeno del precio. Esta afirmación podría estar hasta cierto punto justificada en algunos de los seguidores de Menger, incluido el Wieser de los años juveniles, pero es, desde luego, falsa respecto de la obra del propio Menger. Su exposición concuerda plenamente con la regla, más tarde enérgicamente acentuada por Böhm-Bawerk, de que toda teoría satisfactoria del precio debe realizarse en dos niveles diferentes y separados, de los que el análisis del valor subjetivo es sólo el primero. Esta afirmación constituye el fundamento de una explicación de las causas y de los límites del intercambio entre dos o más personas. El modo de proceder de Menger en los Principios es ejemplar a este respecto. El capítulo sobre la teoría del intercambio, que precede al dedicado al problema del precio, pone totalmente en claro el influjo del valor, en sentido subjetivo, sobre las relaciones objetivas de intercambio, sin atribuir a la correspondencia más importancia que la que está objetivamente justificada por los hechos. 

La sección expresamente dedicada a la teoría del precio, con su cuidadosa investigación sobre cómo influyen las valoraciones relativas de cada uno de los participantes en la relación de intercambio de dos individuos aislados luego en una situación de monopolio y, finalmente, en una situación de competencia, es la tercera y probablemente la menos conocida de las aportaciones básicas de los Principios. Y, sin embargo, sólo leyendo este capítulo se comprende la unidad esencial del pensamiento de Menger, la clara meta que persigue en su exposición, desde la primera línea hasta la última. 

No es preciso añadir aquí muchas cosas sobre los últimos capítulos, en los que se analizan las repercusiones de la producción en el mercado, la significación técnica de la expresión “mercancía” y su diferencia respecto del simple “bien”, así como los diversos grados de la capacidad o facilidad de venta, que sirven de introducción al estudio de la teoría del dinero. Efectivamente, las ideas contenidas en ellos y las observaciones fragmentarias sobre el capital en las secciones anteriores son las únicas partes del libro que el autor desarrolló con más detalle en sus escritos posteriores. Aunque las aportaciones de Menger sobre estos puntos conservan un influjo permanente son conocidos sobre todo a través de su forma posterior, más detallada. 

El espacio relativamente amplio que se ha dedicado aquí al contenido de los Principios se justifica por la singular jerarquía que ocupa este trabajo no sólo en el conjunto de las publicaciones de Menger, sino en el panorama total de la literatura que ha puesto los cimientos de la moderna economía política. En este contexto, estimo oportuno citar al especialista más cualificado para valorar los méritos contraídos por cada una de las contribuciones de la nueva escuela, es decir, la opinión de Knut Wicksell. Wicksell ha sido el primer autor y—hasta ahora el mejor— que ha acometido la tarea de sintetizar los aspectos más destacados de las teorías de los diferentes grupos. “Su fama”, dice a propósito de Menger, “se apoya en esta obra, merced a la cual su nombre entrará en la posteridad, porque puede afirmarse sin ninguna duda que, desde los Principles de Ricardo, no ha aparecido ningún libro —ni siquiera la contribución brillante, aunque algo aforística de Jevons o el trabajo, desgraciadamente difícil, de Walras— que haya tenido tan profunda influencia en la economía política como los Principios de Menger” [11]. 

Y , sin embargo, no puede decirse que la obra fuera acogida desde el primer momento con entusiasmo. Al parecer, ninguna de las recensiones publicadas en los periódicos alemanes captó la esencia de esta importante contribución [12]. Incluso en Austria, la tentativa de Menger de conseguir un puesto como profesor libre en la universidad de Viena basándose en este trabajo, sólo fue coronada por el éxito tras haber superado algunas dificultades. Tal vez Menger ignoraba que, justamente antes de que inician su docencia, acababan de abandonar la Universidad de Viena dos jóvenes que advirtieron de inmediato que aquel trabajo aportaba la “palanca de Arquímedes” (en expresión de Wieser), con la que podían arrancarse de su quicio los sistemas entonces vigentes en el campo de la teoría económica. Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser, sus primeros y entusiastas partidarios, no fueron directos alumnos suyos y sus tentativas por popularizar las teorías de Menger en los seminarios de los jefes de fila de la vieja escuela histórica, Knies, Roscher y Hildebrand, fueron infructuosas [13]. De todas formas, Menger comenzó a ganar poco a poco considerable prestigio en Austria. No mucho después de su nombramiento como profesor extraordinario, el año 1873, renunció a su puesto en el ministerio, con gran pasmo de su jefe, el príncipe Adolf Auersperg, para quien resultaba de todo punto incomprensible que alguien estuviera dispuesto a cambiar un cargo tan ambicionado y tan prometedor por la carrera de la docencia [14]. Con todo, este paso no fue todavía la despedida final de la vida pública. En 1876 fue nombrado maestro del desdichado copríncipe Rudolf, que entonces contaba dieciocho años de edad. Le acompañó durante dos años en sus prolongados viajes por extensas regiones de Europa, entre ellas Inglaterra, Escocia, Irlanda, Francia y Alemania. A su regreso, obtuvo Menger, en 1879, la cátedra de economía política de Viena, y a partir de este momento llevó aquel tranquilo género de vida de un sabio, que fue ya característico de la segunda mitad de su dilatada existencia. 

Por entonces comenzaron a despertar considerable atención las teorías de su primer escrito. En este período no publicó ninguna otra obra, a excepción de algunas cortas recensiones de libros. Respecto de Jevons y Walras se pensaba, con razón o sin ella, que lo radicalmente nuevo de sus aportaciones era el método matemático, no el contenido de sus teorías, y éste fue justamente el obstáculo principal para su aceptación. No había impedimentos de este tipo para la comprensión de la exposición de la nueva teoría del valor aportada por Menger. En el segundo decenio después de la publicación del libro comenzó a difundirse con rapidez su influencia. Por la misma época adquirió también Menger un gran prestigio como profesor. Sus clases y seminarios atraían a un creciente número de estudiantes, muchos de los cuales adquirieron más tarde categoría y fama como economistas políticos. Aparte los ya citados, merecen especial mención, entre los primeros miembros de su escuela, sus contemporáneos Emil Sax y Johann von Komorzynski y sus discípulos Robert Meyer, Robert Zuckerkandl, Gustav Gross y, algo más tarde, H. von SchullernSchrattenhofen, Richard Reisch y Richard Schüller. 

Pero mientras que en Austria se iba consolidando definitivamente su escuela, los economistas políticos alemanes se aferraban, más aún que los de otros países, a su actitud de rechazo. Por aquella época gozaba de gran prestigio en Alemania la nueva escuela histórica, dirigida por Schmoller. El Volkswirtschatliche Kongress, que había mantenido hasta entonces la tradición clásica, fue sustituido por una nueva fundación, la Verein für Socialpolitik. De hecho, la economía política teórica fue cada vez más desplazada de los ambientes universitarios alemanes. De aquí que tampoco se tuviera en estima la obra de Menger, no porque los economistas alemanes creyeran que sus teorías eran falsas, sino porque consideraban inútil aquel tipo de análisis. 

