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domingo, 16 de julio de 2017

¿El que se le otorgue el Premio Nobel a la economía, a diferencia de la Ingeniería, es un argumento suficientemente lógico para afirmar que es una ciencia como las demás?


No. No es un buen argumento lógico[1]. Porque el argumento (del título) parte de una premisa[2]falsa: No existe un Premio Nobel para la economía. El ampliamente pregonado “Premio Nobel de Economía” no es un verdadero Premio Nobel.  Es un premio en Ciencias Económicas -en memoria de Alfred Nobel- y, está basado en una donación de Sveriges Riksbank (banco central sueco) a la fundación Nobel en 1968, con motivo del 300 aniversario del banco. Lo que el Banco de Suecia hizo fue similar a una infracción contra una marca registrada, lo que significa un inaceptable robo a los verdaderos Premios Nobel. 
La historia cuenta que cuando Alfred Nobel (1833 -1896) dejó como legado destinar su fortuna a premiar aquellos campos que hacían mejor al ser humano, jamás pensó en la EconomíaEl mal llamado Nobel de Economía no formaba parte de la nómina de aquellos rubros que, originalmente, estaban nombrados en el testamento de Alfred Nobel: de acuerdo con algunos historiadores, él no simpatizaba con la economía ni con las finanzas
En el Premio Sveriges Riksbank, cuyo verdadero nombre es Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel, tampoco se menciona (en singular) a  la  Ciencia Económica.  

El segundo año en que se concede el Premio de Economía fue la primera vez que se otorga a una sola persona -- Paul Samuelson --, descrito en palabras de un jubiloso editorial del New York Times como el mayor teórico económico puro del mundo". 
Paul Samuelson (el más conocido de los economistas norteamericanos), fue el primer galardonado con el Premio establecido en 1970  por el Banco de Suecia en honor de Alfred Nobel). Dicho galardónprovocó una mordaz crítica El artículo se titulaba ¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?). Esta crítica resume la reacción en aquel entonces y fue publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonwea[3].  
El error no es por tanto de Samuelson, sino de su disciplina. Hasta que haya acuerdo sobre lo que es o debería ser economía, resulta tan estéril conceder un premio a la buena economía como entregárselo a un ingeniero que diseñara una maravillosa máquina que no pudiera construirse o cuya finalidad quedaría sin explicación. El premio debe así recaer en aquellos aún perdidos en los pasillos de marfil del pasado, reforzando la economía del equilibrio general del mismo modo que no gozará del favor de quienes se esfuerzan por devolver la materia a ese pedestal suyo de la política económica por largo tiempo perdido.
Dos tercios de esos premios fueron a economistas de Estados Unidos, a gente que especula en mercados de valores. Éstos no tienen nada que ver con el objetivo de Alfred Nobel de mejorar la condición humana y de propiciar nuestra supervivencia, ellos son exactamente lo opuesto".Estas palabras, pronunciadas por Peter Nobel durante una entrevista con la economista estadounidense Hazel Henderson, concentran el sentir de todos los opositores al Premio del Banco de Suecia. La propia página web de la Fundación Nobel distingue entre los galardones con pedigrí, es decir, los elegidos por su fundador y por tanto los únicos dignos de llevar su apellido; y el Premio en Ciencias Económicas, término que utiliza la Fundación para referirse al falso Nobel. Pero esto no evita la confusión, ni impide que, de facto, se eleve a la Economía al Olimpo creado por el inventor de la dinamita para la Medicina, la Fisiología, la Literatura, la Paz, la Química y la Física.

Pero, la economía, como ciencia, escribe Alberto Acosta, ha tenido y tiene una vida atribulada. A lo largo de su historia se han sucedido diversas teorías, como parte de un proceso complejo, para nada absoluto ni continuo. En este empeño, sin posibilidad de avances mecanicistas o de espacios para un predominio monopólico por parte de alguna teoría, se han propuesto diversos nombres para definir a la economía y se han escogido muchos calificativos para distinguirla de las otras ciencias, más allá de sus múltiples escuelas. Esto expresa la compleja búsqueda de identidad y legitimidad de una ciencia permanentemente en ciernes... Sus alcances, por igual, han sido tema de discusiones recurrentes.


Y –aunque se le hubiere otorgado alguna vez el verdadero «Premio Nobel» (a la economía) –, tampoco (este solo hecho validaría su estatus científico como las demás ciencias naturales tal como veremos en la conclusión líneas abajo cuando el ministerio francés de investigación reunió en 1992 a varios pensadores provenientes de diversas corrientes de la economía para que compararan el estado de la ciencia económica con el de las ciencias 'duras'.  Ver: estatus epistemológico específico para las ciencias sociales.

El reclamo de un estatus especial para las teorías pertenecientes a las ciencias sociales es tradicional, escribe Eduardo R. Scarano:

“Generalmente se originan en posiciones filosóficas muy específicas o en concepciones que no reivindican el conocimiento científico como paradigma de racionalidad… Lo novedoso e interesante del reclamo de un estatus especial para las ciencias sociales… consiste en que se realiza sin objetar ese paradigma. Así, la economía es plenamente una ciencia como se entiende en el marco de la epistemología anglosajona contemporánea. Incluso la reivindicación del estatus especial se realiza sin necesariamente negar el monismo metodológico… El punto de vista que intentamos Continua) sostener es que aunque reconozcamos que la teoría neoclásica es la teoría más amplia, profunda, explicativa y predictiva que se ha construido, sin embargo, su mejor defensa no es la de quienes lo hacen sobre la base de abandonar el principio de la competencia entre teorías. Las consecuencias que se derivan de esta actitud son de largo alcance –nos restringiremos a las epistemológicas-, por ejemplo, se elimina el principio de la proliferación de teorías; el objetivo principal del conocimiento científico deja de ser el aumento del conocimiento; implícitamente al menos se abandona el realismo. Se erige en principio máximo un principio absolutamente conservador: aferrarse a la teoría prevaleciente y formular una epistemología que se adapte  a su defensa. El principio implícito es el siguiente: si una teoría está vigente entonces es válida y se debe construir una metodología que la recoja. Ahora bien, la principal defensa de este tipo de instrumentalismo es la capacidad predictiva de una teoría. A pesar de los esfuerzos de Friedman el problema de los economistas consiste en la poca capacidad predictiva de la economía y de la aparente imposibilidad de sobrepasar las predicciones genéricas. Justamente hay que discutir aquello que Friedman da por hecho, la capacidad predictiva de la economía...”

El examen de los patrones sobre los cuales se debía construir la economía según Lionel Robbins (que optimista comparaba la solidez de la economía con la de las teorías físicas), es lo explicó en un ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica[4]. El objeto de este ensayo es exponer la naturaleza y la significación de la Ciencia Económica. Su primera tarea es, pues, delimitar el contenido de la Ciencia Económica, ofrecer una definición útil de lo que trata la Economía.  

