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viernes, 9 de diciembre de 2022

Historia de las comunidades indígenas y campesinas del Perú

 Historia de las comunidades indígenas y campesinas del Perú 

María Isabel Remy

IEP Instituto de Estudios Peruanos

Documento de Trabajo Nº 202

Entrevista realizada por Javier Torres a María Isabel Remy y difundida en el programa “El Arriero” del portal de noticias La Mula. Esta publicación se llevó a cabo con la ayuda de una subvención del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, Canadá, bajo la Iniciativa Think Tank.

Remy, María Isabel Historia de las comunidades indígenas y campesinas del Perú. Lima, IEP, 2013. (Documento de Trabajo, 202. Serie Sociología y Política, 48) WD05.01.01/SP/48 

1. COMUNIDADES INDÍGENAS; 

2. COMUNIDADES CAMPESINAS; 

3. ENTREVISTAS; 

4. HISTORIA; 

5. LEY DE CONSULTA PREVIA; 

6. DERECHOS CIVILES; 

7. PERÚ

Presentación 

El siguiente documento de trabajo es una entrevista llevada a cabo el 31 de mayo de 2013 en el programa "El Arriero" del portal de noticias La Mula. El antropólogo Javier Torres Seoane conversó con María Isabel Remy sobre la historia de las comunidades campesinas e indígenas del Perú, a propósito de las declaraciones del presidente Ollanta Humala en relación al debate para definir qué comunidades serán incluidas dentro de los alcances de la ley de consulta previa.

Entrevista de Javier Torres a María Isabel Remy Javier Torres: El día de hoy vamos a conversar no solamente sobre política actual, sino sobre historia y, en particular, sobre la historia de las comunidades campesinas. 

Para ello, me acompaña Marisa Remy. Buenas noches, Marisa. 

Marisa Remy: Buenas noches, Javier. Gracias. 

Javier Torres: Marisa, María Isabel Remy, perdón, es historiadora y socióloga. Ha escrito libros sobre el tema de comunidades, sobre el tema de descentralización –que ha sido el que más has trabajado en los últimos años– y sobre participación ciudadana. Ella es investigadora del Instituto de Estudios Peruanos y vamos a conversar sobre las comunidades a propósito de las recientes declaraciones del presidente Ollanta Humala en la entrevista que dio el día domingo en el canal 2 y canal 7 a los periodistas Nicolás Lúcar y David Rivera. Para que todos nos podamos ubicar en el tema, vamos a escuchar lo que dijo el presidente Ollanta Humala sobre la consulta previa y las comunidades en el Perú. 

Periodista: Se dio la Ley de Consulta Previa y, sin embargo, se viene postergando –ya por un tiempo que genera incertidumbre– el decreto que digamos ordena el proceso, pero también la lista de comunidades que finalmente se van a incluir. En medio de toda esta incertidumbre, ha aparecido, en el caso Cañaris en particular, una discrepancia abierta entre el Ministerio de Energía y Minas y el Ministerio del Ambiente sobre si a esa comunidad le corresponde o no la consulta previa. El Ministerio de Energía y Minas dice que no, porque todavía no sale esa base de datos; y el Ministerio de Ambiente dice que sí, porque hay más de 50% de la población que es quechuahablante. En general, más allá de esta discrepancia al interior del Gabinete, ¿cuál es su posición respecto a qué comunidades deben ser consideradas dentro de la consulta previa y cuándo se va a dar a conocer finalmente esta base de las comunidades que van a ser incluidas? 

Presidente Ollanta Humala: Bueno, lo que tenemos acá es un tema que nos realza a nivel mundial, porque el país está atendiendo esta norma que viene de la Organización Internacional del Trabajo. El tema es que el espíritu de la norma es darles la voz a estas comunidades que no tienen voz, que no tienen cómo hacer llegar su voz a las instancias de poder. Ahora, hoy en día, pocas comunidades no tienen una autoridad como un Alcalde, un Teniente Alcalde; y, por ahí, tienen una cadena de cómo llegar al Gobierno regional o al Presidente de la República –más aún con los medios de comunicación–, como para que suceda un abuso como ha habido en el siglo XX o XIX. Aun así, hemos dado la ley, porque creemos que todavía hay comunidades vulnerables. Pero donde ha habido algunos problemas es en definir qué comunidades son nativas y cuáles no. Porque aquí –con tanta informalidad– todo el mundo quiere ser consultado, porque eso les puede dar cierto poder de negociación, a pesar de que la ley establece –al igual que los requerimientos de la OIT– que no es vinculante. O sea, si yo quiero invertir en una localidad y la comunidad me dice que no, pues las autoridades del Gobierno pueden decir que sí y va la inversión; pero el Gobierno debe asumir la responsabilidad de coberturar a estas comunidades esos factores que le pueden afectar de esa inversión: el tema del agua, pastos para su ganado, etc. Entonces, nosotros tenemos que asegurar la calidad de vida de esas comunidades. 

Periodista: ¿Cuándo se va a conocer esa base, esa lista de comunidades? 

Presidente Ollanta Humala: Acá hay dos temas. Uno es que hay una comunidad que está litigando con ambiente y está en un proceso judicial; y, por lo tanto, eso no se puede publicar hasta que no se resuelva esto. Pero, además, lo que está habiendo ahora es un proceso de revisión de comunidades. No se trata de publicar hoy día y que mañana tengas medio Perú con comunidades. Primero, en la costa, básicamente no hay comunidades nativas por el proceso de migración a la costa donde está el 60% de la población. ¿Qué comunidad nativa tienes? Por ejemplo, Chilca; Chilca no es comunidad nativa; ahí encuentras de todas partes del país. En la sierra, la mayor parte son comunidades agrarias, producto de la Reforma Agraria, etc. Más que todo, comunidades nativas se dan en las zonas de selva con estas poblaciones que, muchas veces o antiguamente, se llamaban como no contactados, ¿no? Pero hoy día, con la infraestructura, la modernidad, estamos tratando de articular a todas las comunidades. 

Javier: Marisa, ¿cuál es tu impresión? ¿Qué pasó con el presidente Ollanta Humala? ¿Se confundió, no tiene idea, no sirvió su curso, la maestría que hizo en la Católica? 

Marisa: Cuando se discute sobre legislaciones que tiene algo que ver con pueblos indígenas, lo que se discute son temas de derechos especiales; es decir, se trata de poblaciones que por sus tradiciones, su habla, el aislamiento de las zonas donde viven o la baja productividad han quedado relativamente fuera de los servicios más importantes. Por ese tipo de factores, no tienen medios para la defensa de sus derechos que –como los que reconoce la OIT– son derechos territoriales, derechos a decidir qué va a pasar con sus tierras. Digamos, son pueblos que han sido aislados, marginados y que deben recuperar sus derechos o, en todo caso, debe protegerse el ejercicio de los mismos. Con los pueblos indígenas, pasa esto. Hablando de historia, he estado en la presentación de un libro muy bueno de Alicia del Águila sobre ciudadanía en el siglo XIX. 

Javier: Sí, lo hemos comentado en el programa con ella también. 

Marisa: En ese libro, ella muestra cómo, en el siglo XIX, cuando el Estado reconocía el derecho de voto a los pueblos indígenas, aunque fueran analfabetos, el ejercicio del voto no significaba casi nada. Regía un mecanismo de voto indirecto y los indígenas, analfabetos, no podían ser elegidos y solo podían votar para elegir a electores de primer nivel, que elegirían a electores de segundo nivel, que a su vez serían los que elegirían a los representantes al Congreso. En ese contexto, se les reconoce derecho a votar. Cuando se elimina el voto indirecto y el ciudadano tiene efectivamente el poder de elegir a un alcalde, a un presidente o a un congresista, en ese momento, se elimina el voto de los analfabetos. Lo que quiero decir es que no se les reconocen derechos a los indígenas, o cuando se les reconocen, el contenido de esos derechos es extremadamente recortado, o se pone en duda si son indígenas… 

Javier: Claro y ahí, Marisa, es donde llaman la atención las declaraciones, ¿no? Si miramos hacia atrás el debate sobre la consulta previa, el Presidente repite algo que Roque Benavides dijo hace dos años, más o menos, en la convención minera en Arequipa, que «las comunidades de la sierra son creación de Velasco», y entonces, como son creación de Velasco, no tienen ningún vínculo con los pueblos originarios que vivían en el territorio antes de la conquista española. ¿Esto tiene alguna base, algún asidero? 

Marisa: No, en realidad ninguno. Hay dos grandes líneas de elaboración de identidades indígenas o de consistencia de pueblos indígenas. Unos son los indígenas coloniales, integrados al régimen colonial, porque eran parte del Tawantinsuyo. Otros son los indígenas que no fueron colonizados, «sociedades de frontera» en la selva. Respecto a ello, hay que recordar que el término «indígena» se inventa en la Colonia. 

Javier: Claro, además, eso hay que precisarlo. No es un término que se daban ellos mismos. 

Marisa: No, ellos se llamaban chumpiwilkas o chankas o collas, etc. Los españoles en el momento de la Conquista, a estos pueblos –que eran parte del Imperio incaico y que tenían con el imperio una relación tributaria– los llaman «indios». Se trataba de pueblos a los que el Estado inca, a cambio del tributo, les reconocía derechos sobre sus territorios que, además, no eran tierras encerradas en linderos. Así, se reconocían sus derechos, su autonomía, vivir, producir, su autoridad, su cacique, etc., a cambio de un tributo. Lo que hace la legislación colonial es interpretarse como una continuidad: los pueblos que tributaban al Estado inca se vuelven tributarios del Rey de España y este, a cambio, protege sus derechos sobre sus tierras. 

Javier: Y les dan un nombre a estas agrupaciones. 

Marisa: Claro, les dan el nombre genérico de «indios» (habitantes de «Las Indias»). 

Javier: Así es. 

Marisa: Y además, para que los curas no tengan que aprender 17 lenguas para adoctrinar a estos «indios», porque los pueblos habían conservado sus lenguas originales bajo el Tawantinsuyo, se impone una lengua general: el quechua. Se quechuiza todo el territorio, con excepción de los pueblos aymara, que logran un tratamiento especial. Otro cambio importante se produce en 1570, un momento clave, porque allí, y no con la Reforma Agraria, el virrey Toledo crea lo que se llaman los pueblos de reducción. Los indígenas habían estado muriendo: hay una mortandad espantosa, se muere casi el 90% de la población, sobre todo la de la costa –lo cual explica por qué hay menos comunidades en la costa–. Y entonces lo que hace el virrey Toledo es reunir, o «reducir», a los indígenas que estaban dispersos por la mortandad en pueblos («pueblos de reducción»). La legislación establece que a esos pueblos de reducción se les dé el área que necesitan para producir, el área de reserva comunal para su crecimiento demográfico (así lo establecen las normas) y el área para producir para su tributo. De este modo, se produce esta comunidad de indígenas con un territorio delimitado –con fronteras–, reconocido y protegido por el Estado, con sus propias autoridades, costumbres, prácticas tecnológicas, etc. 

