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jueves, 24 de marzo de 2022

Mandeville y la justificación del egoísmo

 Mandeville y la justificación del egoísmo[1]

(Una versión resumida se publica en la revista RIF-RAF de la Universidad de Zaragoza, nº 8/9, en 1997) 

1. INTRODUCCIÓN

 

            Mandeville, con su obra fundamental La Fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública, trata de despejar el camino en el terreno de la fundamentación de la vida social y las costumbres, criticando y echando abajo los viejos criterios morales que constreñían la libre expansión de las pasiones humanas. Según Mandeville la generalización de la virtud lleva a la destrucción de la propia sociedad y por contra los vicios privados, el egoísmo y la avaricia, generan el progreso y el beneficio público. Con su gran influencia en siglo XVIII trata de legitimar los valores, que como el egoísmo y el utilitarismo favorecen la expansión del nuevo capitalismo. Hoy día con el auge del neoliberalismo se ha puesto otra vez en primer plano el debate sobre el papel del egoísmo en la constitución de la sociedad.          

            Bernard Mandeville nació en Holanda en 1670 pero se trasladó a Inglaterra en 1700 donde realizó lo fundamental de su obra. En 1705 publicó de forma anónima una versión titulada La colmena gruñona o los bribones convertidos en gente honrada. Ya en 1714 la volvió a publicar con su nombre y su nuevo y definitivo título: ‘La fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública’[2].

            Progresivamente se habían ido añadiendo diversas partes entre las que hay que destacar el Ensayo sobre la caridad y las escuelas de caridad y una Investigación sobre la naturaleza de la sociedad de los que se seleccionarán algunos párrafos significativos para su comentario.

            Esta obra, en forma de poema, narra la historia de una colmena próspera pero llena de vicios. Por ello se planteó la reforma moral de sus costumbres y se perdieron los vicios pero también la prosperidad.

            El propio título de La fábula de las abejas tiene dos partes. La primera representa el estilo simbólico y literario con que se redacta este escrito. En este libro se representa a la sociedad humana en forma de colmena, en donde reinan los vicios y las virtudes.

            Van sucediéndose médicos charlatanes, jueces corrompidos, sacerdotes hipócritas, funcionarios corrompidos, etc. Con tono a veces irónico, a veces sarcástico, va repasando diversas actividades en la colmena que rebosa actividad, prosperidad y poder.

            En la colmena todos trabajan para contribuir al bien de la comunidad y al mismo tiempo para satisfacer sus necesidades. Todo parecía sincronizado y feliz. Hasta que uno de los mayores depravados comenzó a quejarse de los vicios generales y otros de su propia calaña se unieron a él para reclamar honradez y luchar contra la corrupción.

            Y el gran Dios escuchó su petición y se comenzó a reformar la moral y las costumbres. Así se volvieron pacifistas y se renunció a la guerra como conquista de los bienes ajenos. Se redujo el burocratismo, el lujo de las élites y por otra parte desapareció la pobreza y aumentó la abundancia.

            Se saneó la economía, aumentando la autarquía y restringiendo las importaciones. Por tanto, se mejoró el bienestar social y se avanzó en la solidaridad. Pero al final la población de la colmena disminuyó, fue atacada por un enemigo más fuerte y sucumbieron la mayoría de las abejas. El resto se retiró al hueco de un árbol, con la satisfacción del deber cumplido y de haber reforzado su virtud:

 

            "Voló dentro del árbol hueco,

             Bendito con alegría y honestidad".

 

            En estos versos se expresa sintéticamente la moraleja: Virtuosos, pero derrotados y escondidos.

            La segunda parte del título expresa a la perfección el contenido y la moraleja del tema. Las virtudes individuales no pueden sobrevivir fuera de la sociedad. La generalización de la virtud lleva a la destrucción de la propia sociedad, es incapaz de conservar el Estado.

            Por contra los vicios privados generan riqueza, progreso y por tanto son un beneficio público. A más vicios privados más fortaleza del Estado, más prosperidad pública. Los diferentes vicios, el egoísmo, la avaricia, la ambición, la hipocresía son las bases fundamentales para la constitución de la sociedad.

            A partir de ahí los vicios se califican por su utilidad para el bienestar público y por tanto su calificación moral es de ser buenos éticamente. Las virtudes no sirven para estimular la economía, para generar riqueza y por tanto son malas moralmente porque perjudican al bien común de la sociedad. La virtud privada puede servir para agradar a Dios y ser religioso, pero no para fomentar la prosperidad pública. En conclusión, las virtudes individuales promueven la autodestrucción de la sociedad.

            En La investigación sobre la naturaleza de la sociedad encontramos un buen resumen de esas posiciones de Mandeville:

 

                        "Ni las cualidades sociales, ni los efectos benévolos, que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que son capaces de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad; sino que lo que nosotros llamamos mal en este mundo, mal moral o natural, es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la base sólida de la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción"

 

 

II. EL CONTEXTO CULTURAL DEL SIGLO XVIII.

 

            Mandeville es muy leído durante el siglo XVIII y llega a alcanzar gran influencia. Sus planteamientos son una reacción crítica a Shaftesbury[3] y a la tradición de la escuela escocesa del XVII.

            En la primera mitad del siglo XVIII, el papel de los filósofos morales es fundamental en Inglaterra y Escocia. Eran los defensores de los fundamentos racionales de la teología y moral cristiana y por tanto de la ley y la justicia.

            En la tradición cultural escocesa, con su representante Hutcheson[4] al frente, la moral tenía el objetivo de proporcionar las bases y principios fundamentales de los que deberían depender la justicia y el derecho positivo y las formas de organización social. Junto al espíritu protestante, de tipo calvinista, todavía conservaban bastantes elementos de la tradición aristotélica.

            Mandeville tiene una gran influencia divulgativa en desacreditar los planteamientos moralistas de aquella tradición y dar nuevos soportes doctrinales a la nueva moral. Planteará otro salto despegándose todavía más de la tradición más racionalista y consolidando la concepción de la nueva moralidad basada en las pasiones humanas determinadas por la naturaleza.

            Estamos ante una gran transición cultural e histórica que comienza en el humanismo renacentista y posteriormente con la reforma protestante. Con Maquiavelo se produce la ruptura de la política con respecto a la moral. El Príncipe ya no debe de depender de la Iglesia y de la moral y tiene sus propias leyes. Con la Reforma se impulsa la ética protestante como base de apoyo al desarrollo del espíritu capitalista, según nos indica Weber.

            En los siglos XVII y XVIII se aviva la lucha por la hegemonía en el plano cultural y moral, es decir en la fundamentación de la vida social.  

            El conflicto se da entre las ideas provenientes de la Escolástica y sus raíces aristotélicas, más o menos tamizadas por la Reforma y las nuevas ideas utilitaristas basadas en el individualismo moderno. Entre las doctrinas con una base racional autónoma de la propia naturaleza y otra doctrina basada en los propios impulsos pasionales con su correspondiente defensa de los propios intereses como base de constitución de la sociedad.

            Es en Inglaterra, y especialmente en Escocia, con el gran papel de las Universidades como foro de debate intelectual de la época, donde se libra una aguda pugna entre las diferentes concepciones sobre la moral. Se está ventilando la lucha de fondo de los sectores de la burguesía ascendente que cobra impulso con la revolución inglesa del XVII, y los sectores más vinculados al Antiguo Régimen.

            Se trata de despejar el camino en el terreno de la fundamentación de la vida social y las costumbres, criticando y echando abajo los viejos criterios morales que constreñían la libre expansión de las pasiones humanas. Por otra parte, trata de legitimar los valores, que como el egoísmo y el utilitarismo favorecen la expansión del nuevo capitalismo.

            En este marco nos encontramos con Mandeville y su Fábula de las abejas de donde vamos a seleccionar una serie de párrafos más ilustrativos de estas ideas haciendo un pequeño comentario de cada uno de ellos para luego hacer una valoración más de conjunto.

            En primer lugar se exponen algunos textos más significativos del capítulo sobre Ensayo sobre la caridad y las escuelas de caridad muy representativos de todo el esfuerzo crítico contra las costumbres morales dominantes entonces.

           

III. ENSAYO SOBRE LA CARIDAD Y LAS ESCUELAS DE CARIDAD.

                       

                        "La caridad es la virtud que nos impulsa a transferir parte de ese sincero amor que no profesamos, puro y sin mezcla, a otros seres a los que no nos unen lazos de amistad o parentesco, simples desconocidos hacia quienes no tenemos ninguna obligación y de los que nada esperamos".(Pág.165)

 

            Aquí ha definido en primer lugar el concepto de caridad que pasa a criticar con el falseamiento e hipocresía de la llamada piedad o compasión.

 

                        "Suele falsear con frecuencia a esta virtud (la caridad), esa pasión nuestra llamada piedad o compasión, que consiste en una simpatía y condolencia por las desgracias y calamidades de los demás, la que, más o menos, afecta a toda la humanidad, aunque con mayor intensidad, por lo general, a los espíritus débiles"(Pág. 166)

 

                        "La que acabo de nombrar (la piedad), no es la única pasión que remeda y asemeja a la caridad: el orgullo y la vanidad han edificado más hospitales que todas las virtudes juntas. Los hombres están tan apegados a sus bienes, y el egoísmo está tan incrustado en nuestra naturaleza, que quienquiera que pueda encontrar algún medio de dominarlo obtendrá del público todo el aplauso y toda la tolerancia imaginable para disimular sus flaquezas y excusar cualquier otro apetito en el que se le ocurra incurrir. El individuo que con su fortuna particular suministra lo que, de otro modo hubiera tenido que proporcionar el conjunto, obliga  a todos los miembros de la sociedad, y, por tanto, todos están dispuestos a demostrarle su reconocimiento y sentirse obligados por el deber a declarar virtuosas todas las acciones de este genero, sin examinar, y menos averiguar, los motivos que influyeron en su realización.

