QUÉ PODEMOS HACER LOS ECONOMISTAS CON UNA
CIENCIA QUE DEBE (Y CASI NO PUEDE) SER EMPÍRICA
Por Antonio Aznar
Catedrático de Econometría y Métodos Estadísticos de la Universidad
de Zaragoza y Vicepresidente Primero del Consejo de Administración
de CAI.
Resumen: El objeto de este trabajo es comentar las dificultades con las que
se topa la Economía cuando pretende elaborar, explícitamente, un
conocimiento que sea científico. Comenzamos analizando las grandes
corrientes de la Filosofía de la Ciencia, comentamos las peculiaridades del
fenómeno económico y las consecuencias que se derivan de esas
peculiaridades y concluimos con unas recomendaciones.
Palabras Clave:Científico, Paradigma, Programa de Investigación,
Enfoque Preferencialista Bipolar, Tendencias y no Leyes y Predicción.
Agradecimientos.
Agradezco las sugerencias que me han hecho Maria
Teresa Aparicio, Maria Isabel Ayuda, Pilar Aznar, Tomás García, Javier
Nievas, Eduardo Pozo e Inmaculada Villanúa.
“A los economistas les gusta pensar que la Economía es una ciencia. En
una ciencia, sin embargo, las contradicciones repetidas de un paradigma
conducen a su abandono si hay una alternativa disponible.Un paradigma
en Economía sostiene que los déficits presupuestarios producen altos tipos
de interés. Este paradigma no está soportado por los hechos”. Evans
(1985).
“Los defensores de la equivalencia ricardiana han desarrollado un trabajo
econométrico sobresaliente pero sólo han logrado la conversión de un
reducido número de economistas americanos. Esto no debe sorprendernos
porque, como Summers ya demostró, independientemente de lo que
pensemos, la econometría sofisticada tiene poca influencia cuando va en
contra del sentido común”. Mayer (1995).
1. INTRODUCCIÓN
El economista, como cualquier otro profesional, está dotado de
un equipaje intelectual que determina y condiciona su aportación al
funcionamiento de la sociedad. La cultura económica es uno de los
ingredientes destacados del funcionamiento de las sociedades
contemporáneas y esta cultura abarca muchos aspectos que van desde la
forma de ver las cosas hasta el mismo proceso de toma de decisiones
diseñado para cambiarlas.
Podemos hablar de dos tipos de cultura económica: implícita y
explícita. La primera, se manifiesta de forma casi imperceptible por allí
por donde pasa un economista.
No hace falta sacar de la mochila ni las
curvas de indiferencia, ni las elasticidades, ni los modelos
econométricos. Simplemente, se pone de manifiesto una actitud, una
forma de plantear los problemas y un estilo, un talante diríamos hoy, en
la forma de sugerir y proponer soluciones a dichos problemas.
Pero, al
lado de esta cultura en torno a una forma de estar, podemos hablar de
una segunda cultura, en muchas ocasiones estrechamente unida a la
anterior, y que va acompañada, entre otras cosas, por modelos
matemáticos y métodos estadístico-econométricos de diferente tipo.
Esto es lo que, en este trabajo, llamaré cultura económica explícita y es
esta la que hace exclamar a algún estudiante preclaro y a algún que otro
economista escéptico de larga tradición “¿Para qué tanto formalismo?”.
En este trabajo reflexionaré sobre algunos aspectos relacionados
con lo que he llamado cultura explícita. No porque piense que su papel
en el funcionamiento de la sociedad sea más relevante que el que
corresponde a lo que hemos llamado cultura implícita; mas bien pienso
lo contrario. Lo hago porque me resulta más fácil ya que el objeto a
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discutir está nítidamente delimitado en la literatura y muchos autores se
han pronunciado sobre el mismo.
Reflexionar sobre el papel de lo que
hemos llamado cultura implícita resulta, para mí, mucho más
complicado porque su intervención en el devenir social es mucho más
difusa. Pero repito, no menos importante.
La sección siguiente está dedicada a reflexionar sobre el
llamado fenómeno científico. La Sección 3 se ocupa de ilustrar lo
especiales que somos los economistas cuando nos dedicamos a hacer
ciencia.
Por último, en la Sección 4, tratamos de razonar que, ya que
somos tan especiales, algo deberíamos de pensar para mantenernos
dentro de algún tipo de ortodoxia.
2 EL FENÓMENO CIENTÍFICO.
Comenta Chalmers (1982), al comienzo de su libro, que
decir que algo es científico es asignarle un reconocimiento especial y
esto no sólo en el campo del conocimiento, sino en campos más de la
vida diaria, como una crema dentrífica o el proceso de elaboración
de un coche.