Javier: Claro, ahí sí había límites. 

Marisa: Sí, como hoy conocemos las comunidades. Son estos sobrevivientes de los ayllus antiguos que se juntan y producen un pueblo con sus propias normas, que reproducen sus tradiciones. 

Javier: Y esa estructura se instituye, digamos, 400 años antes de la Reforma Agraria; la Reforma Agraria es de 1969, ¿no? Esa estructura luego sufrirá modificaciones en la República. Tenemos que ir a un pequeño corte y volvemos con la historia de las comunidades en la República peruana. 

(PAUSA) 

Javier: Marisa Remy nos ha explicado dónde está el origen de las comunidades, ubicado justamente en el momento del ordenamiento toledano (del virrey Toledo, no del presidente Toledo). A continuación, vamos a pasar a hablar de qué ocurrió cuando termina la Colonia. Al inicio de la República, ¿hay cambios en la vida de las comunidades, cambios normativos? 

Marisa: No al inicio, exactamente. Como dije, las tierras de las comunidades habían estado protegidas por la Corona, porque los indios pagaban un tributo. Al comienzo de la República, Bolívar –que tiene el proyecto de establecer una ciudadanía única en la que no haya diferencias, no haya «indígenas» con un estatus diferente, sino peruanos, como todos, iguales– elimina el tributo (la contribución de indígenas). Sin embargo, esa contribución significaba alrededor del 80% de los ingresos con los que el Estado pagaba sus cuentas. En cuanto Bolívar sale del Perú, este tributo se reimpone. Cuando esto ocurre, se reimpone también la protección a las tierras comunales, es decir, todo el régimen colonial referido a los indígenas. Esto continúa hasta 1851, en que el presidente Castilla –cuando el Estado peruano está lleno de plata por la explotación del guano de las islas– dice: «Bueno, ya basta: ni esclavitud ni tributo indígena; acabemos con la continuidad colonial», y elimina el tributo. En ese momento, las tierras comunales dejan de estar protegidas y los indígenas pasan por un proceso muy complejo, en el cual empiezan a ser presionados para la venta –más o menos, voluntaria; más o menos, violenta– de sus tierras. 

Javier: Un momento de expansión de haciendas. 

Marisa: Sí, aunque no es tan rápido al comienzo. En las primeras décadas, hasta la década de 1870, los indígenas son más bien objeto de «abuso» –como ellos reclaman– por parte de las autoridades y de los poderes locales, por obligaciones de trabajo gratuito, cobros excesivos de otros impuestos (predial, por ejemplo) o «contribuciones personales», «aportes voluntarios» (nada voluntarios, por supuesto). El levantamiento de Juan Bustamante en Puno, por ejemplo, es muy elocuente, respecto al abuso de las autoridades estatales frente a los indígenas. Cuando termina la Guerra del Pacífico, empieza un periodo en el que se consolida un pacto entre los terratenientes tradicionales de la sierra y la gran agroexportación de la costa; es lo que se conoce como la República Aristocrática. En ese proceso, los indígenas dejan de ser objeto de abuso y conflicto de pequeños funcionarios, y sus tierras empiezan a ser absorbidas casi íntegramente por las haciendas. Entonces, las haciendas que se habían formado durante la Colonia en el piso de un valle o cerca de una ruta comercial –y que no eran tan grandes–, empiezan a subir hacia las partes altas donde estaban las comunidades indígenas y se las tragan íntegras, o casi. 

Muchas se llaman «comunidades cautivas». ¿Por qué? Porque al eliminarse el tributo, se elimina la razón por la cual los indígenas de comunidad tenían que salir de su comunidad para vender su fuerza de trabajo (en las haciendas, las minas o los obrajes) y conseguir el dinero para pagar su tributo. Cuando este se elimina, ellos, que habían mantenido sus tierras, ya no tienen la necesidad de trabajar para otros. Es decir, cuando está en juego el tema de las tierras y los tributos, también está en juego el trabajo indígena –la mano de obra más importante en la sierra; la que sostenía esa economía–. Una vez que deja de haber contribución, deja de haber protección. La forma como los hacendados resuelven los problemas de escasez de mano de obra es incorporando en sus haciendas a las comunidades enteras (la tierra y los trabajadores), todas las tierras o parte importante de ellas, reduciendo de esa manera el área de subsistencia. A cambio de las tierras que necesitan –que fueron suyas pero terminaron absorbidas por la hacienda– los indígenas entregan una renta en trabajo; es decir, trabajan ahora para el patrón: trabajan para este y/o entregan productos. Yo he escuchado relatos de las caravanas de llamas con las cargas de papa que bajaban de las zonas altas de una hacienda –como Sillque en Ollantaytambo– hacia la casa-hacienda. 

Javier: Y eso genera diversos ciclos de movilizaciones y de protestas, ¿no es cierto? Hay algunas que son durante la República Aristocrática. Después, hay otras que constituyen el ciclo de los años cincuenta. No obstante, hay un momento en la historia política del país: el Gobierno del presidente Leguía en los años veinte, que es cuando se decide reconocer la existencia de las comunidades de indígenas. Algunos creen que ese reconocimiento se constituye como el momento de su creación. Sobre ese punto, ¿puedes explicar? 

Marisa: Claro. En la primera década del siglo XX, estas comunidades que estaban sufriendo este asedio de las haciendas protagonizan una serie de levantamientos en defensa de sus tierras. Las luchas por la tierra empiezan en ese momento; antes, el tema era el abuso del gamonal, el impuesto, etc.; después de ello, empiezan propiamente las luchas por tierras. En ese momento llega al poder Augusto B. Leguía con un programa de reformas modernizantes. Para él, creo –casi como para Velasco–, la personificación del atraso del país, de lo que trababa el desarrollo de los mercados, no eran los indios (como ahora algunos piensan), sino los gamonales, los terratenientes, porque al mantener esas relaciones de renta, sacaban a la gente del mercado. De ese modo, impedían el desarrollo del capitalismo, de los mercados, de la producción, de la inversión; eran rentistas. 

Pero Leguía –claro– no era Velasco: no iba a hacer una reforma agraria. Estamos con el Partido Civil, en los comienzos del siglo XX y entonces lo que hace Leguía, en el contexto de movilizaciones de los indígenas –y ante la evidencia de que el régimen vigente en la sierra era una traba al desarrollo de las grandes empresas, de las grandes industrias, del mercado–, es darles a las comunidades reconocimiento legal. En otras palabras, estas comunidades de indígenas –que habían sido reconcentradas en la época de Toledo, que habían sido mantenidas en registros y padrones durante todo el periodo tributario republicano– son nuevamente reconocidas por el Estado peruano. Entonces, se abre un registro de comunidades de indígenas. 

Javier: Esa sería la primera base de datos, el primer listado. 

Marisa: Sí, eso es muy importante, porque entonces lo que se norma es el reconocimiento legal de las comunidades indígenas y ello se inscribe en la Constitución de 1920 –lo que se mantiene hasta la vigencia de la Constitución del 79– que declara la inalienabilidad, imprescriptibilidad e inembargabilidad de las tierras comunales. Nuevamente, reaparece una situación de protección. En ese momento, las comunidades son mucho más reducidas que las toledanas; han perdido muchas tierras, pero lo que queda –estos núcleos de vida de pequeños pueblos indígenas– termina siendo reconocido y protegido constitucionalmente por el Estado. Esto detiene el avance de latifundios, y abre a las comunidades un camino legal, no conflictivo, ya no de levantamientos: un camino legal para empezar a recuperar las tierras que el periodo de la expansión de la hacienda les había quitado. Poco a poco, se inscriben muchas comunidades. Víctor Caballero, en un trabajo muy interesante, descubrió que, desde el momento en que se establece el registro de comunidades indígenas (que luego cambiarán de nombre al de «comunidades campesinas» en la época del general Velasco) hasta el momento en el que hizo la investigación (creo que a fines de los noventa), no existía ni un solo periodo gubernamental en el que no se siguieran inscribiendo comunidades indígenas. 

Javier: Eso fue permanente. Es decir, la relación entre las comunidades de indígenas, luego llamadas campesinas, ha existido y ha sido una relación con tensiones y, también, con negociaciones. 

Marisa: Cuando Leguía las reconoce, empieza –digamos– un camino largo de gestiones y trámites; se inventa un cargo que no existía: el «personero de comunidad», alguien que por lo general habla castellano o que escribe, que está a cargo de seguir este camino de búsqueda de justicia hacia el Estado. Las comunidades empiezan a buscar al Estado (al Estado central), ir a negociar con este: que las reconozca, que les reconozca las tierras en un tribunal, que les proporcione una escuela; luchan, solicitan, negocian la apertura de escuelas, por ejemplo. Esta base de vida y de tenencia de tierra básicamente andina es un núcleo que dinamiza, a su manera, que moderniza las regiones andinas. 

Javier: Digamos que había una relación, y no es que hemos tenido comunidades –si pensamos en la historia del siglo XX– que hayan estado en contra de dialogar o de negociar o de sentarse en la mesa con el Estado. Señalo esto, porque pareciera en el discurso empresarial que ha asumido finalmente el Presidente de la República que hay miedo de sentarse en una mesa de negociación con las comunidades. 

Marisa: Mira, desde que se reconocen las comunidades y, por lo tanto, se abre una vía de diálogo (porque, mientras no se las reconoce y simplemente se las asedia, el único camino es el conflicto), empieza un periodo de paz bastante largo. Este se extiende hasta mediados de los años cincuenta, periodo en el que empiezan nuevamente movimientos campesinos. Estos, más bien, responden a un crecimiento de la demanda y buscan terminar definitivamente con la entrega de productos o el trabajo gratuito (la vía judicial andaba lenta). Entonces, empiezan los movimientos campesinos modernos, hasta los movimientos del 63, que son notablemente interesantes. A lo mejor, otro día tenemos tiempo para que te los cuente, porque ahora quiero recuperar la otra realidad indígena que se nos ha quedado fuera en esta historia, porque dije al inicio que eran dos. 