                        Nada hay más destructor que la virtud, incluido para la religión, que el hacer a los hombres creer que, dando dinero al pobre, aunque no se decidan a desprenderse de él hasta la muerte, expían completamente en el otro mundo los pecados que haya cometido en éste". (pág. 170)

 

            En el extenso pero importante párrafo anterior ya expone dos de sus elementos centrales. El primero que los vicios, aquí la vanidad y el orgullo, producen efectos buenos e independientemente de los motivos que suelen ser egoístas. El segundo, que la virtud genera destrucción y no sociabilidad.

 

                        "Por tanto, los males que lamentamos obedecen a causas completamente distintas de las que nosotros les asignamos. Muy irresolutos han de ser los hombres en sus sentimientos, si no inconsecuentes consigo mismos, para sostener unas veces que la inteligencia y el saber son los medios más eficaces para fomentar la religión, y otras afirmar que la ignorancia es la madre de la devoción”. (pág. 181)

 

            Ya se señala la dificultad de grandes certezas sobre las motivaciones y el cuestionamiento de la educación y el saber.

 

                        "Los administradores suelen proceder de la clase media... Si se les preguntara a estos apreciables administradores por qué toman sobre sus hombros tanto trabajo en detrimento de sus negocios particulares y con la consiguiente pérdida de tiempo, uno a uno o todos a la vez, contestarían unánimemente que la razón es el interés que tienen por la religión y la Iglesia y el placer que reciben al contribuir al bienestar y la salvación eterna de tantas pobres inocentes criaturas que, seguramente, en estos lamentables tiempos de burlones descreídos y librepensadores caerían en la perdición...

                        Uno de los motivos, sobre todos los demás, y que no es de menor importancia para la mayoría de ellos, pero que debe ocultarse cuidadosamente, es la satisfacción que causa ordenar y dirigir... Quienes saben analizar la naturaleza humana, siempre descubren que es esto último lo que con más ganas pretenden siempre dichas personas, y que lo que todos niegan rotundamente es siempre su principal motivo. No hay hábito o cualidad que más fácilmente se adquiera que la hipocresía, ni nada se aprende con mas prontitud que negar lo que sentimos en nuestro interior y las razones que nos obligan a obrar; pero las semillas de todas las pasiones nacen con nosotros y nadie viene al mundo sin ellas". (pág. 184)

 

            Uno de los párrafos más sugerentes sobre los fundamentos de la hipocresía humana y de la explicación naturalista.

 

                        "Es apenas concebible que los hombres conozcan tan mal sus sentimientos e ignoren hasta tal extremo sus verdaderos instintos como para confundir la fragilidad, la pasión y el entusiasmo con la bondad, la virtud y la caridad". (pág. 186)

 

            Señala la confusión del pensamiento dominante que según él ve de forma contradictoria los auténticos impulsos morales.

 

                        "Otro de los encantos que hacen a las Escuelas de Caridad tan irresistibles para la multitud, es la opinión establecida de que no solamente son provechosas para la sociedad en cuanto a la felicidad temporal que producen, sino además, la cristiandad las goza y requiere de nosotros que las erijamos por nuestra futura salvación."(pág. 187)

 

            Otra vez señala la motivación hipócrita de las obras de caridad.

 

                        "Por tanto, el bienestar y la felicidad de todo Estado o reino exige que los conocimientos de la clase pobre trabajadora se limiten a la esfera de sus ocupaciones y que nunca se extiendan, respecto a las cosas visibles, más allá de lo que se relaciona con su profesión. Cuando más sepa del mundo y de las cosas ajenas a su trabajo o empleo un pastor, un labrador o cualquiera otro campesino, más difícil le será soportar las fatigas y penalidades de su oficio con alegría y satisfacción". (pág. 190)

 

                        "Un criado dejará de tener respeto a su dueño tan pronto como adquiera bastante sentido para comprender que sirve a un necio" (Pág. 192)

 

                        "Así como combatiendo la pobreza con artificio y constancia podréis instar al pobre al trabajo sin violencia, también, criándolo en la ignorancia, podréis acostumbrarlo a los trabajos realmente penosos, sin que se percate de que lo son... su conocimiento debe confinarse dentro de la esfera de sus ocupaciones... He aquí la manera noble y humana de hacer frente a los rivales de nuestro comercio, y a fuerzas de mérito, sobrepujarles en los mercados extranjeros". (pág. 211)

 

            Ejemplos de franqueza en la lógica de conseguir el máximo rendimiento y sumisión a los trabajadores a los que hay que impedir la cultura. Es la forma fundamental que ve para aumentar la competitividad de la economía frente a otros competidores extranjeros por los mercados internacionales.

            Seguidamente se van a exponer una serie de extractos que son de los más significativos del capítulo sobre la Investigación sobre la naturaleza de la sociedad.

 

 

IV. INVESTIGACIÓN SOBRE LA NATURALEZA DE LA SOCIEDAD.

 

                        "Hasta ahora, la generalidad de los moralistas y filósofos han estado de acuerdo en que la virtud no podría existir sin la abnegación; pero he aquí que un autor moderno, muy leído por personas prudentes, es de opinión contraria e imagina que los hombres pueden ser naturalmente virtuosos, sin pena ni violencia... Este escritor noble, pues me refiero a lord Shaftesbury en sus Characteristicks, imagina que, puesto que el hombre está hecho para la sociedad, ha de nacer con un bondadoso afecto para con el conjunto del cual forma parte y con una propensión a procurar el bien del mismo. Como consecuencia de esta suposición, llama virtuosa a toda acción realizada con el propósito de contribuir al bien público, y vicio a toda actitud egoísta completamente ajena a esa intención. Respecto a nuestra especie considera a la virtud y al vicio como realidades constantes, que han de ser las mismas en todos los países y en todas las edades, e imagina que una persona de inteligencia sólida, observando las reglas del sentido común, no solamente puede descubrir ese pulchrun & honestum, tanto en la moral como en las obras de arte y de la naturaleza, sino también gobernarse a sí misma por su propia razón, con la misma facilidad y habilidad con que un buen jinete maneja de la brida a un caballo bien amaestrado".(pág. 216)

 

            Es una exposición clara de las ideas de Shaftesbury y de su filosofía moral basada en una antropología optimista. La verdad es que la realidad histórica especialmente en este siglo XX con tantas guerras y capacidad destructiva nos acercaría más a una visión más realista y contradictoria de la naturaleza humana.

            En las siguientes páginas empieza a describir la diversidad de gustos y costumbres en las diferentes épocas y países para combatir la concepción de la objetividad y universalidad de la moral.

 

 

                        "Ese término medio tan alardeado y las tranquilas virtudes recomendadas en las Characteristicks no valen más que para crear zánganos ..., pero nunca le harán apto para el trabajo y la asiduidad, ni le impulsarán hacia los grandes logros y las empresas audaces y peligrosas" (pág. 222).

 

            Combate aquí el viejo criterio del justo medio como base para el sentido común que según él genera pobreza y no riqueza.

 

            "Lo que he intentado ahora ha sido el demostrar que el pulchrum & honestum, la excelencia y el real valor de las cosas son, con suma frecuencia, precarios y el real valor de las cosas, son, con suma frecuencia, precarios y alterables a medida que varían los usos y costumbres; que, por consiguiente, las deducciones que puedan sacarse de su certeza son insignificantes y que las generosas ideas relativas a la bondad natural del hombre son dañosas, porque tienden a desorientar, y resultan meramente quiméricas; la verdad de esto último la he ilustrado con los ejemplos más evidentes sacados de la Historia. He hablado de nuestro amor por la compañía y nuestra aversión de la soledad, examinando escrupulosamente sus distintos motivos, y demostrando claramente que todos ellos se centran en el amor propio"(Pág.  229).

 

            En este párrafo justifica el relativismo moral y la dependencia de nuestras acciones de las motivaciones del orgullo y amor propio.

 

                        "Lo necesario que son nuestros apetitos para el desarrollo de todas las industrias y artesanías ha quedado demostrado a lo largo del libro y nadie podrá negar que son nuestras malas cualidades las que las producen.

                        Por tanto lo que me queda por exponer es la variedad de obstáculos que estorban y embrollan al hombre en la labor a que está constantemente dedicado, el procurarse lo que necesita, lo cual en otras palabras, se llama ocuparse en la autoconservación. Mientras, al propio tiempo, demostraré que la sociabilidad del hombre proviene solamente de dos cosas, a saber: la multiplicidad de sus deseos y la constante oposición con que tropieza para satisfacerlos". (pág. 230)

 

            Están claros sus proyectos. Los fundamentos son las pasiones que construyen el tejido social. Hay que dejarlos desarrollar y eliminar los obstáculos que lo impiden.

 

                        "En la moralidad, lo mismo que en la Naturaleza, nada existe en las criaturas tan perfectamente bueno que no pueda resultar perjudicial para nadie en la sociedad, ni tan totalmente malo que no pueda ser beneficioso para una parte u otra de la Creación; de suerte que las cosas sólo son buenas o malas en relación con otra cosa y con arreglo a la posición en que estén colocadas y a la luz a que se las mire. Lo que nos place es bueno en ese aspecto, y según esta regla, cada uno desea el bien para sí mismo con todas sus fuerzas, con poca consideración hacia su vecino". (pág. 247)

 

            Expresa nuevamente el relativismo moral, todo depende de la posición de cada cual, y el criterio fundamental del egoísmo como móvil humano.

