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martes, 19 de julio de 2022

CÓMO TERMINARÁ EL CAPITALISMO ENSAYOS SOBRE UN SISTEMA EN DECADENCIA WOLFGANG STREECK

CÓMO TERMINARÁ EL CAPITALISMO

ENSAYOS SOBRE UN SISTEMA EN DECADENCIA WOLFGANG STREECK

https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/PC_13_streeck_web_2.pdf 

NOTAS

Aparte de la «Introducción», los capítulos incluidos en esta colección se han publicado previamente: cinco de los once aparecieron en la New Left Review, uno como un artículo de discusión de un instituto de investigación del que fui director durante casi dos décadas y el resto en diversos libros y revistas. Los textos aparecieron primero impresos entre 2011 (capítulo 2, basado en una Max Weber Lecture celebrada en el Instituto Universitario Europeo de Florencia) y 2015 (capítulos 4, 6, 7 y 8). Dos fueron escritos originalmente en alemán y después traducidos y el resto los escribí en inglés. A pesar de la ayuda de excelentes editores, soy consciente de que el origen diverso de estos materiales se percibe en demasiados lugares de este libro. Los capítulos incluidos en este volumen tienen en común el hecho de que han surgido de mis repetidos intentos de comprender las consecuencias de la crisis de 2008 para las ciencias sociales y la teoría sociológica y, en particular, para la macrosociología política y su relación con la economía política. Ello explica por qué a lo largo del libro retornan ciertos temas, lo que provoca ocasionales solapamientos entre sus capítulos. Eliminarlos hubiera supuesto destrozar la integridad de estos y habría requerido a la postre fundirlos en una monografía sistemática, lo cual no solo hubiera cambiado el objetivo del libro, que pretendía presentar conjuntamente en un único volumen artículos dispersos sobre diferentes aspectos de un tema común, sino que habría excedido tanto mis actuales recursos teóricos como el tiempo del que dispongo en estos momentos. El principal objeto de esta colección de textos es la persistente crisis del capitalismo y de la sociedad capitalista, que ocupa el lugar central del sistema capitalista moderno global. El impulso que define el libro es inspirar una reflexión más concreta sobre cómo ese sistema podría llegar a su fin en un futuro no demasiado lejano –incluso sin la existencia de un régimen que le sucediera a la vista– como consecuencia del despliegue de sus contradicciones internas. La «Introducción» puede leerse como una elaboración y un complemento del capítulo 1, que da título a esta colección de textos. 

NOTAS SOBRE EL TEXTO

Aparte de la «Introducción», los capítulos incluidos en esta colección se han publicado previamente: cinco de los once aparecieron en la New Left Review, uno como un artículo de discusión de un instituto de investigación del que fui director durante casi dos décadas y el resto en diversos libros y revistas. Los textos aparecieron primero impresos entre 2011 (capítulo 2, basado en una Max Weber Lecture celebrada en el Instituto Universitario Europeo de Florencia) y 2015 (capítulos 4, 6, 7 y 8). Dos fueron escritos originalmente en alemán y después traducidos y el resto los escribí en inglés. A pesar de la ayuda de excelentes editores, soy consciente de que el origen diverso de estos materiales se percibe en demasiados lugares de este libro. 

Los capítulos incluidos en este volumen tienen en común el hecho de que han surgido de mis repetidos intentos de comprender las consecuencias de la crisis de 2008 para las ciencias sociales y la teoría sociológica y, en particular, para la macrosociología política y su relación con la economía política. Ello explica por qué a lo largo del libro retornan ciertos temas, lo que provoca ocasionales solapamientos entre sus capítulos. Eliminarlos hubiera supuesto destrozar la integridad de estos y habría requerido a la postre fundirlos en una monografía sistemática, lo cual no solo hubiera cambiado el objetivo del libro, que pretendía presentar conjuntamente en un único volumen artículos dispersos sobre diferentes aspectos de un tema común, sino que habría excedido tanto mis actuales recursos teóricos como el tiempo del que dispongo en estos momentos. 

 El principal objeto de esta colección de textos es la persistente crisis del capitalismo y de la sociedad capitalista, que ocupa el lugar central del sistema capitalista moderno global. El impulso que define el libro es inspirar una reflexión más concreta sobre cómo ese sistema podría llegar a su fin en un futuro no demasiado lejano –incluso sin la existencia de un régimen que le sucediera a la vista– como consecuencia del despliegue de sus contradicciones internas. La «Introducción» puede leerse como una elaboración y un complemento del capítulo 1, que da título a esta colección de textos. 

El capítulo 2 ofrece el telón de fondo a ambos, mientras que el capítulo 3 aborda algunas de las fuentes de la aparente estabilidad de la que podría ser una emergente «pseudosociedad» neoliberal. Los capítulos 4, 5, 6, 7 y 8 tratan, de diversos modos, la relación cambiante entre capitalismo y democracia, tal y como se materializa en la evolución de las instituciones de la Unión Europea, las cuales ocupan una posición intermedia entre el capitalismo global y los Estados-nación europeos. Finalmente, los capítulos 9, 10 y 11 retoman la cuestión del entorno que la sociología actual necesita construir para restaurar su capacidad explicativa de las dinámicas de la sociedad contemporánea y de su constante y espectacular transformación. 

Wolfgang Streeck Colonia, 6 de abril de 2016.

EL CAPITALISMO: 

SU MUERTE Y VIDA DE ULTRATUMBA

El capitalismo ha sido siempre una formación social improbable, llena de conflictos y contradicciones y, por lo tanto, permanentemente inestable y en cambio constante, enormemente condicionada por apoyos contingentes y precarios históricamente, así como por acontecimientos e instituciones restrictivos. La sociedad capitalista puede describirse a grandes rasgos como una sociedad «progresista» en el sentido que daban a esa palabra Adam Smith1 y la Ilustración; una sociedad que ha acoplado su «progreso» a la generación y acumulación continua e ilimitada de capital productivo efectuada mediante una conversión, gracias a la mano invisible del mercado y la mano visible del Estado, del vicio privado de la codicia material en beneficio público2 . El capitalismo promete un crecimiento infinito de la riqueza material mercantilizada en un mundo finito mediante el recurso a la ciencia y la tecnología modernas, lo cual convierte a la sociedad capitalista en la primera sociedad industrial, que recurre a la expansión sin fin de mercados libres (esto es, en disputa y sometidos a condiciones de riesgo) situados al abrigo de un Estado protector hegemónico, que ejecuta políticas de apertura de la actividad mercantil a escala tanto nacional como internacional3 .

 1  Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations [1776], Nueva York, Oxford University Press, 1993; ed cast.: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México DF, FCE, 1958. 

2 Bernard de Mandeville, The Fable of The Bees: or, Private Vices, Publick Benefits [1714], Indianapolis, Liberty Fund, 1988. 

3 Abundan las definiciones del capitalismo y tienden a ser a la vez elaboradas y eclécticas, en cuanto que consisten en combinaciones cambiantes de determinadas características, pero no es necesario explorarlas en detalle aquí. Distintas definiciones enfatizan diferentes elementos de la configuración capitalista, según las preocupaciones o ideologías individuales de los autores; también reflejan diferentes etapas en la evolución de la bestia, apuntando a su dinamismo histórico. Para una muestra, véanse las siguientes: Sombart: «El capitalismo designa un sistema económico caracterizado de manera significativa por el predominio del “capital” [...]. Un sistema económico es un modo unitario de satisfacer las necesidades materiales, animado por un determinado espíritu, regulado y organizado según un plan definido y aplicando determinados conocimientos técnicos» (Werner Sombart, «Capitalism», en Alvin Johnson y Edwin Seligman (eds.), Encyclopedia of the Social Sciences, vol. 3, Nueva York, Macmillan 1930, p. 196); Weber: «El capitalismo está presente allí donde la satisfacción industrial de las necesidades de un grupo humano se realiza por el método empresarial, independientemente de cuáles sean esas necesidades. Más concretamente, un sistema capitalista racional es el que se basa en una contabilidad del capital, es decir, que determina su capacidad de rendimiento de ingresos mediante los métodos de la contabilidad moderna y el mantenimiento de un balance» (Max Weber, Wirtschaftsgeschichte, Berlín, 1923; ed. ingl.: General Economic History [1927], New Brunswick (NJ), Transaction Publishers, 2003, p. 275; ed. cast.: Historia Económica general, México DF, FCE, 2001); Schumpeter: «El capitalismo es esa forma de economía de la propiedad privada en la que las innovaciones se realizan por medio de dinero prestado, lo que en general, aunque no por necesidad lógica, implica la creación de crédito» (Joseph A. Schumpeter, Business Cycles [1939], vol. 1, Filadelfia (PA), Porcupine Press, 1982, p. 223); Keynes: «[...] La característica esencial del capitalismo es [a mi parecer] la intensa dependencia de los instintos de ganar y disponer de dinero de los individuos como principal fuerza motriz de la máquina económica» (John Maynard Keynes, The End of Laissez-Faire: The Collected Writings of John Maynard Keynes [1931], vol. 9, Londres, Macmillan Press Ltd., 1972, p. 293). En cuanto a Marx, Ève Chiapello, en un perspicaz artículo, afirma que nunca utilizó el concepto (È. Chiapello, «Accounting and the Birth of the Notion of Capitalism», Critical Perspectives on Accounting, vol. 18, núm. 3, 2007, pp. 263-296; véanse también: Ivan Tibor Berend, «Capitalismo», en Neil Smelser y Paul Baltes (eds.), International Encyclopedia of the Social and Behavioral Sciences, vol. 3, Ámsterdam, Elsevier, 2001, pp. 1454-1459; Jürgen Kocka, Geschichte des Kapitalismus, Munich, Verlag C. H. Beck, 2013), aunque «el sistema capitalista descrito [por él] es más o menos el mismo que el capitalismo de Sombart y Weber, al menos cuando ofrecen una definición crítica. La paradoja de la historia es que Marx [...] nunca menciona, o apenas, la contabilidad, a diferencia de Sombart y Weber, pese a que probablemente sabía más sobre las prácticas contables de su época que los dos sociólogos alemanes que le siguieron», È. Chiapello, «Accounting and the Birth of the Notion of Capitalism», cit., p. 293. Sombart, a su vez, afirmó que Marx, que prácticamente descubrió el fenómeno, definió sólo ciertos aspectos del capitalismo a medida que la ocasión lo requería» (W. Sombart, «Capitalism», cit., p. 195). 4 William H. Sewell Jr., «The Temporalities of Capitalism», Socio-Economic Review, vol. 6, 2008.