Hasta ahora, hemos hablado de los indígenas «coloniales», que habían estado integrados primero al Tawantinsuyo; luego, al Virreinato; y, posteriormente, al Estado nacional, a través de una relación tributaria, que se extiende durante un largo tiempo y que termina en estas comunidades campesinas. Si bien estas son, mayoritariamente, de la sierra, es un error pensar que no hay en la costa. Sí hubo, y se mantienen, comunidades en esta región, como Catacaos, Sechura, Morrope. Muchas desaparecieron, pero esas no: esas se mantienen. Actualmente, sus tierras son valiosas y no sé si ellos se consideran a sí mismos «indígenas», pero estuvieron inscritas en el padrón de comunidades indígenas y hoy siguen siendo comunidades campesinas. Incluso, en la sierra  norte, se conservaron muy pocas comunidades; pero una de esas pocas es Cañaris, por ejemplo, que es notable que conserve el viejo nombre de su etnia, porque muchas de las comunidades o de las sociedades étnicas que terminan reagrupadas en comunidades pierden sus viejos nombres. Hay casos sorprendentes de grupos que conservan rasgos de identidades prehispánicas, como los Cañaris o el caso de Tupe, por ejemplo, en Yauyos, que conserva (ojalá que se mantenga) la antigua lengua jakaru. Estos son casos de fuerte resistencia cultural, de identidad. 

Javier: Antes de que pases a los otros, vamos a hacer un corte para el último bloque, quizás más pequeño. Pero te quería hacer una pregunta antes de esto: ¿Velasco le cambia el nombre a las comunidades porque habían dejado de ser indígenas o por qué otro motivo? 

Marisa: No, Velasco le cambia el nombre, creo, por algo semejante quizás a Bolívar, que quiere eliminar el tributo para que todos sean iguales. Es decir, ello lo hace, porque es una medida de ampliación de derechos, en realidad. El término indígena deviene peyorativo, discriminatorio. En este conflicto que hay con el embajador de Ecuador, por ejemplo, me parece increíble que todavía nadie se haya quejado del racismo del embajador y de la señora que le pega: todo el mundo habla de que el embajador la insultó, pero el «insulto» fue decirle «indígena». Eso en el Perú es considerado un insulto, y no puede seguir siéndolo. 

Javier: En 1969, era mucho más peyorativo que ahora. 

Marisa: Por supuesto que era mucho más peyorativo, mucho más excluyente. Lo que hace Velasco es, más bien, una política inclusiva, pero además da la Ley de Comunidades Nativas, que es de la que creo que quieres que conversemos luego. 

Javier: Sí, vamos a irnos rápidamente a un corte y volvemos con un último bloque para terminar con esta breve historia de las comunidades, que estamos haciendo junto a Marisa hoy en el programa. 

 (PAUSA) 

Javier: Estamos en “El arriero” con Marisa Remy, investigadora del Instituto de Estudios Peruanos. Hemos hablado de las comunidades indígenas, de las reducciones de indios, de las comunidades campesinas. Se han mencionado algunos de los más importantes actores políticos: el Virrey Toledo, Simón Bolívar, Ramón Castilla, Augusto B. Leguía, Juan Velasco. Pero hay un tema pendiente y es la selva, la Amazonía, para ser más exacto, las comunidades nativas. El Presidente ha dicho que solo hay comunidades nativas en la selva y, además, que su imagen de comunidad nativa es –casi– la del «no contactado». Entonces, Marisa, estas comunidades tienen una historia distinta, ¿no? ¿Podemos resumir un poco rápidamente? Marisa: Estas comunidades son los indios de frontera en la Colonia; es decir, tenemos los indios tributarios y, afuera del territorio colonial, existe un  territorio poblado por pueblos que no fueron conquistados ni por los incas ni tampoco por los españoles. Eran los araucanos en el actual Chile; son los indígenas de la selva peruana o boliviana, como también los onas de Argentina, los charrúas de Uruguay… Son diferentes pueblos en toda América. Tenemos, entonces, indígenas que no son tributarios; los llaman «salvajes». Esa es la división en la Colonia: hay los indios y los salvajes. 

Javier: Mientras, la Amazonía es vista como un territorio de misión, ¿no? 

Marisa: Sí, se mandan misiones (a «civilizarlos») que de vez en cuando entran: si tienen suerte, se quedan –como los jesuitas–, o desaparecen… Es una frontera. Los araucanos aprenden a montar caballo y, entonces, hay ejércitos que se chocan: la gente de la Capitanía General de Chile y los araucas, por ejemplo. En fin, hay una frontera indígena con pueblos no conquistados, que conservan su nombre, su lengua. Por eso, tenemos en el Perú decenas de grupos etnolingüísticos, porque los pueblos conservaron su lengua. No se llaman indios; se llaman asháninka o awajún, matisguengas, piro, shipibo, etc. 

Javier: Sin embargo, no es que necesariamente no haya relación o contacto, ¿no? Por lo menos, con algunos de los grupos. 

Marisa: Había contacto; sí, claro, con algunos: mientras más cerca se encontraban, había mayor contacto; más lejos, no era posible. De hecho, hay muchos estudios que dicen que incluso durante el propio Tahuantinsuyo hay encuentros, porque los incas buscan acceder a las zonas de la coca y, entonces, hay espacios en conflicto. Los matsiguengas, por ejemplo, tienen narrativas muy interesantes sobre su relación con los incas: los despreciaban, porque estaban sometidos a un Estado, mientras ellos eran libres. En la selva central, por ejemplo, la frontera avanza y retrocede. No es que no haya contacto; lo que no hay es sumisión a un Estado. Dentro de este esquema, el peor momento de la historia para estos pueblos es el siglo XIX, cuando se forman los Estados nacionales que se constituyen al interior de fronteras: esos pueblos terminan encerrados en el territorio nacional de un Estado al que nunca han visto ni les importa, del cual no saben y cuyas leyes no conocen. El territorio que fue de ellos es ahora parte del territorio del Estado-nación y ellos se vuelven una suerte de usurpadores… Muchos son exterminados: los onas en Argentina, los charrúas del Uruguay, una buena parte de los pueblos araucanos o las sociedades indígenas del centro y el oeste de los Estados Unidos. 

Javier: Bueno y, en nuestro caso, se da el tema del caucho, ¿no? 

Marisa: En nuestro caso, se mantienen como una frontera, en la que entran de vez en cuando unos hacendados que van a hacer té, coca, café, y unos curas que van a «civilizar salvajes». El pacto de la Iglesia, digamos, el contrato de la Iglesia con el Estado era la civilización de los indios salvajes de la Amazonía. Muchos indígenas no tienen contacto con el Estado peruano hasta los años cuarenta del siglo XX; otros, un poco antes. En ese caso, en la época de los caucheros, la relación no es con el Estado; es con estos salvajes de verdad, que eran los caucheros, que esclavizaban a los indígenas para que  les entreguen el caucho, los masacran, los relocalizan, etc., ante la pasividad del Estado. En este periodo, se reduce la población indígena de la Amazonía brutalmente. Los pueblos son «deslocalizados», huyen a la selva más espesa, desaparecen, etc. 

Javier: Se desplazan de la ribera. 

Marisa: Entonces, los que quedan son sobrevivientes. Algunos son grupos grandes como los asháninkas: grandes, numerosos, con identidades fuertes. Los awajún también son grandes, lo mismo que los lamas. 

Javier: Shipibos, también. 

Marisa: Los shipibos también, aunque son menos numerosos. Y empiezan luego, una historia de su relación con el Estado. Es el inicio de la Casa Verde con los awajún, y la presencia de soldados (creo que es en el contexto de la guerra con Ecuador, los años cuarenta). Vargas Llosa cuenta la terrible historia de Jum, ¿no?, quien, maltratado y humillado al cortarle el cabello, reclama «somos piruanos». En fin, esa relación con el Estado, es una relación relativamente externa; es decir, estos siempre han sido grupos que han tenido una identidad previa, ¿no? Vistos como «salvajes» que deben ser civilizados, han mantenido –a diferencia de los indígenas de la sierra, de las comunidades indígenas o campesinas– su nombre propio, su lengua, etc., y han sufrido diferentes y más recientes asedios. El más importante, luego del periodo cauchero –que, gracias a Dios (no gracias al Estado), terminó–, fue el de colonos. Poco a poco, entran colonos, porque las tierras se consideraban un territorio vacío. 

Javier: Ello se intensificó durante el Gobierno de Belaunde. 

Marisa: Claro, la idea de Belaunde y la carretera marginal era sacar los excedentes poblaciones de la sierra para que vayan a la conquista de la selva. Fueron miles como colonos y las comunidades empiezan a retroceder. Hay momentos de mucho conflicto, con los asháninka, por ejemplo. Ellos tienen su territorio, que no es como el de las comunidades indígenas; no se trata de un territorio dibujado con fronteras. Allí, en la selva, por la fragilidad de los recursos, la agricultura indígena es de «roce y quema», es decir, de barbecho largo de treinta o cuarenta años: en un pedacito de bosque sacas los árboles, siembras ahí unos años y, luego, lo abandonas para que se vuelva a formarse el bosque. Ello, además, es fundamental porque de él se obtiene –a través de la caza– proteínas animales. En esa medida, requieren un espacio mucho más grande, y por eso es que ellos defienden la noción de territorio. Además, aparentemente, no es posible ninguna forma de intensificación agrícola, puesto que la tierra sin bosque pierde fertilidad y ya no la recupera. 

Javier: Ahora, pero se crearon las comunidades nativas durante el Gobierno de Velasco, ¿no? 

Marisa: Entonces, existían estos indígenas que tenían sus propios nombres. Lo que hace el Gobierno de Velasco es semejante a lo que hizo Leguía con las comunidades indígenas de la sierra; dice: «Abro un registro de comunidades  nativas; comunidades nativas son comunidades indígenas de la Amazonía y acá hay un registro para que puedan inscribirse». A partir de ahí, empieza el mismo camino que habían recorrido los indígenas andinos al buscar al Estado mediante personeros: comienza el recorrido de los pueblos de la Amazonía para hacerse reconocer y detener el atropello de la expropiación de sus tierras. 

Entonces, ¿existen comunidades? Existen, algunas están probablemente debilitadas, pero padrones de comunidades existen en las comunidades nativas y en las comunidades campesinas. Digamos, si la pertenencia a una comunidad es un rasgo de identidad, lo es también la lengua y, entonces, uno podría discutir si las comunidades campesinas de la costa –como Morrope o Catacaos– son indígenas o no. No lo sé. No sé cómo se autodefinen ellos mismos (hasta los años cuarenta, también se les consideraba «indígenas» y hay literatura indigenista en la costa), pero no me cabe la menor duda de que aquellas comunidades que vienen de una larga historia como entidades cohesionadas que han mantenido lenguas, tradiciones, tierras, etc., son pueblos indígenas. 

Javier: Estamos pensando, por ejemplo, en el sur, en la sierra sur del Perú. 