            Todos estos textos son suficientes para resumir las ideas fundamentales de Mandeville, sin embargo, se pueden entresacar unos párrafos que expresan su proyecto de conjunto y sus conclusiones generales. Lo hacemos a continuación.

           

 

V. EL PROYECTO DE MANDEVILLE.

 

            En las primeras páginas de La fábula de las abejas, Mandeville expone su proyecto:

 

                        "Demostrar que aquellas pasiones de las cuales todos decimos avergonzarnos son, precisamente, las que constituyen el soporte de la sociedad próspera, ha sido el propósito del precedente poema" (Pág.22).

 

            Como vemos el objetivo central de su demostración va a ser el mostrar que las pasiones de los individuos son la base de construcción de la sociedad, y que su naturaleza  individual trae como consecuencia su papel social. Las relaciones entre individuo y sociedad se establecen de forma lineal. La persona sigue sus propios instintos e inclinaciones y construye la sociedad. Sus pasiones tendrán móviles egoístas, o más bien, el egoísmo será la principal inclinación natural y será la base de la sociedad. Cuanta más libertad se deje para desarrollar el egoísmo, más avanzado y desarrollado será el sistema social.

 

            En la página 282 de La fábula de las abejas escribe a forma de conclusión:

 

                        " ... me congratulo de haber demostrado que ni las cualidades amistosas ni los efectos simpáticos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que sea capaces de adquirir por la razón y la abnegación, son los cimientos de la sociedad, sino que, por el contrario, lo que llamamos mal de este mundo, sea moral o natural es el gran principio que hace de nosotros seres sociables".

 

            Mandeville en este texto procede con dos fases diferentes. En la primera, reduce el comportamiento de los individuos a la finalidad de la persecución de los propios intereses. En la segunda fase, plantea una actividad reflexiva y racional en la concreción del propio interés.

            En esta fase se establece una deliberación, un cálculo racional, pero que se basa en el impulso central de sus pasiones, de sus intereses, de la satisfacción de sus propios deseos. A partir de ahí es cuando se da una convergencia espontanea entre las dinámicas de los diferentes individuos construyéndose las relaciones sociales y el propio sistema social.

            En la página 181 escribe otro párrafo muy significativo:

 

                        "El hombre nunca se esfuerza sino cuando le excitan los deseos; mientras éstos permanezcan adormecidos, sin que haya nada que los despierte, sus excelencias y habilidades quedarán por siempre desconocidas y la indolente máquina humana, sin la influencia de las pasiones, podrá compararse con toda propiedad a un enorme molino de viento sin un soplo de aire".

 

            Es decir, las pasiones son el impulso fundamental del individuo. La razón no interviene en sus acciones. A diferencia de Hobbes, que planteaba la agresividad de las personas entre sí como elemento determinante y constitutivo de su propia naturaleza, Mandeville considera que no hay conflictividad entre los deseos de los diferentes seres humanos. Las pasiones de cada cual tienden a coincidir con las de los demás, y por tanto con las del conjunto. No se necesita la fuerza coercitiva del Estado-Leviatán para impedir la destrucción de la sociedad, sino la libre expansión de la propia naturaleza de las personas que a través de los vicios construyen armónicamente la paz y prosperidad.

            Este planteamiento tiene puntos en común con los nuevos moralistas como Hutcheson, que también se basa no en racionalidades externas al individuo sino en su propia naturaleza. Solamente que, el individuo en ellos no tenderá hacia el egoísmo como impulso primario, sino que se moverá por impulsos virtuosos. A partir de entonces se reafirman los propios sentimientos morales del ser humano como el elemento decisivo para guiarse en el comportamiento social.

            El sentido común vendrá definido por ese sentimiento moral, por las sensaciones placenteras o penosas que genera. La razón tampoco es una guía para la acción, y en todo caso es un instrumento para encontrar los mejores medios con los que conseguir esa finalidad que se deduce del estímulo pasional.

            Por tanto, con la misma base filosófica, Mandeville y Hutcheson se diferencian en que el primero pone el acento en los vicios como pasiones positivas para la sociedad y en el segundo en que son las virtudes. Pero ambos, vicios y virtudes, son pasiones innatas que obedecen al impulso primario del individuo y están inscritas en el orden natural dado por Dios.

            Sin embargo, en la tradición anterior el hombre se disfraza de caritativo y virtuoso y modifica la acción natural. Se define la virtud como ajena a la Naturaleza y que viene determinada por la voluntad racional.

            Las escuelas de caridad pueden tener unas consecuencias positivas pero la motivación es un vicio, el egoísmo. El hombre rico que es piadoso y deja en herencia su dinero para la caridad estará buscando mantener su nombre, o llegar al cielo, es decir su motivación es egoísta para él mismo, aunque tiene consecuencias beneficiosas para la sociedad. Contra estas escuelas de caridad y de forma especialmente sarcástica realiza este trabajo destructivo Mandeville.

 

 

VI. RAZÓN Y PASIÓN. VICIOS Y VIRTUDES.

 

            Una de las contraposiciones fundamentales es entre razón y pasión. En Mandeville lo primero es la pasión y lo segundo es la razón que en él se convierte en instrumento de la pasión. El virtuoso es hipócrita porque mediante la razón esconde sus pasiones. Así el individuo debe ser transparente, mostrándose a sí mismo con todas sus pasiones por delante.

            La razón que define los fines, es decir, el deber ser, sería negativa y hay que rechazarla o subordinarla. Los fines son fijados por la pasión. Pasión es también interés que tampoco se rige por ninguna racionalidad. Utiliza el término vicio igual que los moralistas de su época, como pasión, es decir que se considera al ser humano con unos instintos básicos y lo que hay que hacer es dejarles que se desarrollen porque es su propia naturaleza.

            En el marco del XVII la moral tiene todavía influencia de la Escolástica aunque se produce entonces una gran traducción de los clásicos griegos, especialmente de Aristóteles y de algunos romanos como Cicerón. La tradición católica se reafirma en el tomismo con la Contrarreforma. Pero en Inglaterra también la tradición protestante se mezcla con cierto aristotelismo y estoicismo, en los filósofos moralistas.

            Según estos moralistas y en especial, la escuela escocesa, el  bien se realiza con esfuerzo y contención de los vicios. La virtud es obrar conteniendo las pasiones y deseos. Los intereses más inmediatos hay que subordinarlos a la razón que debe estar dirigida al bien público.

            Ahora, con Mandeville, la visión antropológica es diferente. El individuo en primera instancia no es un animal racional, sino un ser deseante, pasional. La virtud no existe en cuanto motivación, es la propia pasión, el vicio el que produce la utilidad pública. Antes era necesario una instancia exterior, la ley divina interpretada por la Iglesia, para corregir las tendencias de la propia naturaleza que se inclina hacia el mal.

            En Mandeville la Naturaleza es buena y lleva al bien. Es decir lo que el individuo hace siguiendo sus deseos es lo bueno. El sistema social es el que pone trabas al desarrollo natural y positivo del individuo. Estamos ante una de las bases del liberalismo moderno.

            Mandeville ataca la concepción vigente hasta entonces de virtud, como mortificación y sacrificio de los impulsos humanos, y plantea que precisamente la sociedad humana debe estar basada en servir a las necesidades derivadas de esos impulsos básicos. Es más, le lleva a considerar que no hay una auténtica virtud, y lo que se suele llamar así, está enmascarando el egoísmo, planteado no de forma abierta y brusca sino como cálculo racional para conseguir esa finalidad de satisfacer el interés propio.

            En Mandeville las pasiones o vicios llevan a la sociabilidad, a la construcción de la sociedad. Sólo necesitan el apoyo de una razón instrumental y ni siquiera necesitan del gran papel del Leviatán de Hobbes. Hasta entonces habían predominado las bases de una metafísica, que estaba basada en la idea de la existencia de un orden natural. Por tanto se deducía que hay una moral objetiva que se corresponde y adecua a ese orden. Surge así una teología de finalidad objetiva.

            En conclusión, el funcionamiento del sistema social se produce porque está ordenado y es bueno en sí mismo. Se desarrolla según su propia naturaleza, según la cual las personas se guían por las pasiones/vicios.

            En el caso de Hume[5], continuador de estos enfoques, considerará que la moral debe estar basada, explicada y justificada o bien en la razón o bien en los deseos y pasiones. Él también se inclina por la conclusión de que la moral es obra de las pasiones, pero antes de argumentar cualquier razonamiento. También entiende todo juicio moral particular como expresión de sentimientos, de pasiones que son los que mueven a la acción.

            Pero Hume observa, como también Diderot, que cuando se juzga moralmente se invocan reglas generales y se aspira a explicarlas mostrando su utilidad para ayudarnos a conseguir los fines que nos fijan las pasiones. Volvemos a admitir una racionalidad, pero instrumental de las pasiones. Son los fundamentos del empirismo inglés.

 

 

VII. EL RELATIVISMO MORAL Y EL ORDEN NATURAL

           

            En La fábula de las abejas se defiende el relativismo moral. El siglo XVI y XVII había abierto Europa al conocimiento de los distintos mundos y culturas. Se supera cierto etnocentrismo y específicamente la universalidad de las doctrinas morales religiosas dominantes desde la Edad Media en Europa y de base racionalista tomista. Ante esa gran diversidad cultural se produce esa crisis de la certeza en un único criterio moral y se deriva hacia el relativismo. Este relativismo moral que proporciona cierta apertura cultural y tolerancia por las diferentes costumbres, es engañoso que vaya a modificar las estructuras sociales existentes y el predominio de la propia civilización occidental que en esos siglos se hace hegemónica en el mundo. En ese momento se expresa como una fuerte crítica a la ideología de los valores universales cristianos vinculados al Antiguo Régimen. Se apuesta con estas nuevas bases morales y filosóficas a crear los cimientos del pensamiento que va a apuntalar el nuevo Régimen que está apareciendo en el siglo XVIII.          