Cuando se dice que una crema de dientes ha sido
elaborada siguiendo un método científico, parece que se ofrecen más
garantías sobre la excelencia del producto. En definitiva, se intenta
decir que se trata de un producto mejor.
Pero si esto es así para
muchos productos, la mayor relevancia de etiquetar algo como
científico tiene lugar en el campo del conocimiento. Se da por
supuesto que el conocimiento científico es un conocimiento superior
a otro tipo de conocimientos como el vulgar o el ideológico.
Como
indica Mayer (1995), cuando no estás de acuerdo con un colega
puedes transtornarlo diciéndole que su pensamiento es erróneo; pero
todavía lo transtornas más si le dices que su pensamiento no es
científico.
Inmediatamente surge la siguiente cuestión:
¿Cuáles son las
razones que hacen que la vitola de científico sea tan deseada?.
Limitándonos al campo del conocimiento, el término científico
evoca, al menos, lo siguiente:
- Conocimiento científico, en primer lugar, se identifica
con conocimiento objetivo, válido universalmente, que se
acepta no por las características personales de quien lo
formula sino por el proceso que se ha seguido en su
adquisición.
- Existe el convencimiento de que la utilización del
conocimiento científico con fines prácticos llevará a
mejores resultados que los que podrían obtenerse
utilizando otro tipo de conocimiento.
En concreto, hay
dos cosas que solamente con el concurso del conocimiento científico pueden hacerse de forma
satisfactoria: la predicción y el análisis causal cuantitativo
bivariante. Con la predicción, se pretende anticipar la
evolución de ciertos acontecimientos futuros. En el
análisis bivariante se trata de determinar qué cambio
cuantitativo experimenta una variable al modificar en una
determinada cuantía la trayectoria de otra variable.
El conocimiento científico se asocia, por tanto, con la posibilidad de
lograr conocimiento objetivo y alcanzar altas cotas de satisfacción cuando
dicho conocimiento se utiliza para resolver los problemas de nuestro
entorno.
La comunidad de científicos, pretende tener un código de aplicación
semiautomática que les garantice el carácter científico del pensamiento que
elaboran y que les permita resolver de forma mecánica las dudas que van
surgiendo en el proceso de adquisición del conocimiento.
En un
determinado momento esta aspiración parecía satisfacerse con el llamado
Positivismo Lógico que se desarrolló en torno a un grupo de filósofos que
formaron el llamado Círculo de Viena en los años 20 y 30.
El código
asociado con el Positivismo Lógico había destilado las esencias de los
desarrollos habidos tanto en los métodos lógicos como en las corrientes
empiristas. Ver, por ejemplo, Ayer (1959), Kolakovski (1977) y Porta
(1983).
Los principales rasgos en los que se apoyaba este código del
Positivismo Lógico son: principio de determinación, progreso acumulativo
y unicidad de método.
El principio de determinación nos dice que si se aplica correctamente
el código elaborado por los positivistas lógicos, entonces a partir de la
realidad se llega a un solo modelo teórico explicativo. Se puede hablar de
un proceso en dos etapas que nos lleva, en primer lugar, de la realidad a los
hechos y, a continuación, de los hechos a las leyes generales en forma de
teorías o hipótesis. Para los positivistas, el tránsito de la realidad a los
hechos se hace de forma inmediata y no requiere mucha explicación. Basta
abrir los ojos y, con un equipamiento sensorial normal, la percepción será
la misma para todos: son los hechos puros y duros.
Como indica Russel
Hanson (1977), caricaturizando la posición del positivista estandar:
“Para
los filósofos simplistas la observación consiste en abrir los ojos y mirar.
Los hechos son simplemente las cosas que suceden dura, directa, llana y
simplemente”.
La segunda etapa nos lleva de los hechos a las leyes generales. La
lógica nos indica que, para llevar a cabo esta etapa, el único camino
correcto es la aplicación de las reglas de inferencia deductiva.
Esta admite
dos variantes: transferir la verdad hacia delante, de las premisas a las
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conclusiones (modus ponens) o transferir la falsedad hacia atrás de las
conclusiones a las premisas (modus tollens).
Uno de los requisitos para que
esta inferencia sea válida es que, en el camino, ni se añada ni se reste
contenido.
En las ciencias empíricas existen diferentes circuitos en los que las
conexiones se justifican por la aplicación de la inferencia deductiva.
Algunos de estos circuitos pueden verse en la Figura 1.
Así, podemos
considerar un argumento en el que las premisas son el conjunto de
postulados iniciales, que son enunciados universales, y las conclusiones son
las leyes o teorías que son también enunciados universales.
Puede pensarse
también en un segundo argumento en el que las premisas son las leyes o
teorías, que son enunciados universales, conjuntamente con las hipótesis
auxiliares, que son enunciados singulares, y las conclusiones son las
explicaciones o predicciones, que son enunciados singulares. Pero, en las
ciencias empíricas, los argumentos más relevantes son aquellos que ponen
en conexión a los hechos con algún elemento del esquema teórico.