Los mayores errores. A esta polémica se une el elevado número de economistas estadounidenses premiados por la Academia Suecala inmensa mayoría de ellos seguidores del neoriberalismo que tan bien encarna la Universidad de Chicago. De hecho, este centro acumula el mayor número de premios Nobel de Economía del mundo, con un total de 10. Más controvertido es justificar el premio concedido en 1997 a Robert C. Merton y Myron S. Scholes, por el nuevo método que desarrollaron para calcular el valor de los derivados. Éste fue puesto en práctica en el hedge fund Long Term Capital Management (LTCM), co-fundado por los dos premiados, que apenas un año después quebró y desató tal cataclismo financiero que la Reserva Federal tuvo que salir al rescate. Estos ejemplos han llevado a los opositores al Premio del Banco de Suecia a pedir su abolición o, al menos, a exigir que se modifiquen los criterios de selección del ganador, con el objetivo de dirigirlos hacia descubrimientos que, realmente, ayuden a mejorar la sociedad. Como el Grameen Bank, creado por el economista bengalí Muhammad Yunus y dedicado a conceder microcréditos a los pobres. Esta labor, efectivamente, fue merecedora de un Nobel en 2006, el de la Paz. Ese mismo año, Edmund Phelps, de la Universidad de Columbia, fue reconocido con el galardón en Economía por su trabajo en el que redefinía la tasa natural de desempleo. Cuando Hazel Henderson preguntó a Peter Nobel sobre estos dos galardones, el descendiente de Alfred Nobel respondió en referencia a Yunus: "Es la primera vez que un economista obtiene un Premio Nobel verdadero". Oliver Hart -de 68 años, nacido en Londres y nacionalizado estadounidense- y el finlandés Bengt Holmström -de 67, oriundo de Helsinski-, ganaron el Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel 2016 por "sus contribuciones a la teoría de los contratos".

La pretensión de que la Economía era una Ciencia nos hizo mucho daño, escribe David Anisi de la Universidad de Salamanca[5].

Sin embargo algunos economistas peruanos afirman categóricamente que la economía es una ciencia y niega la validez de “ciencias económicas” –tal como acostumbra sostener  arrogantemente el Dr. Adolfo Figueroa (ver video).

Samulson y Nordhaus, escribieron 1985:

“Una forma posible de describir leyes económicas… Es por medio de experimentos controlados… Los economistas [desafortunadamente]… no pueden realizar experimentos controlados como los químicos o los biólogos, porque no pueden controlar fácilmente los factores importantes. Como los astrónomos o los meteorólogos se deben contentar generalmente con observar.”

La economía no era considerada en general una ciencia experimental hasta fechas recientes. Actualmente, la mayoría de economistas aceptan que una teoría cuyas predicciones no son tan acertadas en la mayoría de las veces pero que, ahora que ya recibe apoyo del laboratorio experimental, merece ser al menos reconsiderada. Esto nos permite ubicar a decisores humanos en una situación análoga a la que dicha teoría describe y ver cómo se comportan.

Dentro de éste nuevo contexto, una argumentación más cercana a la realidad de acuerdo al avance de la economía que viene encaminándose gracias a la investigación experimental  que ha venido aumentando de modo importante y sostenido, bien podría argumentarse así:

La ciencia económica está permanentemente en ciernes y, buscando su rigor científico para determinar su identidad propia a través del laboratorio económicoAl menos, un ejemplo lo encontramos en el Premio -en memoria de Alfred Nobel-  concedido en 2002 otorgada a  Vernon Smith (el padre de los experimentos económicos sobre mercados).   

A propósito, la economía, en ciernes –Alberto Acosta escribe -, tironeada por las visiones de acumulación y maximización de los recursos disponibles, de un lado, y las visiones de la interacción entre seres humanos con su entorno social y ambiental, de otro, no termina de encontrar su identidad. 
Sin embargo, la “Economía” es una ciencia que ocupa un puesto imperial entre las ciencias sociales. Pero, paradójicamente la economía procura desligarse de ellas para aproximarse a las ciencias exactas y naturales. Asumiendo los retos propios de la complejidad del mundo y los actuales retos para la Humanidad. Esto expresa la compleja búsqueda de legitimidad de una ciencia permanentemente en ciernes.

Por la otra parte, en efecto no existe un Premio Nobel de Ingeniería, aunque debiera haberlo  escribe Robert Shiller:

Soy uno de los ganadores de este año del Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, por ello, agudamente consciente de la crítica a este galardón por quienes afirman que la economía –a diferencia de la química, la física o la medicina, para las cuales también se otorgan Premios Nobel– no es una ciencia. No existe un Premio Nobel de Ingeniería, aunque debiera haberlo. 
Es cierto modo, el Nobel de Química de este año se asemeja un poco a un Nobel de Ingeniería, porque fue otorgado a tres investigadores –Martin Karplus, Michael Levitt y Arieh Warshel– «por el desarrollo de modelos multiescala de sistemas químicos complejos» que subyacen a los programas informáticos que permiten que los equipos de resonancia magnética nuclear funcionen. Pero la Fundación Nobel está obligada a considerar una cantidad mucho mayor de ese tipo de material práctico y aplicado cuando evalúa el Premio de Economía[6].

A manera de conclusión:

Una buena pregunta la formuló el ministerio francés de investigación quien reunió en 1992 a varios pensadores provenientes de diversas corrientes de la economía para que compararan el estado de la ciencia económica con el de las ciencias 'duras'. La pregunta central era la siguiente: 

¿puede hoy la economía equipararse a las ciencias naturales (tanto en su metodología como en sus resultados)? 

Hubo una amplia gama de participantes y de enfoques. Neoclásicos importantes: Malinvaud, Hildebrand, Varian, Polemarchaquis, Kirman; heterodoxos de diversos matices y grados: Benetti y Cartelier (enfoque monetario), Dumenil, Levy, Foley (visión clásica), Boyer, Amable, Lordon (Escuela de la Regulación) y Robert Clower (antiguo impulsor de la teoría de los equilibrios no-walrasianos). Además, estaban bien representadas las técnicas auxiliares de la economía: la econometría (David Hendry) y lo mejor de la epistemología económica francesa (Brochier, Favereaud, Guesmerie, Walliser, Lantner).

Para el ponente Hal Varianla pregunta no es pertinente pues la economía debe equipararse más a la ingeniería que a la físicaEs más una metodología para la acción que una ciencia explicativa ("la teoría del equilibrio general es apenas una pequeña parte de la economía") y, por ende, es inútil hacerle las exigencias de las ciencias duras.