En estas circunstancias era absolutamente natural que para Menger fuera más importante defender su método contra la pretensión de la Escuela histórica de poseer el único instrumento adecuado de investigación que llevar adelante el trabajo iniciado en los Principios. Fruto de esta preocupación es su segunda gran obra, las Untersuchungen über die Methode der Socialwissenschaften und der Politischen Oekonomie insbesondere (Estudios sobre el método de las ciencias sociales y de la economía política en particular). A este propósito conviene recordar que en 1975, cuando Menger comenzó a trabajar en este libro, y en 1883, fecha de su publicación, todavía no habían comenzado a madurar las ricas cosechas de los trabajos de sus discípulos, que consolidaron definitivamente la posición de la escuela. Es probable que Menger iniciara su nuevo libro bajo la impresión de que era trabajo perdido seguir escribiendo mientras no se diera una respuesta definitiva al problema del principio. 

A su modo, las Untersuchungen apenas ceden en nada a los Principios. Se trata de un libro difícilmente superable como polémica contra las pretensiones de la Escuela histórica de recabar para si el derecho exclusivo al estudio de los problemas económicos. No es tan seguro que tenga igual mérito su exposición positiva de la esencia del análisis teórico. Si fuera éste el fundamento principal de la fama de Menger, estaría tal vez justificada, al menos en parte, la opinión, a veces manifestada por sus propios admiradores, de que es deplorable que Menger abandonara su análisis de los problemas concretos de la economía política. Esto no quiere decir que lo que Menger escribió sobre el carácter del método teórico y abstracto no sea de gran importancia o que haya ejercido menor influencia. Probablemente este libro contribuyó más que ninguna otra obra aislada, a poner en claro la peculiar naturaleza del método científico cuando se le aplica a las ciencias sociales. Su influjo sobre los filósofos alemanes pertenecientes al grupo de los “teóricos científicos” fue considerable. Con todo, en mi opinión la importancia capital de esta obra para los economistas de nuestro tiempo radica, de una parte, en su versión, extraordinariamente profunda, de la esencia de los fenómenos sociales, tal como se pone de manifiesto cuando aborda la discusión de la problemática de los distintos planteamientos metodológicos y, de otra, en su clarificador análisis del desarrollo del aparato conceptual con el que tienen que trabajar las ciencias sociales. La discusión de puntos de vista un tanto anticuados, como, por ejemplo, la interpretación orgánica —o, por mejor decir, fisiológica— de los fenómenos sociales le dio ocasión para explicar el origen y el carácter de las instituciones sociales. La lectura de estas páginas sigue conservando plena validez también para los modernos economistas políticos y para los sociólogos. 

De entre las afirmaciones centrales del libro citaremos aquí sólo una, que ha dado pie a amplias discusiones: su insistencia en la necesidad de método de investigación estrictamente individualista o, como Menger dice, atomista. Uno de sus más destacados seguidores dijo una vez de él que “fue siempre un individualista en el sentido de la economía política clásica. Pero sus seguidores ya no lo fueron”. Cabría preguntarse si tal afirmación es exacta, salvo tal vez en uno o dos ejemplares, pero, de todas formas, no lo es respecto del método utilizado por Menger. Lo que en los economistas políticos clásicos es a menudo un poco mezcla de postulados éticos y de instrumentos metodológicos, fue sistemáticamente desarrollado por Menger en la segunda dirección. Y si bien es cierto que los escritos de la Escuela austriaca insisten en el elemento subjetivo más firme y convincentemente que ninguno de les otros fundadores de la moderna economía, el mérito recae en gran parte en la brillante fundamentación que le dio Menger en su libro. 

Con su primera obra no consiguió Menger despertar la atención de los economistas políticos alemanes; pero respecto de la segunda no pudo quejarse de que pasara inadvertida. El ataque directo a la única teoría por ellos admitida provocó un eco inmediato y, aparte otras recensiones hostiles, dio origen a una formidable réplica del propio Gustav Schmoller, jefe de la Escuela, en un tono de desusada agresividad [15]. Menger aceptó el desafío y respondió a Schmoller en un apasionado folleto, titulado Die lrrthümer des Historismus in der deutschen Nationalökonomie (vol. III: Los errores del historicismo en la economía política alemana). El escrito está redactado bajo la forma de cartas a un amigo y en ellas lleva a cabo una demolición implacable de las posiciones de Schmoller. El folleto añade poco contenido al pensamiento esencial de las Untersuchungen, pero constituye el mejor ejemplo de la extraordinaria capacidad y brillantez expresiva de que gozaba Menger, cuando lo que se traía entre manos era no una demostración académica y complicada, sino la exposición clara y sensible de unos cuantos puntos controvertidos. 

El duelo entre los maestros fue muy pronto imitado por los discípulos. La hostilidad alcanzó cimas pocas veces igualadas en las controversias científicas. La más grave ofensa contra la Escuela austriaca partió de la pluma del propio Schmoller, cuando, con ocasión de la publicación del folleto de Menger, tomó una decisión sin precedentes: publicó en su revista una nota en la que se decía que había devuelto al autor el ejemplar enviado para recensión, sin siquiera leerlo. Y más aún: no tuvo reparos en publicar también la injuriosa carta [16] que acompañaba a la devolución del libro. 

Para comprender por qué el problema del método adecuado fue, durante toda su vida, la preocupación fundamental de Menger, debe tenerse en cuenta el clima pasional que despertó esta controversia y lo que significó para Menger y para sus alumnos el rompimiento con la Escuela predominante en Alemania. Schmoller llevó su animosidad hasta el extremo de declarar públicamente que los partidarios de la Escuela “abstracta” no estaban capacitados para enseñar en las universidades alemanas y, como gozaba de tan sólido prestigio, aquella declaración supuso la exclusión de todos los partidarios de las teorías de Menger de los puestos académicos de Alemania. Todavía treinta años después de finalizada la controversia, Alemania seguía siendo, entre todas las naciones importantes del mundo, la menos influenciada por las nuevas ideas, ya triunfantes por doquier. 

A pesar de todos estos ataques, en el curso de seis años, entre 1884 y 1889, aparecieron en rápida sucesión los libros llamados a fundamentar la fama universal de la Escuela. Ya en 1881 había publicado Böhm-Bawerk su pequeño pero importante estudio sobre Rechte und Verhältnisse von Standpunkt der Wirtschaftlichen Güterlehre. Con todo, hasta la publicación simultánea de la primera parte de su trabajo teórico sobre el capital, titulado Geschichte und Kritik der Kapitalzinstheorien y de la obra de Wieser Ursprung und Hauptgesetze des Wirtschaftlichen Wertes, el año 1884, no se echó de ver el poderoso apoyo que estos trabajos aportaban a las teorías de Menger. De los dos, el más importante para la ulterior evolución de las ideas fundamentales de Menger fue el de Wieser, porque en él se procedía a la aplicación práctica al fenómeno de los costes, conocida hoy, como se ha dicho bajo el nombre de “ley de costes de Wieser”. Pero dos años más tarde aparecieron ya los Grundzüge einer Theorie des Wirtschaftlichen Güterwertes [17] , de Böhm-Bawerk. Aparte su cuidadosa elaboración, es cierto que en ellos era poco lo que se añadía a la obra de Menger y Wieser, pero era tanta la claridad de las ideas y la fuerza de la argumentación que contribuyó, más que ninguna otra aislada, a difundir la teoría de la utilidad límite. En 1884, dos discípulos directos de Menger, V. Mataja y G. Gross, publicaron sus libros sobre los beneficios empres es. E. Sax contribuyó con un estudio sobre el problema del método, en el que sostenía la actitud básica de Menger, aunque criticándole en algunos puntos concretos [18] . 