Marisa: En la sierra central y sur y en pequeños núcleos en la sierra norte... No hay una tradición comunal en la sierra norte, pero sí hay algunas comunidades. 

Javier: Entonces, digamos que la consulta previa se aplica a un grupo mucho más grande que el que el presidente Humala quiere. Ahora que estamos cerrando, ¿cuál sería tu conclusión de todo esto? 

Marisa: Mira, mi conclusión es que hay pueblos indígenas en el Perú que han mantenido con mucho esfuerzo, con luchas, con caminatas, con negociaciones, con concertaciones, etc., sus tierras, su organización, su lengua diferente de la oficial; y que en este momento –a escala internacional– empieza a reconocérseles derechos. En este marco, me parece que lo mejor que se puede hacer es reconocérselos de manera efectiva. Como te decía al comienzo, se trata de personas que han sido maltratadas durante toda su historia por ser indios y no me parece que, al momento en que a los indios se les reconocen derechos, el Estado se pregunte si realmente lo son. Bueno, sí, son indígenas. Tienen tradiciones, tienen una lengua, una identidad, cuentan historias antiguas de sus pueblos y enseñan a sus niños cómo se llaman sus plantas y para qué sirven… y han sido asediados por muchos sectores. Hoy, internacionalmente, se reconoce el valor de estas tradiciones, el valor de la multiculturalidad, el aporte a la humanidad en términos de su lengua, su taxonomía, su conocimiento, etc. Se reconoce toda la riqueza de una cultura viva a la que es bueno darle elementos para que se defienda, en vez de negarle el reconocimiento de su identidad. 

Javier: Además, no se trata de que la cultura tenga que estar aislada; es decir, tú puedes tener celular, computadora, todos los beneficios de la modernidad –como dicen algunos– y tener una identidad. 

Marisa: Puedes tener esta estación de televisión en una comunidad indígena con panel solar y tener tu voz puesta en una página web, y eso no te convierte en «no indígena». Entonces, yo no sé si el derecho de consulta es solo un derecho de voz o para tomar decisiones, porque parece que no lo es. Pero –por lo menos– es el derecho a que sus opiniones sean tomadas en cuenta. Son personas cuya opinión debe ser considerada importante, quizás no vinculante, pero sí importante. 

Javier: Las autoridades pueden decir: «va como sea». 

Marisa: No lo sé, pero en todo caso el derecho que exista no hay que escatimarlo; y creo que lo que no pueda decirse es que porque un pueblo tenga teléfono no es indígena. 

Javier: Teléfono o Alcalde. 

Marisa: O Alcalde, Teniente Gobernador. En fin, creo que es un debate importante: tiene que ver con nuestra nación y creo que habría que tomarlo bien en serio; y te felicito por darle un espacio grande 

Javier: Bueno, muchísimas gracias, Marisa. Yo, desde ayer, antes de ayer, me estaba preguntando «¿A quién invito?». Tengo varios amigos y colegas que podrían haber hecho esta explicación, pero creo que Marisa ha tenido la capacidad de hacerlo en los tres bloques y explicar con claridad qué son las comunidades; y esperamos que este programa alguien se lo haga llegar al Presidente Humala. Buenas noches, amigos y amigas; nos vemos el lunes en “El arriero”.

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jueves, 8 de diciembre de 2022

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El Compendio de Historia Económica del Perú comprende cinco tomos correspondientes respectivamente a los períodos prehispánico, colonial temprano, colonial tardío, siglo XIX y siglo XX. Representa un esfuerzo del Banco Central de Reserva del Perú y del Instituto de Estudios Peruanos por poner al alcance de la comunidad científica y del público en general, los avances más relevantes en el conocimiento de los procesos de producción, comercialización y consumo en el Perú a lo largo de sus distintas épocas.


Los años comprendidos entre 1930 y 1980 constituyeron una era de modernización y conflicto en la economía peruana. Lo primero, porque la población se multiplicó por tres, ensanchando el mercado interno; el territorio comenzó a comunicarse mejor, gracias a la inversión en carreteras, telefonía y aviación comercial; se expandió el gasto público, con la duplicación del número de Ministerios, especialmente en el campo “social”, como la Salud, el Trabajo y la Educación; y se difundió el uso de la moneda de papel, que le otorgó al Estado, a través del Banco Central, una poderosa herramienta para influir en la economía. Lo segundo, porque el debate en torno a cómo y hacia dónde debía orientarse el desarrollo económico nacional fue álgido y enconado, lo que resultó en el controvertido experimento militar conducido por el general Velasco Alvarado al final del periodo. Doctos economistas e historiadores analizan en este volumen la marcha de los sectores productivos y exponen las líneas maestras de las políticas desplegadas durante el medio siglo transcurrido entre la gran depresión mundial y el fin del gobierno militar en el Perú. Igual que en los tomos anteriores de esta colección, se añade un anexo cuantitativo de los principales indicadores de la producción, el comercio y las finanzas nacionales.


INTRODUCCIÓN


El tomo quinto del Compendio de Historia Económica del Perú cubre el período de medio siglo transcurrido entre los años 1930 y 1980. Este se inició con el arribo a nuestras costas de la gran depresión mundial iniciada en 1929, mientras su hito final correspondió a la llamada crisis de la deuda en el ámbito latinoamericano. En el Perú esta crisis coincidió, además, con una severa hiperinflación en los años siguientes y con el inicio de las acciones terroristas contra el Estado peruano del grupo político de inspiración maoísta Sendero Luminoso, que desencadenó una década crítica y convulsionada en la historia del país. 


Diversas características distinguen al lapso de 1930-1980 de nuestra evolución económica como una era particularmente intensa, en la que se originaron o desarrollaron varios de los rasgos que caracterizan al Perú de nuestros días. El primero de ellos fue el inicio de la “transición demográfica” en el país: el paso de unas tasas de natalidad y mortalidad elevadas, a unas tasas que descendieron marcadamente. En los cincuenta años transcurridos en el período de estudio, la población peruana creció vertiginosamente, de aproximadamente 5 millones a 17 millones de habitantes, relocalizándose, además, mediante la inmigración de la sierra a la costa y del campo a la ciudad. Mientras en el decenio de 1930 dos tercios de la población vivía en la región de la sierra, en 1981 solo lo hacía el 40%, ubicándose la mayor parte (50%) en la región de la costa. Se iniciaba también un importante crecimiento demográfico en la región de la selva, que para dicho año concentraba por primera vez a un décimo de la población peruana. 


En 1930 el Perú era básicamente un país rural, en el que dos terceras partes de la población residía en pequeños pueblos y comunidades campesinas, y solamente un tercio lo hacía en ciudades y pueblos grandes. En 1981 dichas proporciones se habían invertido, y el número de ciudades mayores a cien mil habitantes (en 1930 solo había una de ese tamaño) sumaba una docena. El tema demográfico es recogido en los capítulos de Nelson Manrique, y Miguel Introducción 12 | Carlos Contreras Jaramillo y Rosa Huamán en este volumen, donde dan cuenta más detallada de las importantes transformaciones que definieron un cambio en el rumbo de nuestra organización económica. 


La multiplicación por tres de la población y su concentración en las ciudades de la costa (Lima pasó de albergar el 6% de la población nacional en 1930 a 27% en 1981) dio pie a los programas de industrialización que habían tenido poco estímulo en los tiempos pasados, ante la carencia de un mercado interno que reuniese a por lo menos un millón de familias insertadas en él. Tímidamente en los años cincuenta, durante el segundo gobierno de Manuel Prado, y más abiertamente durante los setenta, en el gobierno militar del general Juan Velasco, el Perú adoptó políticas de industrialización por sustitución de importaciones que décadas atrás habían iniciado otros países latinoamericanos, más poblados y urbanizados. El intento industrialista no tuvo el éxito esperado, por causas que Miguel Jaramillo y Rosa Huamán exponen en este mismo volumen. 


Otro signo que marcó el período de medio siglo compendiado en este volumen fue el avance de las comunicaciones en el país. La mejora en este terreno fue probablemente menor a la de otros países latinoamericanos, por la extraordinaria complicación del territorio nacional, pero las propias migraciones internas que hemos mencionado antes fueron posibles dada la existencia de carreteras “de penetración” que comunicaban a las principales ciudades de la costa con los valles interandinos. A partir de la década de 1920, los peruanos creyeron constatar que los caminos carreteros eran más económicos y adecuados a las características de la economía peruana de la época (que no demandaba movilizar grandes cargas, salvo en el caso de la minería) que los caminos de hierro de los ferrocarriles. Dejaron de hacerse líneas férreas y comenzaron a abrirse carreteras para vehículos automotores, cuyo menor costo y mayor maniobrabilidad, en comparación con las locomotoras, los volvía asequibles a individuos y empresas particulares, que podían transportar así de puerta a puerta su mercadería, en el horario que quisieran y sin necesidad de trasbordos. 


Desde mediados del siglo XX, las regiones de Chachapoyas y Cajamarca quedaron así a solo un día y medio día de viaje, respectivamente, de Chiclayo; los valles de Huánuco, Pasco, Áncash y Junín a una distancia similar, o incluso menor, de Lima; los de Huancavelica y Ayacucho quedaron conectados a medio día de viaje de Pisco e Ica; y las regiones de Cuzco y Puno ya estaban conectadas a Arequipa y Mollendo por medio del ferrocarril, pero también en este caso se construyó una carretera rival de la línea férrea. Las ciudades de la costa quedaban enlazadas, a su vez, por la carretera Panamericana, paralela a la línea costera. Completamente asfaltada desde los años cincuenta, esta desplazó al comercio de cabotaje y al movimiento de pasajeros que antes se había hecho por barcos, lo que trajo el abandono de puertos como los de Islay, Cerro 


La migración a las ciudades de la costa produjo varios fenómenos económicos y sociales. Uno de ellos fue la proliferación de la “informalidad”. Sin la infraestructura productiva y legal para recibir a los nuevos pobladores, que carecían de las condiciones requeridas por los empleadores urbanos, y de recursos económicos para comprar una vivienda en el excluyente mercado inmobiliario vigente, la capital de la república vio crecer las invasiones de terrenos en las áreas periféricas, donde se levantaron gigantescos barrios que carecían de servicios domiciliarios. Sus pobladores montaron actividades comerciales y productivas que escapaban de la formalidad a fin de esquivar las cargas fiscales que las gravaban y subsistir con el pequeño margen de ganancia obtenido. 