La idea común es que si los pensadores sociales ven a la economía como una ciencia es porque ésta ofrece una representación construida teóricamente de acuerdo con las exigencias formales (matematización y abstracción) del fenómeno social más esencial de la historia moderna: el mercado. Pero, construir esa representación científica ha sido el problema esencial de la ciencia económica, como evidencia el estudio de la teoría de los precios. Si la teoría walrasiana, en la formulación de Arrow y Debreu, es la referencia obligada, debería ser entonces el logro científico por excelencia de la economía después de que Adam Smith planteara la inquietud y las ideas principales para resolverla. 
Por tanto, la pregunta decisiva es: ¿se justifica otorgar al Equilibrio General walrasiano al menos el título de ciencia formal de los economistas?

Todos coinciden en responder que, justamente debido a la formalización, la economía ha hecho visible el fracaso para cumplir el reto esencial de su programa de investigación. La formalización no ha 'endurecido' la economía pero ha permitido reconocer que no puede ser una ciencia dura. No hay una teoría formal del mercado que sea aceptable, puesto que la mejor que hoy existe no cumple dos requisitos esenciales: dar cuenta del aspecto monetario de las relaciones económicas y establecer la lógica subyacente a la coordinación de los comportamientos descentralizados por parte del mercado.
En términos más claros, el equilibrio general es una teoría donde la realidad mercantil está ausente. Allí, "el mercado ideal se identifica con la ausencia del mercado" (Benetti y Cartelier) o, como dicen Clower y Howit: el hecho más extraño de la economía contemporánea (si estamos de acuerdo en que el problema de Adam Smith es el problema central de la economía) es la ausencia de una explicación intelectualmente satisfactoria del modo en que funciona la 'mano invisible' [...] En la teoría dominante (al crear una representación de lo virtual y no de lo real) el problema de Smith se descarta por hipótesis. ¿Por qué ese balance tan negativo? El modelo neoclásico tiene dos graves carencias: una teoría de las transacciones (los agentes no pueden comprar ni vender) y una teoría de la estabilidad (no se sabe cómo los individuos forman los precios ni como éstos convergen al equilibrio). Así, la economía dominante está obligada a basarse en los teoremas de existencia del equilibrio, que abusivamente se presentan como demostración de la coherencia de una sociedad comercial cuando apenas reflejan una correspondencia exclusivamente matemática y virtual.

En suma, el resultado es pesimista. Mientras los economistas se hacen cada vez más importantes (por la amplitud de los problemas que tratan y por el peso cada vez mayor de los fenómenos comerciales en el funcionamiento de las sociedades) se pone de presente esta profesión basa su éxito social en algo distinto a la solidez de la ciencia. Las vías de superación no son claras. Kirman propone unir el rigor a un sistema adaptativo complejo donde la idea misma de equilibrio pierda importancia; Benetti y Cartelier sugieren construir una visión monetaria del proceso económico; Dumenil, Levy, Amable, Boyer y Lordon buscan sentar las bases de una ciencia económica con una articulación flexible entre las partes sin pretender crear un todo coherente. Sin embargo, hay algo evidente. Mientras estos proyectos alternativos no den sus frutos, la mala teoría existente no será destronada porque los economistas también le tenemos horror al vacío.

Finalmente y, a manera de sustento, recordemos a Peter Nobel, uno de los herederos de Alfred Nobel. Él suscribió un artículo, publicado el 10 de diciembre 2004 en el diario sueco Dagens Nyheter, en contra de este galardón, cuyo verdadero nombre es Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel. El texto, firmado por el matemático Peter Jager, miembro de la Real Academia Sueca de Ciencias; el ex ministro de Medioambiente Mans Lorarrothy el economista y ex miembro del Parlamento sueco Johan Lonnroth, criticaba que entredicho. La elección de Finn E. Kydland y Edward C. Prescott ese mismo año 2004 destapó la caja de los truenos y empujó al citado grupo de economistas y matemáticos a rebelarse contra el galardón. Entre otros motivos, porque los flamantes ganadores habían defendido, 27 años antes, que los bancos centrales debían ser independientes. Según ellos, habían descubierto un modelo matemático capaz de demostrar la idoneidad de que las políticas monetarias, y con ellas, la distribución de la riqueza, estuvieran fuera del control de los representantes elegidos democráticamente, poniendo así en jaque no sólo al sistema, sino la transparencia de la función pública

