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miércoles, 17 de noviembre de 2021

La fábula de las abejas, o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública. Bernard de Mandeville

 

La fábula de las abejas, 

o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública. 

Bernard de Mandeville, 

La fábula de las abejas. 

En 1714 Bernard Mandeville contaba esta fábula sobre las abejas:  "Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una mala reina. Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios. Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte. En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rechazo, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares. Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios"

Un gran panal, atiborrado de abejas que vivían con lujo y comodidad, más que gozaba fama por sus leyes y numerosos enjambres precoces, estaba considerado el gran vivero de las ciencias y la industria. No hubo abejas mejor gobernadas, ni más veleidad ni menos contento: no eran esclavas de la tiranía ni las regía loca democracia, sino reyes, que no se equivocaban, pues su poder estaba circunscrito por leyes. 

Estos insectos vivían como hombres, y todos nuestros actos realizaban en pequeño; hacían todo lo que se hace en la ciudad y cuanto corresponde a la espada y a la toga, aunque sus artificios, por ágil ligereza de sus miembros diminutos, escapan a la vista humana. Empero, no tenemos nosotros máquinas, trabajadores, buques, castillos, armas, artesanos, arte, ciencia, taller o instrumento que no tuviesen ellas el equivalente; a los cuales, pues su lenguaje es desconocido, llamaremos igual que a los nuestros. Como franquicia, entre otras cosas, carecían de dados, pero tenían reyes, y éstos tenían guardias; podemos, pues, pensar con verdad que tuviera algún juego, a menos que se pueda exhibir un regimiento de soldados que no practique ninguno. 

Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal; y esa gran cantidad les permitía medras, empeñados por millones en satisfacerse mutuamente la lujuria y vanidad, y otros millones ocupábanse en destruir sus manufacturas; abastecían a medio mundo, pero tenían más trabajo que trabajadores. Algunos, con mucho almacenado y pocas penas, lanzábanse a negocios de pingües ganancias, y otros estaban condenados a la guadaña y al azadón, y a todos esos oficios laboriosos en los que miserables voluntariosos sudan cada día agotando su energía y sus brazos para comer. [A] Mientras otros se abocaban a misterios a los que poca gente envía aprendices, que no requieren más capital que el bronce y pueden levantarse sin un céntimo, como fulleros, parásitos, rufianes, jugadores, rateros, falsificadores, curanderos, agoreros y todos aquellos que, enemigos del trabajo sincero, astutamente se apropian del trabajo del vecino incauto y bonachón. [B] Bribones llamaban a éstos, mas salvo el mote, los serios e industriosos eran lo mismo: todo oficio y dignidad tiene su tramposo, no existe profesión sin engaño. 

Los abogados, cuyo arte se basa en crear litigios y discordar los casos, oponíanse a todo lo establecido para que los embaidores tuvieran más trabajo con haciendas hipotecadas, como si fuera ilegal que lo propio sin mediar pleito pudiera disfrutarse. Deliberadamente demoraban las audiencias, para echar mano a los honorarios; y por defender causas malvadas hurgaban y registraban en las leyes como los ladrones las tiendas y las casas, buscando por dónde entrar mejor. 

Los médicos valoraban la riqueza y la fama más que la salud del paciente marchito o su propia pericia; la mayoría, en lugar de las reglas de su arte, estudiaban graves actitudes pensativas y parsimoniosas, para ganarse el favor del boticario y la lisonja de parteras y sacerdotes, y de todos cuantos asisten al nacimiento o el funeral, siendo indulgentes con la tribu charlatana y las prescripciones de las comadres, con sonrisa afectada y un amable «¿Qué tal?» para adular a toda la familia, y la peor de todas las maldiciones, aguantar la impertinencia de las enfermeras. 