Desde finales de los años veinte también se desarrolló la aviación comercial, que sirvió para enlazar la región de la Amazonía con el resto del país y progresivamente otras ciudades del así llamado “interior”. En los años setenta, la mayor parte de capitales departamentales ya contaba con un aeropuerto y con un servicio de vuelos regulares a la capital de la república. Las carreteras y la integración de la selva abrieron paso a la “colonización” de esta región, que fue aprovechada por muchos campesinos serranos, que desde los años setenta comenzaron a bajar a los valles de la yunga fluvial, donde crecieron ciudades como Tarapoto, Pucallpa y La Merced. Una de las actividades que iniciaron fue la siembra de cocales que, financiada por el narcotráfico, llegaría a erigirse como un serio problema nacional a partir de los años ochenta, por el carácter ilegal de la mayor parte de esta producción, que alimentaba la producción de drogas como la cocaína. 


Junto con las carreteras y los vuelos aéreos, la iniciativa del Estado de construir hoteles en las capitales departamentales dio paso al turismo, tanto interno como externo, todavía pequeño en este período. Machu Picchu comenzó desde entonces a convertirse en un ícono cultural del Perú. 


En materia de instrumentos de la política estatal, la media centuria 1930- 1980 trajo, asimismo, fuertes novedades. Se instauró, de forma permanente, la moneda de papel, después de las malas experiencias que la población había tenido en el siglo anterior con ella, que llevaron al retorno de la moneda metálica después de la guerra del salitre hasta las primeras décadas del siglo XX. La difusión de la moneda de papel vino asociada a la existencia de una banca central que controló y garantizó su emisión. El nuevo soporte monetario sirvió para mejorar la monetización de la economía del interior, donde la escasez de moneda metálica en los tiempos pasados había mantenido a la población en la economía del autoconsumo o la había empujado al uso de fichas y monedas febles, o a las prácticas de trueque y permuta. Los grandes comerciantes de las ciudades monopolizaban el manejo de la moneda, sacando beneficio de su función de intermediarios obligados como acopiadores de los productos de los campesinos y proveedores de las mercancías modernas. 


La moneda de papel dotó al Estado de una poderosa herramienta para influir en la economía, al centralizar en sus manos la emisión monetaria y hacerla posible sin tener que comprar, necesariamente, metal precioso. Desgraciadamente la experiencia demostró, en el curso del siglo XX, que el manejo responsable de la moneda de papel era un aprendizaje largo que el Estado peruano no había completado todavía; sobrevinieron diversos episodios de inflación de los precios o depreciaciones de la moneda, por causa de los desórdenes en la emisión, que llevaron a que el tipo de cambio de tres soles por dólar que regía en 1930 se elevase hasta trescientos soles por dólar en 1980. La lectura de los capítulos de Gonzalo Pastor y Luis Felipe Zegarra comprendidos en este volumen dará más luces sobre este proceso. 


El Estado también mejoró su instrumental de manejo de la economía al crearse durante el período nuevos ministerios que ampliaron sus funciones y el tamaño de la economía estatal en el conjunto de la nación. Hasta 1930, el Estado se había manejado, básicamente, con seis carteras ministeriales, que atendían los rubros de gobierno interior, relaciones exteriores, hacienda pública, justicia, defensa militar y fomento económico; desde entonces su número creció, hasta llegar a triplicarse durante los años del gobierno militar de Velasco y Morales Bermúdez. Se incorporaron al ámbito del Estado las tareas de salud, educación y la protección del trabajo, creándose ministerios para cada uno de tales ámbitos. La atención de la salud y la educación supusieron un drástico incremento del personal del Estado. A partir de los años treinta, los mayores contingentes de empleados públicos dejaron de ser los militares y policías, que también aumentaron en números absolutos, para serlo los enfermeros y maestros que, enviados por el Estado, llegaron progresivamente al millar de pueblos que, aproximadamente, constituían las capitales distritales del país. El arribo de los enfermeros y las vacunas, junto con la apertura de las escuelas, serían factores importantísimos para la reducción de la mortalidad que produjo el inicio de la transición demográfica mencionada al inicio. El capítulo de Carlos Parodi Trece desarrolla la evolución del gasto social del Estado durante el período bajo análisis. 


En la década de 1930, como parte del paquete con que se enfrentó la gran depresión mundial, se inició la banca de fomento con la apertura de oficinas estatales de crédito donde se entregaba dinero a los empresarios a bajo costo; se comenzó con los del sector agrícola, por la importante cantidad de empleo que brindaban, se incluyó después también a los mineros e industriales, a quienes los créditos de la banca comercial no llegaban, o lo hacían a un costo o con unas condiciones que, aunque probablemente eran las que correspondían al riesgo de la operación, desalentaban sus afanes. El propósito de la banca de fomento o de desarrollo, como también fue llamada, era bueno y óptimo sobre el papel, por los efectos favorables para el empleo y la salud económica nacional que tenían las actividades de los beneficiarios de sus créditos, sin embargo terminó sirviendo como una forma de premiar a los empresarios amigos del régimen y de sus funcionarios. Las tasas que cobraban resultaban menores que la inflación y sus créditos no llegaban a los empresarios pequeños y del interior. Operó como una forma de subsidio a la clase empresarial que era sostenido por toda la economía a través del impuesto inflacionario. El capítulo de Miguel Jaramillo y Rosa Huamán puede ser consultado para ahondar en este asunto. 


Durante la Segunda Guerra Mundial y en los decenios posteriores se fundaron los ministerios especializados en acompañar y regular la producción de diversos sectores de la economía. Aparecieron así los de Agricultura, Industria, Minería, Transportes y Comunicaciones, Construcción y Vivienda. Esta expansión era una muestra de la mayor complejidad adquirida por la economía y revelaba una actitud más decidida del Estado para intervenir en su marcha. En verdad, la experiencia de la gran depresión de los años treinta y de la Segunda Guerra Mundial dotó a los gobiernos en el mundo de una actitud y una justificación para intervenir con más energía que antes en la conducción de la economía. El manejo del tipo de cambio, de la emisión monetaria, del comercio exterior, del apoyo a los sectores productivos y de las condiciones laborales debía ser político, vale decir, tenía que ajustarse a las metas y objetivos favorables al desarrollo nacional, tal como este fuera entendido por los gobiernos y las élites que los conducían. 


El Perú sintonizó en general con esta corriente, pero hubo dos momentos en el período historiado en este volumen en los que esta actitud cobró mayor notoriedad. Uno fue el breve lapso de 1945-1948, durante el gobierno del abogado arequipeño José Luis Bustamante y Rivero, y otro fue el más extenso lapso del régimen militar de 1968-1980. Los veinte años que mediaron entre ambos significaron, en cambio, un cierto retorno a la política liberal de dejar al organismo económico en manos del movimiento de los mercados nacional e internacional, aunque la actitud intervencionista del Estado no desapareció del todo, al menos en materia de banca de fomento, manejo del tipo de cambio y política de comercio exterior. 


Aparte de la moda mundial que determinó que los Gobiernos debían adoptar una política más controlista de la economía, esta actitud obedeció también a las evaluaciones que se hacían de la evolución de la economía peruana bajo los regímenes liberales. Ocurría que las exportaciones crecían, como sucedió por ejemplo durante los años de la posguerra (1946-1965), pero el impulso transmitido al resto de la economía era sumamente débil, dado el carácter primario o básicamente extractivo de las actividades de exportación (que consistieron durante este tercer auge exportador republicano principalmente en el algodón, el cobre y la harina de pescado). La doctrina de la seguridad nacional determinaba que para que un país pueda garantizar su soberanía debía contar con una industria fuerte, capaz de reconvertirse a la producción bélica en caso necesario. Esto implicaba desarrollar la industria siderúrgica y de vehículos de todo tipo. El modelo “primario-exportador” podía producir crecimiento económico, pero no desarrollo, como las modernas doctrinas económicas producidas dentro de la propia América Latina comenzaron a denunciar. 


El gobierno militar iniciado por el general Juan Velasco Alvarado representó la materialización peruana de estas nuevas ideas, para lo cual desplegó un conjunto de reformas orientadas a cambiar la composición de la élite económica de la nación y su estructura productiva. Una profunda reforma agraria reasignó las tierras más productivas, sacándolas del control de unas pocas familias oligárquicas, para entregarlas a miles de campesinos que antes trabajaron en ellas como obreros o jornaleros. Paralelamente se expropió los yacimientos mineros más importantes, incluyendo los de petróleo, para ponerlos en manos de empresas estatales que en adelante debían entregar las ganancias al Estado en vez de repatriarlas al extranjero, como habrían venido haciendo los anteriores dueños: empresas norteamericanas, principalmente. Los reglamentos de comercio exterior fueron adecuados para proteger a la industria nacional, penalizando o prohibiendo el ingreso de productos que pudieran disminuir sus ventas o márgenes de ganancia. La tenencia de moneda extranjera fue monopolizada por el gobierno, quien la entregaba a los particulares en función del interés nacional (dólares baratos si se trataba de importar maquinaria no fabricada localmente; caros si se quería hacer turismo en el extranjero). Los capítulos de Juana Kuramoto, Manuel Glave y Nelson Manrique evalúan el desempeño de los sectores de exportación durante el período bajo análisis y los resultados de las reformas del gobierno militar en ellos. 


Se sabe que, en líneas generales, el “experimento peruano” de promover desde el Estado una transformación de la economía, de un modelo primario exportador de débil mercado interior a uno de economía industrial orientada al mercado interno, fracasó, aunque sus resultados sociales y políticos aún son materia de debate, en el sentido de que sirvieron para modernizar un tejido social caduco, que políticamente se había vuelto inviable, como diversos movimientos campesinos y guerrilleros en los años sesenta habrían comenzado a mostrar. En cualquier caso, sobre tales resultados habría de inaugurarse el nuevo régimen político y económico que empezó en 1980. 


El balance que podemos hacer de este medio siglo de evolución económica fue que se trató de una era de modernización y conflicto entre dos maneras de entender la política económica. Lo primero, porque el país inició su transición a una economía moderna, adoptándose la moneda de papel y desarrollándose los mercados urbanos y los medios de comunicación rápidos y masivos que caracterizan a nuestra era. En la parte final de este ciclo, la natalidad comenzó a decrecer en lo que fue la última etapa de la transición demográfica, que debería dejar instalado a nuestro país en el perfil de una demografía moderna en las próximas décadas. La inclusión de los ámbitos de la salud, la educación y la protección a los trabajadores así como de la población vulnerable fue, asimismo, parte de esta transformación modernizadora. Seguramente se señalará que dicha modernización fue incompleta o insuficiente, pero es difícil que se cuestione que ella, mejor o peor, ocurrió. 