Como versión de la sociedad industrial, la sociedad capitalista se distingue por el hecho de que su capital productivo colectivo se acumula en manos de una minoría de sus miembros que gozan del privilegio legal, en forma de derechos de propiedad privada, de disponer de tal capital en cualquier forma que les convenga, incluso dejarlo ocioso o transferirlo al extranjero. De esto se deriva, en particular, que la gran mayoría de los miembros de una sociedad capitalista deben trabajar bajo la dirección, por mediada que sea, de los propietarios privados de los instrumentos que necesitan para ganarse la vida y en los términos establecidos por los propietarios en consonancia con su deseo de maximizar la tasa de aumento de su capital. Motivar a los no propietarios a hacerlo –a trabajar dura y diligentemente en interés de estos– requiere dispositivos ingeniosos –palos y zanahorias de los tipos más diversos que nunca tienen un funcionamiento asegurado–, que deben ser continuamente reinventados a medida que el progreso capitalista los deja continuamente obsoletos. Las tensiones y contradicciones presentes en la configuración político-económica capitalista propician como un resultado siempre posible la quiebra estructural y la crisis social del sistema. La estabilidad económica y social bajo el capitalismo moderno debe asegurarse en un contexto de turbulencia sistémica4 producida por la competencia y la expansión, que se hallan en un difícil equilibrio y conocen un resultado siempre incierto.  


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domingo, 17 de julio de 2022

La trama del neoliberalismo Mercado, crisis y exclusión social Emir Sader y Pablo Gentili

 La trama del neoliberalismo Mercado, crisis y exclusión social 

Emir Sader y Pablo Gentili 

(Compiladores) 

Prefacio a la segunda edición en lengua castellana. 

Atilio A. Boron

Para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una gran satisfacción poder poner nuevamente a disposición de los lectores esta nueva edición de La Trama del Neoliberalismoen lengua castellana. Este libro, que gozara de amplísima difusión en su versión en lengua portuguesa publicada en Brasil y que también circulara profusamente entre nosotros, se encontraba agotado desde hacía un tiempo en nuestro idioma. Razones de diverso orden, ahora felizmente superadas, habían demorado la pronta reedición de un libro que ofrece una de las más interesantes discusiones en torno a la problemática del neoliberalismo, analizada desde sus más diversos ángulos. Su actualidad e importancia están fuera de duda, como el paso del tiempo se encargó de ratificar y una lectura atenta de sus páginas volvería a confirmar. Pero desde su primera edición se produjeron algunas novedades que, pese a corroborar las principales previsiones formuladas en el libro, modifican algunas de las condiciones bajo las cuales se produce el despliegue de las contradicciones que signan a la época del neoliberalismo. En las páginas que siguen pasaremos revista a las transformaciones más relevantes ocurridas en estos últimos años. 

Sobre el curso declinante del neoliberalismo 

En primer lugar, se confirmaron los pronósticos que en el libro se formulaban -no de manera unánime, por cierto- acerca del curso descendente que experimentaría la oleada neoliberal que se abatió con singular fuerza en nuestro continente desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. Sería tan absurdo sostener que hoy el neoliberalismo se encuentra en retirada como afirmar que su ascendiente sobre la sociedad, la cultura, la política y la economía latinoamericanas se ha mantenido incólume con el transcurso de los años. Cualquier análisis de la coyuntura actual, a mediados del 2003, revela que a diferencia de la hermética consistencia que evidenciaban los experimentos neoliberales en los años noventa, lo que se observa en la actualidad es una combinación de consolidación en ciertas áreas, notablemente en la economía, y un debilitamiento relativo en los ámbitos de la cultura y la política. La primera tiene un componente sumamente paradojal, porque si en algo coincide la gran mayoría de los análisis efectuados sobre el neoliberalismo es en el rotundo fracaso que han experimentado sus propuestas económicas. Esto viene a demostrar por enésima vez la importancia de concebir la hegemonía de una alianza de clases como resultado de la constitución de un bloque histórico en el cual, al decir de Antonio Gramsci, se sueldan sólidamente los elementos estructurales y superestructurales, garantizando la primacía de la alianza aún cuando sus fundamentos materiales se encuentren seriamente erosionados. Como decía Galileo, “Eppur si muove!”. 

Podría esbozarse por lo tanto una analogía heurística entre este prolongado periplo de la decadencia del neoliberalismo y lo acontecido con la crisis de la hegemonía oligárquica en América Latina. En los países más avanzados de esta parte del mundo ésta comienza en el período que transcurre entre la Primera Guerra Mundial y el estallido de la Gran Depresión de 1929. Sin embargo, el sólido entramado de la dominación oligárquica que combinaba la supremacía económica de los sectores agroexportadores (o minero-exportadores, en algunos casos) con una fuerte ascendencia en el terreno cultural e ideológico y un claro predominio en materia política hizo posible la supervivencia de la forma estatal oligárquica aún cuando durante su transcurso, como en el caso argentino, se produjeran importantes modificaciones en 1 el régimen político gracias a la introducción del sufragio universal. De este modo, el deterioro de los fundamentos materiales de la hegemonía oligárquica no desencadenó su inmediato colapso, sino que puso en juego una serie de mecanismos que postergaron por décadas su ocaso definitivo, exactamente hasta la irrupción de los regímenes populistas. Análogamente podría plantearse como hipótesis que la progresiva bancarrota de las condiciones económicas de base que hicieron posible el auge del neoliberalismo no se ha traducido en una inmediata defenestración de su hegemonía debido al papel estabilizador que cumplen los componentes ideológicos y políticos en la conservación de su primacía. Se ha abierto así un período, cuya duración puede ser más o menos larga según los casos, en el cual su lenta agonía le permite por ahora seguir prevaleciendo por un tiempo, postergando la aparición de una fórmula económico-política que lo sustituya. 

Este carácter “desigual y combinado” de la decadencia del neoliberalismo en América Latina exige por lo tanto contar con instrumentos analíticos cada vez más refinados, algunos de los cuales, estamos seguros, el lector encontrará en este libro. En efecto, es preciso desentrañar las raíces del férreo predominio que el neoliberalismo ha sabido mantener en el crucial terreno de la economía a pesar de su pobre performance en materia de crecimiento, desarrollo y autodeterminación nacional. Si al momento de aparecer la primera edición de este trabajo el neoliberalismo era una fórmula política ganadora, como lo probaron taxativamente las victorias electorales de Carlos S. Menem y Alberto Fujimori, entre otros, al promediar la década de los noventa, a la vuelta del siglo aquél había perdido su glamour político y las elecciones comenzaron a ser ganadas por candidatos que prometían un decidido cambio de rumbo. El caso de la Alianza en la Argentina en 1999, y posteriormente los triunfos electorales de Lucio Gutiérrez en Ecuador y Luiz Inacio “Lula” da Silva en Brasil, unidos al excepcional desempeño de Evo Morales en Bolivia y del Frente Amplio en el Uruguay y la seguidilla de victorias cosechada por Hugo Chávez en Venezuela, son síntomas bien elocuentes del cambio experimentado por la ciudadanía en los países de la América Latina. En la base de tantas derrotas se encuentra el fracaso de la fórmula económica canonizada en el Consenso de Washington. 

Las labores de Sísifo del post-neoliberalismo 

Sin embargo, hasta el momento actual este tembladeral político abierto a los pies del neoliberalismo no llegó a fructificar en la construcción de una genuina alternativa postneoliberal. Esta falta de correspondencia dio así inicio a un período en donde, para utilizar la conocida metáfora de Antonio Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. El resultado de este interregno, como lo recordaba el gran teórico italiano, ha sido la aparición de una serie de fenómenos aberrantes que expresan con su sola presencia la naturaleza altamente conflictiva y por momentos bárbara de esta coyuntura. El abierto desfalco del contrato electoral, perpetrado por gobiernos que llegan al poder sólo para romper de inmediato con sus promesas, es una de estas aberraciones; la traición a los principios es otra; la supervivencia en la escena política de la región de personajes como Menem, Fujimori, Pinochet, Banzer hasta su inesperado fallecimiento, el recientemente resucitado Salinas de Gortari y tantos más, es otra; y hay muchas más. Todas ellas denotan, de una manera a veces grotesca y otras trágica, esta continuada supremacía del neoliberalismo más allá de su evidente fracaso y del hecho que en las urnas la ciudadanía le haya dado la espalda de manera rotunda. }