            Según Mandeville la razón propiamente dicha no existe. Sólo se actúa sobre el influjo de la pasión y no de la razón. A veces habrá algo de razón, pero sólo es apariencia porque, en el fondo, es una pasión encubierta. Por tanto es una razón instrumental y dependiente de la pasión o vicio.

            En La fábula de las abejas no hay un obrar autónomo desde la razón, como defenderá más tarde Kant[6] en su ética. El que se mueve por la pasión no es libre y solamente se es libre y autónomo cuando se guía por la razón, dirá Kant. Sin embargo en Mandeville el individuo no tiene autonomía ni libertad y sigue siempre su pasión, es decir el orden natural en que está inscrito sus pasiones y vicios, orden natural que por otra parte es el mejor posible y no se debe ni intentar cambiar.

            Según Mandeville la sociedad avanza en la medida que sigue el orden natural de las cosas y precisamente en tanto que lo siga. Así, no hay margen para posibilitar el cambio y la reforma de la sociedad como en Hobbes con su Leviatán. El mundo es producto de Dios que ya lo ha construido bueno y, por tanto, está bien ordenado. Pero no podemos conocer sus bases y sus leyes y, por tanto, debemos renunciar a influir en él y cambiarlo, ya que desviaríamos su curso natural positivo y lo haríamos degenerar. Debemos seguir nuestros impulsos naturales, nuestros instintos y pasiones, nuestros vicios basados en el egoísmo para seguir construyendo la sociedad y desarrollar el bien común y la prosperidad pública.

            Como se puede ver es otra corriente diferente a la que está desarrollándose en la Ilustración francesa, donde se ensalza el poder de la Razón para construir la propia sociedad y estimular el cambio social.

            En Mandeville, por tanto, la Naturaleza es buena y los seres humanos al ser una parte de esa Naturaleza son buenos, siempre que se guíen por sus propios instintos. La razón da prejuicios, confunden y desorientan; por tanto, los criterios principales para la acción vienen al dejar la espontaneidad de sus propias pasiones, de su naturaleza, desechando las motivaciones racionales.

            La propia religión está llena de prejuicios que además llevan al caos y a las guerras de religión. Así, concluirá que hay que eliminar este aspecto racional de la religión y quedarnos con el orden natural. La prioridad no es el alma racional sino el cuerpo pasional.

            Desde la época de los antiguos griegos, pasando por Aristóteles y la escolástica, siempre se había distinguido el orden natural del no natural. Una parte donde no interviene directamente la propia persona y que tiene una base natural y otra parte social, cultural, psicológica donde se puede intervenir y reconstruir de forma convencional y positiva.

            En Mandeville no hay distinción entre estos dos ordenes. El orden social, la propia moralidad se construye a partir del único orden existente, el orden natural y lo mejor es seguir esa naturaleza del hombre y no dejar que interfiera la razón. De aquí se deduce un concepto de libertad como continuación de las leyes de la naturaleza, es decir como conciencia de la necesidad, cuestión que más tarde compartirán otros sectores como en ciertas interpretaciones marxistas.

            En el caso de Marx el desarrollo del propio movimiento económico, de su propia lógica interna, nos llevará al socialismo y al comunismo. Por tanto se pueden tener otras ópticas de las características de las leyes históricas pero con la misma base metafísica de subordinación de la dinámica social al orden espontáneo de la evolución cuasi natural de la sociedad.

            La otra corriente estará basada en el pensamiento de Hobbes[7] y Kant.       Su concepto de libertad es opuesto y basado en una razón construida socialmente y, por tanto, autónoma de la propia naturaleza. En el caso de Francia podemos señalar el contractualismo de Rousseau como exponente de la construcción de la sociedad mediante el contrato social.

            Por último, señalar la existencia también de un relativismo epistemológico en Mandeville. La realidad objetiva no se puede conocer, por lo que no se puede deducir ninguna ley humana, natural o divina de carácter objetivo. En Mandeville el orden viene dado de Dios, pero no podemos conocerlo y mejor no cambiarlo.

 

 

VIII. LA CONCEPCIÓN DE LA JUSTICIA Y LA ECONOMÍA

 

            La concepción de la justicia está determinada por esta concepción básica de las pasiones y la subordinación de la razón. Así en Mandeville el desarrollo de la propia pasión egoísta será lo justo. No hay una justicia basada en las consecuencias que traen los propios actos como en Hume, o dependiente de la voluntad del soberano como en Hobbes.

            Hasta esa época, la moral y la justicia tenían que justificarse al margen del interés particular de cada persona o grupo de personas. Para lograr ser moralmente bueno, para ser justo no había que poner por delante la consecución del interés propio, sino ver también el de otras personas y el del conjunto de la sociedad, y adecuar el comportamiento a esta valoración del bien común. Distribuir la justicia era distribuir según el mérito de cada cual, no según la utilidad que cada individuo consigue para sí mismo.

            Ahora se acentúa la separación de esa tradición aristotélica, reformulada por el tomismo, de valorar el juicio moral en la racionalidad, en el bien común de la polis, en la concepción de la persona como ser social que busca la felicidad en un marco colectivo.

            Hutcheson avanza ya su concepción del sentido común y pone el acento en los sentimientos y afectos morales según la teoría del sentido moral, de tipo irracional o pre-racional. Y en Mandeville es la pasión, el vicio del egoísmo quién construye lo social y su soporte moral. Es útil por tanto y esa utilidad es objetiva en la medida que es necesaria y está determinada por la vinculación del vicio al orden natural.

            La economía también se construye dependiendo de esos impulsos pasionales inscritos en la propia naturaleza de las personas. En La Fábula de las abejas se resume su modelo económico donde plantea que la riqueza se genera por el trabajo no por el oro y los metales preciosos. Sin embargo, para crear riqueza hace falta pobres laboriosos que trabajen y además que no se asocien para no interferir en la generación de riqueza.

            Será posteriormente Smith[8], quién contando con todos estos nuevos elementos morales, separará el ámbito de la moral de la economía y le dará a ésta una justificación racional basada en el estímulo del propio interés egoísta como fundamento de la actividad económica y del desarrollo del capitalismo.

            Igualmente, los fundamentos utilitaristas de Mandeville influirán en economistas ingleses como Bentham y Stuart Mill. Sobre la misma base del liberalismo introducen algunas correcciones a la libre expansión de los intereses egoístas de las personas, es decir, llegan a un cierto liberalismo social. Hoy día a las puertas del siglo XXI, estas bases justificativas del egoísmo y el utilitarismo vuelven a desarrollarse de la mano de la gran ofensiva neoliberal que está intentando hegemonizar el mundo con su pensamiento único. Es por eso conveniente profundizar críticamente en sus fuentes y ver su desarrollo histórico para proporcionarnos un mejor bagaje cultural, desarrollar un pensamiento más crítico y estimular una ética y unos valores más solidarios.

 

                                                                                                                     

                                                                      



[1] Una gran parte de las ideas expuestas en este artículo están extraídas de la discusión colectiva realizada en un Seminario sobre ‘La historia de la ética’, realizado durante el curso 1993/94 y dirigido por el profesor Andrés Bilbao de la Universidad Complutense de Madrid.

[2] Edición de FONDO DE CULTURA ECONÓMICA - MÉXICO, 1982. Todas las citas y su numeración de página corresponden a esta edición.

    [3] Shaftesbury nació en Londres en 1671 y murió en 1713.  Elabora sus teorías morales sobre un fondo de lecturas de Platón, Aristóteles, Cicerón y los estoicos. Sus obras las publicó con el título Charasteristics of Men, Manners, Opinions, Times. Influyó en Hutcheson, Hume y Smith. Intentó establecer una moral autónoma e independiente de Dios y la religión. Mandeville lo consideró su adversario principal.

    [4] Hutcheson (1694-1747) es catedrático de filosofía moral en la Universidad de Glasgow. Sigue a Shaftesbury y entra en conflicto con Mandeville.

    [5] Hume (1711-1776) de educación escocesa mantendrá permanentemente la tensión contra la tradición escocesa dominante. Su principal obra es Treatise donde expone las características de la naturaleza humana desde el tipo de orden social y cultural dominante en Inglaterra. Supuso una ruptura epistemológica.

    [6] Kant, alemán de origen escocés (1724-1804) publicó Crítica de la razón pura en 1781 abriendo una serie de grandes obras de filosofía moral con influencia hasta nuestros días. Continúa la labor crítica del empirismo inglés y pretende establecer una teoría moral con una base racional.

    [7] El inglés Hobbes (1588-1679) escribió el Leviatán donde hace del Estado la instancia desde la que se ordena la vida social. El orden social no viene determinado por la Naturaleza sino por el Leviatán al que los ciudadanos están subordinados, han dado su soberanía y que construye la sociabilidad. Tiene una antropología pesimista.

    [8] Smith (1723-1790) también era escocés. Publicó su ‘Teoría de los sentimientos morales’ en 1759 y se mueve en la separación de la sociabilidad nacida de la moral y la nacida de la economía, que al final está regida por la mano invisible del mercado.