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[1] La mayoría sabe que un argumento es aquel cuya conclusión deriva de manera necesaria de sus premisas, a esta propiedad exclusiva (de este tipo de argumento) se le denomina validez.
[2] En lógica, una premisa es cada una de las proposiciones anteriores a la conclusión de argumento. Al ser proposiciones, las premisas siempre afirman o niegan algo que puede ser verdadero o falso.
[3] Crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonwea […]  Paul Samuelson, el más conocido de los economistas norteamericanos… Fue el primer galardonado con el Premio Nobel de Economía (establecido en 1970,  por el Banco de Suecia en honor de Alfred Nobel). Dicho galardón provocó esta mordaz crítica publicada por Michael Hudson el 18 de diciembre de 1970 en Commonweal. El artículo se titulaba ¿Merece la economía el Premio Nobel? (Y a propósito, ¿se lo merece Samuelson?). [Ver: http://www.sinpermiso.info/textos/teoras-elegantes-que-jams-funcionaron-el-problema-de-paul-samuelson[…] Hoy en día prácticamente todos los economistas reconocidos  son producto de esta revolución anticlásica, que yo mismo me siento tentado a llamar revolución contra el análisis económico per se. Los profesionales reconocidos de la economía descuidan de modo uniforme las condiciones sociales previas y las consecuencias de la actividad económica humana. En esto reside su deficiencia, así como la del Premio de Economía recientemente instituido y otorgado por la Academia Sueca: durante la próxima década por lo menos debe seguir siendo por fuerza un premio para lo que no es economía o para la economía superficial en el mejor de los casos. ¿Debería por tanto concederse en algún caso?   […] ¿Cuál es la naturaleza de esta ciencia? ¿Puede ser "científico" promulgar teorías que no describen la realidad económica tal como se desenvuelve en su contexto económico, y que, cuando se aplican, conducen al desequilibrio económico? ¿Es la economía verdaderamente una ciencia? Por supuesto, se lleva a la  práctica, pero con una notable falta de éxito en años recientes por parte de todas las principales escuelas económicas, de los postkeynesianos a los monetaristas.    […]En última instancia, el problema se reduce a una diferencia básica entre la economía y las ciencias naturales.  […] Paul Samuelson como Milton Friedman fueron contendientes destacados en el Premio de 1970 [Friedman consiguió su Nobel en 1976]. ¿Quién, por otro lado, podría imaginar al destinatario del Premio de Física o Química manteniendo un punto de vista que no fuera universalmente compartido por sus colegas? (Dentro de la profesión pueden, por supuesto, existir diferentes escuelas de pensamiento. Pero no suelen discutir la aportación positiva reconocida del ganador del Nobel en su profesión). ¿Quién podría examinar la historia de estos premios y entresacar a buen número de sus receptores cuyas aportaciones demostraran ser vías falsas o escollos al progreso teórico en lugar de avances (en su día) revolucionarios?   […]  Para resumir, la realidad y la pertinencia, más que la pureza y la elegancia, son las cuestiones candentes de la economía de hoy, y las implicaciones políticas, más que las geometrías de anticuario.   […]   PS.- Diciembre de 2009. En la época en que escribí esta crítica enseñaba teoría del comercio internacional en la Facultad de Postgrado de la New School for Social Research. Posteriormente critiqué la metodología de Samuelson en The Use and Abuse of Mathematical Economics,Journal of Economic Studies, 27 (2000):292-315. Lo más importante de todo es el teorema de igualación del precio de los factores. Finalmente ha vuelto a editarse mi libro Trade, Development and Foreign Debt: A History of Theories of Polarization v. Convergence in the World Economy.
[4] Por desgracia, no es tan sencillo como parece. Los esfuerzos de los economistas durante los últimos ciento cincuenta años han logrado establecer un conjunto de generalizaciones cuya exactitud e importancia medular sólo discuten los ignorantes o los perversos; pero no han logrado la unanimidad en cuanto a la naturaleza última de la materia común de esas generalizaciones. Los capítulos centrales de las obras clásicas de Economía presentan, con muy ligeras variantes, los principios fundamentales de la ciencia; más los que explican el objeto de la obra todavía presentan grandes divergencias. Todos hablamos de lo mismo, si bien no nos hemos puesto todavía de acuerdo sobre el objeto de nuestra conversación.
En modo alguno es esto una condición vergonzosa o imprevista. Ya Mill hizo notar hace cien años que casi siempre la definición de una ciencia se logra después de crearla y no antes. "A semejanza de la muralla de una ciudad, de ordinario se ha levantado no para servir de receptáculo a los edificios que pudieran erigirse después, sino para circunscribir a los que ya existen." En efecto, la naturaleza misma de una ciencia impone la necesaria imposibilidad de definir su alcance hasta que no llegue a una cierta etapa de su desenvolvimiento, pues su unidad sólo se manifiesta en la de los problemas que puede resolver, unidad que no se descubre hasta haber quedado establecida la interconexión de sus principios explicativos. La Economía moderna nace de varios campos distintos de investigaciones prácticas y filosóficas: de investigaciones sobre la balanza de comercio, de discusiones acerca de la legitimidad del interés. Y sólo en la última época ha llegado a tener suficiente unidad para descubrir la identidad de los problemas comunes a esas investigaciones diversas. Antes, todo intento para descubrir la naturaleza última de la ciencia estaba condenado por fuerza al fracaso. Intentarlo hubiera sido perder el tiempo en vano. Pero ensayar una delimitación precisa, una vez alcanzado este grado de unificación, no es ya perder el tiempo; se perdería dejándolo de hacer. Sólo un objetivo preciso puede hacer viable la nueva elaboración. La reflexión ingenua no puede sugerir ya los problemas; los indican los vacíos en la unidad de la teoría, las insuficiencias de sus principios explicativos. Se halla uno expuesto a seguir senderos falsos si no se ha entendido en qué consiste esa unidad. Apenas puede caber duda de que uno de los peligros mayores que acechan al economista moderno es la preocupación por las cuestiones ajenas, la multiplicación de actividades que no tienen conexión alguna, o la tienen escasa, con la solución de los problemas estrictamente relacionados con su materia. Asimismo es indudable que la solución de los problemas teóricos centrales se alcanza con mayor rapidez en aquellos centros en que las cuestiones de esta clase están por liquidarse. Más aún, si estas soluciones han de aplicarse con fruto, si hemos de entender con corrección el alcance práctico de la Ciencia Económica, es esencial que conozcamos con exactitud los supuestos y limitaciones de las generalizaciones que establece. Es con una conciencia tranquila, pues, como podernos adelantar hacia lo que, a primera vista, parece ser el problema muy académico de encontrar una fórmula para describir el contenido general de la Economía. La definición de la Economía que lograría más adeptos, por lo menos en los países anglosajones, es la que la relaciona con el estudio de las causas del bienestar material. Es el elemento común a las definiciones de Cannan  y de Marshall  y elemento que aun Pareto, cuyo análisis es tan diferente en diversos aspectos al de aquellos dos economistas ingleses, sanciona usándolo. También se encuentra implícito en la definición de J. B. Clark. Y, a primera vista, debe admitirse que, en efecto, parece que tuviéramos con ella una definición que para fines prácticos describe lo que nos interesa. Es indudable que la palabra "económico" se usa en el lenguaje ordinario en un sentido equivalente a "material". Basta reflexionar en el significado corriente de frases como "historia económica", "un conflicto entre ventajas económicas y políticas", para comprender cuán razonable pudiera parecer esta interpretación. Sin duda existen algunas cuestiones que quedan fuera de la definición y que, sin embargo, parecen caer dentro del campo de la Ciencia Económica; aun cuando, a primera vista, bien parece que se asemejan a los casos marginales inevitables en toda definición. La prueba final de la validez de una definición no es, sin embargo, su aparente armonía con ciertos usos del lenguaje diario, sino su capacidad para describir exactamente el verdadero objeto de las principales generalizaciones de la ciencia. Y cuando sometemos esa definición a esta prueba se ve que tiene deficiencias que, lejos de ser marginales o subsidiarias, equivalen nada menos que a una completa incapacidad para exhibir el alcance o el significado de las generalizaciones más centrales de todas.
[5] Porque nadie todavía sabe muy bien que es lo que por Ciencia puede entenderse; aunque sí se sabe muy bien cómo utilizar el "sello" de "científico". Lo "científico" está de alguna manera por encima de todos nosotros. Las proposiciones científicas son algo "inevitable". Tan inevitable como que las piedras caigan. Y eso, en economía, era simplemente una falsedad. Tras el "cientifismo" los "economicistas" contrajeron otra enfermedad: el "mercadismo", que se manifestaba en una actitud compulsiva hacia el estudio del mercado. No negaré que era necesario tal estudio, pero muchos "economicistas" pensaron que el mercado lo era todo. Y tal vez lo fuera para ellos puesto que únicamente de esto sabían, pero el hecho de que saber algo de algo legitime la acción de utilizarlo para todo, es tanto como esperar de un leñador que opere un ojo con el hacha o de un oftalmólogo que trate de cortar un árbol con un bisturí.            El "cientifismo" y el "mercadismo" caracterizaron nuestra profesión en el Siglo XX. Y como economista deseo librarme de esas tendencias. No puedo aceptar la perspectiva científica puesto que yo mismo soy participante del juego que observo. Y no puedo aceptar el "mercadismo" puesto que hay cosas para mi más importantes precisamente porque, como no científico, participo en el juego.  