En 1887 apareció la obra de Sax que más ha contribuido al desarrollo de la Escuela austriaca, Grundlagen der theoretischen Staatswissenschaft, el primero y más completo intento de aplicación del principio de la utilidad límite a los problemas de la ciencia de la Administración. Aquel mismo año apareció también en escena otro alumno de Menger, Robert Meyer, con una investigación sobre la naturaleza de los ingresos [19]. Este año se publicaron la Positive Theorie des Kapitalzinses, de BöhmBawerk; el Natürlicher Wert, de Wieser; Zur Theorie des Preises, de R. Zuckerkandl; Wert in der isolierten Wirtschaft, de Komorzynski; Neuste Fort schritte der nationalökonomischen Theorie, de Sax, y Untersuchungen über Begriff und Wesen der Grundrente, de H. von Schullern-Schrattenhofen [20]. En los años siguientes surgieron también numerosos partidarios entre los economistas políticos checos, polacos y húngaros de la doble monarquía austrohúngara. 

Probablemente la exposición más brillante de las teorías de la Escuela austriaca en lengua no alemana fueron los Principii di economia pura, de M. Pantaleoni, cuya primera edición es también del año 1889 [21]. De los restantes economistas políticos italianos, aceptaron la mayor parte o la totalidad de las teorías de Menger, L. Cossa, A. Graziani y M. Mazzola. No fue menor el éxito de estas teorías en Holanda, donde el gran economista N. G. Pierson aceptó la idea de la utilidad límite en su Manual (1884-1889), publicado también más tarde en inglés bajo el título de Principles of Economics. La obra ejerció una considerable influencia. En Francia, la nueva doctrina fue difundida por Ch. Gide, E. Villey, Ch. Secrétan y M. Bloock. En los Estados Unidos fue asumida por S. N. Patten y Richard Ely. También la primera edición de A. Marshall, Principles, publicada en 1890, muestra un influjo de Menger y de su grupo mucho más fuerte de lo que podría deducirse de la segunda y posteriores ediciones de esta gran obra [22]. En los años siguientes, W. Smart y James Bonart, que ya antes habían anunciado su pertenencia a la Escuela austriaca, difundieron sus teorías en el mundo anglo-parlante [23]. Pero para entonces —y esto nos lleva de nuevo a la singular situación de la posición de Menger— ya las preferencias de los lectores se inclinaban no tanto por sus escritos cuanto por los de sus discípulos. El hecho se debía fundamentalmente a la circunstancia de que los Principios se habían agotado desde mucho tiempo atrás y Menger se negaba tanto a una nueva reimpresión como a una traducción. Esperaba poder sustituir en breve plazo el libro por un “System” mucho más amplio de economía política y de ahí que no se mostrara propenso a reeditar la obra sin una revisión a fondo. Pero como otras tareas más urgentes reclamaban su tiempo, fue retrasando año tras año este proyecto. 

La controversia directa entre Menger y Schmoller concluyó abruptamente el año 1884, pero otros autores se encargaron de llevar adelante las discusiones sobre el método, de modo que estos problemas siguieron reclamando la atención de nuestro autor. La siguiente ocasión para manifestarse públicamente sobre estos puntos se la proporcionó una nueva edición del Handbuch der politischen Oekonomie, de Schönberg (1885-1886), obra colectiva en la que una serie de economistas políticos alemanes, la mayoría de ellos discípulos no del todo convencidos de la Escuela histórica, se habían puesto de acuerdo para trazar una exposición sistemática de la economía política en su conjunto. Menger hizo una recensión de la obra para una revista jurídica vienesa, en un artículo que publicó también por separado, bajo el título Zur Kritik der politischen Oekonomie (1887, vol, III) [24] . En la segunda parte analiza detalladamente la clasificación de las diversas disciplinas que de ordinario se agrupaban bajo el nombre genérico de Economía política. Dos años más tarde volvió sobre este punto, de manera más exhaustiva, en el artículo Grundzüge einer Klassifikation der Wirtschaftswissenschaften (vol. III, págs. 185 y siguientes) [25] . En los años intermedios había publicado una de sus dos únicas contribuciones sobre el contenido de la teoría económica —a diferencia de la metodología—, a saber, su importante escrito Zur Theorie des Kapitals (vol. Iil, págs. 133 y siguientes) [26]. 

Es casi seguro que debemos este artículo al hecho de que Menger no se sentía enteramente de acuerdo con la definición del concepto de capital dada por Böhm-Bawerk en la primera parte, histórica de su obra, dedicada al capital y los intereses del capital. La discusión no tiene acentos polémicos. A Böhm-Bawerk se le cita siempre con elogios. Pero es evidente que su interés fundamental radica en defender el concepto abstracto del capital como el valor de la riqueza expresada en dinero, que debe ser invertido en orden a obtener beneficios, en contra del concepto de Smith, que lo consideraba como “los modios de producción producidos”. Tanto el argumento fundamental de Menger, según el cual los diferentes orígenes de una mercancía son irrelevantes desde el punto de vista económico, como su insistencia en la necesidad de una clara distinción entre las rentas que produce una instalación ya existente y los intereses en sentido estricto, rozan muy de cerca problemas que hasta hoy no han despertado la atención que merecen. 

Hacia la misma época (1889), los amigos de Menger lograron casi convencerle para que no retrasara por más tiempo una nueva edición de los Principios. Pero aunque escribió de hecho una nueva introducción (de la que, al cabo de más de treinta años, apareció un extracto en la introducción a la segunda edición, dada a la luz por su hijo), la publicación fue pospuesta, una vez más. Poco tiempo después surgió un nuevo campo de problemas que reclamó su atención y le mantuvo ocupado durante los dos años siguientes. 

A finales de los años ochenta el problema del sistema monetario austriaco, que venía arrastrándose desde tiempo atrás, adquiró tales proporciones que pareció posible y hasta necesaria una reforma drástica. La caída del precio de la plata restableció una vez más, en los años 1878-1879, la paridad de la plata y del depreciado papel moneda, pero poco después fue preciso interrumpir la libre acuñación de plata, porque el valor de este metal aumentaba cada vez más en el sistema monetario austriaco de papel dinero, mientras que su valor en oro estaba sujeto a continuas oscilaciones. Por aquella época se advertía que la situación —sin duda alguna, y desde muchos aspectos, una de las más interesantes en la historia de los sistemas monetarios— era cada vez menos satisfactoria. Como por primera vez desde hacía mucho tiempo las finanzas austriacas iniciaban un período que prometía estabilidad, se esperaba que el Gobierno afrontaría decididamente el problema. Además, el tratado con Hungría del año 1887 pedía expresamente que se nombran sin tardanza una comisión para discutir las medidas previas necesarias para el restablecimiento de los pagos en metálico. Tras un considerable retraso, debido a las habituales dificultades políticas entre los dos socios de la Doble Monarquía, se procedió al nombramiento de la comisión o, con más exactitud, de las comisiones, una para Austria y otra pera Hungría, que se reunieron por vez primera en marzo de 1892, en Viena y Budapest, respectivamente. 