De los muchos sacerdotes de Júpiter contratados para conseguir bendiciones de Arriba, algunos eran leídos y elocuentes, pero los había violentos e ignorantes por millares, aunque pasaban el examen todos cuantos podían enmascarar su pereza, lujuria, avaricia y orgullo, por los que eran tan afamados, como los sastres por sisar retazos, o ron los marineros; algunos, entecos y andrajosos, místicamente mendigaban pan, significando una copiosa despensa, aunque literalmente no recibían más; y mientras estos santos ganapanes perecían de hambre, los holgazanes a quienes servían gozaban su comodidad, con todas las gracias de la salud y la abundancia en sus rostros. [C] 

Los soldados, que a batirse eran forzados, sobreviviendo disfrutaban honores, aunque otros, que evitaban la sangrienta pelea, enseñaban los muñones de sus miembros amputados; generales había, valerosos, que enfrentaban el enemigo, y otros recibían sobornos para dejarle huir; los que siempre al fragor se aventuraban perdían, ora una pierna, ora un brazo, hasta que, incapaces de seguir, les dejaban de lado a vivir sólo a media ración, mientras otros que nunca habían entrado en liza se estaban en sus casas gozando doble mesada. 

Servían a sus reyes, pero con villanía, engañados por su propio ministerio; muchos, esclavos de su propio bienestar, salvábanse robando a la misma corona: tenían pequeñas pensiones y las pasaban en grande, aunque jactándose de su honradez. Retorciendo el Derecho, llamaban estipendios a sus pringosos gajes; y cuando las gentes entendieron su jerga, cambiaron aquel nombre por el de emolumentos, reticentes de llamar a las cosas por su nombre en todo cuanto tuviera que ver con sus ganancias; [D] porque no había abeja que no quisiera tener siempre más, no ya de lo que debía, sino de lo que osaba dejar entender [E] que pagaba por ello; como vuestros jugadores, que aun jugando rectamente, nunca ostentan lo que han ganado ante los perdedores. 

¿Quién podrá recordar todas sus supercherías? El propio material que por la calle vendían como basura para abonar la tierra, frecuentemente la veían los compradores abultada con un cuartillo de mortero y piedras inservibles; aunque poco podía quejarse el tramposo que, a su vez, vendía gato por liebre.

Y la misma Justicia, célebre por su equidad, aunque ciega, no carecía de tacto; su mano izquierda, que debía sostener la balanza, a menudo la dejaba caer, sobornada con oro; y aunque parecía imparcial tratándose de castigos corporales, fingía seguir su curso regular en los asesinatos y crímenes de sangre; pero a algunos, primero expuestos a mofa por embaucadores, los ahorcaban luego con cáñamo de su propia fábrica; creíase, empero, que su espada sólo ponía coto a desesperados y pobres que, delincuentes por necesidad, eran luego colgados en el árbol de los infelices por crímenes que no merecían tal destino, salvo por la seguridad de los grandes y los ricos. 

Así pues, cada parte estaba llena de vicios, pero todo el conjunto era un Paraíso; adulados en la paz, temidos en la guerra, eran estimados por los extranjeros y disipaban en su vida y riqueza el equilibrio de los demás panales. Tales eran las bendiciones de aquel Estado: sus pecados colaboraban para hacerle grande; [F] y la virtud, que en la política había aprendido mil astucias, por la feliz influencia de ésta hizo migas con el vicio; y desde entonces [G] aun el peor de la multitud, algo hacía por el bien común. 

Así era el arte del Estado, que mantenía el todo, del cual cada parte se quejaba; esto, como en música la armonía, en general hacía concordar las disonancias; [H] partes directamente opuestas se ayudaban, como si fuera por despecho, y la templanza y la sobriedad servían a la beodez y la gula. [I] 

La raíz de los males, la avaricia, vicio maldito, perverso y pernicioso, era esclava de la prodigalidad, [K] ese noble pecado; [L] mientras que el lujo daba trabajo a un millón de pobres [M] y el odioso orgullo a un millón más; [N] la misma envidia, y la vanidad, eran ministros de la industria; sus amadas, tontería y vanidad, en el comer, el vestir y el mobiliario, hicieron de ese vicio extraño y ridículo la rueda misma que movía al comercio. sus ropas y sus leyes eran por igual objeto de mutabilidad; porque lo que alguna vez estaba bien, en medio año se convertía en delito; sin embargo, al paso que mudaban sus leyes siempre buscando y corrigiendo imperfecciones, con la inconstancia remediaban faltas que no previó prudencia alguna. 