No obstante, los gobiernos que llegan al poder sobre los hombros de una impresionante marejada de votos populares y con un mandato expreso claudican a la hora de poner en marcha una agenda post-neoliberal. Parecen destinados a derrumbarse como Sísifo cuando estaba a punto de llegar a la cumbre de la montaña cargando su pesada piedra. ¿Por qué? Este libro ofrece algunas claves sugerentes para interpretar tamaña frustración. Baste por ahora con decir que entre las muchas transformaciones que tuvieron lugar en el período de auge del neoliberalismo se cuentan dos, de extraordinaria importancia, y que arrojan luz sobre este problema. En primer lugar, el acrecentado poder de los mercados, en realidad de los monopolios y grandes empresas que los controlan, vis a vis el estado. Esto significa que la capacidad de influencia -y en la mayoría de los casos de abierto chantaje con que cuentan tales grupos somete a los gobiernos de la región a presiones difíciles, si bien no imposibles, de 2 neutralizar, con la consiguiente frustración de las aspiraciones de cambio de nuestras sociedades. En segundo lugar, las modificaciones en un sentido antidemocrático que ha sufrido el estado en América Latina, y que han resultado en un desplazamiento hacia los ámbitos supuestamente más “técnicos”, y por consiguiente alejados de la voluntad popular expresada en las elecciones, de un número creciente de temas que hacen al bienestar público y que se resuelven en pequeños conciliábulos entre la dirigencia empresaria y la clase política1. La política comercial internacional se discute en secreto al igual que el ALCA y, por otra parte, el neoliberalismo logró imponer, gracias a la invalorable ayuda de los mal llamados “organismos multilaterales de crédito”, la perversa tesis de que los bancos centrales deben ser “independientes.” Esto es, deben permanecer al margen de cualquier influencia democrática o de cualquier tipo de control popular, y estar completamente subordinados a los mercados, es decir, a los dueños del dinero. El desorbitado crecimiento del poder de los mercados y la involución democrática de los estados tuvo como consecuencia el debilitamiento de la capacidad de autodeterminación de los gobiernos y, como contrapartida, un aumento incontenible en la influencia de los lobbies empresariales en la formación de la decisión política. Si bien en el terreno de la cultura y la ideología el neoliberalismo se encuentra hoy muy cuestionado, lo cierto es que este fortalecimiento de los grandes beneficiarios de la reestructuración neoliberal en el terreno fundamental de la economía, unido al papel de los “perros guardianes” de la ortodoxia del Consenso de Washington, principalmente el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización Mundial del Comercio y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, para no mencionar sino los más relevantes, le ha dado un nuevo aliento a la idea de que no hay otra alternativa que proseguir indefinidamente con las políticas económicas impuestas en las dos últimas décadas, y que cualquier tentativa de abandonar esa ruta suicida sólo puede ser para peor2. Al igual que Sísifo, que se condenó al traicionar el mandato de Zeus, los gobiernos postneoliberales podrían terminar suicidándose si traicionan el mandato popular. 

La contraofensiva ideológica 

Sin embargo, para una cabal interpretación de este itinerario declinante del neoliberalismo es preciso tener en cuenta un tercer elemento: la declinación de la ascendencia ideológica del neoliberalismo. En los ochenta y la primera mitad de los noventa su predominio era indisputable, de ahí el primado del pensamiento único y el Consenso de Washington. Además, su influencia se sentía también en la vida cotidiana, en el sentido común epocal, en la escala de valores construida a imagen y semejanza de los valores que campeaban en el mercado, con su culto al individualismo exacerbado, su fe en la “magia de los mercados” y en las virtudes de las políticas ortodoxas. Hoy en día esa constelación de valores se enfrenta a una profunda crisis. Incluso en el terreno crucial de las ideas económicas el neoliberalismo confronta con adversarios cada vez más enconados. Su fracaso en este ámbito es hoy inocultable. América Latina perdió, gracias a las políticas ortodoxas recomendadas sobre todo por el FMI, la década de los ochenta. De ahí su denominación: la “década perdida.” Hubo un momento de esperanza en el sentido de que en los noventa se recuperase la marcha. La verdad es que sólo los primeros años de esa década final del siglo aportaron algún transitorio alivio. Pero la segunda mitad volvió a descender a los niveles de la precedente, al punto tal que los parsimoniosos informes de la CEPAL hablan de una “media década perdida” y ya no ocultan la necesidad de abandonar lo antes posible una fórmula económico-política que postró a un continente riquísimo y lleno de posibilidades. La contraofensiva ideológica se extendió, como era de esperar, a otros ámbitos de la vida social más allá del económico. El hiper-individualismo antaño tan celebrado pasó a ser visualizado con otras tonalidades, asociadas a la corrupción generalizada que acompañó la implantación de las políticas neoliberales en la región y, en fechas más recientes, al auge de la criminalidad y la inseguridad ciudadana que abruman a los países del área. El desencanto es ya evidente. Los problemas de los países centrales multiplican las incertidumbres, y el avance de formas organizativas autónomas y solidarias creadas por ese inmenso ejército de “condenados de la tierra”, para usar la gráfica expresión de Franz Fanon, robustecen día a día la creencia de que ya no es posible confiar en los mercados ni en sus demiurgos, y que el hiper-individualismo salvaje y el killing instinct tan valorados por la economía neoclásica son el camino seguro para el final holocausto de la especie humana. La lenta pero sistemática 3 recuperación del pensamiento crítico en las ciencias sociales de América Latina es otra indicación de lo mismo, que señala la bancarrota de las metodologías individualistas y economicistas que habían entrado en los años ochenta, de la mano de escuelas como las de la “elección racional” y la teoría de los juegos. Por último, el importantísimo papel desempeñado en lo que José Marti precozmente denominara “la batalla de las ideas”, cristalizada primero en la realización de los foros sociales mundiales de Porto Alegre y sus derivados en las más distintas áreas del mundo, señala claramente los alcances de este sostenido cambio registrado en el clima ideológico mundial. Baste para ello comprobar la desordenada retirada de Davos de la escena pública internacional, una vez que la contraofensiva ideológica de los opositores a la mundialización neoliberal rompió la conspiración del silencio que tornaba inaudible sus voces e invisibles sus protestas. Un indicio no menor de esto ya lo habían aportado, en 1998, las innumerables conmemoraciones, seminarios internacionales, reuniones y lanzamientos de libros y revistas relativas al sesquicentenario de la aparición del Manifiesto del Partido Comunista, algo simplemente impensable apenas tres años antes. Esta creciente disputa que se ha establecido en el terreno de la ideología, y en donde los partidarios del neoliberalismo se baten en retirada, ha contribuido decisivamente a socavar su predominio en los más apartados rincones del planeta. 

Los movimientos contestatarios 

La cuarta novedad producida desde la aparición de este libro fue la emergencia de vigorosos movimientos sociales contrarios a la globalización neoliberal y al neoliberalismo en general. Si en la primera mitad de la década de los noventa éste parecía avanzar sobre tierra arrasada y con sus banderas desplegadas, a medida que se aproximaba el fin de siglo la resistencia social contenida durante mucho tiempo adquirió una gravitación extraordinaria3. Cabe señalar que una precoz advertencia de lo que habría de ocurrir tiempo más tarde se escenificó en las montañas del sureste mexicano con la abrupta aparición del EZLN el 1 de enero de 1994. La sorpresa causada por esta primera gran protesta que, hay que recordarlo, fue seguida por una serie de grandes encuentros en la selva Lacandona encaminados a organizar una gran batalla ideológica universal en contra del neoliberalismo, hizo que muchos pensaran que la irrupción zapatista sería apenas un grito local, potenciado por el tradicional autoritarismo del estado mexicano y de los gobiernos priístas. Sin embargo, otras fuerzas sociales de la región habían también comenzado a manifestar su descontento con las políticas neoliberales. Sobresalen en este sentido las grandes movilizaciones que tuvieron lugar en la Argentina, en oposición a las políticas impulsadas por el gobierno de Menem, y anteriormente las protestas que habían tenido lugar en Caracas y que culminaron en lo inmediato con el sangriento “caracazo” y, años más tarde, con el irresistible ascenso de Hugo Chávez al poder. 

No obstante, habrían de ser las grandes movilizaciones y demostraciones que tuvieron lugar en Seattle, en noviembre de 1999, las que abrirían una nueva fase en la resistencia en contra de la globalización neoliberal. Ya no se trataba de las protestas populares que se verificaban en los países de la periferia del capitalismo, sino de otras personificadas por las víctimas que el neoliberalismo producía en el corazón mismo de los capitalismos desarrollados. A Seattle le siguió la progresión de los sucesivos foros mundiales organizados en Porto Alegre a partir del 2001 y, posteriormente, toda una serie de grandes movilizaciones de masas que conmovieron a las principales ciudades de América Latina, Europa y América del Norte4. En África y Asia estos procesos se desenvolvieron mucho más lentamente, y hasta el día de hoy el centro de gravedad de las protestas se encuentra claramente localizado en el hemisferio occidental, si bien esta tendencia está comenzando a cambiar en los últimos tiempos. La importancia de estos movimientos, a veces llamados “no-globales”, difícilmente podría ser exagerada. Ellos representan en el terreno de la lucha política la emergencia de una cultura y una ideología alternativa al neoliberalismo. No son movimientos contrarios a la globalización, sino que su oposición es a la forma actual, predominante, de esta globalización, signada por la hegemonía del neoliberalismo. Las potencialidades que encierran estos movimientos son enormes, y en buena medida podría decirse que vienen a representar el relevo de los agotados partidos socialistas y comunistas que, aparentemente, no estarían en condiciones de ofrecer una respuesta adecuada en esta nueva fase de la historia del capital. Por sus características son movimientos anti-sistema, basistas, profundamente democráticos y que colocan inéditos desafíos a los tradicionales mecanismos de cooptación y asimilación con que las clases 4 dominantes neutralizaron a las organizaciones populares en la fase anterior. Esta es pues otra gran novedad producida en los últimos años y que, en cierto sentido, había sido anticipada en algunas de las contribuciones de este libro. 