Las deliberaciones de la Comisión austriaca de encuesta del sistema monetario, cuyo miembro más destacado fue Menger, revisten, prescindiendo por completo de aquella especial situación con la que tuvieron que enfrentarse el máximo interés. Como base de partida para las negociaciones, el Ministerio de Hacienda austriaco había preparado con sumo cuidado tres voluminosos memorándums, que constituían probablemente la más completa colección de documentos sobre la historia del sistema monetario de los períodos precedentes que puede encontrarse en ninguna obra [27]. Aparte Menger, formaban parte de la comisión otros acreditados economistas políticos, como Sax, Lieben y Mataja, a más de una lista de periodistas, banqueros e industriales, como Benedikt, Hertzka y Taussig, todos ellos sumamente familiarizados con los problemas monetarios. El representante del Gobierno y segundo presidente de la Comisión era Bóhm-Bawerk, funcionario del Ministerio de Hacienda. El cometido de la comisión no era redactar un informe, sino recabar la opinión y discutir los puntos de vista de los miembros sobre una sede de preguntas formuladas por el Gobierno [28] . Estas preguntas se referían a los fundamentos del futuro sistema monetario, al comportamiento de la circulación de la plata y de los billetes en el caso de que se decidiera adoptar el parrón oro, a la relación de intercambio entre los guldes de papel hasta entonces en curso y el oro y al carácter de la nueva unidad monetaria que se pretendía establecer. 

El hecho de que Menger dominara a fondo el problema, unido a su capacidad para las exposiciones claras y precisas, le confirieron inmediatamente una situación dirigente dentro del grupo. Sus exposiciones fueron seguidas con gran respeto y llegaron incluso a provocar una baja temporal en la bolsa, distinción poco frecuente para un economista político. Su aportación no consistió tanto en una discusión del problema genérico del tipo de sistema a elegir —en este punto prácticamente todos los miembros de la comisión estaban de acuerdo en que la única solución razonable era aceptar el patrón oro—, sino en los consejos, cuidadosamente sopesados, respecto de los problemas prácticos, a saber, cuál debería ser la cotización del cambio y en qué momento debería procederse a su implantación. 

El trabajo de esta comisión goza de merecida fama ante todo por su análisis de los problemas prácticos inherentes a la introducción de un nuevo sistema monetario y por su visión global de los diversos aspectos que debían tenerse en cuenta al dar este paso. Hoy día su interés no ha hecho sino incrementarse, ya que casi todos los países tienen que enfrentarse con parecidos problemas [29]. El trabajo de la Comisión, el primero de una serie de publicaciones sobre cuestiones monetarias, fue el fruto maduro de varios años de estudios en torno a estos problemas. Sus resultados fueron publicados en rápida secuencia en el curso de un solo año. Aquel mismo año vio la luz un número de trabajos de Menger superior al de cualquier otra etapa de su vida. Las conclusiones de su análisis de los peculiares problemas austriacos aparecieron en dos folletos, publicados por separado. El primero, Beiträge zur Währunsgsfrage in OsterreichUngarn (vol. IV, página 125 ss), que se ocupa de la historia y de las peculiaridades del sistema monetario austriaco y de la problemática general planteada por el nuevo patrón que se intentaba introducir, es la reedición de una serie de artículos que habían aparecido aquel mismo año, con otro título, en los Conrad’s Jahrbücher [30]. El segundo, Der Uebergang zur Goldwährung. Untersuchungen über die Wertprobleme der Osterreichischungarischen VaIutareform (Viena, 1892) (vol. IV, pág. 189 ss.), se centra esencialmente en los problemas técnicos inherentes a la aceptación del patrón oro, sobre todo respecto de la elección de la cotización de cambio adecuada y de los factores que influyen en el valor de la divisa, una vez introducido el nuevo patrón. 

Aquel mismo año contempló, además, la publicación de un tratado mucho más global sobre cuestiones monetarias, sin conexión directa con los problemas del momento. Se trataba del articulo “GeId” (dinero), publicado en el tercer volumen de la primera edición del Handwörterbuch der Staatswissenschaften, de reciente aparición. Es la tercera y última de las grandes contribuciones de Menger a la teoría económica (volumen IV. pág. 1 ss). Sus estudios precedentes, realizados como preparación de esta cuidadosa exposición de la teoría general del dinero, que le mantuvieron probablemente ocupado durante los dos o tres años anteriores, le sirvieron a Menger de magnífica preparación a la hora de iniciarse la discusión en torno a los problemas específicos austriacos. De todas formas, siempre se había sentido atraído por las cuestiones relacionadas con las teorías monetarias. El último capítulo de tos Principios y algunas secciones de las Untersuchungen über die Methode contenían ya importantes contribuciones, sobre todo respecto del problema del origen del dinero. Debe aludirse también aquí al hecho de que entre las numerosas recensiones de libros que Menger solía escribir sobre todo en sus años jóvenes, para diversos periódicos, se encuentran dos artículos muy elaborados, del año 1873, a propósito de los Essays de J. G Cairnes sobre las repercusiones del descubrimiento de yacimientos auríferos. En algunos aspectos se advierte una estrecha conexión entre los posteriores puntos de vista de Menger y los defendidos por Cairnes [31]. En su última gran obra es donde Menger aporta su contribución capital al problema central del valor del dinero. Pero ya otras contribuciones anteriores, y sobre todo su análisis de los diversos grados de capacidad de venta de las mercancías como fundamento de la comprensión de las funciones del dinero, habrían bastado para asegurarle un puesto de honor en la historia de la teoría monetaria. Hasta que el profesor Mises no prolongó en línea recta, veinte años más tarde, la contribución de Menger, este artículo fue la más importante publicación de la Escuela austriaca sobre los problemas de la teoría monetaria. Merece la pena insistir algo en las ideas de este estudio, porque han sido a menudo mal interpretadas. Está difundida la creencia de que la contribución de la Escuela austriaca al problema monetario se limitó a una tentativa, bastante mecánica, por aplicar a este problema el principio de la utilidad límite. Y no es así. El mérito principal de la Escuela austriaca en este campo radica en su concluyente aplicación de los planteamientos especialmente subjetivos o individualistas a la teoría del dinero, que lleva ciertamente implícito el análisis de la utilidad límite, pero que desborda este aspecto, porque tiene una significación mucho más rica y general. Este mérito recae directamente sobre Menger. Su exposición de los diferentes conceptos del valor del dinero, de las causas del intercambio y de la posibilidad de una medida del valor, así como su discusión de los factores que determinan la demanda de dinero, significan, en mi opinión, un paso adelante de suma importancia frente a la exposición tradicional de la teoría de la cantidad bajo la forma de agregados y de valores medios. Y aunque para distinguir entre el valor de intercambio del dinero “interno” y “externo” recurre a conceptos un tanto desconcertantes (pues no intenta expresar con ellos, en contra de lo que pudiera parecer, diversos tipos de valor, sino diversas fuerzas o capacidades que influyen en el valor), con todo, el concepto que subyace en el problema tiene una extraordinaria actualidad. 