Precisamente a raíz del carácter solo parcial de esa modernización, que en las décadas de 1960 y 1970 dejaba a una parte importante de los peruanos marginados de los encantos de un mercado protegido por la mano amiga del Estado, fue que surgieron debates acerca de cómo dirigir la política económica. A lo largo del período de 1930 a 1980 se alternaron fórmulas intervencionistas y liberales, sin llegar a alcanzarse un consenso, por la misma dificultad de evaluar los resultados de cada política. Tras la honda crisis de los años ochenta, pareció surgir un consenso en la década siguiente en torno a la conveniencia de adoptar un enfoque más liberal de la política económica, que se ha mantenido hasta el momento en que cerramos este prefacio, en el mes de agosto de 2013. 


Este tomo tiene una organización algo distinta a la de los anteriores, que se componían de cinco o seis capítulos correspondientes a los sectores económicos como minería, agricultura, industria, hacienda pública y población y trabajo. La propia complejidad de la organización económica y el hecho de que los colaboradores en este caso hayan sido sobre todo economistas y no historiadores, nos ha movido a que, además de los capítulos que ordinariamente hemos concedido a los sectores productivos, incluyamos varios dedicados a la política económica. El tomo abre con un texto de Luis Felipe Zegarra destinado a ubicar la evolución de la economía peruana en el contexto internacional. Este capítulo iba a ser inicialmente escrito por el historiador de las finanzas Alfonso Quiroz Norris, quien llegó incluso a preparar su esquema, pero que por motivos de salud recomendó a Luis Felipe como un excelente relevo en la tarea, como efectivamente ha sido. 


Siguen en el volumen los capítulos de Juana Kuramoto y Manuel Glave, dedicado al estudio de los sectores extractivos de la minería, los hidrocarburos y la pesca; de Nelson Manrique Gálvez, sobre el desarrollo de la agricultura; y de Miguel Jaramillo y Rosa Huamán, quienes estudian la evolución de la industria, el transporte, la construcción y los servicios orientados al mercado interno. Los siguientes capítulos tienen que ver con la política económica de la época: Gonzalo Pastor evalúa la política monetaria y cambiaria, Luis Ponce hace lo propio con la política fiscal y Carlos Parodi Trece analiza la política social y la inversión para el desarrollo llevada adelante por el Estado peruano durante el período bajo análisis. Cierra el volumen el apéndice cuantitativo preparado por Luis Miguel Espinoza.  


La revisión de los originales y la búsqueda de imágenes de este tomo han estado a cargo de Stephan Gruber Narvaez y la labor de edición ha corrido a cuenta del personal de la oficina de publicaciones del Instituto de Estudios Peruanos, a quienes agradezco por su dedicación. Es oportuno agradecer especialmente al directorio del Banco Central de Reserva del Perú en la persona de su presidente, Julio Velarde, por la confianza depositada en mí para dirigir esta obra y por el apoyo que nunca me escatimó para su realización. 


Carlos Contreras Carranza 

Lima, agosto de 2013


Perú, 1920-1980 Contexto internacional, políticas públicas y crecimiento económico 

Luis Felipe Zegarra

 Introducción


Entre 1920 y 1980, la economía peruana tuvo períodos de gran auge y prosperidad, y otros de estancamiento y aumento de la pobreza. El Perú atravesó una etapa de prosperidad en los “felices” años veinte, sufrió las consecuencias de la Gran Depresión y la caída de nuestras exportaciones y se recuperó en los años treinta gracias al aumento de los precios de nuestras exportaciones y al mayor gasto fiscal. Volvió a estancarse con la Segunda Guerra Mundial y con las políticas de finales de los años cuarenta y experimentó un nuevo auge económico en los cincuenta y principios de los sesenta, en parte gracias a leyes que fomentaban la inversión. Se expandió por la aplicación de políticas fiscales expansivas en los años sesenta y fue objeto de un experimento de política en los setenta, experimento que quizás tuvo buenas intenciones, pero generó estancamiento productivo hacia el final de la década. 


Sin duda, la experiencia peruana (como la de muchos países) es muy rica en episodios de crecimiento y estancamiento, en variedad de políticas, en cambios de condiciones externas y en cambios de condiciones en el mercado político. El estudio de la evolución económica del Perú es, por lo tanto, de sumo interés para todo interesado en comprender los factores que conducen al desarrollo económico y la prosperidad o los que, más bien, llevan al estancamiento productivo y la pobreza. La evidencia peruana nos puede servir para determinar el impacto de las condiciones externas en la evolución de una economía pequeña como la peruana y para comprender los efectos de las políticas macroeconómicas, pero también para entender la relación entre la política y la economía, entre la realidad social y el diseño de políticas económicas. 


La teoría económica nos señala que las condiciones internacionales y las políticas macroeconómicas influyen en el desempeño de una economía abierta y pequeña. En economías de este tipo, el impacto de los precios internacionales de las exportaciones es usualmente significativo. Ante mayores precios de las exportaciones, su valor aumenta, lo que incrementa el flujo de divisas en la economía y los ingresos fiscales. La abundancia de ingresos fiscales le permite al Gobierno aumentar el gasto fiscal, tanto el gasto corriente como la inversión pública. Las tasas de inversión privada también aumentan cuando los términos de intercambio son favorables. Si estas condiciones internacionales se combinan con políticas de fomento de la inversión privada, incluyendo el control del déficit fiscal y de la inflación, los resultados económicos suelen ser positivos. Con mayores niveles de gasto corriente y de tasas de inversión privada y pública, tanto la demanda agregada como la oferta agregada crecen a tasas considerables. La producción nacional y los ingresos entonces logran así alcanzar mayores e importantes tasas de crecimiento. 


Por el contrario, cuando las condiciones internacionales no son favorables, la economía peruana puede verse enormemente afectada. Una disminución de los precios de las exportaciones y un aumento de las importaciones, por ejemplo, pueden llevar a déficits comerciales, salida de divisas y presión al alza en el tipo de cambio. Además, la caída en el valor de las exportaciones puede llevar a una fuerte contracción de los ingresos fiscales, limitando el crecimiento del gasto corriente y la inversión pública. Más aún, si aunado a ello existen políticas que desincentivan la inversión, tales como altos impuestos, legislación poco clara, altos déficits fiscales y elevado crecimiento de la masa monetaria, los resultados son negativos. Con términos de intercambio en declive y políticas contrarias a la inversión, las tasas de inversión privada caen. La economía entra entonces en recesión. 


Tal como discutiremos en este capítulo, la evolución de la economía peruana fue fuertemente influenciada por condiciones externas. La Gran Depresión de inicios de la década de 1930, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea son algunos de los varios sucesos internacionales que influyeron sobre la economía peruana. Asimismo, las cambiantes políticas económicas que han llevado a hablar de un “péndulo económico” también pueden haber influido sobre el desempeño de la economía peruana.1 Al respecto, el Perú ha experimentado varios tipos de políticas, desde los modelos de laissez faire en los años cincuenta hasta políticas de gran intervención del Estado, como en los setenta, pasando por políticas moderadas de sustitución de importaciones, como a finales de los años treinta y los sesenta. Además, las condiciones del “mercado político” han cambiado notoriamente entre 1920 y 1980. 



1. Gonzales de Olarte 1994. 


Con el transcurso del tiempo, la urbanización facilitó la organización de los trabajadores y de partidos políticos de izquierda, y se observó una cada vez mayor preocupación por la desigualdad económica y social. Estos cambios en el juego político pueden haber tenido efecto en la formulación de políticas públicas. 


¿Cuál ha sido el impacto de los shocks externos y las políticas públicas en el período 1920-1980? ¿Estuvo la economía peruana fuertemente afectada por los sucesos internacionales? ¿Podemos hablar de un tipo de políticas claramente superior en este período? ¿Pero son las políticas después de todo exógenas o responden a ciertos factores económicos y sociales? 


Este capítulo trata de responder a estas preguntas. Tal como veremos, la economía peruana estuvo fuertemente afectada por los shocks externos que influyeron decisivamente sobre el crecimiento de la economía. Además, las políticas públicas tuvieron un impacto importante: la liberalización de los mercados, el fomento de la inversión privada y el control del déficit fiscal y la inflación fueron positivos para el crecimiento de la economía; mientras que las distorsiones en la economía, los crecientes déficits fiscales y el fuerte aumento de la masa monetaria llevaron a períodos de crisis. Sin embargo, para entender el desempeño de la economía y, en particular, la sostenibilidad de las políticas, es importante comprender la distribución del ingreso y la interacción entre los distintos grupos de poder con el gobierno de turno. Este es un tema crucial en todo estudio de desarrollo económico. Tal como veremos en este capítulo, las políticas públicas estuvieron fuertemente afectadas por las demandas de las organizaciones populares, sobre todo desde 1940. De hecho, las políticas que generaron crecimiento económico pero con mayor desigualdad económica no fueron sostenibles en el tiempo. 


El capítulo está dividido en siete secciones. En la primera sección, analizaremos la década de 1920, tras el fin de la Primera Guerra Mundial. En la segunda sección, evaluaremos el impacto de la Gran Depresión en la economía peruana y la posterior recuperación. En la tercera sección, analizaremos la evolución de la economía peruana durante la Segunda Guerra Mundial y los años de la posguerra. En la cuarta sección, examinaremos la economía peruana entre 1948 y 1963, un período donde se siguió un modelo de libre mercado y con escasas distorsiones en los mercados. En la quinta sección, analizaremos el período de reformas moderadas introducidas entre 1963 y 1968. En la sexta sección, discutiremos las reformas implementadas durante el gobierno militar hasta 1980. Finalmente, en la séptima sección, plantearemos algunas conclusiones sobre la evolución de la economía peruana entre 1920 y 1980. 


I. Los “felices” años veinte 


En el Perú, la década de 1920 fue un período de rápido crecimiento económico. Los negocios florecieron y en general se respiró un aire de prosperidad que se reflejaba en la modernidad de las ciudades a través de la creación de urbanizaciones, la construcción de calles y plazuelas, el crecimiento del parque automotor, la construcción de escuelas y hospitales, y en la modernidad del campo a través de obras de irrigación, la industrialización de las haciendas y la construcción de carreteras y ferrocarriles. 


Ciertamente, el inicio de la década no fue promisorio (gráfico 1). En términos reales, la inversión bruta fija cayó en 11% en 1920, luego de haber crecido en 24% en 1919, por lo que la tasa de inversión cayó de 18,1% del PBI en 1919 a solo 15,9% en 1920. El crecimiento de la economía se desaceleró: la tasa de crecimiento del producto bruto interno cayó de 3,3% en 1919 a solo 1% en 1920. El consumo privado cayó en 1,6% en 1921 y la caída en la demanda llevó a la caída en la tasa de utilización de la capacidad instalada de 94% en 1919 a 88% en 1921. 