El neoliberalismo armado 

La quinta y última novedad ha sido la vertiginosa transformación del neoliberalismo en una doctrina y una práctica fuertemente autoritarias. A medida que avanzaba la resistencia popular a sus políticas, el neoliberalismo abandonó su talante falsamente democrático y demostró que en el fondo no era otra cosa que un proyecto autoritario que pretendía disimularse en la supuesta racionalidad y anonimato del mercado. En este proceso involutivo podemos distinguir dos etapas: una primera anterior al 11 de septiembre del 2001, en la cual el neoliberalismo, ya a la defensiva luego de los acontecimientos de Seattle, comenzó a desarrollar un discurso y una práctica orientados a la militarización de la política y a la criminalización de la protesta social. Huelga aclarar que estas directivas provenían de Washington y eran transmitidas a través de una densa red de mediaciones que las presentaba como parte de una estrategia diseñada para combatir al narcotráfico y las insurgencias guerrilleras de la región. La etapa posterior está marcada por el evento traumático del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al Pentágono y comienza, para ser muy estrictos, con el anuncio de la nueva doctrina estratégica norteamericana en septiembre de 2002, en donde se afirma el principio de la “guerra preventiva” y se clausura en los hechos la posibilidad de un orden internacional plural a partir del principio de que, en palabras del presidente George W. Bush Jr., “ésta es una guerra entre el bien y el mal, y Dios no es neutral”. 

La satanización de los críticos de la globalización neoliberal, unida al vertiginoso endurecimiento del clima ideológico y político internacional, provocó en los meses inmediatamente posteriores a los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 un importante reflujo en las movilizaciones y las protestas que se venían produciendo con un ritmo cada vez más intenso en numerosos países. No obstante ello, pocos meses después la ofensiva de los movimientos sociales contrarios a la globalización neoliberal recuperó su dinámica expansiva, que se ha sostenido hasta la actualidad. Es que tales protestas nada tienen de coyuntural, sino que son indicativas de una condición estructural de esta nueva fase del desarrollo capitalista, en la cual la proporción de excluidos sin ninguna posibilidad de reintegrarse al mercado de trabajo crece sin cesar. En ese sentido, la exitosa realización del Foro Social Mundial de Porto Alegre a comienzos del 2002, cuando aún no se terminaban de remover los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York, fue de alguna manera el síntoma de una irresistible recuperación, que se ratificaría después en numerosas ciudades de las Américas y Europa, para encontrar su apogeo en las gigantescas demostraciones de Génova y en Florencia, durante la realización del Foro Social Europeo en noviembre del 2002. Las formidables manifestaciones contrarias a la guerra de Irak, y muy particularmente las que tuvieron lugar en las principales ciudades del mundo el 15 de febrero del 2003 en la Jornada de Protesta Global contra la Guerra promovida desde el Tercer Foro Social Mundial de Porto Alegre, convocaron en ciudades como Londres, Roma, Madrid, Barcelona, París y Berlín, entre tantas otras, a la más grande cantidad de personas jamás vista. Según Tariq Alí, “más de ocho millones de personas marcharon por las calles de cinco continentes” en una movilización “sin precedentes en tamaño, alcance o escala”5. Estas grandes manifestaciones, junto con el vigoroso sentimiento antibélico que se extendió como reguera de pólvora por todo el mundo, revelan los extraordinarios alcances del rechazo popular al neoliberalismo y su política de exterminio. 

Estas son, en apretada síntesis, las principales novedades producidas en relación a las andanzas del neoliberalismo en América Latina. Hubo también otras, pero su relevamiento excedería los modestos límites de este nuevo prefacio. Confiamos en que las contribuciones reunidas en este volumen habrán de ser útiles para una mejor intelección de todos los aspectos que definen este momento en la historia del capitalismo. Esperamos también, de este modo, colaborar en la empresa en que están empeñados los más grandes movimientos sociales de nuestra época: acabar con la mundialización neoliberal y dejar atrás uno de los períodos más siniestros en la historia de la humanidad. 

Buenos Aires, 25 de julio de 2003

Notas 

1 Hemos explorado en detalle esta problemática en Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000). 

2 Sobre el tema de la reorganización internacional del capitalismo ver nuestro Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Buenos Aires: CLACSO, 2002) y Ana Esther Ceceña y Emir Sader, compiladores: La Guerra Infinita. Hegemonía y Terror Mundial (Buenos Aires: CLACSO, 2001). 

3 Cf. José Seoane y Emilio Taddei (compiladores) Resistencias Mundiales. De Seattle a Porto Alegre (Buenos Aires: CLACSO, 2001) y Atilio A. Boron, Julio Gambina Naúm Minsburg (compiladores) Tiempos Violentos. Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 1999). 

4 Ante los desafíos planteados por esta nueva fase en la evolución de los conflictos sociales y las resistencias a las políticas neoliberales en América Latina, la XIX Asamblea General de CLACSO, reunida en Recife, en noviembre de 1999, encomendó a la Secretaría Ejecutiva del Consejo la puesta en marcha de un programa especial para dar seguimiento y sistematizar información sobre estos temas. El resultado fue la creación del Observatorio Social de América Latina (OSAL), que cuatrimestralmente publica una revista conteniendo una cronología de los conflictos sociales de la región, debates teóricos relativos a esta problemática y dossiers con informes especiales sobre algunos de los aspectos sobresalientes de las luchas sociales que tienen lugar en el área. 

5 Cf. Tariq Alí, “Re-colonizando Irak” en OSAL, Revista del Observatorio Social de América Latina (Buenos Aires: CLACSO), Nº 10, Enero-Abril del 2003, p. 267.

Presentación a la edición en lengua castellana. 

Emir Sader y Pablo Gentili 

Los textos que integran este libro resumen algunas de las contribuciones realizadas durante el Seminario Internacional Pós neoliberalismo. As políticas sociais e o Estado democrático, realizado en Rio de Janeiro entre los días 13 y 16 de septiembre de 1994. Dicho evento, promovido por el Departamento de Políticas Sociales de la Facultad de Servicio Social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), contó también con la participación de numerosos colegas cuyos trabajos, no incluidos en el presente volumen, han sido sumamente valiosos para las discusiones y los debates realizados en sus diferentes sesiones: Kiva Maidanik (Rusia), Carlos Alberto Torres (USA), Adriana Puiggrós (Argentina), Francisco de Oliveira, José Paulo Netto, Gaudéncio Frigotto, José Ricardo Rantalho, Luiz A. Machado, Sônia Fleury, Aldaisa Sposati, André Medici y Mario Sergio Cortella, estos últimos de Brasil. 

Los trabajos de Perry Anderson, Göran Therborn, y Atilio Boron constituyen la versión completa (por ellos mismos corregida) de las cuatro conferencias centrales de aquel Seminario. La reunión de estos textos fue acompañada de un diálogo colectivo entre dichos autores, Pierre Salama, Luis Fernandes y los compiladores del presente volumen. 

Debemos destacar una vez más el apoyo brindado por los directivos y profesores de la UERJ, gracias a quienes este Seminario pudo ser realizado: Ricardo Veiralves, Rosangela Nair C. Barbosa, Ney Luiz Teixeira de Almeida, Elaine Behring, Claudia Gonçalves de Lima, Eduardo Stotz y Dayse Candida Santos Rocha. Asimismo expresamos nuestro agradecimiento a la Fundação de Apoio á Pesquisa do Estado do Rio de Janeiro (FAPERJ). Por último, debemos destacar la invalorable contribución realizada por Luis Fernandes y Emilio Taddei, cuya colaboración ha sido fundamental para la edición de los textos que integran este libro. 

La obra que aquí presentamos fue originalmente publicada en portugués por la Editorial Paz e Terra (Río de Janeiro, 1995; segunda reimpresión: marzo de 1996). La edición española ha sido prologada por Pablo González Casanova, intelectual riguroso y comprometido con las luchas populares en América Latina. Nadie mejor que él podría haber abierto las reflexiones que aquí presentamos, las cuales pretenden, simplemente, realizar un mínimo aporte para la comprensión crítica de las políticas neoliberales en nuestros países. Emir Sader y Pablo Gentili Rio de Janeiro, febrero de 1996 

Nota 

El relativo atraso en la publicación de esta obra en español nos ha permitido incluir un último capítulo no previsto en su versión original: “Estado, democracia y alternativa socialista en la era neoliberal”. El mismo constituye la transcripción de un diálogo mantenido entre Robin Blackburn, Atilio Boron, Michael Löwy, Emir Sader y Göran Therborn, coordinado por Luis Fernandes, Pablo Gentili y Emilio Taddei, en ocasión del segundo seminario Pós Neoliberalismo realizado en la Universidade do Estado do Rio de Janeiro-UERJ en septiembre de 1996. Creímos importante su inclusión ya que las temáticas abordadas han pretendido dar continuidad a las discusiones que se resumen en el diálogo realizado dos años antes y transcriptas en el capítulo IV. 

Emir Sader y Pablo Gentili 

Rio de Janeiro, agosto de 1997 7 


Prólogo. 

La trama del neliberalismo: una introducción 

Pablo González Casanova 

Es éste un libro que apunta a estudiar lo que le sucederá al neoliberalismo. Sus autores, en general, no afirman que ya nos encontramos en una época posterior al neoliberalismo. Inquieren sobre las alternativas que el propio sistema tiene para cambiar las políticas neoliberales en un momento dado cuando sus efectos secundarios y sus terribles estragos resulten intolerables para el sistema o sus opositores. También apunta a la búsqueda de alternativas de pueblos y naciones frente a las redes trasnacionales o los estados sujetos a sus propias oligarquías económico político culturales y a las grandes empresas y potencias hegemónicas. 