Con las publicaciones del año 1892 [32] llega prácticamente a su fin la serie de los trabajos mayores que vieron la luz en vida de Menger. En los tres decenios siguientes sólo publicó algunos cortos artículos ocasionales. Durante algunos años sus escritos se centraron en el problema del dinero. Entre ellos merece destacarse la colaboración Das Goldagio un der heutige Stand der Valutareform (1893), el artículo sobre el dinero y las monedas (derecho de acuñación) en Austria desde 1857, publicado en el Osterreichischen Staatswörterbuch (1897), y, de forma especial, su artículo, totalmente revisado, sobre la teoría monetaria para el vol. IV de la segunda edición del Handwörterbuch der Staatswissenschaften (1990) [33]. Sus últimas publicaciones se reducen esencialmente a recensiones, notas biográficas o introducciones a trabajos de sus discípulos. El último artículo fue una nota necrológica sobre su discípulo Böhm-Bawerk, que murió en 1914. 

La razón de esta aparente inactividad es clara. Menger quería consagrarse plenamente al estudio de los grandes temas que se había impuesto: la obra sistemática —una y otra vez retrasada— sobre la economía política y, además, un amplio tratado sobre la esencia y los métodos de las ciencias sociales en general. A dar cima a estas tareas consagró todas sus energías. A finales de los años noventa confiaba en que estaba ya próximo el momento de la publicación y, de hecho, algunas secciones muy importantes habían recibido ya su forma definitiva. Pero se iba ampliando cada vez más el campo de sus intereses y del trabajo acometido. Consideró necesario profundizar en el estudio de otras disciplinas. La filosofía, la psicología y la etnología iban reclamando porciones cada vez mayores de su tiempo, de modo que la publicación sufrió continuos aplazamientos. En 1903, y a la relativamente temprana edad de 63 años, renunció a su actividad docente, para poder dedicarse de manera exclusiva a estos trabajos [34] . Pero nunca se sentía satisfecho y, al perecer, trabajó con el creciente distanciamiento propio de la edad, hasta que le llegó la muerte, en 1921, a la edad de 81 años. Un repaso a sus manuscritos indica que tenía ya lista para la imprenta una buena parte del material. Con todo, incluso cuando las fuerzas le iban abandonando, llevó adelante el esfuerzo de reelaborar muy a fondo los originales, de trastocar secciones, de tal modo que cualquier tentativa de reconstrucción significa una tarea difícil, por no decir imposible. Algunas secciones referentes a los Principios, parcialmente revisadas para la reedición prevista, fueron publicadas por su hijo en 1923, en la segunda edición de la obra [35] . Pero otra parte mucho mayor se conserva sólo en forma de manuscritos, ciertamente muy extensos, pero fragmentarios y desordenados, que sólo con largos y pacientes esfuerzos de un editor muy hábil podrían ponerse en manos del público. Por el momento, debemos considerar perdidos los trabajos de los últimos años de Menger. 

Para quien apenas si puede afirmar haber conocido personalmente a Carl Menger, no deja de ser osada empresa añadir aquí, a este boceto de su biografía científica, una valoración de su carácter y su personalidad. Pero dado que la actual generación de economistas políticos sabe muy poco sobre él y que no disponemos aún de una biografía completa [36] , tal vez sea oportuno traer a colación las impresiones extraídas de los informes de sus amigos y alumnos o transmitidas por tradición oral en Viena, para trazar las líneas esenciales de su retrato. Estas impresiones proceden, como es obvio, de la segunda parte de su vida, es decir, de un tiempo en que ya había dejado de participar activamente en la vida pública y llevaba la tranquila y retirada vida de un sabio, repartiendo sus actividades entre la enseñanza y la investigación. 

La impresión que su casi legendaria figura despertó en un joven en las escasas ocasiones de tratarle, está bien reflejada en el conocido grabado de Stich. Es muy posible que la idea que se tiene de Menger se apoye tanto en este magistral retrato como en recuerdos personales. Difícilmente puede olvidarse esta sólida y bien proporcionada cabeza, con la poderosa frente y las ciaras y profundas arrugas. De mediana estatura, espesos cabellos y poblada barba, Menger debió ser, en la plenitud de su vida, una figura impresionante. 

Cuando ya se había jubilado se convirtió en costumbre que los jóvenes economistas que concluían su carrera universitaria peregrinaran a la casa de Menger. Allí les recibía, en medio de sus libros, con amistosa cordialidad y conversaba con ellos sobre aquella vida que él conocía tan bien y de la que se había retirado después de haber recibido de ella cuanto había deseado. Conservó hasta el final de su vida un acusado, aunque también sereno, interés por la economía y por la vida universitaria y cuando en sus postreros años su creciente miopía puso un límite a aquel lector incansable, pedía a sus visitantes información sobre sus trabajos. En estos años postreros daba la impresión de un hombre que, tras una larga y densa vida continuaba su trabajo no como quien cumple un deber o lleva a cabo una tarea que se ha impuesto, sino por el simple y mero placer intelectual, o como quien se mueve en un elemento que ha llegado a convertirse en su atmósfera vital. Tal vez en sus últimos días se pareciera un poco a la imagen popular del sabio que no tiene ningún contacto con la vida real. Pero esto no fue en modo alguno consecuencia de ningún tipo de limitación de su horizonte, sino más bien el resaltado de una decisión tomada tras ponderado análisis, en la plenitud de la edad, después de haber acumulado ricas y variadas experiencias. 

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Escuela Austriaca de Economía: Presente y Futuro

 

Escuela Austriaca de Economía: Presente y Futuro

Por Israel M. Kirzner 

Durante las pasadas tres décadas  ha ocurrido un considerable resurgimiento del interés por la Escuela Austriaca de Economía. Esta escuela de pensamiento se había originado en el siglo XIX en el trabajo de Carl Menger y sus jóvenes colegas Eugen von Bohm-Bawerk y Friedrich Wieser. Durante el siglo XX esta escuela llegó gradualmente a ser identificada principalmente con las ideas de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Y, efectivamente, son esas ideas de Mises y Hayek que han generado el renovado interés en la tradición austriaca del siglo XX. El renovado trabajo austriaco ha tomado lugar principalmente en los Estados Unidos, pero un significativo interés en la ideas austriacas ha sido también manifestado en países alrededor del mundo entero (incluyendo los países latinoamericanos de Centro y Sudamérica).