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miércoles, 23 de marzo de 2022

BERNARD MANDEVILLE: LA ÉTICA DEL MERCADO Y LA DESIGUALDAD SOCIAL COMO BASE DEL PROGRESO MODERNO

 BERNARD MANDEVILLE: LA ÉTICA DEL MERCADO Y LA DESIGUALDAD SOCIAL COMO BASE DEL PROGRESO MODERNO 

MARÍA CRISTINA RÍOS ESPINOSA

Resumen

El ensayo rastrea el origen de la ética del mercado de Bernard Mandeville, filósofo liberal precursor del liberalismo económico de Adam Smith. El objetivo central del ensayo es criticar una teoría social que pretende legitimar la exclusión, al defender un orden de mercado que busca preservarse a sí mismo con base en la utilidad de la pobreza y la explotación del trabajo disfrazado de moralidad. El ensayo comienza haciendo una valoración positiva del “principio de honorabilidad” postulado por Mandeville, como una forma menos exigente de hacer sociables a los insociables en la sociedad de mercado, en donde sus miembros ya no necesitan ser buenos para moderar sus pasiones más violentas, ahora sus pasiones no necesitan ser eliminadas sino sólo darles una forma más aceptable en la cultura mediante una compensación imaginaria llamada adulación. El poder socializador descansa en la pasión del orgullo y no en la razón, quien se impone sobre las pasiones más violentas moderándolas. Sin embargo, una mirada crítica nos revelará una doble moral en el mercado, los de la clase dominante cuyos vicios son útiles al comercio y los de la clase trabajadora, cuya pobreza e ignorancia es útil en la sociedad porque fomenta los “beneficios públicos” o el “interés común”, que no son otros más que los de las clases dominantes. 

Abstract 

This essay studies the origin of Bernard Mandeville´s ethics of the market, he is a philosopher of liberalism, an ancestor of Adam Smith´s economic liberalism. The main purpose of this essay is to criticize a social theory which attempts to legitimate exclusion by the defense of a market order based in the utility of poverty and work exploitation disguised as morality. The essay begins with a positive valoration of what Mandeville calls the “principle of honor” as a less exigent manner to make sociable the insociability in men within the market realm. For or this new kind of morality it is not necessary for men to be good in order to tame their more violent passions, their total elimination is not required, they only need to become adjusted within culture thanks to an imaginary compensation called flattery. Pride has the power to socialize humanity instead of reason, it imposes itself over the more violent passions of men. Nevertheless, from a critical perspective the market reveals a double morality: The ethics of the dominant class whose vices are of utility to commerce, and the ethics of the working class whose poverty and ignorance becomes useful for market societies as it allows “public benefits” or “common interest” which are none other than the values defended by ruling classes. 

Key words: ethics of the market, utility of poverty, ignorance, exclusion, pride, flattery. 



El presente ensayo pretende rastrear la génesis de la ética del mercado de uno de los filósofos liberales más controversiales en la historia de las ideas de la Europa continental, como lo fue el doctor Bernard Mandeville (1670-1733), holandés de nacimiento, emigra a Inglaterra por cuestiones políticas. Es uno de los primeros ideólogos defensores del comercio y del libre mercado, emparentado con el utilitarismo político al estilo del realismo político de Maquiavelo, gran escéptico de la filosofía racionalista de Descartes y uno de los primeros teóricos acerca de las éticas del “amor propio”, Adam Smith dedica un capítulo entero a refutarlo en su libro acerca de La teoría de los sentimientos morales. Su obra principal fue La fábula de las abejas o Los vicios privados hacen las virtudes públicas, editado por vez primera en 1705 como un poema satírico y reeditado en 1714 con observaciones al poema y otros ensayos acerca del origen de la virtud moral y la naturaleza de las sociedades, entre otros. En 1724 se le añade a dicha obra una segunda parte, en donde explica los fundamentos de la sociabilidad humana, en un debate directo en contra de lord Shaftesbury, quien defiende la naturaleza social innata del hombre a lo que Mandeville se opone argumentando la insociabilidad humana. 

La presente investigación es mostrar el surgimiento de una nueva forma de moralidad, como discurso legitimador de una nueva forma de propiedad basada en el comercio y, por lo tanto, de una nueva clase social llamada burguesía liberal. No se trata de un objetivo meramente histórico, sino de un interés filosófico por rastrear en la génesis del discurso liberal los principios de la civilización occidental moderna y poner en cuestión su pretendida legitimidad. Comenzaré indicando la importancia del pensamiento de Mandeville y la denuncia que hace a la moralidad de su época, para después analizar el surgimiento de esta nueva ética del mercado, que lo emparenta con el liberalismo económico moderno y que aún tiene vigencia en la teoría del neoliberalismo, como lo es la defensa de la división del trabajo, la productividad del trabajo, el automatismo del mercado, el utilitarismo político y el Estado mínimo. Por último, haré una crítica a dicha ética del mercado por legitimar la desigualdad social a través de la pobreza, la ignorancia y el excedente de oferta de trabajo para la explotación como base para el progreso material. En el utilitarismo y realismo político del filósofo se defiende la desigualdad social de manera explícita, lo cual lo hace aparecer como un cínico en ocasiones, la única diferencia con la defensa que hace del mercado la teoría neoliberal vigente es que la base de la ganancia del mercado y la supuesta eficiencia del mismo, enmascara esta desigualdad, aunque en el fondo la lleve implícita. 

Importancia teórica de Mandeville 

Cuando se emprende la tarea de investigar acerca de la filosofía del siglo XVIII se piensa en los grandes pensadores de la época, la lista apenas incluye a Bernard Mandeville, autor poco conocido y muy incomprendido, pues ninguno de los ensayos de este filósofo posee el renombre del que gozaron Hume o Adam Smith, por citar algunos. Sin embargo, un examen más de cerca revela que fue una de las mentes más importantes de las primeras tres décadas del XVIII, la lectura de La fábula de las abejas1 contiene ideas que formaron parte del debate político y religioso de su tiempo, así como teorías sociales que serán asociadas posteriormente en la historia con Voltaire, Hume y Adam Smith. Es desconocido por la mayoría salvo por algunos cuantos especialistas, pero aun así ejerció una marcada influencia en el pensamiento de su época. Hizo su debut como satirista político en su tierra natal, Holanda, pero luego se dedicó a traducir las fábulas de La Fontaine, con el objetivo aparente de mejorar su inglés. Emigró de Holanda a Inglaterra debido a sus afiliaciones políticas. Cercano a su muerte en 1732 había escrito dieciséis trabajos separados, colaboró en la revista The Female Tatler, y escribió en diversos estilos que incluyen versos satíricos, fábulas, ensayos y diálogos. Su importancia radica entre otras cosas, en haber descubierto, en mi opinión, una ética de la honorabilidad que funda las relaciones cívicas y el surgimiento de la esfera pública,2 pero además en plantear la tesis acerca de un orden espontáneo en las sociedades, que sirve de antecedente al postulado acerca de la “espontaneidad de las instituciones” de Smith en su Riqueza de las naciones, de la “mano invisible” del mercado y también en la teoría evolucionista de las sociedades de Friedrick Hayek, se podría decir que este teórico contemporáneo del liberalismo económico es un mandevilliano moderno. 

Mandeville postula una ética en donde lo relevante ya no es ser bueno sino aparentar serlo.3 Lo sustantivo en las sociedades comerciales es la praxis pública más que la privada,4 deja de ser relevante qué sea el hombre en la esfera privada. La educación y la “cultura de la honorabilidad” no son más que canales de expresión que posibilitan la realización de la existencia de formas menos amenazantes, y más seguras para satisfacer los apetitos y deseos. 

Me parece importante la recuperación del pensamiento de un autor que ha sido considerado secundario por la historia de las ideas, cuando en realidad posee una actualidad inusitada, pues al interpretar filosóficamente los principa les argumentos de la “ética política” mandevilliana descubrimos los principios ideológicos de un discurso que busca la legitimación del capitalismo como un sistema de “libre mercado”, con la apariencia de un orden político democrático cuando en realidad la libertad de la “sociedad de mercado” es sólo la de aquellos que detentan el poder económico. Se trata de una postura teórica que ya ha sido desmentida por la práctica histórica del capital, pues como bien sabemos el modelo del “hombre activo” de la civilización bajo la figura del individualista posesivo-racional, que en la búsqueda de su interés propio fomenta de manera automática y espontánea el bienestar público, no es más que la búsqueda retórica de legitimación de un orden indefendible desde el plano ético. Un discurso que pretende ser ético cuando la realidad histórica del capitalismo demuestra lo contrario, pues los resultados concretos del capitalismo que pretende un “libre mercado” muestran en realidad estructuras monopólicas y oligárquicas, el “libre mercado” es sólo aparente pues es la época del férreo control económico que tiene como su lubricante al poder político, es a lo que Ulrich Beck ha llamado acertadamente “subpolítica”.5 

La importancia de Mandeville consiste en haber marcado el surgimiento definitivo en el pensamiento moderno de las ideas de la evolución, la formación espontánea de un orden, concepciones que no eran nuevas en la filosofía; sin embargo, fue nuestro pensador quien les da su pronunciamiento específico, en un momento crucial de la historia del pensamiento filosófico, en donde el racionalismo del siglo XVII había ocultado el avance logrado previamente en esta dirección, como lo llega a afirmar Friedrick Hayek en su estudio sobre Mandeville.6 Nuestro pensador, fue el primero en defender sistemáticamente la teoría del laissez-faire, 7 la evolución espontánea de las sociedades y del mercado; se caracteriza por ser uno de los promotores del desarrollo del utilitarismo moderno y del comercio a larga distancia entre naciones; establece por primera vez la teoría de la división del trabajo,8 es defensor del lujo y su necesidad, lo que lo hace enfrentarse a la moralidad ascética de su época.9 Además, su pensamiento podría asociarse con lo que actualmente se conoce como “teoría de juegos de suma cero”,10 que defiende un concepto de racionalidad basado en la “eficiencia instrumental”, la cual se cumple cuando en un sistema formado por dos jugadores la ganancia de uno implica la pérdida del otro. Dicha teoría tiene implicaciones políticas y sociales al justificar como necesario la existencia de perdedores. En el plano epistemológico, Mandeville es un empirista que no cree en la existencia de ideas innatas, considera al entendimiento como una especie de tabla rasa,11 lo cual lo hace emparentarse con las ideas de Locke y Hume, es un crítico de los filósofos racionalistas como Descartes, no cree en la posibilidad de juicio a priori, sino sólo aquellos producidos por la experiencia y cuyo hábito permite que se implanten como imágenes en la conciencia. 