¿Qué puede haber más allá de la tiranía del neoliberalismo?, se pregunta José Paulo Netto en la edición brasileña del presente volumen. Al contestar advierte que el neoliberalismo ha tendido a legitimarse con un proyecto democrático, y que sin la crítica al proyecto democrático neoliberal es imposible encontrar la alternativa y menos aún implantarla. A un nivel de profundidad mayor, aparece la necesidad de vincular el neoliberalismo y el capitalismo; esto es, el neoliberalismo y la nueva organización nacional, internacional y trasnacional del capital con su reestructuración de clases y mercados trasnacionales, con su desestructuración de la clase obrera que prevaleció en la época del Estado Benefactor, y con su desestructuración de los mercados nacionales, de las empresas estatales, y de muchas mediaciones sociales hoy en buena parte del mundo eliminadas. 

Preguntarse por los límites y el fin de la democracia neoliberal, y por sus alternativas dentro del sistema con regímenes de facto, con burocracias autoritarias, civiles y militares, aparece como otra forma de acercarse a situaciones en que eventualmente surgirá una alternativa popular y democrática. Tras las “fronteras” de la tiranía neoliberal formalmente constitucional y “democrática” se halla la tiranía neoliberal de facto, golpista. Frente a ambas se encuentran los límites del conformismo popular: su “capacidad de tolerancia” ante un empobrecimiento sin alternativa y su “capacidad de tolerancia” ante una opresión abiertamente represiva. En ambos puntos, y a partir de la desestructuración de clases y naciones, el problema consistirá en ver qué capacidad surge (y cómo se desarrolla y consolida) para superar, tras el conformismo y la desesperanza, las falsas salidas de etnicismos y fundamentalismos excluyentes, de acciones puramente contestatarias o coléricas, o las de movimientos neo nazis, neofascistas, de camisas negras y cabezas rapadas que internalizan en el pueblo el odio al pueblo, y que asocian a una parte del mismo a proyectos populistas de derecha. Todos esos movimientos, al enjuiciar a la democracia neoliberal, desatan el odio contra toda democracia, contra la tolerancia y la libertad individual y social. Son parte de la tiranía neoliberal. Es aquí donde los científicos sociales se enfrentan a mistificaciones colosales ante las que muestran una complacencia o complicidad que hace de ellos coautores del neoliberalismo y sus variadísimas formas de mentir, fantasear, falsificar, engañar. La traducción por los intelectuales del más monstruoso proyecto histórico del capitalismo a un proyecto aceptable para las masas, con medidas que aquéllos avalan y éstas no entienden en su contenido real sino largos años después, es un proceso que el verdadero sociólogo tiene que denunciar, desestructurar y someter a una teoría explícita capaz de construir alternativas con las mayorías y para ellas. 

El neoliberalismo, como forma de organización del capitalismo a partir de sus módulos y redes más poderosas, logra la hegemonía ideológica con una democracia en que lo social es adjetivo. 

Esa hegemonía es tanto más fuerte cuanto más débil es el Estado-Nación y más débiles las redes y módulos que a su amparo controlan un territorio o un espacio socioeconómico del ex mercado nacional, o del ex mercado protegido del trabajo y la seguridad social. La hegemonía neoliberal se impone recomponiendo las relaciones del Estado, el mercado, las empresas, los obreros, los empleados y los excluidos, los marginados o los superexplotados. 

La hegemonía neoliberal se rehace con alternancias entre regímenes políticos y militares que no afectan su preeminencia en la economía y el mercado. Militares o civiles imponen la misma política económica. Salir de ella, antes que plantear el cambio de un sistema social a otro, plantea el cambio en la organización misma de la sociedad civil para que, desde el polo de los excluidos, logre organizarse e imponer ciertos límites y políticas a los mercados, las empresas y los estados. 

El proyecto visible plantea, dígase o no, úsese o no la expresión, el problema de la “socialización del poder” por vías revolucionarias pacíficas y violentas y entre conflictos y negociaciones que lo hacen particularmente complejo. En el interín el debilitamiento del Estado Nación, así como el de las empresas no asociadas a la red hegemónica trasnacional, el de los trabajadores organizados, el de los partidos políticos y los movimientos sociales, da pie a un creciente despojo del excedente por la vía de la deuda externa, el comercio desigual, y la “desregulación”; genera también una creciente expropiación de las empresas sociales y las empresas públicas, así como la incautación de las empresas privadas en quiebra a la falta de créditos para la producción de mercados rentables , fenómenos que se complementan con otros como la inflación e hiperinflación que, lejos de provenir de aumentos de salarios y prestaciones, sólo empobrecen más a los trabajadores, a las clases medias y a los desempleados. 

La “superación de las debilidades de la izquierda” se vuelve un problema central. No sólo es difícil desprenderse de los lastres de una lógica estatista y de una lógica sólo nacional frente a un problema de poder empresarial y global, sino que, cuando ocupa una parte mínima de los gobiernos, debe enfrentarse a Estados Nación hegemónicos y a estructuras oligárquicas que utilizan en su contra las divisiones étnicas, religiosas e ideológicas, y aceleran las demandas consumistas y las tendencias clientelistas entre las masas. 

En este libro, más que el fin del neoliberalismo, los autores registran “un viraje político de sentido claramente antidemocrático” que parecería extenderse en los años ‘90 a lo largo del mundo, y que se manifiesta claramente con el renacimiento del racismo y la xenofobia en Europa y Estados Unidos. Ese viraje antidemocrático, hasta en las formas, coincide con una nueva ideología intervencionista a nivel mundial, que en nombre de “acciones militares humanitarias” permite a las grandes potencias preparar “fuerzas de acción rápida” y una opinión pública que se entusiasma con nuevas guerras contra Irak. Todo ocurre mientras los sistemas de “defensa nacional” de los países del Sur y del Este del Mundo han sido desestructurados o articulados al sistema global, y mientras renacen viejas formas hegemónicas de lucha entre Alemania y Rusia, y entre Estados Unidos, Francia, Japón y China, todos socios cercanos y distantes, recelosos de sus movimientos nucleares y tecnológicos. 

El fin de la luna de miel democrática del neoliberalismo corresponde al fin de la utopía capitalista que tanto exaltó la caída del “socialismo real” y que hoy no tiene el menor elemento para presentarse como portaestandarte de la Razón y la Modernidad. La “des ideologización” propugnada por este tipo de regímenes busca que las ideologías y los proyectos socialistas y democráticos sean abandonados de una vez y para siempre. 

El mundo que construye el neoliberalismo y los efectos directos e indirectos, específicos y universales que produce le dan un carácter francamente posmoderno, en el sentido de que el tiempo futuro, lejos de asociarse a un proyecto humanista tiende a evolucionar hacia una clara condición animal, ajena a la política y la dialéctica. Sólo la construcción de alternativas con poder popular y universal parece ofrecer un camino. En el horizonte del Nuevo Mundo y de América Latina débilmente se avizora un mundo menos inhumano en los hechos, democrático y también socialista. 

Pues, ¿hasta qué punto el neoliberalismo y la posmodernidad no son sino una etapa más de la dominación del capitalismo y del fracaso de “La Razón” que surgió con él y que aspiró a crear el mundo que no creó? ¿Y hasta qué punto lo verdaderamente nuevo en la historia de la razón anticapitalista y socialista no es dar mayor atención y peso a la construcción de las mediaciones democráticas con poder de las mayorías, más que a los planteamientos sobre causas y fines? ¿Hasta qué punto lo realmente nuevo es la construcción de mediaciones de las 9 mayorías, que no sean cooptadas por sistemas de participación, o eliminadas por sistemas de represión? 

El problema realmente nuevo es el que sucede a todas las experiencias anteriores de lucha por la democracia, por el socialismo y la liberación. Esas experiencias llevaron a regímenes de cooptación y de represión, y sus beneficiarios fueron minorías más o menos ampliadas y redistributivas y más o menos represivas en guerras y dominaciones internas e internacionales. El problema nuevo es que las alternativas fueron insuficientemente liberadoras, insuficientemente socialistas, e insuficientemente democráticas. 

La falta de legitimidad que a fin de cuentas alcanzaron la socialdemocracia, el populismo y el socialismo real plantea hoy los problemas más nuevos de las ciencias sociales, implica asumir no sólo las luchas contra “la Razón de la burguesía”, sino las luchas de ciudadanos, trabajadores y pueblos en favor de nuevos sistemas que no sean represivos ni excluyentes, que den pie a un “ethos pluralista”, que impidan fenómenos autodestructivos como el desarrollo de las fobias entre los distintos pueblos o fracciones de pueblos y que lleven a un movimiento histórico de democracia multiétnica, universal y socialista. 

En los trabajos de Perry Anderson, Göran Therborn y Atilio Boron hay notables esfuerzos de síntesis que permiten hacer un balance preciso del neoliberalismo, de la crisis y del futuro del capitalismo, así como de la evolución de la sociedad civil después del “diluvio neoliberal”.

  

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sábado, 16 de julio de 2022

Una reflexión sobre el Estado: la vuelta a los clásicos del marxismo

En la sociología y la ciencia política el .tema del Estado es uno de esos temas gruesos, que siempre desafía a la reflexión. Con la ola neoliberal de los años ochenta y noventa, la discusión seria y rigurosa sobre el Estado fue dejada de lado en distintos ámbitos académicos, en los cuales se reflejaban las prácticas encaminadas a reducirlo (hacerlo más pequeño o eliminarlo) que se realizaban en el ámbito público. 

Pese a ello, el tema siempre siguió vivo, aunque fuera en lo márgenes de la discusión académica. Y, por supuesto, el Estado resistió, con desigual éxito, según los distintos países, la ofensiva neoliberal tendiente a desarticularlo e incluso a eliminarlo. 