-----------------------------------------------
Base de
postulados
iniciales
--------------------------------------
I
I
V
-----------------------------------------------
Leyes Universales Hipótesis o Teorías
-----------------------------------------------
!
!
---------------------------------------------------------
Condiciones Iniciales
o Hipótesis Auxiliares
---------------------------------------------------------
/
!
----------------------------------------------
Explicaciones
o
Predicciones
- ------------------------------------------------
Figura 1. Método científico.
Se puede considerar un argumento en el que las premisas son el conjunto de hechos y las conclusiones son o bien el conjunto de postulados iniciales, o bien las leyes universales, teorías o hipótesis. Esta es la llamada inferencia inductiva. De un conjunto de enunciados singulares, los hechos, se trata de validar un enunciado universal, sea este un postulado o una teoría. Pero de un conjunto de enunciados singulares, por muy numerosos y variados que estos sean, no se puede derivar la validez de un enunciado
universal. Así, llegamos al problema de la inducción. El modus ponens
cuando se pretende ir desde la evidencia empírica hasta los postulados o
hipótesis es ilegal dentro de la Lógica. Por lo tanto, a partir de la evidencia
no se puede verificar la verdad de ningún enunciado general.
Nos queda el modus tollens. Si, a partir del contraste empírico, se
concluye que alguna de las predicciones es falsa, entonces se puede
concluir con que la teoría es falsa. En el camino, nos vamos quedando con
aquellas teorías que, todavía, no han sido falsadas. En lugar de proclamar
que hemos verificado la verdad de la teoría que mantenemos, nos
conformamos con decir que, hasta el momento, la teoría no ha sido falsada
(aunque puede serlo en futuros contrastes). Parece que, de esta manera, el
código sigue manteniendo la ortodoxia y el rigor exigidos por la Lógica. En
este sentido, Popper (1962) escribe: “Mi propuesta está basada en una
asimetría entre la verificabilidad y la falsabilidad: asimetría que se deriva
de la forma lógica de los enunciados universales. Pues estos no son formas
deducibles de enunciados singulares, pero sí pueden estar en contradicción
con estos últimos. En consecuencia, por medio de inferencias puramente
deductivas, (valiéndose de la lógica clásica), es posible argüir de la verdad
de los enunciados singulares la falsedad de enunciados universales”.
Podemos decir que, en los años 50 y 60, los practicantes del
positivismo lógico se mueven bajo las influencias de estas dos grandes
corrientes positivistas: el verificacionismo y el falsacionismo. Los
verificacionistas, aún asumiendo el problema de la inducción, seguirán
insistiendo en que el objetivo debe ser el aportar la máxima evidencia
empírica a favor de una teoría. Se hablará de la verificación en términos de
probabilidad, se distinguirá entre verificación fuerte y verificación débil, se
defenderá el concepto de confirmación gradualmente creciente, todo esto
orientado a demostrar que, aunque no sea posible verificar la verdad de
ninguna ley universal a partir de la evidencia empírica, sí que es posible
hablar de que una teoría está más o menos apoyada por la evidencia
empírica tanto absolutamente como relativamente respecto al apoyo
recibido por otras teorías.
Como ya hemos comentado, los falsacionistas renuncian a verificar
en aras a mantener la ortodoxia de poder justificar la aplicación de la
inferencia deductiva. La diferencia con los verificacionistas es sutil pero
importante especialmente cuando se presta atención a los requisitos
formales que los falsacionistas especifican como una condición necesaria
para que una teoría pueda ser aceptada en el campo de la ciencia. Las
teorías deberán ser falsables, informativas, arriesgadas; todo esto,
simplemente, para ser tenidas como candidatas en la competición
científica; luego, se mantendrán si no han sido falsadas. El requisito formal
de la falsabilidad es importante porque es algo que los verificacionistas, en
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su afán de que la teoría siempre tiene que estar de acuerdo con los hechos,
habían pasado por alto. Un contraste empírico es tanto más relevante
cuanto más arriesgado sea. Esta es, en mi opinión, la gran aportación del
falsacionismo.
El segundo de los rasgos que caracteriza al Positivismo Lógico es
el del progreso acumulativo. En la secuencia de generación de teorías en la
historia de la ciencia, cada teoría es mejor que la anterior siendo esta un
caso particular de la primera. Las teorías son compatibles y, en la
secuencia, se puede medir el avance que supone una teoría dada respecto a
la anterior.
Por último, el tercer rasgo hace referencia a la unicidad en la
aproximación científica. Todas las ciencias deben seguir el mismo método
con ligeras variaciones con respecto a las recomendaciones que emanan de
las normas del código.