Así el vicio nutría al ingenio, el cual, unido al tiempo y la industria, traía consigo las conveniencias de la vida, [O] los verdaderos placeres, comodidad, holgura, [P] en tal medida, que los mismos pobres vivían mejor que antes los ricos, y nada más podría añadirse. 

¡Cuán vana es la felicidad de los mortales! si hubiesen sabido los límites de la bienaventuranza y que aquí abajo, la perfección es más de lo que los dioses pueden otorgar, los murmurantes bichos se habrían contentado con sus ministros y su gobierno; pero, no: a cada malandanza, cual criaturas perdidas sin remedio, maldecían sus políticos, ejércitos y flotas, al grito de «¡Mueran los bribones!», y aunque sabedores de sus propios timos, despiadadamente no les toleraban en los demás. 

Uno, que obtuvo acopios principescos burlando al amo, al rey y al pobre, osaba gritar: «¡Húndase la tierra por sus muchos pecados!»; y, ¿quién creeréis que fuera el bribón sermoneador? Un guantero que daba borrego por cabritilla. 

Nada se hacía fuera de lugar ni que interfiriera los negocios públicos; pero todos los tunantes exclamaban descarados: «¡Dios mío, si tuviésemos un poco de honradez!» Mercurio sonreía ante tal impudicia, a la que otros llamarían falta de sensatez, de vilipendiar siempre lo que les gustaba; pero Júpiter, movido de indignación, al fin airado prometió liberar por completo del fraude al aullante panal; y así lo hizo. Y en ese mismo momento el fraude se aleja, y todos los corazones se colman de honradez; allí ven muy patentes, como en el Árbol de la Ciencia, todos los delitos que se avergüenzan de mirar, y que ahora se confiesan en silencio, ruborizándose de su fealdad, cual niños que quisieran esconder sus yerros y su color traicionara sus pensamientos, imaginando, cuando se les mira, que los demás ven lo que ellos hicieron. 

Pero. ¡Oh, dioses, qué consternación! ¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio! En media hora, en toda la Nación, la carne ha bajado un penique la libra. Yace abatida la máscara de la hipocresía, la del estadista y la del payaso; y algunos, que eran conocidos por atuendos prestados, se veían muy extraños con los propios. Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio, porque ya muy a gusto pagaban los deudores, aun lo que sus acreedores habían olvidado, y éstos absolvían a quienes no tenían. Quienes no tenían razón, enmudecieron, cesando enojosos pleitos remendados; con lo cual, nada pudo medrar menos que los abogados en un panal honrado; todos, menos quienes habían ganado lo bastante, con sus cuernos de tinta colgados se largaron. 

La Justicia ahorcó a algunos y liberó a otros; y, tras enviarlos a la cárcel, no siendo ya más requerida su presencia, con su séquito y pompa se marchó. Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas, grillos y puertas con planchas de hierro; luego los carceleros, torneros y guardianes; delante de la diosa, a cierta distancia, su fiel ministro principal, don Verdugo, el gran consumador de la Ley, no portaba ya su imaginaria espada, sino sus propias herramientas, el hacha y la cuerda; después, en una nube, el hada encapuchada, La Justicia misma, volando por los aires; en torno de su carro y detrás de él, iban sargentos, corchetes de todas clases, alguaciles de vara, y los oficiales todos que exprimen lágrimas para ganarse la vida. 