Ahora bien, en esta primera década del siglo XXI, el debate sobre el Estado vuelve a ponerse a la orden del día. Y lo hace retomando una tradición sociológica y política que se vio interrumpida no sólo por la ofensiva neoliberal de los años ochenta y noventa, sino por el derrumbe del muro de Berlín, la disolución del bloque del Este y el colapso de la URSS: la tradición marxista. 

Se tiene que decir, ante todo, que en la obra de Karl Marx (1818-1883) se dibuja una aproximación al tema del Estado absolutamente moderna, es decir, una aproximación en la que se reconoce al Estado capitalista como una esfera autónoma ("relativamente autónoma") de las otras esferas que integran un orden socio-histórico: la "esfera económica" y la "esfera ideológica" (que con justicia se puede entender como una "esfera cultural"). 

La visión predominante anterior a Hegel -de procedencia contractualista— tendía a identificar

Una reflexión sobre el Estado: la vuelta a los clásicos del marxismo* 

Luis Armando González* 

Estado y sociedad: el contrato social era establecido por los individuos para formar un Estado, antes del cual no formaban cuerpo social alguno, sino que más bien estaban en una guerra de todos contra todos. En todo caso, si se aceptaba la existencia de un orden social distinto del Estado, el mismo era una creación ulterior de este último; primero se constituía el Estado y luego se creaba la sociedad, en virtud de un contrato del cual aquél era el garante último. 

Marx, siguiendo a Hegel -como él mismo lo reconoce en distintos textos— no acepta ni que la sociedad sea igual al Estado ni que éste sea el creador de aquélla. Antes bien, sucede lo contrario: siguiendo a Hegel, para Marx la "sociedad civil", como ámbito de las relaciones familiares, la actividad práctica económica y el intercambio (la sociedad civil como el "verdadero hogar y escenario de toda la historia"1) es históricamente anterior al Estado, siendo este último una derivación de los dinamismos que se generan en ella. Estos dinamismos son los dinamismos de clase, cuya raíz está en el proceso de producción material. Es decir, "la organización social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida de determinados individuos; pero de estos individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia o ajena, sino como realmente son... tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad"2. 

En la perspectiva de Marx, el Estado surge cuando se configuran las clases sociales (cuyo anclaje está en la base económica de la sociedad), una de las cuales -la dominante— necesita de él para mantener su dominio sobre las clases subordinadas. El Estado, en este sentido, es un "instrumento" de dominación; un instrumento al servicio de la clase dominante. 

"La burguesía -dice Marx en La ideología alemana— , por ser ya una clase, y no un simple estamento, se halla obligada a organizarse en un plano nacional y no ya solamente en un plano local y a dar a su interés medio unas forma general. Mediante la emancipación de la propiedad privada con respecto a la comunidad, el Estado cobra una existencia especial junto a la sociedad civil y al margen de ella; pero no es tampoco más que la forma de organización a que necesariamente se someten los burgueses, tanto en lo interior como en lo exterior, para la mutua garantía de su propiedad y de sus intereses... Como el Estado es la forma bajo la que los individuos de una clase dominante hacen valer sus intereses comunes y en la que se condensa toda la sociedad civil de una época, se sigue de aquí que todas las instituciones comunes tienen como mediador al Estado y adquieren a través de él una forma política. De ahí la ilusión de que la ley se basa en la voluntad y, además, en la voluntad desgajada de su base real, en la voluntad libre. Y, del mismo modo, se reduce el derecho, a su vez, a la ley"3. 

Pero el Estado, en Marx, no es un todo uniforme, sino que consta de dos momentos: (a) el legal, formado por un corpus juridico-normativo mediante el cual se legaliza (y legitima) la desigualdad de clases existente en la esfera económica (y en el cual los desiguales aparecen como iguales); y (b) el coercitivo, que entra en acción, apelando a los recursos de fuerza que monopoliza el Estado, cuando la ley falla en su función de mantener resguardados los intereses de la clase dominante. 

Así pues, el Estado es una pieza fundamental en la dominación de una clase sobre el resto de la sociedad. También lo es la ideología, pues para Marx -en la célebre definición ofrecida en ¿a ideología alemana— la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. O como él lo dice, "las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente"4. 

Por eso, la lucha contra la dominación se libra -además de en el terreno ideológico— , en el plano político, en contra del Estado y por su control, siendo esto último clave en un proceso de cambio revolucionario. Porque "toda clase que aspire a implantar su dominación, aunque ésta, como ocurre en el caso del proletariado, condicione en absoluto la abolición de toda la forma de la sociedad anterior y de toda dominación en general, tiene que empezar conquistando el poder político, para poder presentar su interés como el interés general"5. 

En la visión de Marx, una de las vías posibles para hacerse del control del Estado es la vía democrático-electoral, pero ella se enmarca en la legalidad burguesa y, en consecuencia, está limitada por ella y -como dice él en la Crítica al Programa de Gotha— por su "letanía democrática": sufragio universal, legislación directa, derecho popular y milicia del pueblo6. La otra vía es la revolucionaria, que supone el asalto violento del Estado por parte de la clase proletaria organizada en un partido comunista. Este asalto es necesario para que la clase en ascenso subordine el aparato estatal a sus propios fines. Dicho sea de paso, Friedrich Engels, en su testamento político, hizo una apuesta por la primera de las opciones apuntadas, abriendo las puertas al desarrollo de la socialdemocracia alemana. 

Como quiera que sea, en la perspectiva de Marx, la conquista del Estado por parte de la clase proletaria tiene una finalidad última: conducirlo a su abolición definitiva, lo cual supone la abolición de la raíz económica de las divisiones de clase: la propiedad privada de los medios de producción. En la fase socialista del proceso revolucionario, el proletariado creará -mediante la "dictadura revolucionaria del proletariado"— las condiciones que permitan arribar al comunismo como la etapa más plena del desarrollo histórico de la humanidad, una etapa en las cual las clases sociales habrán desaparecido y, por consiguiente, el Estado será innecesario desde un punto de vista social, político y económico. "Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista -escribe Marx— media el periodo de transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado"7. Sólo después se transitará a la sociedad comunista, "donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos"8. 

En resumen, Marx enfatizó la dimensión instrumental del Estado, lo cual fue un acierto, pues no podemos obviar la evidencia histórica que respalda el uso del Estado por parte de grupos de poder económico. Pero la visión de Marx es insuficiente, porque el Estado es, además de instrumento de dominación, otras muchas cosas. Para el caso, no prestó atención al peso del Estado en la configuración del orden social, sobre todo en lo que hace no sólo a su influencia normativa, sino a su influencia en las conductas, hábitos, estilos de comportamiento, valoraciones y creencias de hombres y mujeres que viven bajo su jurisdicción e incluso -en el caso de estados predominantes en el escenario mundial— fuera de ella. 

No hay mejor ejemplo de esto último que el enorme peso que tuvo el Estado soviético en la configuración de las sociedades del bloque del Este, desde 1945 hasta 1989. O, la contrapartida occidental de un influjo semejante por parte de Estados Unidos, el cual en la actualidad se ha extendido -muchas veces mediante mecanismos de terror y violencia— , por el mundo. Más cerca de nosotros, está el indiscutible influjo de los estados militarizados latinoamericanos -durante la mayor parte del siglo XX— sobre los hábitos, conductas y creencias de la gente. Una cultura política autoritaria germinó y se desarrolló a partir de ese influjo, sin que hasta ahora haya podido ser contrarresta por una cultura política democrática. 

En la tradición marxista, el autor que más se acercó a una comprensión del Estado como generador de cultura, y no sólo cómo un instrumento de dominación, fue Antonio Gramsci (1891-1937). Cabe recordar que Vladimir Lenin (1870-1924) continuó la línea de interpretación de Marx, es decir, la de entender al Estado como un instrumento de clase. Pero Gramsci tuvo al acierto de distanciarse de esta interpretación que era (y siguió siendo la predominante durante mucho tiempo) la predominante en los círculos marxistas. 

El filósofo italiano entendió al Estado como una instancia atravesada por una doble dimensión: la hegemonía y la coerción. En sus palabras: "hay que observar que en la noción general de Estado intervienen elementos que hay que reconducir a la noción de sociedad civil (en el sentido, pudiera decirse, de que Estado = sociedad política + sociedad civil, o sea, hegemonía acorazada de coacción)"9. La sociedad civil ya no tiene que ver con las prácticas sociales -tal como lo entiende Marx— sino con la capacidad del Estado para asegurar la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad, es decir, para asegurar que la clase en el poder no sólo "domine", sino que también "dirija" a la sociedad. "El hecho de la hegemonía presupone, sin duda -dice Gramsci— , que se tengan en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejercerá la hegemonía, que se constituya un cierto equilibrio de compromisos"10. 

Ese "equilibrio de compromisos" supone la capacidad del Estado para generar consenso en torno al proyecto de la clase dominante. En virtud de ello, el Estado puede dotarse de legitimidad "convenciendo" a los ciudadanos y ciudadanas de que lo suyo es el "bien común" y el "interés general", y no el interés de una clase o un grupo en particular. Este convencimiento da estabilidad política a la sociedad y asegura el orden social, lo cual significa que el proyecto de la clase dominante es aceptado voluntariamente por las clases subordinadas. Cuando esta capacidad de convencimiento falla, entonces entran en juego los mecanismos coercitivos del Estado, que ponen en evidencia una situación de crisis política. Cuando esto sucede, la sociedad civil es desplazada por la sociedad política, que no es otra cosa que la dimensión coercitiva del Estado. 

Gramsci nos acercó, de esta manera, a una visión más compleja de la estructura del Estado y sus funciones. Lamentablemente, la visión de Lenin -convertida en dogma de fe gracias a la labor de Stalin y los hacedores de manuales de la desaparecida Academia de Ciencias de la URSS— fue la que se impuso, prácticamente hasta la desaparición de la URSS, en el debate marxista. De esta manera, se impidió que la interpretación de Gramsci se abriera paso y marcara la pauta de la discusión teórica sobre el Estado. De aquí que la recuperación de Gramsci sea uno de los desafíos más importantes en el debate marxista actual. 