En un afán de ser simples, podríamos decir que esta era la situación
epistemológica a principios de los años 60 en torno a un código monolítico
con escasas rendijas. Pero como suele ocurrir, todo esquema monolítico
tiene su reforma y su contrarreforma. Los partidarios de la reforma ponen
patas arriba todo el edificio conceptual y cuestionan uno por uno los
fundamentos en los que se apoya el código positivista. Los seguidores de la
contrarreforma trataron de salvar los elementos esenciales del código dando
entrada a variaciones, más o menos relevantes, en algunos de ellos.
Los reformistas encontraron dos tipos de incoherencias en la
aplicación mecánica del código positivista: lógicas e históricas. Las
incoherencias de tipo lógico hacen referencia a situaciones en las que la
aplicación automática de las normas que emanan del código no resuelven
de forma unívoca las dudas que se plantean en el proceso científico. Desde
el punto de vista histórico, los reformistas nos dicen que el comportamiento
de los científicos a lo largo de la historia conocida de la ciencia no es lo
que resultaría de la aplicación del código positivista. Los comportamientos
de los científicos se han alejado, en muchas ocasiones, de lo que cabría
esperar si hubieran seguido el credo positivista. Por lo tanto, si el código
positivista no se mantiene desde el punto de vista lógico, y no ha sido
seguido por los científicos a lo largo de la historia, se hace necesario un
cambio. A esta tarea se han dedicado con entusiasmo autores como
Feyerabend, Kuhn, Russel Hanson, Toulmin y otros en torno a lo que se ha
llamado la Nueva Filosofía de la Ciencia. Es el ataque al antiguo régimen
como lo llama Hands (2001). Veamos, a continuación, algunas de las
críticas más relevantes.
Hemos comentado que el principio de determinación era uno de los
bastiones del código positivista. Del mundo real a las leyes generales sólo
hay un camino parando en la posada de los hechos a la mitad del mismo.
Los reformistas cuestionan todo este planteamiento especialmente en lo que
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se refiere a la posibilidad de una observación objetiva que conduce a una
única percepción compartida por todos. Frente a lo que ellos consideran
como una visión simplista de la percepción, defenderán lo que llaman una
“observación cargada de teoría”. No hay hechos objetivos libres del
componente subjetivo del observador. Cada cual ve lo que está preparado
para ver; lo que las preconcepciones teóricas adquiridas le permiten ver.
Los libros de los reformistas están llenos de referencias a esta cuestión. Por
ejemplo, Kuhn (1971) escribe lo siguiente :“Lo que ve un hombre depende
tanto de lo que mira como de lo que su experiencia visual y conceptual
previa lo ha preparado a ver” y más adelante: “Lo que antes de la
revolución eran patos en el mundo del científico, se convierten en conejos
después”. Feyerabend (1975), por su parte, escribe lo siguiente: “La
impresión sensorial, por simple que sea, contiene siempre una componente
que expresa la reacción del sujeto que percibe y que no tiene correlato
objetivo”. Parece claro que dos observadores normales que vean el mismo
objeto desde el mismo lugar en las mismas circunstancias físicas no tienen
necesariamente idénticas experiencias visuales ni tampoco la misma
traducción lingüística, es decir, los mismos hechos, de dichas experiencias.
Y esto ocurre tanto en la experiencia diaria como cuando se analiza el
resultado de la actividad científica como son los resultados de un
experimento en un laboratorio.
Por lo tanto, de la realidad no vamos de forma única a los hechos.
No hay una determinación única de estos hechos. No hay nada dentro de la
Lógica que permita esa unicidad compartida por todos los observadores.
Esto bastaría para hacer saltar por los aires el principio de determinación
porque impide continuar el proceso tanto en la dirección del modus ponens
como en la del modus tollens. Pero la labor de los reformistas va más allá y
su crítica afecta también a los procedimientos de inferencia contemplados
en la segunda etapa.
Ya nos hemos referido a las dificultades que planteaba la
aplicación del modus ponens cuando se pretendía pasar la verdad de los
hechos a enunciados universales. El problema de la inducción nos indicaba
que cualquier incremento de contenido en el proceso de transferencia era
merecedor de una tarjeta roja. Esto ya lo habían percibido los propios
seguidores de la línea positivista. Por esta razón, las críticas se orientaron a
desenmascarar las incongruencias asociadas con la aplicación del modus
tollens. En principio, esta aplicación parecía estar libre de cualquier
alteración de la ortodoxia dentro de la Lógica. Si alguna predicción no
concordaba con los hechos, el rechazo de la teoría parecía ser el resultado
normal. Pero, como puede verse en la Figura 1, el camino a seguir no es tan
automático. Las predicciones son las conclusiones de un argumento en el
que las premisas son, por un lado, las teorías, que son enunciados
universales, y, por otro, las hipótesis auxiliares, que son enunciados
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singulares. Si las predicciones no concuerdan con los hechos, ¿Qué
hacemos: rechazar la teoría o rechazar alguna de las hipótesis auxiliares?