Aunque la medicina vive mientras haya enfermos, nadie recetaba más que las abejas con aptitudes, tan abundantes en todo el panal, que ninguna de ellas necesitaba viajar; dejando de lado vanas controversias, se esforzaban por librar de sufrimientos a sus pacientes, descartando las drogas de países granujas para usar sólo sus propios productos, pues sabían que los dioses no mandan enfermedades a naciones que carecen de remedios. 

Despertando de su pereza, el clero no pasaba ya su carga a abejas jornaleras, sino que se abastecía a sí mismo, exento de vicios, para hacer sacrificios y ruegos a los dioses. Todos los ineptos, o quienes sabían que sus servicios no eran indispensables, se marcharon; no había ya ocupación para tantos (si los honrados alguna vez los habían necesitado) y sólo algunos quedaron junto al Sumo Sacerdote a quien los demás rendían obediencia; y él mismo, ocupado en tareas piadosas, abandonó sus demás negocios en el Estado. No echaba a los hambrientos de su puerta ni pellizcaba del jornal de los pobres, sino que al famélico alimentaba en su casa, en la que el jornalero encontraba pan abundante y cama y sustento el peregrino. 

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La fábula de las abejas, deconstruyendo

 La fábula de las abejas, deconstruyendo 

B. Mandeville 

Gongal Mayos

"La fábula de las abejas, deconstruyendo Mandeville" en Roles sexuales: la mujer en la historia y la cultura, M.J. Rodríguez, E. Hidalgo y C.G. Wagner (eds), Madrid, Ediciones clásicas, 1994, pp. 191-210.

Una regla nunca escrita parece regir los discursos filosóficos que se basan en una antropología o una cosmovisión con tendencias monistas. Siempre han de explicar como puede surgir la multiplicidad a partir de la unidad. De manera similar, cuando un autor parte de un visión optimista y positivista de la naturaleza humana, tiene que hacer frente inmediatamente a las críticas de aquellos que esgrimen como contraejemplos lo que hay de malvado en el hombre. Este fue el caso paradigmático de Leibniz en su teodicea`. Se trataba de eximir a Dios de las acusaciones de escépticos y críticos como Pierre Bayle que aducían una pretendida pasividad o admisión divina del mal. Leibniz en su sistema monadológico y en su tesis del «mejor de los mundos posibles» intentaba contrarrestar esta acusación: el mal formaba parte de un plan global para permitir un bien mayor. 

En un principio, parece que Bernard Mandeville con su famosa tesis « los vicios privados hacen la prosperidad pública»' quiere decirnos algo parecido pero secularizado: en la sociedad burguesa los males que provienen del individuo son la posibilidad de un bien colectivo mayor. Pero evidentemente, Mandeville no lleva a cabo ninguna teodicea, ni tan siquiera en el aspecto referido a remitir el mal a un bien mayor. No se trata de postular el bien -la naturaleza bondadosa de Dios, el hombre o la sociedad- y argumentar como el mal es únicamente un instrumento necesario para la realización de ese bien. 

La pretensión de Mandeville va mucho más allá. Quiere desenmascarar la definición tradicional dei bien, del hombre bueno o de la moralidad a la que podemos pensar que pertenecía Leibniz.

El punto de partida de Mandeville es el hombre hobbesiano actuando en un mundo sin un dios relojero y bondadoso que escoge el «mejor de los mundos posibles». Parte de un visión crítica descarnadamente satírica y cínica, de los hombres. Estos -armados de sus deseos e intereses particulares- son los que constituyen la sociedad y el mundo. Por supuesto, en este mundo la moralidad, el bien o la virtud no son sino apariencias que no tienen detrás de sí sino deseos, pasiones e intereses inconfesables. 

El punto de partida y los objetivos de Mandeville son -como vemos- muy diferentes a los de Liebniz. En algunos aspectos absolutamente contrarios, parece muchas veces que su discurso es una clara prefiguración de La genealogia de la moral nitzscheana, Pero, como apuntábamos al principio, al igual que Nietzsche se ve obligado a exponer el origen -la «genealogía»- del bien, de la virtud, de la moral y, en definitiva, de todo aquello que en principio no son ni pasiones inconfesables ni intereses privados. Mandeville y Nietzsche, pues, han de llevar a cabo el camino inverso de la teodicea de Liebniz. 

