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viernes, 6 de marzo de 2020

El absurdo de la economía keynesiana


El absurdo de la economía keynesiana

La economía de John Maynard Keynes, tal y como se ha enseñado a los alumnos universitarios durante las últimas décadas está ahora mismo muerta en la teoría, pero no en la práctica. El libro de Keynes de 1936, la Teoría general del empleo, el interés y el crédito, retrataba al mercado como esencialmente inestable y designaba al gobierno como estabilizador. La estabilidad que supuestamente queda fuera del alcance del mercado iba a ser proporcionada por los cargos macroeconómicos del gobierno federal: el presidente (con la ayuda de su Consejo de Asesores Económicos), el Congreso y la Reserva Federal.
La aceptación de la profesión económica del keynesianismo fundamentalista llegó a su máximo en la década de 1960. En décadas recientes, el entusiasmo por Keynes se ha ido desvaneciendo al tratar sus defensores de obtener nuevas ideas a partir de la Teoría General o introducir en ella las suyas propias. Y aunque el gobierno federal se ha convertido desde hace mucho tiempo en un suministrador neto de inestabilidad macroeconómica, las instituciones y herramientas políticas que se crearon para conformar la visión keynesiana se han convertido en parte integral de nuestro entorno económico y político.
Un sistema contable de renta nacional, creado con un ojo en la teoría keynesiana, permitía a los estadísticos poner en gráficos los cambios en la macroeconomía. Pensando en términos de un total o agregado de toda la economía, los consejeros políticos seguían la producción de bienes y servicios comprados por consumidores, inversores y gobierno. Las autoridades fiscales y monetarias estaban listas para actuar siempre que la producción total real o medida de la economía, que se suponía que reflejaba el lado de la demanda de los mercados, quedara por debajo de su producción potencial, que se estimaba a partir de la base del lado de la oferta. Rebajar impuestos permitiría a consumidores e inversores gastar más; el gasto público se añadiría directamente al total; imprimir o pedir prestado dinero facilitaría los movimientos opuestos en los ingresos públicos y en sus gastos.
Una insuficiencia crónica de demanda agregada, que implica que precios y salarios están en cierto modo atascados por encima de sus niveles de liquidación del mercado, se creía que era el estado normal de cosas. ¿Por qué podría haber esos problemas de precio en una escala que abarca toda la economía? ¿Qué legislación e instituciones públicas podrían interponerse en el camino de los necesarios ajustes del mercado? Estas preguntas se veían eclipsadas por la cuestión más acuciante políticamente de cómo aumentar la demanda para liquidar los mercados a los precios existentes. La Nueva Economía de Keynes desviaba el foco de atención del mercado al gobierno, de los cambios económicamente justificados en los precios del mercado a los cambios políticamente justificados en el gasto público.
Los políticos siguen apelando a nociones keynesianas básicas para justificar sus planes intervencionistas. El uso continuo de políticas de gestión de la demanda dirigidas a estimular la actividad económica (gastando dinero recién impreso o tomado prestado durante las recesiones y antes de las elecciones) requiere que entendamos en qué consiste la economía keynesiana y cuáles son sus defectos. También identificar los defectos a nivel del estudiante universitario ayuda a este a evaluar en sus cursos de grado y de nivel superior esas modificaciones modernas como post, neo o nuevo keynesianismo, así como algunas ramas del monetarismo.
El nivel extremo de agregación en la economía keynesiana deja irremediablemente a un lado todo el rango de decisiones y acciones de compradores y vendedores individuales. La economía keynesiana simplemente no trata la oferta y la demanda en el sentido convencional de estos términos. Por el contrario, todo el sector privado se analiza en términos de solo dos categorías de bienes: bienes de consumo y bienes de inversión. Los patrones de precios dentro de estas dos gigantescas categorías sencillamente desaparecen de la imagen. Para empeorar las cosas, el único precio relativo que se mantiene en esta formulación (el valor relativo de los bienes de consumo frente a los bienes de inversión, expresado por el tipo de interés) se supone que, o no funciona en absoluto, o funciona perversamente.