Dentro del código positivista no hay una única respuesta a esta pregunta; la
respuesta que se dé en cada situación será el resultado de tomar en
consideración una serie de aspectos que no están reflejados en los tratados
de lógica. Este es el llamado problema de Duhem.
Si, a partir de la realidad, podemos llegar a diferentes conjuntos de
hechos según sea el esquema teórico previamente asumido por el
observador, y si el problema de la inducción y el problema de Duhem
impiden llegar a una conclusión única a partir de un conjunto de datos,
¿qué queda del principio de determinación? Aparece un panorama en el que
la lógica formal sigue jugando un papel importante pero que, a su lado,
aparecen otros protagonistas como el pragmatismo, la retórica, las
circunstancias históricas en que se genera la teoría, los componentes
subjetivos del investigador, etc. que también desempeñan un papel
importante en el proceso de elaboración de la ciencia. Como escribe Brown
(1983) “En contraste con el empirismo lógico, el rasgo más destacado del
nuevo enfoque es el rechazo de la lógica formal como herramienta
principal para el análisis de la ciencia y su sustitución por la confianza en el
estudio detallado de la historia de la ciencia”. A partir de ese análisis se
espera calibrar el protagonismo relativo de cada uno de los ingredientes que
acompañan a los instrumentos lógicos.
Pero la crítica de los reformistas no se para en el principio de
determinación. También afecta a los otros dos puntos sobre los que se
apoyaba el enfoque positivista. No aceptan la idea de que la ciencia avance
en línea recta en forma acumulativa en la que cada teoría que sigue
subsume a la anterior como un caso particular. Frente a esta idea de
progreso acumulativo, los practicantes de la nueva filosofía de la ciencia
destacan el principio de la inconmensurabilidad entre esquemas
conceptuales alternativos. Los hechos son diferentes; los conceptos en
muchas ocasiones no son comparables; los criterios de justificación
científica son también diferentes.
Todo esto hace que, para los reformistas,
la comparación entre esquemas teóricos alternativos sea una cuestión difícil
y que la consideración de uno de ellos como un caso particular del otro sea
prácticamente imposible.
Tampoco aceptan que haya un solo método para todas las ciencias.
El objeto que estudia cada ciencia es diferente, las posibilidades de
experimentar también son diferentes, el papel del contexto externo varía de
una ciencia a otra, etc. y todos estos factores pueden aconsejar un cierto
pluralismo metodológico frente al monolitismo positivista.
Redman (1991), resume de la siguiente manera la situación que,
según él, queda después de la reforma: “Pero especialmente desde los años
60 la imagen racional de la ciencia se ha ido empañando. Los fundamentos
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de la ciencia del siglo diecisiete- en el sentido de que la ciencia se deriva de
la observación y el experimento- no son fiables. La ciencia entendida como
un proceso de acumulación y como una empresa progresiva ha sido puesta
en duda. Una tajante división entre la teoría y la observación se ha
mostrado que es inválida así como la distinción entre el contexto de
justificación y el contexto de descubrimiento. Se encontró que los
conceptos científicos no eran tan precisos como se había estipulado y que
la pretensión de lograr un método universal para una ciencia unificada tenía
que abandonarse”.
¿Qué proponen los reformistas cuando se trata de dar cuenta del
camino seguido por los científicos a lo largo de la historia de la ciencia y
cuando se van a formular las recomendaciones que todo científico debería
tener en cuenta si se va a dedicar a elaborar ciencia en el futuro? Hemos
comentado que el principal rasgo de la Nueva Filosofía de la ciencia es el
rechazo de un código monolítico del que emanan las reglas que guíen el
actuar de los científicos. Por lo tanto, no esperemos encontrar otro código
como alternativa. Más bien, lo que podemos encontrar es un abanico de
propuestas con ciertos elementos comunes pero sin pretensión de ser
monolítico. Dow (1985), a la hora de caracterizar esta corriente que llama
modo de pensamiento babilónico, escribe lo siguiente: “Utiliza varios hilos
argumentales con diferentes orígenes que, cuando la teoría funciona bien,
se refuerzan unos con otros; ningún argumento se fundamenta en la
aceptación de un conjunto de axiomas. El conocimiento se genera mediante
la consideración de ejemplos de aplicaciones de teorías, utilizando una
variedad de métodos”.