Soporte Intelectual.- Para algunas personas, interesadas en la difusión de la sociedad libre y próspera, ha parecido que los temas austriacos dentro de la naturaleza de los procesos económicos hacen accesible a formas de pensar saludables  y prometedoras, y recomendaciones de política económica y social. Estos temas austriacos, en particular, han sido vistos como una poderosa munición intelectual para la causa de la libertad económica y, en general, para ese ideal social del liberalismo clásico.  Para estar seguros, debemos distinguir claramente entre: (a) lo estrictamente académico, libre de juicios de valor, ciencia de la economía austriaca, por un lado; y (b) los objetivos ideológicos (tales como el liberalismo clásico), por lo cual la economía austriaca a menudo ha sido vista como un proveedor significativo de soporte intelectual, por el otro. No siempre es el caso en el que la economía austriaca señala, a los ojos de sus exponentes, claramente las ventajas de la economía del laissez-faire. No obstante tal apoyo intelectual puede, como es ampliamente sostenido y creído, ser proporcionado por la economía austriaca. Y, precisamente por que el hecho y la percepción de este soporte intelectual, que aquellos ideológicamente obligados a la causa de la economía de libre mercado, tienen toda la razón para estar firmemente interesados en la posición profesional y progreso de la tradición austriaca en la economía.

Historia.-  La fortuna de la economía austriaca, que es su prestigio dentro de la profesión económica, ha fluctuado grandemente durante el siglo XX. Aproximadamente, el primer tercio de este siglo, la economía austriaca fue vista como uno de los pilares fundamentales del pensamiento económico moderno.  En efecto, cerca de 1930, esta escuela de pensamiento fue vista por algunos como uno de las fuentes más influyentes de la economía moderna.  Este aspecto resaltante fue, durante los ’30, seguido (en parte como resultado de la revolución keynesiana; en parte como resultado de otros influjos, ambas doctrinal e ideológica) de una precipitosa declinación en su reputación profesional. Por cuatro décadas, aproximadamente, la economía austriaca (cerca de medio siglo esencialmente basada en las ideas de Mises y Hayek), fue duramente vista como anticuada, no sofisticada y vulgar -simplemente fuera del cuerpo de la economía contemporánea. No fue exagerado que la economía austriaca sea considerada errada o equivocada; simplemente no fue considerada del todo. Cualquier apoyo intelectual que la economía tal vez ofrecía al liberalismo clásico no fue del todo visto en la economía austriaca, solamente, hasta el punto en que esto no fue enteramente sumergido por las ideas keynesianas, en la microeconomía neoclásica, (tal como  hizo suyo la Escuela de Chicago).  Fue durante los ’60 y ’70 que un número de jóvenes intelectuales, incluyendo quienes habían participado en el seminario de Mises en la Universidad de New York, empezaron a darse cuenta del valor de los temas originales contenidos en el trabajo de Mises y Hayek, y ellos mismos fueron capaces de producir nuevos trabajos, sustentados sólidamente en los temas de la tradición austriaca. De la mitad de los ’70 hacia adelante, estas ideas encontraron muchas y más grandes simpatías entre los jóvenes miembros de las facultades de varias universidades norteamericanas, y entre estudiantes graduados preparándose para incorporarse a sus filas. Por mediados de los ’80 un caudal de libros “austriacos” y otras publicaciones fueron dejando su marca dentro de la profesión. Por mediados de los ’90, aún en las más prestigiosas publicaciones profesionales,  fueron incluidos ocasionalmente artículos expresando sus posiciones austriacas.

Interrogantes.- Si bien continua definitiva y claramente en una posición minoritaria dentro de la profesión, la economía austriaca ocupa en este tiempo un reconocido, aunque heterodoxo y fuera de moda, sitio en la  mesa de la profesión económica.  La interrogante a menudo formulada es ahora: ¿cuál es el futuro de la economía austriaca? ¿Continuará creciendo, relativamente, como un todo en la profesión? ¿La dinámica de la interacción intelectual con el resto de la profesión hará daño a la integridad de sus ideas?—tal vez en este punto puede entre acabar por existir  como una clara corriente (o tradición) de pensamiento, o continuar existiendo con la etiqueta austriaca, que viene a referirse gradualmente a las ideas enteramente diferentes de (quizá antitético a) aquellas respaldadas por Mises y Hayek?. Este autor propone no sostener ninguna visión profética respecto de los futuros desarrollos intelectuales. A continuación simplemente se presenta algunos escenarios alternativos posibles (y ofrecer algunas esperanzas, más que predicciones, respecto de algunos de los cuales tal vez puedan ser llevados a cabo).

Alianzas Intelectuales.-  Han sido algunos, entre los economistas austriacos contemporáneos, quienes habían manifestado más bien ideas definitivas sobre cómo debería proceder la economía austriaca para obtener una mayor aceptación profesional, reputación e influjo. Por ejemplo, algunos han abogado por alianzas intelectuales sólidas con otras escuelas heterodoxas de pensamiento económico.  La teoría detrás de tal defensa es presumiblemente que tal cruce intelectual entre académicos, quienes comparten, al menos, un saludable escepticismo respecto de lo dominante, la corriente principal, tipo de teorización económica, que gobierna en la mayoría de la profesión, sea probablemente productivo.  Francamente, este autor espera que éste no sea el único camino a seguir. Tales alianzas son, probablemente, para producir resultados intelectuales que, cualesquiera sean sus valores científicos innatos, sean probablemente desconcertantes en lo que respecta a la preocupación de la integridad de los temas centrales austriacos.

La Tradición Austriaca.- Algo parecido hay entre algunos economistas austriacos contemporáneos, quienes les gustarían moldear el futuro de la economía  austriaca por medio de la interacción generadora, no con otras escuelas de economía, pero sí con otras disciplinas intelectuales relativas o vecinas, particularmente filosofía, filosofía política y sociología. De nuevo, este autor,  mientras tanto, no desea ciertamente desmotivar la posibilidad de un fructífero cruce interdisciplinario; confío fervientemente que al menos algunos seguidores eruditos de la tradición austriaca en economía continuarán para conseguir que esa tradición sea dentro de (claramente definido) reconocidos límites de esta disciplina.  A no ser que esto continúe, por ser el caso, hay un claro y presente peligro que lo fundamental del discernimiento austriaco, que ricamente comprobado su importancia para el entendimiento económico, tal vez llegaría a ser confundido o perdido.

Este autor no desea ser mal interpretado.  Los intelectuales advertidos a descubrir oportunidades inherentes a los temas de la tradición austriaca, tal vez perciban de hecho tales oportunidades en trabajos interdisciplinarios, o en la interacción con los temas y métodos adoptados de otras escuelas de pensamiento económico.  El valor de tales oportunidades puede ser evaluado, en el análisis final, solo consintiendo que el mercado de las ideas genere su propio proceso competitivo. Mientras que estos procesos están compuestos de esfuerzos intelectuales caracterizados por la integridad intelectual, estarán para ser acogidos, como tema de la ciencia social, inmune a cualquier posible impacto negativo colateral sobre el futuro de la economía austriaca. (Por otra parte, ya que preocupa el apoyo intelectual proporcionado a la ideología liberal clásica por la economía  austriaca, nosotros no podemos descartar la posibilidad  que tal cruce intelectual con otras corrientes de esfuerzo intelectual tal vez generaría una ganancia neta.) No obstante, este autor, escribiendo desde su estrecha perspectiva demostrada de alguien preocupado por la supervivencia de la tradición austríaca en economía, siente justificada esperanza, al menos, que tal cruce intelectual no sea la única forma en la cual los temas de esa tradición lleguen a ser desarrolladas en el futuro.