Bernard Mandeville hace frente al problema del origen y la naturaleza de la virtud moral en un breve escrito contenido en La fábula de las abejas: Investigación sobre el origen de la virtud moral. En él trata de exponer como «el hombre en estado natural e ignorante de la verdadera divinidad»' ha podido generar algo así como la «virtud». 

Recordemos que Mandeville parte de la visión de la naturaleza humana heredada de Hobbes que tan bien ha sabido describir MacPhersonA. El hombre es definido como un individuo posesivo, insaciable, to talmente egoista y movido por sus pasiones. La razón simplemente está al servicio de estas y del instinto de supervivencia, se ve reducida a una simple calculadora de ventajas e incovenientes con vistas al máximo beneficio privado. El deseo de poder, de dominio, de posesión y de seguridad (frente a otros individuos que también sabe insaciables y egoistas) carece de límite en sí mismo; sólo el cálculo descarnado de la razón sobre sus posibilidades de supervivencia le puede inducir a aceptar un límite -que para Hobbes lleva al Leviatán. 

Mandeville no sigue en este punto a Hobbes, porque no cree en la necesidad de ese monstruo policía y vigilante que evite la guerra de todos contra todos. Podemos interpretar que Mandeville piensa que esa guerra se juega contínuamente pero que no llega a destruir el vínculo y prosperidad sociales sino que los potencia -al menos en la sociedad burguesa de su tiempo. En la sociedad burguesa la guerra de todos contra todos se encontraría limitada --normalmente- al ámbito comercial y económico. El enfrentamiento animal se habría sublimado, haciendo al hombre dúctil y dócil para la vida social. Creemos que dicha sublimación está en el origen de la sociedad según la ve Mandeville. 

En lugar de por un pacto (aunque sea implícito), la sociedad se originaría a partir de una trampa astuta. Esta trampa es muy eficaz sin duda para que el cuerpo social no se diluya en los individuos enfrentados a muerte, a pesar de que estos individuos continuan moviéndose en última instancia por sus instintos naturales. Esta trampa constituyente de la sociedad viene a sustituir, pues, para Mandeville la teoría del contrato social. La sociedad se constituye en el momento en que se crea un mecanismo artero que reconduce los deseos de posesión y los intereses privados no a una guerra política de todos contra todos, sino a la competencia económica-social. 

En un primer momento, se sorprende Mandeville de que siendo el h,,imbre «un animal extraordinariamente egoista y obstinado, a la par que astuto»' pueda ser llevado con relativa facilidad a la vida social y al control de sus apetitos. Piensa que este proceso no puede ser explicado simplemente por el ejercicio constante sobre él de una mera fuerza cohercitiva exterior. En definitiva, no es pensable o creíble que el hombre pueda ser domesticado (en tanto que aparenta -al menos- hacer el bien) tan sólo por la violencia y la fuerza. 

Parece decir que, siendo el hombre terriblemente indócil y astuto, sólo se le puede domesticar por medio de la astucia. La simple fuerza no es suficiente, sino que se le ha de aprisionar astutamente, se le ha de cautivar y, en este caso, nada es más provechoso que usar su astucia en contra suya. Así se origina para Mandeville la sociedad. Se trata de una trampa astuta' para «hacer creer al pueblo que habían de gobernar que era mucho más ventajoso para todos reprimir sus apetitos que dejarse dominar por ellos, y mucho mejor cuidarse del bien público que de lo que consideraban sus intereses privados»'.