La ignorancia de la escasez de Keynes

La economía prekeynesiana, como la de John Stuart Mill, así como la mayoría de la teoría contemporánea, como la de Ludwig von Mises y F. A. Hayek, destacan la noción de escasez, que implica un equilibrio esencial entre la producción de bienes de consumo y la producción de bienes de inversión. Podemos tener más de unos, pero solo a costa de los otros. La construcción de plantas y equipos adicionales debe facilitarse por un mayor ahorro, es decir, por una disminución en el consumo actual. Por supuesto, esa inversión hace posible que aumente el consumo futuro. Identificar los mecanismos de mercado que asignan recursos a lo largo de tiempo es esencial para nuestra comprensión del proceso de mercado en su capacidad de ajustar las decisiones de producción a las preferencias de consumo. Pero, como Hayek advirtió enseguida, el agregado keynesiano sirve para ocultar estos mismos mecanismos tan esenciales para la asignación intertemporal de recursos y por tanto la estabilidad macroeconómica.
En la teoría keynesiana, la idea resuelta desde hace mucho de un equilibrio de consumo e inversión sencillamente queda apartada. Coherentemente con la supuesta perversidad del mecanismo de precios, los niveles de las actividades de consumo inversión se cree que siempre se mueven en la misma dirección. Más inversión genera más renta, lo que financia más consumo; más consumo estimula más inversión. Esta característica de la teoría keynesiana implica una inestabilidad propia de las economías de mercado. Así que la teoría no es posible que pueda explicar cómo funciona una economía sana de mercado, cómo el proceso el mercado permite que un tipo de actividad se compense frente a la otra.

La teoría del “multiplicador-acelerador”

La inestabilidad propia hace su aparición en los libros de texto como la interacción entre el “multiplicador”, a través del cual la inversión afecta al consumo, y el “acelerador”, a través del cual el consumo afecta la inversión. El efecto multiplicador se deduce del sencillo hecho de que el gasto de una persona se convierte en las ganancias de otra, lo que, a su vez, permite mayor gasto. Así que cualquier aumento en el gasto, ya se origine en el sector privado o en el público, se multiplica través de rondas sucesivas de ganancias de renta y gasto de consumo.
El mecanismo acelerador es una consecuencia de la durabilidad de los bienes de capital, como plantas y equipos. Por ejemplo, una existencia de diez máquinas, cada una de las cuales dura diez años, puede mantenerse comprando una nueva máquina cada año. Un aumento ligero pero permanente en la demanda de consumo en de la producción de las máquinas de, digamos, un 10% justificaría mantener una existencia de capital de once máquinas. Así que el resultado inmediato sería una aceleración de la demanda actual de nuevas máquinas de una a dos, un aumento del 100%.
La teoría del multiplicador-acelerador explica por qué está aumentando el consumo, dado que está aumentando la inversión, y por qué está aumentando la inversión, dado que está aumentando el consumo. Pero es incapaz de explicar qué determina los niveles actuales de consumo e inversión (salvo en términos de uno con respecto al otro), por qué debería estar aumentando a disminuyendo o cómo pueden aumentar ambos al mismo tiempo. A los alumnos se les dejar con la idea general de que las dos magnitudes, inversión y consumo, pueden alimentarse entre sí, en cuyo caso la economía experimenta una expansión económica, o pueden hacerse pasar hambre entre sí, en cuyo caso la economía experimenta una contracción económica. Es decir, la teoría keynesiana explica cómo el mecanismo multiplicador acelerador hace mejor una situación buena o peor una situación mala, pero nunca explica por qué la situación debería ser buena o mala en primer lugar.
Solo en los dos extremos en el nivel de actividad económica es seguro que se produce un cambio en la dirección tanto del consumo como de la inversión. Después de una larga contracción, el desempleo prevalece y la depreciación del capital llega a niveles críticos. Cuando la producción esencial para el reemplazo de capital estimula aún más la vida económica, la macroeconomía empieza una espiral al alza. Después de una larga expansión, la economía llega a sus límites. Se produce un empacho en los mercados, tanto con bienes de consumo como de producción. Los inventarios no vendidos disparan recortes en la producción y despidos de trabajadores, la macroeconomía empieza una espiral a la baja. Keynes sostenía que la economía normalmente fluctúa entre estos dos extremos experimentando una insuficiencia general (y una supersuficiencia ocasional) de la demanda agregada.