Economía Aplicada.- La perspectiva que a menudo es expresada, en su articulación con la historia de la economía austriaca, es que un trabajo significativamente nuevo dentro de la tradición pueda ser hecha en el área de la economía aplicada.  Este autor es completamente simpatizante con esta perspectiva. Si nosotros estamos para causar impresión a nuestros colegas no austriacos en economía con el vigor y la validez de nuestros temas, esto requiere que nosotros demostremos concretamente cómo estos temas puedan ser desarrollados para permitirnos entender de manera más satisfactoria y brillante,  episodios del pasado o historia económica reciente, cuales, en ausencia de nuestros temas, aparezcan como episodios enigmáticos o desconcertantes.  Para llevar a cabo este trabajo exitoso y convincentemente, será ciertamente necesario para los investigadores austriacos conocer a fondo las sofisticadas herramientas de econometría e investigación histórica.  Mientras que la clara distinción entre teoría económica pura y economía aplicada está claramente entendida, todo esto es para ser acogido y reforzado.

Hacia el Siglo XXI.- Al mismo tiempo, nosotros debemos resistir firmemente la tentación a ser complacientes con la ilusión de ser capaces entre predecir o controlar el curso futuro de la ciencia.  Expresando la esperanza que la tradición austriaca posee su propia integridad, este autor está guiándose sobre la expectativa de que sea poco probable que el paradigma de la corriente principal en economía se desintegre en un futuro cercano. Es improbable que los economistas austriacos del siglo XXI sean tentados a decir (como algunos economistas austriacos estuvieron diciendo muy equivocadamente – en las décadas importantes del siglo XX) que es valioso y legítimo que la tradición austriaca haya sido ya exitosamente absorbido dentro de la corriente dominante de la economía (de este modo continúan desarrollando una cultivación innecesaria y, realmente, contraproducente, de la tradición austriaca). El interés intelectual creado en las perspectivas y métodos de la corriente dominante contemporánea, y las fuerzas intelectuales sociológicas incorporadas dinámicamente por esas perspectivas y métodos, son demasiado poderosas, me parece, que están enteramente entregadas en masa.  Dada esta expectativa, le resulta deseable a este autor que la integridad y el desligamiento de la tradición austriaca sea mantenida.

Lo que se ha conseguido, durante el pasado cuarto de siglo, ha sido el reestablecimiento de alguna medida de respeto profesional a la economía austriaca.  Manteniendo la esperanza que la próxima generación de economistas austriacos será capaz de ampliar su tradición para ofrecer temas adicionales dentro de la naturaleza de la realidad económica, de modo que continuara por atraer una atención favorable, ambos dentro y fuera de la economía.  Esta es la convicción del autor que tal éxito continuado puede jugar un significativo -aunque indirecto- rol en la apreciación ampliamente popular para los mercados libres en particular, y para el liberalismo clásico en general.©

Por Israel M. Kirzner, Profesor Emérito de la Universidad de New York. Eminente representante mundial de la Escuela Austriaca de Economía. Miembro del Consejo Asesor de ILE.

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domingo, 15 de enero de 2023

ENTRE MISES Y KEYNES: UNA ENTREVISTA CON ISRAEL M. KIRZNER

Artículos publicados en el sitio web de la Fundación Friedrich A. von Hayek - http://www.hayek.org.ar 3 

ENTRE MISES Y KEYNES: UNA ENTREVISTA CON ISRAEL M. KIRZNER

Por Jeffrey Tucker

Ninguno de los economistas contemporáneos está tan identificado con la Escuela Austríaca como Israel M. Kirzner, profesor de economía en la Universidad de Nueva York, un líder de la generación de Austríacos después de Mises y Hayek, y docente adjunto del Mises Institute. Escribió su disertación bajo la tutoría de Mises, más tarde publicada como The Economic Point of View (1960), e irrumpió en el campo teórico con su Competition and Entrepreneurship (1973). Kirzner es autor de otros siete libros, su más reciente sobre Capital and Interest de Edward Elgar (1997), y una docena de artículos, incluyendo varios en el Austrian Economics Newsletter y en The Review of Austrian Economics. Fue entrevistado en su oficina de la Universidad de Nueva York, después del Coloquio Austríaco semanal. 

En 1954 no hubo movimiento Austríaco. 

No hubo Escuela Austríaca. 

Estaba Mises, y estaba Hayek. 

Se los veía como a los últimos de su generación 

y no representaban una amenaza.

 AEN: ¿Fue usted asistente de Mises durante varios años? 

Kirzner: Si, y además de concurrir a sus disertaciones semanales, trabajé un tiempo en su estudio de la ciudad ayudando sus alumnos. Él acostumbraba leer mis manuscritos y me honró al escribir la introducción para The Economic Point of View (1960). 

Por otro lado, no comentaba mucho sobre mi trabajo, ni tampoco tuvimos extensas discusiones sobre los detalles. No era fácil discutir asuntos teóricos con Mises. Siempre fue gracioso, educado y amable, pero al mismo tiempo reservado. Existía también una pequeña barrera idiomática. Hablaba inglés a la perfección, pero creo que todavía pensaba en alemán. Nunca pediría que mis interpretaciones de Mises contaran con su aprobación. La mayor parte de lo que entendí de Mises, lo obtuve estudiando y pensando infatigablemente los párrafos de La Acción Humana una y otra vez. Israel M. Kirzner (1930- ) 

AEN: ¿Algún otro comentario sobre Mises, el hombre? 

Kirzner: Era un hombre de gran integridad. Recuerdo un episodio después de completar mi master en 1955. Estaba estudiando bajo la fuerte influencia de Mises. Pero también me presenté para becas en otras universidades. Recibí un ofrecimiento de la Johns Hopkins. Fui a ver a Mises para pedirle su consejo sobre a cuál debería ir. Aunque él tenía muy pocos alumnos, me dijo que aceptara el ofrecimiento. Me señaló que Fritz Machlup enseñaba allí, y que la Johns Hopkins era una escuela prestigiosa. No seguí su consejo, pero esto habla de su preocupación por los intereses de sus alumnos. Fue un gran gesto de su parte. 

AEN: ¿Cuándo fue la primera vez que se sintió impactado por las ideas de Mises? 

Kirzner: Al principio, yo no sabía quién era. Pero cuando me puse a mirar los programas y los profesores, sucedió que me di cuenta que Mises parecía tener más libros que cualquier otro. Me impresionó mucho, por lo tanto, comencé mis estudios con él. Eventualmente, fui capturado.