[6] Para el común de las gentes –escribe Asdrúbal Valencia Giraldo- muchas veces no hay una distinción clara entre los ingenieros y los científicos, esto debido, tal vez, a la profunda ligazón que actualmente hay entre la ciencia y la tecnología. Que los periodistas o el público general tengan esta confusión no es tan preocupante, pero sí lo es que los mismos ingenieros a veces no tengan conciencia sobre la identidad de su profesión y, sobre todo los jóvenes, piensen que realmente ella consiste en la aplicación de la ciencia a la solución de las necesidades humanas, cuando, según muchos otros, lo específico de la ingeniería es la concepción de ingenios artificiales de los que se pretende alguna forma de utilidad. Tales artefactos pueden requerir o no el concurso de la ciencia y han evolucionado desde los antiguos ingenios de guerra hasta las naves espaciales, el manejo de la información o la optimización de las organizaciones. 


Gracias por su lectura


Por
cortezhonorio@gmail.com




viernes, 16 de junio de 2017

¿La economía simbólica escapó de la estructura de la economía clásica?

La mayoría de estudiantes de economía, suelen hacer preguntas, regularmente, para corroborar lo que los libros textos enseñan y de las certezas  aprendidas de sus maestros —quienes nunca describen la historia de la construcción de modelos y los cambios posteriores formulados por otros economistas para interpretar plenamente las ideas de cada creador teórico ni explican los modelos y las perspectivas modificadas desde su construcción inicial; y, menos aún se somete a deliberación y debate por los alumnos en clase—, como tal parece haber sido la causa que dio origen a la pregunta del título —después de una clase (sesión) sobre las estructuras científicas de Kuhn. 
Y, como no hay apuro por conocer lo que los docentes no enseñan... 
Dirían quizás —al fin y al cabo, lo que aprendamos fuera de aulas, no vendrá como pregunta en los exámenes y cualquier desliz puede ofenderlos. 
Es por eso que rara vez se hacen preguntas, como o sobre los avances de la investigación, debates de teóricos del pasado o presente, falacias económicas o, cambios de la  realidad económica que han dado lugar a la evolución o involución de la teoría económica; después de todo, por qué habría que dudar de los libros textos si ellos difunden verdades indiscutibles y son el resultado de las investigaciones de nuestros docentes, aun que  no sean escritos directamente por los mismos autores teóricos.  
Y, como es natural, también se da por aceptado, sin dudar siquiera, que la teoría económica  avanza  o evoluciona tal como se explica en el libro de Tomas Kuhn (a pesar que la teoría económica es ontológicamente histórica, tan histórico como su método epistemológico postulado). Por lo tanto, el sentido de la evolución de la ciencia misma obedece al avance científico y no a los cambios de la vida económica en el tiempo (como por un acontecimiento histórico impactante, efectos de las guerras mundiales o un cambio tecnológico radical); pues, como dicen los docentes —la economía es una ciencia y no hay diferencia con la ciencia experimental y el progreso científico que evoluciona por sí mismo y no por cambios de la naturaleza por lo que solo busca la verdad para acercarse más a la realidad para así apostar por un cambio de paradigma.
Es por eso que la pregunta del título parece esperar la respuesta (como si fuera verdad que la economía simbólica es resultado de la evolución del pensamiento económico) —tal como una ciencia normal (de Tomas Kuhn) que afirma que la economía simbólica es una nueva teoría económica con su paradigma propio que ha superado a  la economía clásica...  —porque ha logrado escapar de su estructura (lógica o teórica) tal como se explica en "La revolución de las estructuras científicas", de Tomas Kuhn. Esperan, pacientes, la afirmación que fue el brillante maestro Keynes quien creo la economía simbólica que apuesta por una nueva teoría económica que ha superado a  la economía clásica que se explica en la famosa Teoría General... 

Pero: 
Keynes no hizo uso de gráficas cuando construyo su teoría; los modelos gráficos, como el modelo de ingreso-gasto, fueron formulados más tarde (en la década de 1940) por otros economistas. Los dos modelos de ingreso-precio son de cosecha más reciente, por lo que no es posible interpretar plenamente las ideas de Keynes.
Perspectiva estrictamente keynesiana: Keynes habría supuesto que la curva de oferta agregada podía dibujarse con la forma de una L invertida, como. La razón para esta suposición se basa en que, para cualquier producción a pleno empleo, la economía tiene recursos desempleados, por consiguiente, como la demanda agregada aumenta de DA0 a DA1, los productores pueden aumentar el producto real hasta el nivel del pleno empleo. 

Este punto de vista sobre la naturaleza de la inflación está de acuerdo con el mantenido por los economistas clásicos coetáneos de Keynes.

Perspectiva keynesiana modificada: Una de las deficiencias del punto de vista estrictamente keynesiano es su característica de tratar simultáneamente la inflación y el alto (pero no pleno) empleo, condición que la economía americana ha experimentado a menudo en las últimas décadas. Keynes no uso gráficas cuando formuló su teoría macroeconómica que permitan conocer el equilibrio keynesiano. La versión revisada introduce un “intervalo medio” en la curva OA. A pesar de que la demanda agregada y la oferta agregada de la economía se desplazan frecuentemente a largo plazo, generalmente intersecan en el intervalo medio, lo que explica por qué la nación americana ha experimentado a menudo  tazas de inflación irregulares junto con aumentos en el producto real mientras que el empleo a permanecido por debajo del “pleno”.

En resumen, nada más lejos de la  verdad y realidad económica, pero tan propia de un "economista maestrean" (como bien sentenciaba el mismo Keynes). 

  Pero si el propósito (de la pregunta) fuera distinta a la esperada y que busque acercarse a la verdad o realidad de la economía, lo que sigue puede ser más útil para nuestros lectores  —que respondería a la pregunta del origen, causa(s) determinante(s) y/o impacto de la emergencia de la economía simbólica.

El surgimiento de la economía  simbólica (del dinero y el crédito)

Pues bien, históricamente la economía  simbólica del dinero y el crédito surge como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, que había provocado la monetarización  (monetización) de las economías. Así es como la economía se amonedó, en todos los países beligerantes: durante la primera guerra mundial por haber movilizado toda la riqueza líquida de la comunidad, en parte a través de los impuestos pero principalmente a través de préstamos; por lo tanto, el dinero y el crédito, y no ya los  bienes y servicios, se había convertido en la "economía real". El crecimiento del crédito y de las finanzas es entendido entonces como sinónimo de estancamiento de las fuerzas productivas.