Pero no basta con retomar a Gramsci, para avanzar hacia aproximación teórica más rigurosa sobre el Estado. Para empezar, la interpretación del Estado como instrumento de clase debe ser revisada críticamente, para ponderar qué tan realista es suponer que el Estado sea un ente manipulable que puede ser usado por una clase para sus propios fines, o incluso que puede ser abolido por la voluntad colectiva en un determinado momento histórico. Hay que hacerse cargo de la realidad del Estado como un aparato burocrático no sólo capaz de mantenerse en el tiempo, sino capaz de crecer y acumular poder (normativo, institucional, simbólico y material) si se lo deja a sus propia suerte, y ya no se diga si expresamente se impulsan prácticas políticas que lo hagan crecer y desarrollarse (tal como sucedió en la ex URSS, con el Estado de bienestar occidental y con los estados populistas latinoamericanos de los años 40 y 50 del siglo XX). 

Pocos ataques contra el Estado han sido tan feroces como los realizados por los reformadores neoliberales, que se propusieron, en su momento de más éxito (años 80 y 90 del siglo XX), cumplir el sueño de Marx: abolir el Estado, no socializándolo -como quería el filósofo alemán— , sino privatizando sus empresas, funciones y servicios. 

Pero el Estado resistió y siguió en pie. Y en estos momentos -en el marco de la actual crisis financiera mundial— se ha puesto en la mesa de discusión la necesidad de fortalecerlo, tanto en sus funciones económicas como en sus funciones sociales. Asimismo, por el lado latinoamericano, la resistencia al neoliberalismo de inicios del siglo XXI ha supuesto no sólo un protagonismo social, sino también un protagonismo estatal. 

En definitiva, no se quiere decir aquí que el Estado sea una sustancia eterna e inamovible. Nada más se señala que el Estado tiene una enorme capacidad de mantenerse en el tiempo, cambiando, pero conservando su identidad fundamental. Una identidad que se ha forjado y cristalizado a lo largo de la historia de cada sociedad, lo cual convierte al Estado en una realidad resistente no a lo pequeños cambios (que se suceden regularmente), sino a las grandes transformaciones, que sobrevienen en el marco de transformaciones sociales, económicas y políticas más amplias... Y aún así, suelen quedar vestigios del Estado que ha sido demolido, tal como sucedió en la Rusia revolucionaria posterior a 1917 y sucede en la Rusia actual, una vez que, después de 1991, el socialismo real fue reemplazado por el capitalismo neoliberal.

En enfoque de sistemas se impone como recurso teórico para entender al Estado11. Visto como un sistema, el Estado tiene una capacidad de autoreproducción propia de cualquier sistema. Cambia, pero se mantiene en su identidad. Y se desintegra totalmente, cuando ya no es capaz de autoreproducirse, o sea, cuando ya no es capaz de asimilar los recursos que el entorno le ofrece para ello. Al suceder esto, un nuevo Estado (un nuevo sistema estatal) puede entrar en escena. Estas transformaciones sistémicas-estatales no han sido tan frecuentes en las sociedades conocidas, pero cuando se han dado las han marcado de manera indeleble, reencauzándolas por trayectorias distintas a las que habían seguido hasta entonces. En suma, para la compresión teórica del Estado quizá sea útil tomar en cuenta esta afirmación de Mario Bunge acera de los sistemas. 

"La estructura, en especial la interna -dice este autor— , es esencial para los sistemas. En efecto, para explicar la emergencia de un sistema debemos descubrir el correspondiente proceso de combinación o ensamblado y, particularmente, los vínculos o enlaces resultantes de la formación de la totalidad. Lo mismo vale, mutatis mutandis, para cualquier explicación de la descomposición de un sistema. En otras palabras, explicamos la emergencia, el comportamiento y la desintegración de los sistemas, no sólo en términos de su composición y entorno, sino también en términos de su estructura total (interna y externa). Y esto no es suficiente: es necesario conocer algo acerca del mecanismo o modus operandi del sistema, vale decir, del proceso que lo hace comportarse -o dejar de comportarse— del modo en que lo hace"12. 

*Texto modificado de la charla ofrecida por el autor a estudiantes de licenciatura en Sociología de la UES, en el marco del curso "Estado, gobierno y sociedad". San Salvador, 22 de abril de 2009. Una primera versión de estas ideas se desarrolló en el curso de "Historia económica" impartido por el autor en la UCA, en el primer semestre de 2009. 

** Licenciado en filosofía por la UCA y Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO-México. 

El "individualismo metodológico" de Max Weber y las modernas teorías de la elección racional

 

El "individualismo metodológico" de Max Weber y las modernas teorías de la elección racional

 Luis Armando González

Presentación

 

La designación Teoría Política compone el conjunto de conocimientos que derivan de la preocupación por comprender al fenómeno político, entendido como aquella actividad humana que concierne a la vida en común –es decir, aquello que podemos entender como lo público-. A su vez -y en la medida en que efectivamente humana- esa vida en común no puede ser sino evaluada, se trata de un tipo de conocimiento sometido explícita o implícitamente a la siguiente premisa: el fenómeno político expresa y pone en movimiento una tensión inherente, que puede ser explicitada como la que acontece entre lo que es y lo que debe ser.  Dicho de otro modo, ¿acaso existe un teórico político que no se refiera de un modo u otro al tópico de la “ciudad perfecta”?

En tales términos entonces, la teoría política viene a ser una suerte de “enjuiciamiento crítico de la vida en común”. En vista de ello pretende responder a interrogantes tales como los siguientes: ¿debe prevalecer la fuerza, la razón, o el consentimiento en la vida en común? ¿Cuál de esas energías se orienta mejor hacia el tipo de vida que juzgamos más idóneo o mejor?

Como es de esperarse, estando la Teoría Política en encargo de tan compleja y multifacética situación, la evaluación de las ideas toma no sólo la forma de contactos o experiencias empíricas sino también la de un diálogo entre los reconocidos autores que conforman largos linajes de ideas; es decir, tradiciones de discurso. En este sentido, la teoría política es simultáneamente un modo de enfrentar –definir, conceptualizar, comprender-  fenómenos y también un modo de dialogar con la comunidad de quienes comparten esa empresa. Por supuesto, esto debe ser hecho con la precaución debida –y urgida por los “contextualistas” contemporáneos: los autores así reunidos pueden no tener las mismas referencias empíricas y es un hecho que nunca, o casi nunca, tienen el mismo horizonte de experiencia. Esto debe considerarse menos como un límite que como una precaución: así como enfrentan problemas prácticos y de coyuntura, los mismos autores creen que sus respuestas los trascienden.

Se entiende entonces que “hacer” Teoría Política sea una actividad frecuentemente referida en la historia intelectual; y, más precisamente, en la historia de las ideas políticas. Entonces, las variedades de la Teoría Política pueden discernirse según los diversos criterios de lectura que se practiquen, según los participantes invitados a la comunidad  lo que plantea el agudo problema del canon de lecturas. Piénsese en los debates que van desde la consideración de un autor como pensador político –por ejemplo, cabe preguntar ¿lo era Tucídides?- o bien como pensador –¿los autores fascistas son en verdad  “pensadores”?-, hasta los problemas de inclusión que se suscitan cuando se plantea que algunas obras de un autor no son pertinentes –como cuando se aduce que algunas obras de Marx no son suficientemente “marxistas”-.

La propuesta de esta asignatura es seguir esa madeja de ideas, ese diálogo, a partir de un encuadre de preguntas fundamentales y menos a partir de los cánones cronológicos usuales. A su vez, estas preguntas han sido seleccionadas  con especial consideración a los problemas de la “modernidad” política.

Por otra parte, esto último implica el tener en cuenta especialmente los conceptos e ideas cruciales que plantean o se hacen eco los autores; por ejemplo, el concepto “justicia”, o el concepto “libertad”. Es un hecho que la teoría política se compone de conceptos, entre los que conviene hacer una distinción básica. Por un lado, existen conceptos cuyo valor es “epistémico”; es decir, términos que se pretenden instrumentales para una investigación empírica, y que usualmente se evalúan de acuerdo a su provecho en esa empresa –es decir, su aptitud operacional y su capacidad para distinguir los fenómenos. Por otro lado, existen conceptos cargados de valor “normativo”; como por ejemplo, el concepto “justicia”.

Se trata de una distinción que aunque básica no deja de ser controversial. Se suele discutir la posibilidad de conceptos que, refiriéndose a la acción humana, puedan ser no-normativos. Leo Strauss supo afirmar que es imposible describir un campo de concentración sin conceptos normativos –tales como libertad y sumisión, etc-; y que si se lo hiciera nadie sabría que se trata de un campo de concentración.

Esa objeción de Strauss tiene dos vías de tratamiento: a nivel epistemológico –que aquí es de menor interés- y a nivel pragmático. Es esta, en cierto modo, la línea sugerida por Weber: aunque  los conceptos estén cargados de valor y aunque dependan de intereses ideológicos o filosóficos del científico, no deja de ser cierto que pueden ser evaluados en su idoneidad para la investigación social y empírica. De acuerdo a esto, la asignatura inicia discutiendo el conjunto de conceptos que enuncian la modernidad política.

El programa de la asignatura se estructura entonces de la siguiente forma:

·        En primer término, algunos apuntes introductorios sobre la idea de una teoría política, así como la cuestión del vocabulario político de la modernidad. En esta sección se pretende una elaboración sucinta orientada a ilustrar y hacer consciente el entrelazamiento conceptual de algunos conceptos cruciales para la investigación empírica. Estos son los siguientes: la noción de política así como las nociones de estado y burocracia, democracia y representación, ciudadanía y nación.