Asimismo descubre cómo a lo largo de la evolución de las sociedades se logra la incorporación de la obligatoriedad social en los individuos, gracias a la mo una absoluta negación del yo. La virtud es cualquier acto por el cual el hombre va en contra de sus impulsos naturales o logra dominar sus propias pasiones. La adopción de dicho concepto es un mero recurso satírico, es decir, lo emplea para demostrarle a sus críticos que aquellos actos humanos considerados virtuosos no cumplen con el concepto rigorista de virtud y pueden ser considerados formas del “amor propio” o del egoísmo. Este filósofo no cree que sea posible la abnegación o el ir en contra de las pasiones a través de la razón o mediante la fuerza de la religión, pues tendría que dejar de ser hombre para lograrlo. Es curioso ver como el rigorismo del concepto de virtud adoptado por este autor, lleva a sus críticos rigoristas a ablandar su postura y aceptar criterios un poco más utilitaristas como móviles de la acción humana. De hecho, el mismo Adam Smith reconoce verdaderas las afirmaciones del autor de La fábula de las abejas en torno a las intenciones utilitaristas de los sujetos en el mundo burgués. La prueba de que Mandeville toca verdades en el desenmascaramiento de las intenciones de las acciones humanas, fue la molestia que causó a sus contemporáneos rigoristas defensores de la reforma de las costumbres en Inglaterra durante el siglo XVIII.

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http://www.scielo.org.mx/pdf/enclav/v1n1/v1n1a2.pdf


lunes, 21 de marzo de 2022

 

E. Roy Weintraub
The Concise Encyclopedia of Economics

Neoclassical Economics

by E. Roy Weintraub
About the Author


Economists publicly disagree with each other so often that they are easy targets for standup comedians. Yet noneconomists may not realize that the disagreements are mostly over the details—the way in which the big picture is to be focused on the small screen. When it comes to broad economic theory, most economists agree. President Richard Nixon, defending deficit spending against the conservative charge that it was "Keynesian," is reported to have replied, "We're all Keynesians now." In fact, what he should have said is "We're all neoclassicals now, even the Keynesians," because what is taught to students, what is mainstream economics today, is neoclassical economics.

By the middle of the nineteenth century, English-speaking economists generally shared a perspective on value theory and distribution theory. The value of a bushel of corn, for example, was thought to depend on the costs involved in producing that bushel. The output or product of an economy was thought to be divided or distributed among the different social groups in accord with the costs borne by those groups in producing the output. This, roughly, was the "Classical Theory" developed by Adam SmithDavid RicardoThomas Robert MalthusJohn Stuart Mill, and Karl Marx.

But there were difficulties in this approach. Chief among them was that prices in the market did not necessarily reflect the "value" so defined, for people were often willing to pay more than an object was "worth." The classical "substance" theories of value, which took value to be a property inherent in an object, gradually gave way to a perspective in which value was associated with the relationship between the object and the person obtaining the object. Several economists in different places at about the same time (the 1870s and 1880s) began to base value on the relationship between costs of production and "subjective elements," later called "supply" and "demand." This came to be known as the Marginal Revolution in economics, and the overarching theory that developed from these ideas came to be called neoclassical economics. (The first to use the term "neoclassical economics" seems to have been the American economist Thorstein Veblen.)

The framework of neoclassical economics is easily summarized. Buyers attempt to maximize their gains from getting goods, and they do this by increasing their purchases of a good until what they gain from an extra unit is just balanced by what they have to give up to obtain it. In this way they maximize "utility"—the satisfaction associated with the consumption of goods and services. Likewise, individuals provide labor to firms that wish to employ them, by balancing the gains from offering the marginal unit of their services (the wage they would receive) with the disutility of labor itself—the loss of leisure. Individuals make choices at the margin. This results in a theory of demand for goods, and supply of productive factors.

Similarly, producers attempt to produce units of a good so that the cost of producing the incremental or marginal unit is just balanced by the revenue it generates. In this way they maximize profits. Firms also hire employees up to the point that the cost of the additional hire is just balanced by the value of output that the additional employee would produce.

The neoclassical vision thus involves economic "agents," be they households or firms, optimizing (doing as well as they can), subject to all relevant constraints. Value is linked to unlimited desires and wants colliding with constraints, or scarcity. The tensions, the decision problems, are worked out in markets. Prices are the signals that tell households and firms whether their conflicting desires can be reconciled.

At some price of cars, for example, I want to buy a new car. At that same price others may also want to buy cars. But manufacturers may not want to produce as many cars as we all want. Our frustration may lead us to "bid up" the price of cars, eliminating some potential buyers and encouraging some marginal producers. As the price changes, the imbalance between buy orders and sell orders is reduced. This is how optimization under constraint and market interdependence lead to an economic equilibrium. This is the neoclassical vision.

Neoclassical economics is what is called a metatheory. That is, it is a set of implicit rules or understandings for constructing satisfactory economic theories. It is a scientific research program that generates economic theories. Its fundamental assumptions are not open to discussion in that they define the shared understandings of those who call themselves neoclassical economists, or economists without any adjective. Those fundamental assumptions include the following:

    1. People have rational preferences among outcomes. 2. Individuals maximize utility and firms maximize profits. 3. People act independently on the basis of full and relevant information.

Theories based on, or guided by, these assumptions are neoclassical theories.

Thus, we can speak of a neoclassical theory of profits, or employment, or growth, or money. We can create neoclassical production relationships between inputs and outputs, or neoclassical theories of marriage and divorce and the spacing of births. Consider layoffs, for example. A theory which assumes that a firm's layoff decisions are based on a balance between the benefits of laying off an additional worker and the costs associated with that action will be a neoclassical theory. A theory that explains the layoff decision by the changing tastes of managers for employees with particular characteristics will not be a neoclassical theory.

What can be contrasted to neoclassical economics? Some have argued that there are several schools of thought in present-day economics. They identify (neo-)Marxian economics(neo-)Austrian economicspost-Keynesian economics, or (neo-)institutional economics as alternative metatheoretical frameworks for constructing economic theories. To be sure, societies and journals promulgate the ideas associated with these perspectives. Some of these schools have had insights that neoclassical economists have learned from; the Austrian insights on entrepreneurship are one example. But to the extent these schools reject the core building blocks of neoclassical economics—as Austrians reject optimization, for example—they are regarded by mainstream neoclassical economists as defenders of lost causes or as kooks, misguided critics, and antiscientific oddballs. The status of non-neoclassical economists in the economics departments in English-speaking universities is similar to that of flat-earthers in geography departments: it is safer to voice such opinions after one has tenure, if at all.

One specific attempt to discredit neoclassical economics developed from British economist Joan Robinson and her colleagues and students at Cambridge in the late fifties and early sixties. The so-called Two Cambridges Capital Controversy was ostensibly about the implications, and limitations, of Paul Samuelson and Robert Solow's aggregating "capital" and treating the aggregate as an input in a production function. However, this controversy really was rooted in a clash of visions about what would constitute an "acceptable" theory of the distribution of income. What became the post-Keynesian position was that the distribution of income was "best" explained by power differences among workers and capitalists, while the neoclassical explanation was developed from a market theory of factor prices. Eventually the controversy was not so much settled as laid aside, as neoclassical economics became mainstream economics.

How did such an orthodoxy come to prevail? In brief, the success of neoclassical economics is connected to the "scientificization" or "mathematization" of economics in the twentieth century. It is important to recognize that a number of the early Marginalists, economists like William Stanley Jevons and F. Y. Edgeworth in England, Leon Walras in Lausanne, and Irving Fisher in the United States, wanted to legitimize economics among the scholarly disciplines. The times were optimistic about a future linked to the successes of technology. Progress would be assured in a society that used the best scientific knowledge. Social goals would be attainable if scientific principles could organize social agendas. Scientific socialism and scientific management were phrases that flowed easily from the pens of social theorists.

Neoclassical economics conceptualized the agents, households and firms, as rational actors. Agents were modeled as optimizers who were led to "better" outcomes. The resulting equilibrium was "best" in the sense that any other allocation of goods and services would leave someone worse off. Thus, the social system in the neoclassical vision was free of unresolvable conflict. The very term "social system" is a measure of the success of neoclassical economics, for the idea of a system, with its interacting components, its variables and parameters and constraints, is the language of mid-nineteenth-century physics. This field of rational mechanics was the model for the neoclassical framework. Agents were like atoms; utility was like energy; utility maximization was like the minimization of potential energy, and so forth. In this way was the rhetoric of successful science linked to the neoclassical theory, and in this way economics became linked to science itself. Whether this linkage was planned by the early Marginalists, or rather was a feature of the public success of science itself, is less important than the implications of that linkage. For once neoclassical economics was associated with scientific economics, to challenge the neoclassical approach was to seem to challenge science and progress and modernity.