El siguiente ejemplo explicaría las causas: 
Alemania había contado con obtener una rápida victoria sobre sus enemigos en la guerra de 1914, por lo cual no vaciló en cubrir los gastos militares mediante empréstitos públicos que serían cancelados por las reparaciones exigidas a sus enemigos vencidos. Esta irresponsable decisión se adoptó no obstante saberse de antemano que sólo un seis por ciento de estos empréstitos serían cubiertos por impuestos. Alemania al finalizar la contienda, la cantidad de moneda en circulación era cinco veces superior a la de 1914—  perdió la guerra y se encontró en 1918 con el mayor déficit de su historia. Por los tratados de Versalles, Alemania perdía el 75 por ciento de sus reservas de mineral de hierro, el 25 por ciento de las de carbón y el 20 por ciento de su capacidad productiva de hierro y acero. Mayor gravedad revestía su situación financiera, agudizada por la necesidad de pagar ingentes reparaciones de guerra.  Dice Hans F. Sennholz en su libro Tiempos de inflación: “Mientras que los gastos oficiales subían a grandes saltos, los ingresos provenientes de impuestos declinaban gradualmente hasta que, en octubre de 1923, sólo el 0,8 por ciento del presupuesto de gastos quedaba cubierto por la recaudación impositiva. En el período comprendido entre 1914 y 1923 los impuestos apenas cubrían el 15 por ciento de los gastos. Durante la fase final de la inflación, el gobierno alemán llegó a experimentar una atrofia completa del sistema fiscal”.

    Esto fue explicado por Schumpeter quien se dio cuenta, mucho antes que cualquier otro y unos buenos diez años antes de que Keynes lo hiciera— (de que la realidad económica estaba cambiando), en  un brillante ensayo en un periódico económico alemán, en julio de 1918  —cuando el mundo (en el que Schumpeter había crecido y que conocía) se desmoronaba ante sus ojos— sostuvo que, en adelante, el dinero y el crédito serían la palanca del control. Lo que sustentaba era que ni la oferta de mercaderías, como habían sostenido la escuela clásica, ni la demanda de mercaderías, como habían manifestado algunos de los opositores, seguiría llevando el control de la economía. Los determinantes, de la actividad económica y de la asignación de recursos ahora serían los factores monetarios: –déficit, dinero, crédito y tasas.

Pero Schumpeter también sabía que las políticas deben adecuarse al corto plazo. Aprendió su lección de la manera más dura  —como ministro de finanzas de la República de Austria, recientemente formada, en la que trató infructuosamente de detener la inflación antes de que le fuera de las manos. Sabía que había fracasado porque sus medidas no eran aceptables en el corto plazo –las mismas medidas que, dos años más tarde, un no economista, un político y profesor de la teoría moral aplicó para frenar la inflación, pero sólo después de haber destruido totalmente la economía y clase media austriacas.
Schumpeter igualmente sabía que las medidas a corto plazo de hoy tienen impactos a largo plazo. Hacen el futuro de una manera irrevocable. No pensar en el porvenir  de las decisiones a corto plazo y su impacto mucho después de que "estamos todos muertos" (como decía Keynes) es irresponsable. También lleva a adoptar las decisiones erradas. Este énfasis constante que pone Schumpeter en la reflexión  referida a la consecuencias de lo momentáneo, lo popular, lo hábil y  brillante es lo que hace de él un gran economista y lo convierte en el  guía apropiado para el presente cuando una economía acelerada, hábil y brillante –y una política acelerada—  nos han llevado a la ruina.

 Sin embargo, con mucha habilidad y astucia, Keynes aprovecha esta coyuntura y la perspectiva ya explicada por Schumpeter para edificar su teoría general. Pero las conclusiones de Schumpeter fueron radicalmente distintas de las alcanzadas por Keynes. 

    Así es como Keynes llegó a decretar que el surgimiento de la economía  simbólica del dinero y el crédito hacia posible que el "rey-economista", el economista científico, jugando con unas pocas claves monetarias  —gasto público, tasas de interés, volumen de crédito o la cantidad de dinero en circulación—  mantendría el equilibrio permanente con pleno empleo, prosperidad y estabilidad. 

Pero, la conclusión de Schumpeter fue que el surgimiento de la economía simbólica como economía dominante abría la puerta a la tiranía y, de hecho, la invitaba. Consideró pura arrogancia el hecho de que el economista se proclamara a sí mismo infalible. Pero, por sobre todo, vio que no serían economistas los que ejercerían el poder, sino políticos y generales. —y tal como dice el dicho: el rey reyna pero no gobierna.

Y luego, justo antes que terminara la Primera Guerra Mundial, Schumpeter publicó El Estado Fiscal”.  Pués nuevamente, la apreciación es la misma que Keynes haría quince años más tarde (y, como él mismo Keynes lo reconoció, muchas veces, gracias a Schumpeter)
Pese a los mecanismos de tributación y crédito, el  estado moderno ha adquirido el poder de desviar el ingreso y, a través de los "pagos de transferidos", de  controlar  la distribución del producto nacional. Para Keynes, este poder era una varita mágica para alcanzar tanto la justicia social como el progreso económico, y tanto la estabilidad económica, como la  responsabilidad fiscal. 

   Para A Schumpeter –tal vez porque él, a diferencia de Keynes, era un estudiante de la historia­–  este poder era una invitación a la irresponsabilidad política, porque eliminaba las salvaguardas económicas contra la inflaciónEn el pasado, la incapacidad del estado para gravar más que una proporción muy pequeña del producto bruto interno o de tomar prestado más que una parte muy pequeña de la riqueza del país había hecho que la inflación fuera autolimitara. 

Ahora la única salvaguarda contra la inflación sería política, o sea, la autodisciplina. Y Schumpeter no era demasiado entusiasta respecto de la capacidad de los políticos para la autodiscina.