AEN: ¿Se dio cuenta que se estaba involucrando en una escuela de pensamiento a la que muchos profesionales consideraban fuera de moda? 

Kirzner: No al principio. Pero luego empecé a darme cuenta que el mainstream de la disciplina apuntaba en una dirección diferente. En 1954 no hubo movimiento Austríaco. No hubo Escuela Austríaca. Estaba Mises, y estaba Hayek. Se los veía como a los últimos de su generación y no representaban una amenaza. 

Ahora, no considero que mi elección haya sido heroica de ninguna manera. En verdad, estaba aislado con respecto a la disciplina. Pero obtuve mi PhD, enseñé en la Universidad de Nueva York, hice mi trabajo y publiqué mis libros. Estaba contento con eso y no tenía grandes dificultades. Gradualmente, a medida que pasaban los años sesenta, empecé a pensar en una idea que podría tener un impacto en la profesión. Realmente, Competition and Entrepreneurship interesó a varios estudiosos de la University of Chicago Press, lo cual me agradó mucho. 

AEN: Cuando usted mira a la Escuela Austríaca hoy, ¿qué piensa? 

Kirzner: Ver su dimensión es muy placentero, por supuesto. Hasta cierto punto, el hecho de que la profesión finalmente haya avanzado más allá en la dirección teórico-matemática, produjo una apertura para la Escuela Austríaca entre los profesores más jóvenes. Comenzaron a ver la esterilidad y la aridez del camino que el mainstream había tomado. La Escuela Austríaca aparece como un acercamiento completamente diferente hacia la disciplina. Y en la actualidad, hay lugar allí para los Austríacos, aunque todavía no estén al tope de la misma. En verdad, estaba aislado con respecto a la disciplina. Pero obtuve mi PhD, enseñé en la Universidad de Nueva York, hice mi trabajo y publiqué mis libros. Estaba contento con eso y no tenía grandes dificultades. Gradualmente, a medida que pasaban los años sesenta, empecé a pensar en una idea que podría tener un impacto en la disciplina. Realmente, Competition and Entrepreneurship interesó a varios estudiosos de la University of Chicago Press, lo cual me agradó mucho. 

AEN: En el coloquio de hoy y en sus escritos, usted parece estar ocupando cada vez más, el llamado “camino intermedio” Austríaco. 

Kirzner: Sin duda. Esto ha sido así desde el momento en que la gente comenzó a tomar posiciones extremas sobre la cuestión de los usos del equilibrio en la economía. Cuando comenzaron a negar su relevancia por completo, comencé a darme cuenta que mi posición no era tan extrema como la de ellos. La frase “camino intermedio” fue usada por primera vez por Roger Garrison para describir una posición teórica que no rechaza completamente ni adopta totalmente una estructura como el equilibrio que está, más a menudo, asociado con el pensamiento económico neoclásico. 

AEN: ¿Es el excesivo subjetivismo lo que lo perturba? 

Kirzner: No diría eso. El argumento que dice que no podemos usar el equilibrio para nada, no es válido para el subjetivismo. Lleva a la teoría económica hacia una dirección completamente diferente. 

AEN: ¿Qué es el camino intermedio en la cuestión del equilibrio? 

Kirzner: Los dos extremos, formulados simplemente, son “equilibrio siempre” y “equilibrio nunca”. El punto de vista “equilibrio siempre” es la perspectiva estricta neoclásica de Chicago que nunca nos permite considerar un mundo en donde no todo está completamente ajustado. El otro extremo es aquel en donde no existe nada sistemático, anulando las tendencias que podrían guiarnos hacia la regularidad. Pienso que ningún economista Austríaco puede estar satisfecho con cualquiera de estas dos posiciones.  La economía Austríaca no puede ser “equilibrio siempre”, pero tampoco puede ser “cualquier cosa va”. Como acostumbraba a decir Mises, fue la gran contribución de los economistas clásicos cuando anunciaron el concepto de ley económica. Existen, indudablemente, consecuencias sistemáticas por nuestras acciones. Si uno acepta que la economía es el estudio de esas consecuencias sistemáticas, no puede vivir con una perspectiva que ve el mundo tan abierto que todo es posible. Es por eso que yo estaría en desacuerdo con la caracterización de la economía como, esencialmente, el estudio de la apertura de un futuro incierto. 

Hasta cierto punto, el hecho de que la disciplina finalmente haya avanzado más allá en la dirección teórico-matemática, produjo una apertura para la Escuela Austríaca entre los profesores más jóvenes. Comenzaron a ver la esterilidad y la aridez del camino que el mainstream había tomado. La Escuela Austríaca aparece como un acercamiento completamente diferente hacia la disciplina. Y en la actualidad, hay lugar allí para los Austríacos, aunque todavía no estén al tope de la misma. 

AEN: ¿Es correcto lo que dice el Profesor Mario Rizzo de que los Austríacos deben pensar en términos de “tiempo real” del no-equilibrio como lo contrario a alguna variante estática? Kirzner: Creo que es altamente útil pensar en términos de no-equilibrio, para estar abierto a la posibilidad de cambio y sorpresa. Ciertamente no se puede hacer una buena economía sin entender el rol de la sorpresa. Pero si uno aspira a esto hasta el punto donde las sorpresas tienden a abrumar a las igualdades, entonces no creo que usted tenga una ciencia que refleje la realidad existente. Hasta cierto punto, el hecho de que la disciplina finalmente haya avanzado más allá en la dirección teórico-matemática, produjo una apertura para la Escuela Austríaca entre los profesores más jóvenes. Comenzaron a ver la esterilidad y la aridez del camino que el mainstream había tomado. La Escuela Austríaca aparece como un acercamiento completamente diferente hacia la disciplina. Y en la actualidad, hay lugar allí para los Austríacos, aunque todavía no estén al tope de la misma. 

AEN: Existe la impresión de que usted cree que el entrepreneurship está siempre equilibrando. ¿Es esta una mala interpretación de su posición? 

Kirzner: Si. El entrepreneurship no es siempre equilibrante. Las características equilibrantes del mundo real deben estar adscriptas al entrepreneurship; lo que no quiere decir que todos los entrepreneurships sean siempre equilibrantes. Los entrepreneuships producen pérdidas, y las pérdidas no son equilibrantes. La idea que yo rechazo es esta: hay entrepreneurships exitosos, hay entrepreneurships que fracasan y existe una de “lanzar una moneda” para decidir qué vale más al final. Esta era la posición de Frank Knight que, de paso, pienso que es errónea. Los fundamentos de Mises dentro de la acción humana es que abarca una tendencia de estar en lo correcto y no en lo equivocado. La gente tiene interés de estar en lo que es correcto, no en lo que no lo es. Definitivamente, esto mide la tendencia de la acción humana hacia lo correcto. 

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∗ Traducción al español de Hilda Walfisch a la entrevista aparecida en el número de la primavera de 1997, volumen 17, número 1, de la Austrian Economics Newsletter. Acceda aquí a la versión original del artículo. Permiso de traducción concedido a la Fundación F. A. von Hayek por el Ludwig von Mises Institute.