·        En segundo lugar, la cuestión de la misma “modernidad” y la idea de emancipación, así como el concepto inmediato del auto-gobierno (democracia) deben ser examinados en términos de sus promesas, de sus éxitos y fracasos como orientación general del pensamiento. Si la búsqueda moderna puede ser definida como la indagación sobre una nueva identidad para lo humano, los interrogantes, que entonces han de ser solventados, son del  orden de los siguientes: ¿es esa indagación síntoma de una pérdida; o es al contrario, la imagen de una esperanza? Por otra parte, la modernidad debe ser pluralizada: existen modernidades. A continuación, entonces, se trabaja un contrapunto referido a la emergencia del vocabulario moderno de la política, comparando las nociones que despegan desde la formulación europea ilustrada contra a barroca, más propiamente latinoamericana.

·        En tercer término, hay que analizar la importante cuestión de la vida buena y de su paralelo político: la virtud de la justicia. Este temática se aborda desagregando tres diferentes temas. Primero, las controversias suscitadas por la obra de Rawls: el debate libertario y aquel referido a la economía política. Posteriormente, se estudian los planteos que tratan algunos temas “específicos” que desafían el planteo rawlsiano –lo atinente a la política del reconocimiento y lo referido a la situación de la mujer-. Por último, se estudia la reciente propuesta de Amartya Sen quien procura girar la discusión hacia los problemas de la práctica de hacer justicia.

·        En cuarto término se examina la cuestión del poder. Es este el terreno del realismo político. Se aborda esta problemática a partir de tres cuestiones. Primero, la naturaleza “moral” del poder. Segundo, la cuestión de los límites al poder. Tercero, se estudia la naturaleza del poder más allá del derecho; en especial, los fenómenos variadamente enmarcados en las nociones de “populismo”, “bonapartismo”, “cesarismo”.

 

Los 10 mejores sociólogos contemporáneos

Los 10 mejores sociólogos contemporáneos 
Mejores sociólogos contemporáneos 

Muchas veces me pregunto por qué hay sociólogos tan importantes y famosos si al leerlos todo me parece demasiado obvio y sin mucha relevancia. Me saltan dudas sobre si soy un ignorante total (cosa muy probable) o es que hay personajes que se hicieron famosos y no sabemos por qué pero los seguimos poniendo en bibliografías y repetimos que son importantes sin cuestionarnos si lo que dicen vale la pena o es puro bla, bla, bla. Esta reflexión me ha conducido a no prestarles tanta atención, y sí pretender identificar quiénes son los mejores sociólogos contemporáneos. Aquellos que en los últimos años han contribuido al desarrollo de la ciencia, lo cual no es otra cosa que entender mejor cómo funciona el mundo, cómo nos organizamos, relacionamos, comportamos y además cómo podemos investigar mejor. 

 El siguiente es un ránking de los 10 mejores sociólogos contemporáneos: mejores sociólogos networkianos 

 10 Saskia Sassen 

Holandesa de nacimiento, esta socióloga es archiconocida por sus trabajos sobre las ciudades globales (La Ciudad Global). No es la primera ni la mejor descriptora de la globalización, pero sí aquella que ha estudiado sus efectos en las ciudades y ha tenido un impacto altísimo más allá de la Sociología. Su trabajo es escuchado por geógrafos, políticos, constructores y diseñadores. Aunque no la hayas leído has escuchado su nombre. Tiene un escrito recomendable sobre el futuro de la sociología Una sociología de la globalización. 
 
9 Walter Powell 

Conocido como Woody Powell este sociólogo de la Universidad de Stanford es junto a Paul J. DiMaggio impulsor del nuevo institucionalismo. Se pregunta por qué las organizaciones de un sector son tan parecidas y señala que hay isomorfismo, una especie de imitación debida entre otras cosas a aspectos cognitivos en la formación de los profesionales. Al pasar por las mismas instituciones, los directivos desarrollan esquemas mentales parecidos que les lleva a aplicar estrategias similares. Su artículo “The Iron Cage Revisited” es uno de las obras sociológicas más citadas. 
 
8 John Scott 

Británico que se ha dedicado a estudiar a las elites, el poder y las redes sociales. Ha mostrado los mecanismos que utilizan las elites para organizarse y dominar. Más que crear teorías famosas John Scott se ha dedicado a resucitar los estudios del poder y a dar claridad y forma al análisis de redes sociales. Esta resurrección de las elites y claridad del análisis de redes han hecho que sea ampliamente leído y comentado dentro de la sociología si se quiere investigar sobre elites o redes. Enlace a sus publicaciones. 

 7 Manuel Castells 

Su principal obra La era de la información es un ancla sobre la que se comienza a hablar de la sociedad de la información. Este sociólogo español señala que la información es el eje sobre el que se estructura la sociedad contemporánea y los países. Ha conseguido mucha influencia en todas las ciencias sociales y es muy popular por sus conferencias sobre movimientos sociales y tecnología. 

 6 Erving Goffman 

Canadiense de nacimiento, este sociólogo es más un clásico que un contemporáneo, pero es incluido en este ránking ya que su obra sigue siendo actual y relevante para estudiar las instituciones, las interacciones y el comportamiento. Su obra clave es La presentación de la persona en la vida cotidiana, donde señala que llevamos una máscara que vamos cambiando según la situación. Es uno de los libros más citados de la sociología. Además, Goffman se recluyó en un psiquiátrico para entender las instituciones totales como hospitales y cárceles. Si hablamos de identidad hemos de pasar por Goffman, o si investigamos discursos,comunicación o movimientos sociales usando frame analysis hemos de leerlo. 

 5 Luc Boltanski 
Sociólogo francés, muy ligado a la filosofía como toda la Sociología en Francia, ha desarrollado, junto a Laurent Thévenot, la teoría que toda justificación se basa en unos mundos u órdenes de valor. Cualquier argumentación que usamos se basa en un mundo cívico, doméstico, industrial, de fama, de inspiración o de mercado. Muy recomendable su libro De la Justification, algo complicado de entender en la primera lectura pero te ayuda a comprender mejor la moral, los discursos, los libros, incluso la publicidad y las negociaciones. En el enlace anterior puedes leer el capítulo 1. Tendrá un gran influencia cuando sea traducido al español. También destacada su obra El nuevo espíritu del capitalismo junto a Ève Chiapello, donde se señalan las nuevas bases críticas del capitalismo y ayuda a ver cómo la oposición al capitalismo ha fracasado por estar separada de movimientos culturales y artísticos. 

 4 Pierre Bourdieu 

Ha hecho tanto en tantos aspectos que siempre que investigamos un tema en Sociología ya sea en organizaciones, profesiones, clase social, movimientos sociales, elites, moda, arte, política o economía nos encontramos con su nombre y alguna obra suya. Destacan sus teorías del habitus en La Distinción y los diversos capitales en "Las Formas del Capital". 

 3 Robert Putnam 

Este sociólogo se dio cuenta que en EEUU la gente había perdido los lazos comunitarios y no participaba de organizaciones, se caía el civismo y confianza social, y todo ello era una de las causas principales de la pérdida de democracia en el país. Putnam titula su obra señalando que “jugar solo a los bolos” es indicador del “declive del capital social” (Bowling Alone: America’s Declining Social Capital). Aunque empezó investigando sus tesis en EEUU, probó sus teorías de capital social en diversos lugares y escenarios. El concepto de capital social es uno de los más usados y que más ha crecido en los últimos años en Sociología y Ciencia Política, y este crecimiento se debe en gran parte a la obra de Putnam. Los trabajos posteriores creados a partir de la obra de Putnam han influido enormemente políticas sanitarias, educativas, económicas y criminales, ya que se ha demostrado en muchos casos el impacto del capital social en la reducción de enfermedades, creación de capital humano, desarrollo económico y reducción de la criminalidad. 

 2 Charles Ragin 

Sociólogo norteamericano, muy amigo de las matemáticas, es padre fundador del análisis cualitativo comparativo (qualitative comparative analysis), un método de investigación que mezcla cuantitativo y cualitativo a base de teoría de conjuntos, álgebra y análisis profundo de los casos. Esta metodología se emplea cada vez más en Sociología, Ciencia Política, Historia y otras disciplinas. Es propiamente el creador de un método de investigación que ha hecho renacer y catapultar la investigación comparativa, que ciertamente estaba decayendo. 

 1 Mark Granovetter 

Si hubiera estudiado economía ya le habrían dado el Premio Nobel de Economía por la influencia enorme de su obra. Ha conseguido algo inaudito: los dos artículos más citados hechos por un sociólogo son suyos “La Fuerza de los Vínculos Débiles” y “Economic Action and Social Structure: The Problem of Embeddedness”. Este norteamericano, profesor de la Universidad de Stanford, ha subrayado la relevancia de las redes en las acciones económicas y la importancia de las relaciones más alejadas o menos intensas (vínculos débiles) en el logro de recursos como trabajo o el éxito de acciones colectivas. Escribe poco, pero aquello que hace marca tendencia en todas las ciencias sociales, es muy citado en economía, teoría organizacional, management y análisis de redes. Su obra tiene una gran virtud: leyendo sus textos se te ocurren ideas, algo no fácil de conseguir. Prueba de ello es que es muy citado, lo que significa que al leer su obra muchos autores se inspiraron. mejores-sociologos-contemporaneos-siglo 

 Seguramente faltarán sociólogos que han marcado nuestra vida y han influido nuestro pensamiento, pero si los sociólogos jugáramos un torneo, estos 10 serían los que compitirían en la Champions League. ¿Falta algún sociólogo en la foto? 

 Escrito por Julián Cárdenas