Pero la real contribución de Schumpeter durante los treinta y dos años transcurridos entre el fin de la Primera Guerra Mundial y su muerte en 1950 fue como economista político. En 1942, cuando todos estaban asustados por la posibilidad de una depresión deflacionaria mundial, Schumpeter publicó su más famoso libro, Capitalismo, socialismo y democracia, todavía, y merecidamente, muy leído. En este libro sostenía que el capitalismo sería destruido por su propio éxito. Esto alimentaría lo que ahora llamaríamos una nueva clase: burócratas, intelectuales, profesores, abogados, periodistas, todos ellos beneficiarios de los frutos económicos del capitalismo y, en realidad, parásitos de ellos, y sin embargo todos opuestos al ethos de la producción de riqueza, del ahorro y de la asignación de recursos a la productividad económica. Los 75 años transcurridos desde la publicación de su libro han probado indudablemente que Schumpeter era un gran  profeta.
Y luego seguía argumentando que el capitalismo sería destruido por la misma democracia que había ayudado a crear y que había hecho posible. Porque en una democracia, para ser popular, el estado cada vez desviará más los ingresos del productor al no productor, cada vez desviará más ingresos de donde fueron ahorrados y se convertirían en capital para el futuro en donde sería consumido. Por consiguiente, en una democracia el estado se vería bajo una presión inflacionaria creciente. A la larga —profetizaba— la inflación destruiría tanto a la democracia como al capitalismo.

Cuando escribió esto en 1942, casi todo el mundo se rio. Nada parecía menos probable que una inflación basada en el éxito económico. Ahora, 75 años después, esto ha surgido como el problema central de la democracia e igualmente del mercado libre, tal  como Schumpeter lo había profetizado.

Sobre si la economía simbólica escapó de la estructura de la economía clásica, podríamos decir que, según lo expuesto: Keynes[1], a pesar de haber roto con la economía clásica, se manejó enteramente dentro de su estructura. Fue más un hereje que un infiel. La economía, para Keynes, a diferencia de Schumpeter, fue el equilibrio de las teorías de Ricardo de 1810, que dominaron el siglo XIX. Los opositores de Keynes eran los mismos "austríacos" con los que Schumpeter había roto siendo estudiante, los economistas neoclásicos de la Escuela Austriaca. Así, si Keynes era un "hereje", Schumpeter era un "infiel". Para él, la falacia fundamental era la suposición misma de que la economía sana y  "normal" es una economía en equilibrio estático. Desde sus días de estudiante, Schumpeter sostuvo que una economía una economía moderna está siempre en dinámico desequilibrio.  La pregunta clave de Keynes era la misma que se habían planteado los economistas del siglo XIX:

“¿Cómo se puede mantener una economía en equilibrio y estancamiento?
    Keynes planteó los  mismos interrogantes que Ricardo, Mill, Marx, los "austríacos", y Marshall ya habían formulado, pero, con audacia sin precedentes, dio vuelta a todas las respuestas. 
Para Keynes, los principales problemas de la economía son la relación entre la " economía real de bienes y servicios y la "economía simbólica" de dinero y crédito; la relación entre individuos y empresas y la "macroeconomía" de la nación-estado; y por último, si la producción (o sea, la oferta) o el consumo (o sea, la demanda) da impulso a la economía.

     Sin embargo, con la publicación de la Teoría General Keynes dio el gran salto teórico fundamental que le permitió realizar su revolución. Abandona el análisis del desequilibrio típico del Treatise[2] y la adopta de un enfoque de equilibrio macroeconómico. 

     Para entender este paso, es necesario partir de la ley de Say
    La mayoría de los críticos prekeynesianos habían rechazado la ley de Say por sus implicaciones relativas al equilibrio entre producción y gasto. Este tipo de crítica se encontraba implícito en todos los modelos del desequilibrio ahorro-inversión que finalmente culminarían en las ecuaciones del Teatrise on Money.

    En la Teoría General, Keynes critica la ley de Say por una razón distinta de la tradicional: Por sus implicaciones en relación con la dirección del nexo causal entre producción y gasto.

   Para Keynes, no es la producción la que genera el gasto y la demanda, sino las decisiones de gasto las que generan la demanda, a la que luego se ajustará la producción. 

    A partir de esta tesis, Keynes deduce tres implicaciones. Supone que los procesos por los cuales la producción se ajusta a la demanda son lo suficientemente rápidos para darlos por sentado o para dejarlos fuera del análisis; convirtiendo el análisis en uno de equilibrio. No hay razón para detenerse en la dinámica de la composición intersectorial de la producción, dado que la producción se ajusta rápidamente a la demanda, los cambios de su estructura pueden ignorarse en el estudio de los factores que determinan su nivel (el de producción). 

   “Desde tiempos de Say y Ricardo los economistas clásicos han enseñado que la oferta crea su propia demanda – queriendo decir con esto de manera señalada, que el total de los costos de producción debe necesariamente gastarse por completo, directa o indirectamente, en comprar los productos”... “ se ha supuesto que cualquier acto individual de abstención de consumir conduce necesariamente a que el trabajo y los bienes retirados así de la provisión del consumo se invertirán en la producción de riqueza en forma de capital y equivale a los mismo”... “La versión moderna de la tradición clásica consiste en la convicción, frecuente, por ejemplo, en casi todos los trabajos del profesor Pigou, de que el dinero no trae consigo diferencias reales, excepto las propias de la fricción, y de que la teoría de la producción y la ocupación pueden elaborarse (como la de J.S. Mill2) como si estuvieran basadas en cambios “reales”, y con el dinero introducido superficialmente en un capitulo posterior. El pensamiento contemporáneo está todavía profundamente impregnado de la noción de que si la gente no gasta su dinero en una forma lo gastará  en otra” ( Keynes TG: Capítulo II,  sección VI).

     Este modelo clásico de caso específico (del lado de la oferta) demostró que la incompatibilidad de la que hablaba Keynes era equivocada, ya que los mercados son eficientes. El óptimo crecimiento económico global, en consecuencia, requiere del enfoque de laissez-faire para las actividades de mercado con tipos de cambio flexibles, libre comercio y libre movilidad del capital internacional. Este caso específico afirma que cualquier regulación para limitar el flujo financiero (ya sea flujo de capital transfronterizo o dentro de una nación) impone altos costos a la sociedad. Liberar el sistema bancario y los mercados financieros de la onerosa vigilancia y regulación gubernamental-se dijo a los formuladores de políticas-llevaría a un mundo de felicidad económica que abarcaría a todo el planeta. Lo único que impediría la llegada del Jardín del Edén a la Tierra serían las limitaciones por el lado de la oferta en cuanto a los recursos disponibles y el nivel de avance técnico.

En cierto sentido, como decía Peter Druker, Keynes y Schumpeter reeditaron la famosa confrontación de filósofos en la tradición occidental –el diálogo platónico entre Parménides, el brillante, hábil e irresistible sofista, y el lento y feo pero astuto Sócrates. Nadie en el periodo  entre las dos guerras fue más brillante, más hábil que Keynes. En cambio Schumpeter parecía pedestre –pero tenía sabiduría. La habilidad sale airosa, pero la sabiduría perdura.

      ¿Pero, que otros los efectos negativos de la economía simbólica hemos experimentado?