Por razones de espacio, no podemos dar cuenta de las diferentes
propuestas realizadas bajo el espíritu de la reforma. Voy a limitarme a
resumir brevemente la que, al mismo tiempo, ha tenido más impacto y ha
sido elaborada con mayor precisión. Me refiero a la propuesta de Kuhn
(1971) en torno a los paradigmas. Según este autor, la actividad científica
se desarrolla en torno a la siguiente secuencia: adopción de un paradigmaciencia normal- crisis-revolución-adopción de un nuevo paradigma.
Todo comienza con la adopción, por parte de la comunidad
científica, de un paradigma. Un paradigma es un marco conceptual que, al
menos, incluye 1) una perspectiva para observar el mundo y derivar unos
hechos determinados, 2) un consenso respecto a los rasgos que deben
acompañar o caracterizar una buena teoría, 3) un marco teórico para
plantear problemas y 4) un consenso respecto a como contrastar
empíricamente una teoría. En un momento determinado, la comunidad
científica adopta un paradigma porque tiene más éxito que sus
competidores para resolver unos cuantos problemas que el grupo de
profesionales ha llegado a reconocer como agudos. Kuhn indica que una
ciencia madura está regida por un solo paradigma. Una vez que los
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miembros de una comunidad científica han aceptado un paradigma se entra
en el periodo de ciencia normal en el que los científicos se dedican a
resolver problemas sin cuestionar los fundamentos del paradigma. Esta
resolución de problemas se desarrolla dentro de un esquema rutinario y con
total previsión dando lugar a pequeñas anomalías que no llaman la atención
del grueso de la comunidad. Pero, en un momento determinado, las
anomalías empiezan a ser más relevantes bien debido a que afectan a los
propios fundamentos del paradigma, bien porque son importantes con
relación a alguna necesidad social apremiante o bien porque su número
empieza a ser considerable. Este es el momento en el que la acumulación
de anomalías empieza a socavar la confianza en el paradigma vigente y la
comunidad de científicos empieza a considerar alternativas. En el periodo
que abarca la revolución se consuma el cambio. Para explicar este cambio
hace falta algo más que un tratado de lógica. Como escribe Chalmers
(1984) “No existe ningún argumento puramente lógico que demuestre la
superioridad de un paradigma sobre otro y que, por tanto, impulse a
cambiar de paradigma a un científico racional”. Kuhn vincula el cambio de
paradigma con una especie de conversión religiosa y escribe “Los
científicos individuales aceptan un nuevo paradigma por toda clase de
razones y, habitualmente, por varias al mismo tiempo. Algunas de estas
razones están fuera del ámbito de la ciencia. Otras deben depender de
idiosincrasias de autobiografía y personalidad”. Por unas razones u otras el
nuevo paradigma es aceptado y la comunidad científica entra, de nuevo, en
un periodo de ciencia normal.
Este es el espíritu de la reforma. Pero, como ocurre en casi todos
los campos, la Epistemología también ha tenido su contrarreforma. Esta se
ha materializado en diferentes propuestas que, desde dentro, han intentado
mantener las esencias del código positivista dando entrada a aquellas
variaciones que la crítica reformista hacía inevitables. Hemos comentado
que la principal crítica del reformismo estaba dirigida contra el principio de
determinación. Ni hay hechos objetivos universalmente aceptados, ni hay
procedimiento válido de inferencia que permita justificar leyes generales a
partir de enunciados singulares. Esto es lo que los autores situados bajo el
paraguas de la contrarreforma van a discutir y matizar. El planteamiento
será siempre: Sí, pero...
Comencemos con los hechos. Seguramente que es difícil, hoy día,
encontrar un positivista que piense en una determinación unívoca que vaya
de la realidad a los hechos; que exista un conjunto de hechos que sean
infalibles. La cultura positivista ha asimilado todas estos incumplimientos
del código original. Baste, como ejemplo, la posición de Popper (1962):
“Siempre que una teoría se someta a contraste, ya resulte de él su
corroboración o su falsación, el problema tiene que detenerse en algún
enunciado básico que decidimos aceptar. Hay que reconocer que los
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enunciados básicos en los que nos detenemos, que decidimos aceptar como
satisfactorios y suficientemente contrastados tienen el carácter de
dogmas....Mas este tipo de dogmatismo es inocuo ya que en cuanto
tengamos necesidad de ello podremos continuar contrastando fácilmente
dichos enunciados”. Por lo tanto, la aplicación mecánica y automática del
código que nos lleve de la realidad a unos hechos libres de cualquier ganga
teórica ya no resulta aceptable ni para los propios positivistas. PERO, eso
no significa que tengamos que aceptar que cada teoría tiene sus propios
hechos; es posible pensar en muchas situaciones en las que dos sistemas
teóricos comparten parcialmente algunas esferas y discrepan en otras. Es lo
que Andersson (1984) llama conocimiento básico aproblemático. Si Tycho
Brahe lo que observa es que “en el amanecer, el sol se eleva” y Kepler lo
que ve es que “el horizonte se hunde”, entonces cabría pensar en considerar
un enunciado del siguiente tipo: “a la salida del sol, la distancia entre el
horizonte y el sol crece”. Para aceptar este enunciado basta una especie de
teoría rudimentaria de la medida de la distancia que es compatible con los
dos sistemas teóricos defendidos por Brahe y Kepler. Por lo tanto, puede
pensarse en una base de enunciados básicos compatibles con diversas
teorías cuya validez puede contrastarse tomando en consideración dicha
base.