Sin embargo, a partir de 1922, la economía se recuperó. En promedio, la tasa de inversión en 1921-1929 fue de 17,6% del PBI, nivel que estuvo por encima del promedio en 1896-1920,2 y la tasa de inversión bruta fija en 1923-1929 siempre estuvo por encima del 15% del PBI. Como consecuencia de las mayores tasas de inversión, la producción nacional creció a tasas elevadas en la mayor parte de la década. Según estimaciones de Seminario y Beltrán (1998), el producto bruto interno real creció a una tasa de 7% promedio anual entre 1921 y 1929. Luego de crecer solo 1% en 1920, el producto bruto interno se incrementó en 4% en 1921 y en más de 8% en 1922. En la segunda mitad de esta década, el producto bruto interno mostró mayores tasas de crecimiento: en 1926, 1928 y 1929, el crecimiento del producto fue siempre mayor que 6%. A nivel sectorial, entre 1921 y 1929, el sector minero lideró el crecimiento con una tasa anual de 13,7%, mientras los sectores secundario, de distribución y de otros servicios crecieron en 7,9%, 6,6% y 6,2%, respectivamente.3 Este crecimiento de la producción nacional estuvo acompañado del crecimiento del consumo: el consumo privado aumentó en 4,2% por año entre 1921 y 1929.4 


2. El promedio entre 1896-1920 fue 15,8%. 

3. El sector secundario incluye a la manufactura, construcción y electricidad; el sector de distribución incluye al comercio y transporte. En cambio, el sector agrícola solo creció en 3,1% en el mismo período. Estas tasas de crecimiento han sido calculadas sobre la base de la información estimada por Seminario y Beltrán (1998). 

4. En Lima y Callao, el consumo de arroz aumentó en 50% entre 1920 y 1927; y entre 1920 y 1928, el consumo de carne de vaca, azúcar y trigo aumentó en 18%, 13% y 19%, respectivamente. Asimismo, los sueldos reales aumentaron, por lo que una mayor proporción de la población pudo cubrir los requerimientos mínimos de alimentación. En Zegarra (2011a), mostramos cómo a partir de 1920 la caída de los precios de los alimentos llevó a una mejor capacidad de las familias limeñas para cubrir sus necesidades básicas.

 

 A su vez, el crecimiento de la demanda llevó a una mayor utilización de la capacidad instalada, cuya tasa aumentó de 88% en 1921 a 90% en 1922 y se mantuvo por encima del 91% en 1923-1929, llegando a un pico de 94% en 1928. 


El auge de la economía peruana se vio reflejado en el crecimiento de la ciudad de Lima. De hecho, el crecimiento de la capital durante el gobierno de Leguía tuvo una intensidad vertiginosa. A partir de la urbanización del fundo Santa Beatriz, aparecieron extensas áreas urbanas hasta entonces insospechadas por los limeños. El auge inmobiliario fue notable. Al respecto, Basadre (1983) indica lo siguiente: 

La rápida valorización de los lotes en las zonas urbanizadas dio lugar a ingentes negocios con la propiedad inmueble y la industria de la construcción. La compra y venta de terrenos y de casas empezó a representar un mayor volumen proporcional como fuente de las fortunas privadas si bien se pagó un sol o cincuenta centavos por metro cuadrado de terrenos que después han alcanzado gran valor […]. Por otra parte, la fiebre de las urbanizaciones estuvo acompañada por el deseo de vivir mejor, de tener mayores comodidades. El sentido materialista de la vida halló estímulo en la tentación de los privilegios inmediatos que el dinero podía conferir y que antes no habían sido notorios, tan accesibles o tan numerosos.5 


El rápido crecimiento económico fue favorable para el desarrollo de los negocios. Por ejemplo, en el caso de los bancos nacionales, la rentabilidad se mantuvo por encima del 10%. En promedio, las utilidades de los bancos nacionales como porcentaje del capital y reservas disminuyeron de 17,5% en 1919 a 11,1% en 1921. Sin embargo, pese a la caída de la rentabilidad en 1921, los bancos nacionales eran todavía más rentables que en 1914, el año del inicio de la Primera Guerra Mundial. Más aún, la tasa de rentabilidad luego aumentó de 11% en 1921 a 17% en 1923 y 17% en 1925. La década de 1920 no favoreció a los precios de nuestras exportaciones (gráfico 2). Tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la crisis mundial, se produjo el aumento significativo de la oferta mundial de productos agrícolas, la disminución en la demanda por metales y la consiguiente disminución de los precios de las materias primas.6 


5. Basadre 1983, vol. IX: 377-378. 

6. Así, la cotización de una libra de azúcar cayó de 12,7 centavos de dólar en 1920 a 6,2 centavos un año después y a 5,5 centavos en 1925, mientras que el precio del algodón disminuyó de 33,9 centavos en 1920 a 15,1 centavos en 1921, aunque luego se recuperó a 23,5 centavos 


 Como todo país exportador de materias primas, respectivamente. Asimismo, los sueldos reales aumentaron, por lo que una mayor proporción de la población pudo cubrir los requerimientos mínimos de alimentación. En Zegarra (2011a), mostramos cómo a partir de 1920 la caída de los precios de los alimentos llevó a una mejor capacidad de las familias limeñas para cubrir sus necesidades básicas. 


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https://www.bcrp.gob.pe/docs/Publicaciones/libros/historia/economia/5-gran-depresion-y-reformismo-militar.pdf

miércoles, 7 de diciembre de 2022

LA ECONOMÍA COMO CIENCIA SOCIAL EN EL PERÚ

 

LA ECONOMÍA COMO CIENCIA SOCIAL EN EL PERÚ 

Carlos Contreras Carranza (editor)

Cincuenta años de estudios económicos en la Pontificia Universidad Católica del Perú 

Jhonatan A. Clausen L. Paula Castillo Vera Janneth Leyva Zegarra Stephan Gruber Máximo Vega-Centeno

La historia que en este volumen se narra es el resultado del esfuerzo y dedicación de muchas personas que contribuyeron desde la fundación del Departamento de Economía. Profesores, colaboradores administrativos, jefes de práctica e instructores y, por supuesto alumnos del pregrado y el posgrado. Son decenas de personas las que han colaborado de una u otra forma con la consolidación de un Departamento de Economía muy comprometido con el desarrollo del país. Eso se constata a través de la formación de nuevas generaciones de economistas (algunos miles de egresados de nuestras aulas), la generación de conocimiento (varias centenas de publicaciones) y asumiendo responsabilidades importantes en instituciones públicas y privadas (dentro y fuera del país). Todo ello forma parte del modelo de formación en el que se combina la enseñanza y la investigación, con el que hemos trabajado siempre.

El libro consta de un Prefacio presentado por el editor el Prof. Carlos Contreras, seguido de cuatro capítulos históricos escritos por cuatro jóvenes economistas y docentes PUCP: Jhonatan Clausen, Paula Castillo, Janneth Leyva y Stephan Gruber, y un capítulo final de síntesis escrito por el Prof. Máximo Vega-Centeno.  A lo largo de estos capítulos, los autores narran la historia del Departamento de Economía PUCP, incluso desde los primeros años de la PUCP.

Índice 

Prefacio 9 

Pasado y presente de los estudios económicos en la PUCP Carlos Contreras Carranza 11 

Bibliografía 23 

Sobre la etapa fundacional de los estudios de Economía en la PUCP, 1917-1944 Jhonatan A. Clausen L. 25 

Introducción 25 

Episodio fundacional y breve reseña histórica 27 

Estructura organizativa y evolución de los planes de estudio 30 

Sobre los docentes de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas 52 

Sobre los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas 61 

Conclusiones 70 

Bibliografía 78 

La Economía en la PUCP entre 1944 y 1969: la Facultad de Ciencias Económicas y Comerciales Paula Castillo Vera 83 

Enseñanza de la economía en el Perú y América Latina 83 

El Perú a mediados de siglo 86 Estudios de Economía en la PUCP 88 

Contribución en el plano nacional 132 

Reflexiones del capítulo 142 Bibliografía 144 

Anexos 147 

La Economía como Ciencia Social en la PUCP en el periodo 1969-1994 Janneth Leyva Zegarra 151 

Introducción 151 

Caracterización del contexto histórico 152 

La especialidad de Economía en la PUCP 156 

El crecimiento de la especialidad 202 

Conclusiones 219 

Bibliografía 221 

Docencia e investigación en Economía en la PUCP entre 1994-2016 Stephan Gruber 225 

Introducción 225 

Evolución de la Enseñanza de Economía: pregrado y posgrado 240 

El futuro de la enseñanza de la economía: la crisis, el realismo y el pluralismo 251 

Conclusión 255 

Investigación académica en el Departamento de Economía 256 

La investigación de la economía del siglo XXI 261 

Conclusión 277 

Bibliografía 278 

Sobre la historia del Departamento de Economía de la PUCP: una versión testimonial Máximo Vega-Centeno 283 

Introducción 283 

Antecedentes 284 

La creación y formación del Departamento de Economía 291 

La propuesta académica 299 

La investigación 315 

Las publicaciones 322 

Bibliografía 325 

Reseñas biográficas de los autores 327 

Prefacio 

Cuando asumí, gracias al apoyo de mis colega

Cuando asumí, gracias al apoyo de mis colegas, la responsabilidad de la jefatura del Departamento de Economía (DEcon) de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) en julio del 2014, sabía que me encontraría en funciones durante la celebración, en 2017, de los cien años de la PUCP. Dos años más tarde, en 2019, el Departamento de Economía cumpliría cincuenta años de creación. Anticipando que la Universidad llevaría a cabo un conjunto de actividades por su centenario, me pareció interesante que uno de nuestros aportes a la celebración como Departamento de Economía fuese contar la historia del Departamento; en un marco en el que los quince departamentos académicos podrían hacer lo propio. Por ello se decidió hacer un solo esfuerzo con dos productos, uno de cara a los cien años en 2017, y otro para los cincuenta años del Departamento de Economía PUCP en 2019. 