 Ahora bien Mandeville no cree que se pudiera tener mucho éxito con la mera exhortación si no hubiera habido una recompensa (al menos pretendida) «que los [a los hombres] indemnizara de la violencia que sobre ellos mismos tendrían que hacer para observar esta conducta». Evidentemente, la recompensa para incitar al comportamiento sociable o virtuoso no podía ser de naturaleza real, ya que por una parte sería prácticamente imposible de ofrecer (ya que todos se venderían a un precio muy alto que no podría ser nunca pagado) y, por otra parte, una vez pagado (caso que fuera posible) ya no cabria ni demanda ni oferta. Los individuos estarían saciados y por tanto se obtendría lo contrario de lo propuesto. El bien de pago por esa autorrepresión no puede ser de naturaleza finita ni real, no puede saciar, si no, pierde su eficacia. También por este motivo estaban abocados aquellos «sabios legisladores» a tramar una astuta trampa, que ofrecería algo intangible y virtualmente inagotable a cambio de la autorrepresión de los individuos. Se había de ofrecer algo inmaterial que exaltara algunos profundos apetitos humanos para que así los hombres aceptasen consciente o incoscientemente inmolar parte de su libertad y de otros apetitos naturales.

En otro orden de cosas, Mandeville comprende que el hombre es un tipo de animal que no puede ser conducido «behavioristamente»' por una simple economía de recompensas o castigos. Por una parte, es lo suficientemente astuto como para fácilmente plantearse cómo conseguir saltarse el orden que les «administra» las recompensas, cómo conseguir zafarse de la manipulación del «Administrador» e intentar darle gato por liebre. Fácilmente, el individuo se daría cuenta de la tosquedad con que era manipulado y se rebelaría tanto por orgullo como por avaricia en contra de esa trampa tan evidente. Para controlar al hombre se necesita, pues, una trampa más complicada, más astuta. 

El liberalismo había descubierto las debilidades de la esclavitud, ya que los esfuerzos por vigilar a los esclavos ocupan la mayor parte del tiempo de sus amos, los cuales nunca gozan de tranquilidad. Por este camino parecía inevitable llegar a una situación como la de Esparta en que casi tan prisioneros de la esclavitud eran los ilotas como los espartanos, pues estos últimos habían de estar entregados toda su existencia a una vigilancia y a un ascetismo -para salvaguardarse de una rebelión- que su vida se diferenciaba muy poco -en cuanto a comodidades o libertades- de la de sus esclavos. Tampoco parecía mejor una relación como la feudal: donde propiamente no había nadie libre ya que todo señor era a su vez s;_lvo de otro superior en una cadena sin fin -hasta llegar a Dios. Una misma cadena de vasallaje acabada dominando tanto al señor como al siervo y a ambos condicionaba casi por igual. 

Consideramos que Mandeville quiere pensar otro tipo de relación de dominación social. Se pregunta cual es el tipo de trampa política idónea para un animal tan egoista y rebelde como el hombre: una trampa especial arteramente pensada para que no se dé cuenta de que ha caído en ella. Hay que pensar en un tipo de artimaña que se base en la seducción del prisionero, de tal manera que éste participe y sea cómplice de su propio encarcelamiento. Intentemos describir algún tipo de lo que llamamos «trampa astuta».


1 Essais de Théodicée sur la bontó de dícu, la liberté de J'homme et Porlgine du mal, editada por J. BRUNSCHWIG, Paris, Garnier-Flammarion, 1969. 

2 Se encuentra ya en la traducción por la que ha optado José Ferrater Mora del título de la obra de MANDEVILLE, The Fable ofthe Bees• orPrívate Vises, Public BeneBts Citamos la edición castellana en México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

3 Op. cit. p.22. a C. B. MACPHERSON, Tke politica! Theary ofPossessive Individualism, Oxford, Clarendon Press, 1962. Hay traducción castellana en Barcelona, Fontanella, 1970.

' Para MANDEVILLE hay unos sujetos astutos que conciben y disponen de la astuta trampa: los que llama «sabios políticos o legisladores» [p.24, cf. p.26] 

7 Id. p.23.

8 Valga el término aunque MANDEVILLE nunca pudo saber nada de las teorías conductistas. 

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