El libro de texto del keynesianismo

En las formulaciones simplistas de los libros de texto de macroeconomía, la inversión está sencillamente “dada”; según la fórmula del propio Keynes, la inclinación a invertir de la comunidad empresarial está dirigida por factores psicológicos que se resumen en la sonora expresión “espíritus animales”. Keynes apreciaba que hay algunos “factores externos” en funcionamiento, como los asuntos exteriores, el crecimiento de la población y los descubrimientos tecnológicos. En la práctica, el mercado se considera como una especie de amplificador económico que convierte cambios relativamente pequeños en estos factores externos en grandes cambios en el empleo y la producción. Esta es la visión keynesiana básica.
Se supone que los salarios y los precios, o bien son inflexibles, o bien cambian en proporción directa entre sí. En todo caso, el salario real (S/P) es siempre constante. El nivel real de salarios y precios se cree que está determinado (también) por factores externos, esta vez, sindicatos y grandes empresas. Si el salario real es demasiado alto, habrá desempleo en toda la economía. Habrá trabajo ocioso y recursos ociosos de todo tipo. El coste de oportunidad de volver a poner en marcha estos recursos no es sino ocio perdido, que no es ningún coste en absoluto. La supuesta normalidad del ocio masivo de los recursos asegura que nunca entra en juego el eterno problema de la escasez. William H. Hutt y F. A. Hayek tenían razones para referirse a la economía keynesiana como la “teoría de los recursos ociosos” y la “economía de la abundancia”.
El keynesianismo de libro de texto tiene una cierta coherencia interna o integridad económica. Dada la suposición de que precios y salarios no se ajustan adecuadamente a las condiciones de mercado (es decir, la suposición de que el sistema de precios no funciona), entran en juego las relaciones keynesianas entre los agregados macroeconómicos. Incluso las recetas políticas parecen estar justificadas: si salarios y precios no se ajustan a las condiciones existentes del mercado, entonces las condiciones del mercado deben ser ajustadas (por las autoridades fiscales y monetarias) a los precios y salarios determinados externamente.
Sin embargo, en el análisis final, la teoría keynesiana es una serie de presupuestos que se refuerzan mutuamente pero que son injustificables en su conjunto con respecto a cómo se relacionan entre sí ciertos agregados macroeconómicos. La política keynesiana es una serie de recetas políticas que se justifican a sí mismas. Por ejemplo, si el gobierno está convencido de que los salarios no van a caer y está dispuesto a contratar a los desempleados, entonces los trabajadores desempleados no estarán dispuestos a aceptar un salario por debajo del mercado, garantizando que los salarios no caerán en la práctica. Así que, aunque la intención de la política keynesiana sea estabilizar la economía, el efecto real es “keynesianizar” la economía. Hace que la economía se comporte exactamente de la misma manera perversa que implican las suposiciones keynesianas. Esta enrevesada interrelación entre teoría y política ha ocultado durante mucho tiempo los defectos esenciales de la propia teoría.
Los estudiantes a menudo hacen la pregunta evidente: ¿Por qué la política del gobierno se basa en una teoría tan defectuosa? Desde un punto de vista político, defender e implantar una política keynesiana es la vía segura a la elección y la reelección. Las ganancias de imprimir y gastar dinero son inmediatas, muy visibles y pueden concentrarse en personas que constituyen poderosos grupos de votantes. Los costes de esta política se pagan en una fecha posterior y pueden extenderse con poco impacto sobre toda la población, haciendo la relación entre política y consecuencias a largo plazo difíciles de percibir por los votantes.
El desvanecimiento en años recientes del keynesianismo antiguo en los círculos académicos proporciona poco consuelo. Aunque el número de gestores de la demanda continúa disminuyendo, es a este grupo de economistas en disminución al que los cargos públicos acuden en busca de consejo y acuerdo. Y las oportunidades de asesorar a los círculos del poder en lugar de las aulas de enseñanza son algo de cambia las mentes de algunos economistas acerca de la aconsejabilidad (política si no económica) de gestionar la demanda agregada. Imprimir y gastar dinero en búsqueda de un estímulo a corto plazo, en lugar una estabilidad a largo plazo, sigue estando a la orden del día.
Así que hay buenas razones para estudiar teoría keynesiana: Nos ayuda a entender qué es probable que hagan los cargos públicos en cualquier circunstancia. Pero para entender los efectos reales de sus políticas de gestión de la demanda largo plazo igual que al corto, necesitamos una teoría más ilustradora: una que aprecie lo que las fuerzas del mercado pueden hacer por sí mismas para mantener la estabilidad macroeconómica y como esas fuerzas se ven obstaculizadas por la estabilización proporcionada por el gobierno.
Author: 
Roger W. Garrison received his doctorate degree from the University of Virginia in 1981. He is now Emeritus Professor of Economics at Auburn University in Alabama, where he taught Macroeconomics and History of Economic Thought (among other courses) from 1978 to 2012. He was a Post Doc Fellow at New York University in 1981. He was winner of the Smith Prize in Austrian Economics in 2001 for his book Time and Money: The Macroeconomics of Capital Structure. In 2003 he was named First Hayek Visiting Scholar at the London School of Economics, where he delivered LSE’s First Memorial Hayek Lecture. He served as President of the Society for the Development of Austrian Economics in 2004. His Austrian-oriented writings have appeared in Economic Inquiry, Journal of Macroeconomics, History of Political Economy, Journal of Economic Education, Independent Review, Cato Journal, Journal of Austrian Economics, and in a number of conference volumes and reference volumes. Most recently, his invited chapter titled “Friedman and the Austrians” appears in Robert A. Cord and J. Daniel Hammond, eds., Milton Friedman: Contributions to Economics and Public Policy, Oxford University Press, 2016. 
Roger Garrison is professor emeritus of economics at Auburn University and Associated Scholar of the Mises Institute.
See his web page. Send him mail.
Recent Publications (2012–2016)
Earlier Publications (1979–2012) can be accessed through www.auburn.edu/~garriro.
Garrison, Roger W., “Friedman and the Austrians,” in Robert A. Cord and J, Daniel Hammond, eds., Milton Friedman: Contributions to Economics and Public Policy, Oxford University Press, 2016 (forthcoming).
Garrison, Roger W., “Cycles and Slumps in an Overly Aggregated Theoretical Framework,” in Steven Kates, ed., What’s Wrong with Keynesian Economics, Edward Elgar, Cheltenham, UK, 2016 (forthcoming).
Garrison, Roger W., Review of Randall G. Holcombe, “Advanced Introduction to the Austrian School of Economics, Journal of Economic Literature, 2015 (vol. 53, no. 1): 119-–21.
Garrison, Roger W. and Norman Barry, eds. 2014), Elgar Companion to Hayekian Economics, Edward Elgar, Cheltenham, UK (2014).
Garrison, Roger W., Review Essay: “Alchemy Leveraged: The Federal Reserve and Modern Finance,” Kevin Dowd and Martin Hutchinson’s Alchemists of Loss: How Modern Finance and Government Regulation Crashed the Financial System, The Independent Review, 2012 (vol. 16, no. 3): 435–51.
Garrison, Roger W., “Natural Rates of Interest and Sustainable Growth,” The Cato Journal, 2012 (vol. 32, no. 2): 423–37.