The value of neoclassical economics can be assessed in the collection of truths to which we are led by its light. The kinds of truths about incentives—about prices and information, about the interrelatedness of decisions and the unintended consequences of choices—are all well developed in neoclassical theories, as is a self-consciousness about the use of evidence. In planning for future electricity needs in my state, for example, the Public Utilities Commission develops a (neoclassical) demand forecast, joins it to a (neoclassical) cost analysis of generation facilities of various sizes and types (e.g., an 800-megawatt low-sulfur coal plant), and develops a least-cost system growth plan and a (neoclassical) pricing strategy for implementing that plan. Those on all sides of the issues, from industry to municipalities, from electric companies to environmental groups, all speak the same language of demand elasticities and cost minimization, of marginal costs and rates of return. The rules of theory development and assessment are clear in neoclassical economics, and that clarity is taken to be beneficial to the community of economists. The scientificness of neoclassical economics, on this view, is not its weakness but its strength.

About the Author

E. Roy Weintraub is an economics professor at Duke University and associate editor of History of Political Economy.

Further Reading

Becker, Gary. The Economic Approach to Human Behavior. 1976.

Dow, Sheila. Macroeconomic Thought: A Methodological Approach. 1985.

Mirowski, Philip. More Heat Than Light. 1989.

Weintraub, E. Roy. General Equilibrium Analysis: Studies in Appraisal. 1985


Premio Nobel de Economía 2018: Sobre las Contribuciones de Paul Romer

 

Premio Nobel de Economía 2018: Sobre las Contribuciones de Paul Romer

William Nordhaus y Paul Romer fueron galardonados con el Premio Sveriges Riksbanck en Ciencias Económicas 2018 (el cual coloquialmente llamamos Nobel de Economía). En su comunicado, el comité especifica que les fue otorgado para “premiar el diseño de modelos y métodos para estudiar algunas de las mas fundamentales …. preguntas de nuestro tiempo, como el desarrollo de largo plazo de la economía global y el bienestar de sus ciudadanos” (ver acá).

No creo ser el único que se ha sorprendido por que se haya decidido otorgarle el premio a dos académicos que estudiaron temas un tanto inconexos. El comité tiene un argumento basado en la existencia de una “piedra angular” común que es más o menos así: “… las contribuciones de ambos premiados comparten un punto de partida común en el modelo neoclásico de crecimiento por el cual Robert Solow fue premiado con el Nobel de Economía en 1987” (para un detallado análisis, ver acá). Dado el estado actual de la profesión y la academia, tanto el argumento para otorgárselos y esta relación resultan al menos un tanto vago. Pero bueno, veamos que podemos entender de las contribuciones de Paul Romer.

Los que hemos enseñado durante algún tiempo temas vinculados a crecimiento económico, explicamos el nacimiento de la literatura sobre “crecimiento endógeno” mas o menos de la siguiente manera. A fines de los ’80, hubo un explosivo resurgimiento del interés por estudiar con mayor intensidad modelos de crecimiento económico de largo plazo y no ya solo modelos de ciclos económicos de corto plazo. Esto es, si los gobiernos deben intervenir en la economía, los esfuerzos podrían estar no solo orientados a atenuar fluctuaciones de las variables agregadas (consumo, ingreso, etc.) sino también a determinar medidas orientadas a lograr un mayor y sostenido desarrollo económico. Esto último estaba cercanamente vinculado a diseñar e implementar políticas para que, en general, las economías crezcan mas. Es muy difícil no mencionar aquí uno de los párrafos, que a mi entender, ilustra el mencionado entusiasmo (escrito por uno de los economistas mas brillantes de nuestra era):

“Is there some action a government of India could take that would lead the Indian economy to grow like Indonesia’s or Egypt’s? If so, what, exactly? If not, what is it about the ‘nature of India’ makes it so? The consequences for human welfare involved in questions like these are simply staggering. Once one starts to think about them, it is hard to think about anything else.”

R.E. Lucas, Jr, “On the mechanics of economic development” (1988)

Ahora bien, los modelos tradicionales de crecimiento que se utilizaban para estudiar distintas preguntas básicas sobre el tema estaban basados en la pionera contribución de Solow y sus extensiones (Cass-Koopmans, etc.). Así, el modelo neoclásico de crecimiento tiene como uno de sus ingredientes fundamentales a una tecnología de producción con rendimientos a escala constantes. Esto significa que si la economía dobla la cantidad de factores de producción, la cantidad producida se multiplica por dos. Estos modelos estaban diseñados de tal manera que la única fuente de crecimiento económico sostenido de largo plazo era la tasa del aumento de la productividad del factor trabajo (ampliamente definido). De no ser así, los rendimientos decrecientes del capital (nuevamente, ampliamente definido) agotarían en el largo plazo las fuentes del crecimiento endógenas.

En estos modelos, se supone que  la tecnología para transformar factores de producción está representada por una función de producción

Yt = F( K, At L)

donde Yt, K y Lt representan las cantidades en el momento t de producto, de capital y horas de trabajo, respectivamente. La función F(.), que transforma factores de producción en bienes, satisface r Yt = F( r K,  r At L) para cualquier r > 0 (i.e. es homogénea de grado 1 representando los rendimiento constantes a escala). Otro factor crítico es la existencia de rendimiento marginales decrecientes de los factores, en particular del capital, donde su productividad se acerca mas y mas a 0 cuando el stock de capital agregado acumulado en la economía se vuelve mas y mas grande (i.e. FK → 0 cuando K→∞).

El elemento clave para explicar crecimiento de largo plazo es At, que representa el factor tecnológico que transforma horas trabajadas, Lt, en unidades efectivas de trabajo, Et = AtLt. La determinación de A y su evolución en el tiempo es el factor crítico para explicar el crecimiento económico de largo plazo. En este sentido, estos modelos de crecimiento exógeno suponían que, precisamente, At crece exógenamente a la tasa g; esto es, At = (1+g) At-1. Esto lo podemos reinterpretar así: el stock de tecnología que determina la productividad del trabajo utiliza como único input la tecnología pre-existente para producir el stock de tecnología actual. Muy importante para nuestra discusión es que ningún ingrediente en la producción de esta tecnología depende de las decisiones de los agentes económicos en el modelo; es decir, las fuentes del crecimiento son exógenas.

Desde el pionero trabajo de Solow, los modelos de crecimiento exógeno evolucionaron en diferentes dimensiones para explicar el impacto sobre las variables agregadas y su distribución (consumo, ingreso, etc.) de la transición hacia una senda de crecimiento de largo plazo determinado por g. Por lo tanto, no explicaban el crecimiento de largo plazo sino que lo tomaban como dado para estudiar sus implicancias.

Una fracción de la literatura que comenzó a estudiar la determinación endógena de la tasa de crecimiento planteó investigar que factores determinados por decisiones de los agentes económicos (esto es, endógenamente) podían afectar el nivel de At y su evolución.

  1. Romer I: “Increasing Returns and Long-Run Growth” (1986)

El primer trabajo de Romer que causó un impacto importante en la profesión se publicó en 1986 y fue parte de su tesis doctoral en la Universidad de Chicago, donde precisamente Robert Lucas Jr. estaba estudiando temas relacionados. Menciono esto último porque, al menos para mi, la relación entre las estrategias  de Romer y de Lucas para estudiar la determinación de la tasa de crecimiento endógenamente están claramente relacionadas.

Para el propósito de esta breve nota, lo voy a presentar de una manera simplificada. Imaginemos que el parámetro que transforma horas de trabajo en unidades efectivas de trabajo, At, se “construye” con una tecnología como la siguiente:

At = KtHt1-e

donde el nuevo ingrediente Ht denota el stock de capital humano acumulado al momento t, y el parámetro tecnológico e está entre 0 y 1.

El objetivo de Romer era estudiar el proceso de acumulación de conocimiento. Su estrategia inicial (luego estudiada mas rigurosamente en sus trabajos posteriores, como lo veremos a continuación) fue suponer que el stock de conocimiento y su evolución era una consecuencia de la acumulación de capital físico, una suerte de learning-by-doing a la Arrow (1962a) que ya había sido incorporado en el modelos de crecimiento y acumulación por Shell (1973). Un aspecto fundamental de la teoría de Romer era que el stock de capital K relevante para la formulación anterior era la cantidad acumulada a nivel agregado, mientras que las firmas individuales tomaban sus decisiones de inversión tomando dicho valor como dado; esto es, no internalizaban el impacto agregado de sus decisiones individuales de acumulación. El conocimiento en este contexto, por lo tanto, tiene las características de los bienes públicos: 1. No-rivalidad en su utilización; 2. No-exclusión. En el caso que sigue, esto último no será así.

Si en la formulación anterior suponemos que e = 1, a nivel individual las firmas enfrentan rendimientos constantes a escala pero a nivel agregado los rendimientos de equilibrio son crecientes. Esto es, en equilibrio

Yt = F( K, Kt L) = Kt  F( 1 , L),

Esto le permitió a Romer eludir los rendimientos marginales decrecientes del capital a nivel agregado pero manteniendo el análisis con mercados competitivos.