Pasemos ahora a los métodos de inferencia. El problema de la
inducción es uno de los temas que mayor atención han recibido por parte de
los positivistas. Las paradojas que surgían en torno a este problema han
sido tratadas extensamente en la literatura positivista. Ver, por ejemplo,
Swinburne (1974) y Black (1979). Lo mismo puede decirse con respecto al
falsacionismo y el problema de Duhem. Pese a los esfuerzos, ninguna de
estas cuestiones ha recibido una solución formalmente satisfactoria dentro
de la Lógica. PERO, en el fondo, todos somos inductivistas de un tipo u
otro y, aunque no se ha llegado a una solución lógica definitiva de los
problemas mencionados, sí que se han hecho aportaciones que pueden
ayudarnos a entender el fenómeno científico. Por ejemplo, Black (1979)
concluye su revisión sobre el problema de la inducción escribiendo lo
siguiente: “ El término ‘inducción’ será usado aquí para designar todos los
casos de argumentación no demostrativa, en la que la verdad de las
premisas, aunque no entraña la verdad de la conclusión, pretende ser una
buena razón para creer en ella”. Glass y Johnson (1989), se refieren al
concepto ‘confirmación gradualmente creciente’ y escriben “Si bien
nosotros no podemos verificar una teoría universal sobre la base de
observaciones singulares, los inductivistas han sugerido que, conforme el
número de observaciones favorables crece nuestra confianza en la teoría
crecerá también. En otras palabras, en lugar de hablar de la verificación de
una teoría podemos hablar de confirmación gradualmente creciente de
una teoría”. Se repite ‘no queremos demostrar’ o no se pretende ‘verificar
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la verdad’ de ninguna teoría todo ello fruto de los problemas en torno al
inductivismo. Pero eso no significa renunciar a establecer una graduación
de las teorías según el apoyo empírico recibido que pueda permitir, en un
momento dado, preferir a una frente a las demás. Aunque Glass y Johnson
se limitan a considerar el número de observaciones favorables, eso no
excluye la toma en consideración de otras características de la evidencia
como, por ejemplo, la variedad y precisión del apoyo empírico, la
generación de nuevas hipótesis contrastadoras, el apoyo teórico o la
simplicidad, tal como puede verse en el Capítulo 4 de Hempel (1980). Pero,
con ser importantes todos estos aspectos, lo más relevante para determinar
el grado de apoyo que proporciona una evidencia a una teoría son los
criterios formales establecidos dentro del falsacionismo.
Hemos comentado, que los falsacionistas se ocuparon
especialmente de establecer las condiciones para concluir que una teoría es
falsable. Y no sólo esto, sino que machaconamente repiten que cuanto más
falsable es una teoría más apoyo recibirá de un contraste favorable. Y su
recomendación es clara: la preferencia entre dos teorías que concuerdan
con la misma evidencia empírica debe recaer en aquella que es más
informativa, más arriesgada, en definitiva, más falsable.
Podemos ver cómo los seguidores de la contrarreforma, aún
aceptando la mayor parte de las criticas formuladas por los reformistas, han
logrado mantener un esquema de comparación de teorías no muy alejado de
las esencias del código positivista. Se trata de un esquema de comparación
bipolar en el que, por un lado, se valoran los aspectos formales adoptados
por las teorías y, por otro, se tiene en cuenta la cantidad, la variedad y la
precisión del apoyo empírico recibido. Es lo que Watkins (1982) llama el
Ideal Bacon-Descartes que lo formula así: “El ideal es bipolar: tiene la
aspiración de lograr una explicación profunda en uno de los polos, y la de
lograr la certeza en el otro”. Se hablará de un contraste auténtico, severo
que tenga en cuenta esa doble dimensión. No se trata de verificar nada, no
hay que fundamentar ni demostrar deductivamente la verdad de ningún
enunciado. Se trata de adoptar un enfoque preferencialista en línea con el
siguiente párrafo de Radnitzky (1982): “Tan pronto como se reconoce la
falibilidad esencial del saber científico y se abandona, por tanto, la
pretensión de certeza, la metodología no trata ya de la fundamentación,
sino de la preferencia”. Vemos como dentro de la contrarreforma, se perfila
un enfoque preferencialista que ha recibido formulaciones diversas que
pueden verse en el libro de Radnitzky y Andersson (1982) y en el de
Lakatos (1983).