Durante el 2015 se gestó este proyecto, donde confluyeron el interés de la jefatura del Departamento por comenzar a prepararse para las dos celebraciones, y la propuesta de Carlos Contreras de llevar a cabo un estudio del desarrollo de la economía como disciplina en la PUCP. Esta propuesta, por obvias razones, incluía la creación del Departamento de Economía PUCP en 1969, pero brindaba una mirada más amplia de la disciplina en la Universidad, que se remonta a la década de 1930. Gracias a los presupuestos para actividades subvencionadas, que es parte de la descentralización en la formulación y gestión de los presupuestos PUCP, el proyecto empezó a trabajarse en el 2016. Carlos convocó a Jhonatan Clausen, Paula Castillo, Janneth Leyva y Stephan Gruber. Cuatro jóvenes, hábiles y entusiastas egresados de nuestra escuela de Economía, para desarrollar el proyecto. Cada uno tuvo a su cargo un periodo de los cien años de la Universidad, y para ello debieron entrevistar a los fundadores y profesores quienes impulsaron la ejecución del programa durante los primeros años del Departamento. También tuvieron que recurrir a los archivos de la Universidad en donde se encuentra la historia de la carrera antes de 1969, así como a la documentación del DEcon. Asimismo, es importante mencionar que el actual Departamento de Economía nace en el contexto de la creación de la Facultad de Ciencias Sociales La economía como ciencia social en el Perú a principios de la década de 1960. La creación de este Departamento es parte de la nueva orientación que se le dio a la especialidad de Economía desde fines de los años sesenta y durante su implementación a inicios de los años setenta. Esfuerzos previos y muy bien logrados de contar la historia del Departamento de Economía PUCP son los que hizo nuestro querido profesor emérito Máximo VegaCenteno. Para este libro pedimos a Máximo que, habiendo sido prácticamente fundador del Departamento de Economía PUCP junto con Richard Webb, nos brindara su mirada a lo largo de los cincuenta años de existencia del DEcon. Lo vivido por Máximo desde la gestación del Departamento, su experiencia personal, profesional y académica, le aporta al texto una visión más completa e integral. Aunque los profesores Adolfo Figueroa y Javier Iguiñiz, también profesores eméritos del DEcon por sus muy importantes logros académicos y su aporte con el desarrollo del Departamento, no tuvieron la oportunidad de participar en este volumen, sí colaboraron a través de las entrevistas que brindaron a los autores del libro y las lecturas que hicieron de las versiones iniciales de los capítulos. Ellos tres, Máximo, Adolfo y Javier, han sido pilares y ejemplo para las siguientes generaciones de profesores y no alcanzan palabras para agradecerles por su compromiso, dedicación, aporte con la formación de economistas y con la generación de conocimiento desde la economía. 

La historia que en este volumen se narra es el resultado del esfuerzo y dedicación de muchas personas que contribuyeron desde la fundación del Departamento de Economía. Profesores, colaboradores administrativos, jefes de práctica e instructores y, por supuesto alumnos del pregrado y el posgrado. Decenas de personas que han colaborado de una u otra forma con la consolidación de un DEcon muy comprometido con el desarrollo del país desde la formación de nuevas generaciones (algunos miles de egresados de nuestras aulas), la generación de conocimiento (varias centenas de publicaciones) y asumiendo responsabilidades importantes en instituciones públicas y privadas. Todo ello forma parte del modelo de formación en el que se combina la enseñanza y la investigación, con el que hemos trabajado siempre. Modelo no escrito ni recogido en documento alguno, pero no por ello menos importante y, sin duda, más presente de lo que se consigue de otra manera. 

José S. Rodríguez1 

Profesor Principal Departamento de Economía PUCP 

1 Jefe del Departamento de Economía entre julio de 2014 y diciembre de 2020.

Pasado y presente de los estudios económicos en la PUCP 

Carlos Contreras Carranza 

La Economía es, sin asomo de duda, una ciencia social; sin embargo, cuando se la pone al lado de sus «hermanas» la Antropología, la Sociología o la Politología, aparece como la menos perfilada como tal. Ello tiene que ver, en parte, con cierta tendencia a la cuantificación y a trabajar con modelos matemáticos, que caracterizan a la disciplina económica; pero sobre todo ocurre debido a que en el sentido común de las personas, los objetivos o factores «económicos» de las cosas, aparecen como alternativos o rivales frente a los objetivos o factores que consideramos «sociales». Así, la Economía integra, y, a la vez, se sitúa fuera de «lo social». Tal tendencia fue el resultado del rumbo que tomó la corriente principal de la disciplina a partir de la «revolución neoclásica», que la modeló como una ciencia dedicada al estudio de fenómenos universales, los cuales podían entenderse como variables homogéneas, independientes y mensurables. De esta forma, cuando se alude al predominio de los fines económicos tras algún esfuerzo u organización, ello se entiende como un interés limitado a lo material y fenicio, en vez de otras metas que aparecen como más hondas o trascendentes. Por tal motivo resulta interesante examinar el despliegue que una ciencia de tal laya tuvo en el seno de una institución confesional, como una universidad católica. ¿Influyeron de alguna manera los valores o principios católicos en la manera de aproximarse a la investigación económica y en la de formar a los profesionales de la «ciencia lúgubre»?2 . 

2 En unos textos aparecidos en 1839 y 1849, el historiador y filósofo británico Thomas Carlyle empleó la expresión de «ciencia lúgubre» para la Economía, en alusión a las profecías pesimistas que autores como Thomas Malthus y David Ricardo, reconocidos padres de la Economía Política, profirieron algunas décadas atrás acerca del futuro de la humanidad. Malthus habló así de hambrunas y catástrofe demográfica, en la medida que la población crecería más rápido que la producción de alimentos; y Ricardo de la «ley de hierro» de los salarios, en el sentido de que estos nunca podrían elevarse por encima del nivel de subsistencia, así como del arribo de la sociedad a un estado estacionario, en que cesaría todo crecimiento económico. Posteriormente, otro célebre economista británico, John Stuart Mill, intentaría rebatir el calificativo dado a la Economía por Carlyle.

Como la especialidad de Economía existe en muchas universidades católicas, y de otras confesiones religiosas del mundo, las cuales parecen desarrollarse de modo muy competitivo y sin pugnas con la ciencia, da la impresión de haberse alcanzado una forma práctica de convivencia entre las cosas del César y las cosas de Dios. En cualquier caso, el recorrido que haremos en este libro, por casi un siglo de historia de los estudios de economía en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), nos permitirá apreciar los encuentros y tensiones que pudieron darse entre la ciencia especializada en el estudio de lo escaso y finito, y la religión de la eternidad y lo infinito. 

En efecto, hemos dicho casi un siglo, pues, aunque el Departamento de Economía en la PUCP cumplirá cincuenta años este 2019, los estudios de esta disciplina en dicha casa de estudios se remontan casi hasta los años de su fundación. Por lo menos hasta 1932, cuando en la Universidad Católica (que por entonces aún no tenía el título de Pontificia) se creó una Facultad de Ciencias Políticas y Económicas. Este hecho coincidió con la clausura de la Universidad de San Marcos, efectuada el 8 de mayo de 1932 por el gobierno de Luis Miguel Sánchez Cerro. Desde 1875, en San Marcos se había instituido una Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas, con la finalidad de preparar a los expertos que el aparato estatal requería para su urgente modernización y el logro de cierta eficiencia en el manejo de los asuntos públicos. Esta facultad fue una de las de mayor desarrollo en los años de la «reconstrucción nacional» que siguieron al desastre de la guerra del salitre, de modo que el cierre de la Universidad debió dejar a un buen número de estudiantes necesitados de una institución donde iniciar o retomar sus estudios. 

En los albores de los años treinta, además, ya no solo era el aparato del Estado quien requería de profesionales en el campo de la administración y los negocios. El país había presenciado el surgimiento de nuevas entidades, como bancos y compañías de seguros; así como el incremento significativo del número de firmas comerciales, compañías navieras y establecimientos industriales. Habían nacido organizaciones empresariales que diseñaban inversiones de largo plazo o gremios corporativos que procuraban influir ante el gobierno por políticas fiscales o monetarias más adecuadas a sus intereses. Incluso, habían aparecido publicaciones periódicas especializadas en economía, como la revista Economista Peruano3 . 

3 La revista Economista Peruano comenzó a aparecer en 1909, con la dirección de José Manuel Rodríguez. La prensa diaria nacional y otras publicaciones periodísticas no especializadas, como la revista Variedades, comenzaron a incluir por esos años secciones de temas o asuntos económicos

De manera que el sector privado también reclamaba este tipo de profesionales. Con su decisión de abrir la Facultad de Ciencias Políticas y Comerciales, la Universidad Católica respondió a una demanda de la sociedad y, podríamos decir que, a una necesidad nacional, que resultaba agravada, desde luego, por el cierre de San Marcos, que en dicho momento era la universidad de mayor alumnado de la república

El primer decano fue el insigne intelectual Víctor Andrés Belaunde. Belaunde era una figura relevante en el grupo de profesores que manejaba los destinos de la Universidad Católica, por lo que su elección da la medida de la importante apuesta y el alto significado que para la Universidad tuvo la creación de dicha Facultad. Por ello, para solucionar la falta de profesionales formados en la ciencia de la administración y las finanzas, se recurrió, sobre todo, a abogados con experiencia en estas materias, además de algunos ingenieros con interés y experiencia empresarial. La investigación realizada por Jhonatan Clausen, autor del primer capítulo de este libro, ha permitido identificar entre el cuerpo docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas a quienes eran, o fueron más adelante, destacados intelectuales en los campos del derecho y las finanzas del país: Ernesto Alayza Grundy, Toribio Alayza Paz-Soldán, Rómulo Ferrero Rebagliatti, Enrique García y Sayán, Domingo García Rada, Alfredo Hohagen, Pedro Paulet o Numa León de Vivero. Debido a su calidad intelectual y el prestigio de las redes sociales a las que pertenecían, varios de ellos se convirtieron en ministros de Estado en diversas carteras o en embajadores. También se recurrió a profesores que habían quedado desempleados por el cierre de la Universidad de San Marcos, como Emilio Barreto, quien más tarde fuera presidente del Banco Central de Reserva. Dentro de dicha promoción, Barreto era ciertamente el único economista del grupo, en el sentido de haberse formado en la ciencia de Adam Smith. 

Los cursos de la Facultad compartían materias generales como historia y geografía, con muchas de derecho administrativo, comercial, constitucional y financiero. Los cursos de historia y geografía tenían, por su parte, una especialización en los aspectos económicos, llamándose Historia económica o Geografía económica. También existían cursos de contabilidad, finanzas e idiomas (inglés y francés). Los cursos propiamente de economía, eran los de economía agrícola, economía monetaria y bancaria, economía política y un seminario. Pocos años después de la creación de la Facultad de Ciencias Políticas y Comerciales y debido al crecimiento de los negocios y establecimientos de comercio del país, la Universidad abrió una Escuela Técnica de Comercio, destinada a formar con mayor rapidez a técnicos de mando. Dicha escuela tuvo gran acogida, sumándose por cientos el número de sus estudiantes (mientras la Facultad tenía números mucho menores, pero que se movieron alrededor del centenar). 

Aunque en sus inicios la Universidad no podía pagar a sus profesores para que desinaran parte de su tiempo a la investigación, las tesis de los estudiantes y la motivación que la enseñanza despertaba en los docentes, movieron a la producción de obra....

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https://files.pucp.education/departamento/economia/La-econom%C3%ADa_como_ciencia_social-completo.pdf