Naturalmente, la presencia de esta externalidad implica que la producción privada es ineficiente, dado que al no internalizar el beneficio marginal extra en el stock de conocimiento, el stock de capital agregado resultante es mas bajo que el óptimo. Esta situación genera un margen para intervenir. Por ejemplo, la asignación eficiente se puede descentralizar a través de subsidios a la acumulación de bienes de capital o a la producción. Estos subsidios funcionan porque elevan la tasa de retorno de la inversión y así eliminan la brecha entre el retorno social y el privado.

Para completar el análisis de esta sección, y por una cuestión de preferencias personales, entiendo que es oportuno entender la diferencia entre el modelo de Romer (1986) y el modelo con capital humano presentado en Lucas (1988). Este último en una versión sin externalidades,[1] se puede reinterpretar poniendo e = 1. En equilibrio tenemos que

Yt = F( K, Ht L) = Ht  F( zt , L)

donde zt = Kt/Ht. En el largo plazo, zt = z*, Lt = L* y la economía crece a la tasa constante a la que crece el stock de capital humano.[2]

En este sentido, Romer (1986) haya difícilmente influido fundamentalmente en como interpretar el motor de crecimiento moderno en la práctica. Sin embargo, fue en alguna medida un punto de partida para analizar modelos con progreso tecnológico endógeno  mas elaborados, como el mencionado de Lucas (que si tuvo un fuerte impacto en lo que respecta a su evaluación empírica) y el que discutiremos a continuación de Romer.

  1. Romer II: Endogenous technological change (1987, 1990)

Inspirado en el trabajo de Arrow (1962b), Romer encaró la cuestión de la generación endógena de crecimiento de largo plazo de una manera alternativa. El argumento central es que el proceso de producción de conocimiento, y así nuevas tecnologías, insume recursos. Los descubrimientos dependen en parte de investigaciones deliberadas (R&D). Ahora bien, el modelo neoclásico en un marco plenamente competitivo implica que los beneficios de producción de equilibrio son 0. Pero esto impediría compensar a los innovadores que han utilizado recursos para desarrollar conocimientos y nuevas tecnologías. En el contexto de esta no convexidad (generada por un costo fijo inicial), una teoría descentralizada del proceso de producción de  tecnologías requería cambios que implican, entre otras cosas, la nada trivial tarea de  incorporar estructura de mercados que impliquen competencia imperfecta.

Como hemos dicho, la teoría que plantea Romer sobre el proceso de creación de conocimiento tiene su origen en el trabajo de Arrow (1962b). El conocimiento presenta ingredientes muy peculiares que lo acercan a un bien público. Por un lado, la utilización por parte de un agente no impide la utilización por parte de otros; esta no-rivalidad en su utilización implica que su costo marginal es cero. Por otro lado, una cuestión delicada es la exclusión en su uso. Sin ninguna intervención ni regulación, puede resultar difícil excluir a alguien de la utilización de una idea. Esta es la tensión tradicional que surge en la provisión privada de un bien con características de bien publico. La exclusión requeriría otorgar ciertos derechos monopólicos con sus consecuentes efectos asignativos negativos. La no exclusión desalentaría la inversión en el proceso de desarrollo de ideas y conocimiento.

Romer (1990) propone estudiar un contexto donde las firmas innovadoras pueden impedir el acceso al uso de la tecnología desarrollada, otorgándoles cierto poder de mercado. En un caso extremo, estos mantienen un poder monopólico sobre el uso de idea desarrollada, y en un caso mas extremo aun ese poder monopólico es para siempre. Esto permite remunerar su actividad creativa previa al proceso de producción, al costo social de cobrar un precio ineficientemente alto por encima del costo marginal.

La idea básica del modelo de Romer es que se crean endógenamente variedades de productos de la siguiente manera (en una versión aquí simplifica): la tecnología para producir bienes finales de consumo es

Yt = (Lt)a ∑i=1N (xi,t)1-a = (Lt)a N x*

donde xi,t es la cantidad de bien intermedio de producción i utilizada en el periodo t y 0 < a <1. Supondremos un contexto simétrico en el cual el precio fijado por un monopolista que produce el bien intermedio i, pi,t, resulta en una elección optima xi,t = x*. N aquí denota la cantidad de variedades, una variable crucial en el funcionamiento del modelo.

Como se determina su evolución? Por un lado, al haber libre acceso al sector de producción de ideas pagando un costo fijo, la tasa de interés de equilibrio es la que iguala los beneficios monopólicos descontados al costo de crear una nueva variedad/tecnología. Esta tasa determina el flujo de ahorro de los consumidores, los cuales se canalizan a financiar nuevos proyectos de inversión en desarrollo de nuevas ideas. De esta manera se determina la tasa de crecimiento de largo plazo endógenamente.

El modelo tiene predicciones testeables sobre qué factores afectan tanto al proceso de producción de nuevas tecnologías como al proceso de crecimiento en el largo plazo. De hecho, Romer (1990) en particular y la literatura con este enfoque sobre la generación de progreso tecnológico endógeno vía innovación en general (Grossman y Helpman, 1991), han tenido un impacto importante en la determinación de políticas orientadas a alentar el crecimiento. Por ejemplo, el hecho que la provisión privada de conocimiento sea ineficiente, generó un intenso debate sobre el diseño óptimo tanto de patentes como también de subsidios a R&D que permitan a los innovadores capturar ciertas rentas de sus invenciones pero teniendo en cuenta las distorsiones mencionadas.[3] El impacto de esta literatura ha ido mucho mas allá de hecho: modelos con estas características se han usado para entender mejor las consecuencias del comercio internacional, la relación entre la innovación y el desempleo, o las dinámicas de creación y destrucción de empresas, etc. Indudablemente las contribuciones de Romer cumplieron un rol fundamental en esta literatura.

 

 

 

Referencias

 

ARROW, K. J. (1962a). “The economic implications of learning by doing”, Review of Economic Studies, vol. 29.

 

ARROW, K. J. (1962b). “Economic Welfare and the Allocation of Resources for Invention”, in The Rate and Direction of Inventive Activity: Economic and Social Factors, Princeton University Press.

 

BOLDRIN, M. & LEVINE, D. K., 2008. «Perfectly competitive innovation,» Journal of Monetary Economics, Elsevier, vol. 55(3).

 

GROSSMAN, G. M. and HELPMAN, E. (1991). Innovation and Growth in the Global Economy, Cambridge University Press.

 

LUCAS, R. E. Jr (1988). “On the mechanics of economic development”, Journal of Monetary Economics, vol. 22.

 

ROMER, E M. (1986). “Increasing returns and long run growth”, Journal of Political Economy, vol. 94.

 

ROMER, E M. (1987). “Growth Based on Increasing Returns Due to Specialization”, American Economic Review, Papers and Proceedings, 77(2), 56-62.

 

ROMER, P. M. (1990). “Endogenous technical change”, Journal of Political Economy, vol. 98.

SHELL, K. (1967), “A Model of Inventive Activity and Capital Accumula- tion” in K. Shell (ed.), Essays on the Theory of Optimal Economic Growth, Cambridge, Mass.: MIT Press, 67-85.

ROBERT M. SOLOW (1956). “A Contribution to the Theory of Economic Growth”, The Quarterly Journal of Economics, Vol. 70.

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Decálogo de un economista escéptico

 

Decálogo de un economista escéptico

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“Un escéptico, alguien que haría mejor las cosas si solo supiera cómo hacerlas.”

– Michael Oakeshott

Uno. La mezquindad humana es inmodificable; la convivencia entre egoísmos, problemática. De allí las dificultades del cambio social. De allí también la necesidad de una resignación compasiva (o de una compasión resignada) a la hora de juzgar muchas empresas humanas.

Dos. Los ideólogos de izquierda desconocen el progreso social; los de derecha, el avance moral. Unos y otros son inmunes a los datos. Pero vale la pena enseñárselos de vez en cuando (con alardes positivistas, por supuesto), así solo sea con el motivo perverso de hacerlos rabiar.

Tres. Los gobiernos no siempre controlan las principales variables económicas. “Los políticos están a cargo de una economía moderna –dice el economista Paul Seabright– del mismo modo en que un marinero está a cargo de un pequeño navío en una gran tormenta: su influencia sobre el curso de los hechos es poca en comparación con la influencia de la tormenta que los rodea. Nosotros, sus pasajeros, fincamos todas nuestras esperanzas y temores en ellos, y expresamos una profunda gratitud si llegamos a buen puerto, pero solo porque no tiene sentido agradecerle a la tormenta”.

Cuatro. La economía depende de las decisiones diarias de millones de personas. Los economistas podemos medir con exactitud los resultados de las decisiones descentralizadas (la desigualdad, el desempleo, etc.) y podemos también estudiar sus determinantes con pretensiones científicas, pero no podemos modificarlos a nuestro antojo. Algunas metas de los planes de desarrollo presuponen erróneamente que el gobierno controla la economía del mismo modo en que un jefe de planta controla la producción de una fábrica.

Cinco. La regeneración social no depende del Estado.

Seis. El cambio social no depende de la buena voluntad de unos cuantos héroes altruistas o misioneros sociales: Bono, Yunus, Sachs y similares.

Siete. Las «musculosas capacidades de la política» son una ilusión.

Ocho. Muchas tendencias sociales son irreversibles. La familia está desapareciendo lentamente, con consecuencias inquietantes. Pero no hay mucho que podamos hacer al respecto más allá de identificar las causas del problema.

Nueve. Las capacidades estatales se construyen gradualmente, poco a poco. Entre el “comuníquese” y el “cúmplase” pueden pasar años.

Diez. Las constituciones modernas prometen en general más de lo que pueden cumplir. La institucionalización de la demagogia caracteriza a muchas democracias occidentales.

(Publicado previamente en El Malpensante, no. 125, noviembre de 2011)

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