Veamos una pequeña muestra de estas formulaciones. Koertge
(1982), escribe lo siguiente: “En la ciencia deseamos teorías interesantes y
altamente informativas, y estamos dispuestos a sacrificar la certeza con tal
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de obtenerlas... Los científicos buscan sistemas teóricos tanto interesantes (
es decir, profundos, explicativos, informativos y simples) como verdaderos.
Pero en este proceso de su investigación se ven a veces forzados
temporalmente a cambiar el interés por la verdad y viceversa”. La
formulación de Watkins (1982) gira en torno al Ideal Bacon- Descartes al
que, anteriormente, nos hemos referido. A Bacon se le asocia con la certeza
y ajuste de las prácticas inductivas y a Descartes con la dimensión de
información y profundidad. Y sobre la compatibilidad de estos dos factores
dice lo siguiente: “En concreto, la petición de profundidad y certeza
caminan en direcciones opuestas. Desde las últimas décadas del siglo XIX
ha persistido el tema de la aversión a la profundidad.....El principio de
verificación del Círculo de Viena era una versión modernizada y de metanivel de la exigencia de certeza. Y este requisito se acompañó con una
especie de horror a la profundidad”. Radnitzky (1982) plantea la
contradicción entre los dos polos de la siguiente manera: “Cuanto mejores
sean las posibilidades de conocer con certeza la verdad de un enunciado,
menos contenido tendrá y, al contrario, cuanto más atrevido se sea al
afirmar un enunciado, más difícil será confirmarlo. En pocas palabras,
certeza y contenido difícilmente son compatibles”.
Terminaremos esta revisión con el que puede considerarse el
principal protagonista de la contrarreforma: Lakatos. Este autor desarrolla
el enfoque preferencialista en torno al concepto de programa de
investigación. Un programa de investigación consta de dos elementos- el
núcleo y el cinturón protector- y dos códigos de conducta- la heurística
positiva y la heurística negativa. El núcleo está formado por aquellos
elementos que realmente caracterizan al programa y que siempre aparecen
en cualquier formulación del mismo. El cinturón protector se refiere a
todos aquellos elementos que pueden alterarse sin modificar
sustancialmente a la esencia del programa. Las heurísticas nos informan de
lo que podemos cambiar y lo que no podemos cambiar. Para Lakatos, la
actividad de los científicos siempre se desarrolla dentro de un programa de
investigación. Mientras este programa sea progresivo, la comunidad de
científicos se sentirá satisfecha y no considerará programas alternativos.
Pero cuando el programa manifieste síntomas de agotamiento y se
convierta en degenerativo, entonces la comunidad de científicos buscará
algún recambio que le pueda garantizar el carácter progresivo. Pero ¿cómo
se distingue un programa de investigación progresivo de otro degenerativo
o seudocientífico? Lakatos contesta: “Todos los programas que admiro
tienen una característica en común. Todos predicen hechos nuevos, hechos
que han sido bien impensables, o bien han sido contradichos por programas
rivales....Lo que realmente importa son predicciones inesperadas,
dramáticas y sorprendentes.......Un teoría es aceptable si tiene un contenido
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informativo adicional corroborado respecto a su rival, esto es, solamente
si lleva al descubrimiento de hechos nuevos”.
Llegamos así al 2006 entre las propuestas de los reformistas y de
los contrarreformistas una vez que la referencia al código positivista no
parece tener ninguna utilidad para dar cuenta del fenómeno científico.
Tanto unos como otros parecen haber resuelto las incongruencias de tipo
lógico que acosaban al código anterior y, además, parecen dar cabida de
forma satisfactoria a la evolución seguida por la ciencia a lo largo de su
historia. La reforma y la contrarreforma comparten algunos criterios frente
al código positivista: protagonismo del elemento convencional,
observación condicionada, cambio gradual y acumulativo de los esquemas
científicos, etc. Pero también hay diferencias. Las principales afectan al
concepto de inconmensurabilidad y a los criterios que se tienen en cuenta a
la hora de explicar el cambio científico. Para los reformistas, el cambio es
el resultado del efecto de muchos factores entre los cuales los criterios
lógicos juegan un papel, a veces no el principal, junto a otros factores. Para
la contrarreforma, hay también muchos factores que influyen en el cambio
científico pero el protagonismo corresponde a alguna regla lógica del tipo
‘contenido informativo adicional corroborado’ que trata de definir el
equilibrio bipolar mencionado anteriormente.
2. LAS PECULIARIDADES DE LA ECONOMÍA
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