    Es que mucha gente progresista, o crítica del capitalismo, sostiene que la causa principal de la crisis iniciada en 2007 fue la mundialización de las finanzas, producto a su vez de la desregulación de los mercados y del ascenso del neoliberalismo. Según esta perspectiva, los capitales financieros impusieron su dominación sobre el capital productivo a comienzos de los 1980, por lo cual succionaron el excedente y alimentaron la especulación y el parasitismo. En esta lectura, el crecimiento del crédito y de las finanzas es entendido entonces como sinónimo de estancamiento de las fuerzas productivas. La globalización financiera habría sido perjudicial, y la contradicción fundamental pasaría por la oposición entre las finanzas y los pueblos (incluyendo este segundo polo a las fracciones del capitalismo productivo). El objetivo sería, por lo tanto, poner “en caja” a las finanzas.
   La contribución de Stephen Cecchetti (jefe del Departamento de Economía y Dinero del BIS) presenta cuestiones –en este respecto  que son de interés para los debates sobre el significado de las finanzas. En la intervención de Stephen Cecchetti –en la undécima Conferencia del BIS (Banco de Pagos Internacionales), realizada en junio, que estuvo dedicada a la globalización financiera– da pie para realizar algunas reflexiones sobre el tema. 
  Se ordena de la siguiente manera. En primer lugar, presentamos la postura de Cecchetti. En segundo término, se explica por qué -desde el enfoque “a lo Marx”-, el crédito es consustancial al desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas y el mercado mundial. Pero también por qué las finanzas y el crédito potencian las contradicciones, la sobreproducción y la crisis. La idea es que esta es la dialéctica que subyace a lo que registra, tal vez de manera confusa, Cecchetti. Una dialéctica que muchas veces pasan por alto los críticos del capitalismo. Precisamos también que Cecchetti se centro en el rol del crédito y las finanzas. 
    El sentido de la globalización (¿históricamente progresiva? ¿regresiva?), que también es tocado por Cecchetti, se ha discutido en Valor, mercado mundial y globalización, y en notas anteriores (por ejemplo, aquí y aquí), y no lo trató esta vezSegún Cecchetti, como enfoque desde el BIS, la globalización fue beneficiosa para los pueblos, ya que mejoró los niveles de vida de millones de personas. Pero esto solo fue posible porque descansó en intermediarios financieros que proveyeron los fondos para el desarrollo del comercio. Es que el sistema financiero, argumenta, permite asignar recursos con eficiencia, y que los individuos, empresas y gobiernos reduzcan la volatilidad del consumo y la inversión. Sin embargo, el crecimiento de las finanzas dejaría de ser bueno cuando los niveles de endeudamiento superan ciertos niveles. 
    Por ejemplo, cuando la deuda de hogares, empresas y gobiernos alcanza el 90% del PBI; o cuando el sector financiero incrementa en demasía su participación en el valor agregado y el empleo. 
    De acuerdo a estudios realizados por el propio Cecchetti, los problemas empiezan si el empleo en el sector financiero supera el 3,2% del empleo total, y si el valor agregado por las finanzas el 6,5% del valor agregado total. Sostiene que en 2008 el empleo en el área financiera en EEUU, Canadá, Gran Bretaña e Irlanda era del 4,1%, 5,7%, 3,5% y 4,5%, respectivamente. Y que el valor agregado por las finanzas en EEUU alcanzaba el 7,7% y en Irlanda el 10,4%. 

   En definitiva, la internacionalización de las finanzas habría sido buena hasta cierto punto, pero superado ese umbral se habría convertido en un problema. Cecchetti plantea que la evidencia empírica también sugiere que una creciente participación del sector financiero en el empleo y el valor agregado hace más lento el crecimiento, y afecta negativamente a la productividad. La razón es que consumiría recursos escasos, en especial mano de obra calificada y capital especializado. 
     Por otro lado, también la globalización financiera tendría su aspecto negativo. Es que los flujos de capital alimentan booms de crédito (el crédito supera la provisión doméstica de fondos), pero cuando esa provisión se seca, todo viene para abajo. Por eso, al haber aumentado la dependencia de las economías nacionales de los flujos de crédito dominados por algunos grandes bancos, los problemas de un país rápidamente se transmiten a los otros países y a los mercados internacionales. 

Sin embargo, “La experiencia de algunos países sugiere que demasiado capital internacional, como demasiada deuda, es perjudicial”.








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[1] Sin embargo, la afirmación ortodoxa, defendida por líderes políticos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan e incorporada en el actual Consenso de Washington, según la cual los mercados financieros siempre son eficientes y constituyen la única esperanza de la humanidad para alcanzar el progreso social y económico, también ha resultado insatisfactoria. Los mercados financieros liberalizados llevaron a la economía mundial al borde de un desastre económico en el otoño de 1998, después de la crisis monetaria del Sudeste Asiático y del incumplimiento del pago de la deuda rusa. En ese momento, ningún servidor público responsable de la definición de las políticas de gobierno, ni funcionario alguno del FMI o el Banco Mundial quiso hablar sobre el tema por temor a ser acusado de provocar pánico. El juicio más prudente de estos funcionarios consistió en ganar más tiempo, es decir, resolver los problemas como buenamente podían. Pero la economía mundial se recuperó con gran rapidez en 1999. Empero, Keynes pasó los últimos años de su vida pugnando por un sistema financiero internacional que nunca fuera rehén de mercados financieros liberalizados. En vez de ello, propuso un sistema "bancor" (un tipo de banco supranacional) de dinero internacional (Plan Keynes) que fomentaría la posibilidad de una economía mundial civilizada después de la segunda guerra mundial.
[2] En el Tratado de Keynes, explicó cómo podrían suceder las recesiones, pero no las depresiones a largo plazo. La teoría de balancín Mecanismo de equilibrio de la economía clásica dice que un exceso de ahorro producirá una tasa de interés más baja que causaría un aumento en el consumo. Keynes tuvo que averiguar cuál era el factor que estaba reteniendo la economía. Fue capaz de abordar esto más en la Teoría General del Empleo, Interés y Dinero . En su Teoría General, Keynes argumentó en contra de la teoría del balanceo y dijo que la economía era más como un ascensor que puede detenerse en cualquier nivel. Esto es porque una vez que la economía alcanza el fondo, los individuos no tendrían ningún exceso de ingresos para ahorrar. Ningún ahorro resulta en ninguna inversión, por lo que la economía no puede salvarse. Sin los ahorros, no hay presión para bajar los tipos de interés, por lo que no hay incentivos para que las empresas inviertan. En su teoría sobre el dinero, afirma que la inversión es una "rueda impulsora irrealizable para la economía", y cuando no se puede encontrar ninguna nueva inversión, la economía empezará a vacilar.