jueves, 5 de marzo de 2020

Si los ingenieros fueran economistas

Si los ingenieros fueran economistas

Es necesario repensar la ciencia económica y abandonar el complejo de querer emular a la física y a su aplicación práctica, la ingeniería


Seguramente han escuchado alguna vez historias sobre errores en la construcción de puentes cuyas mitades no coinciden al llegar al punto de unión. Tal es el caso del que une las orillas alemana y suiza de la antigua ciudad de Laufenburg, dividida en dos por el Rin. Durante su construcción en 2003, los ingenieros descubrieron que llegaban con un desnivel de algo más de medio metro por las diferentes referencias utilizadas para situar el nivel del mar —el Mar del Norte en el caso de los alemanes y el Mediterráneo en el de los suizos— y por un error de cálculo al corregir la diferencia. Afortunadamente, este tipo de fallos es poco frecuente, pero piensen qué ocurriría si los ingenieros acertaran tanto como los economistas. A tenor de los resultados cosechados, especialmente en el campo de la macroeconomía, estos errores serían la norma.
No en vano, en 1997 —10 años antes del estallido de la crisis que pocos supieron ver—, el prestigioso semanario 'The Economist' comenzaba un artículo titulado "The puzzling failure of economics" (el desconcertante fracaso de la economía) preguntándose si el mundo sería un lugar mejor de estar gobernado por economistas. Y en 2009, poco después de iniciarse el ciclo de depresión, que a duras penas estamos superando, afirmaba que “de todas las burbujas económicas que han pinchado, pocas han estallado más espectacularmente que la reputación de la propia ciencia económica” (16/07/2009, "What went wrong with economics", 'The Economist').
De todas las burbujas que han pinchado, pocas han estallado más espectacularmente que la reputación de la propia ciencia económica
Si piensan que exagera, recuerden que en marzo de 2007 Ben Bernanke —presidente en aquel momento de la Reserva Federal norteamericana— afirmaba que “el impacto en la economía en general, y en los mercados financieros en particular, de la crisis de las hipotecas 'subprime' parece estar contenido”. Y lo decía sin ruborizarse y apoyado por el entonces secretario del Tesoro, Henry Paulson. No estuvo más atinado el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe de prospectiva de ese mismo año, al asegurar que “los riesgos generales parecen menos amenazantes que hace seis meses”. Sobre el sistema financiero islandés, mes y medio antes de su colapso, el FMI decía que “sus indicadores financieros están por encima de los requisitos regulatorios mínimos y los test de estrés sugieren que el sistema es resistente”.
Y eso a pesar de que todos ellos disponían —y disponen— en plantilla de un ejército de doctores egresados de las más prestigiosas facultades de económicas del mundo, con un dominio virtuoso de las más avanzadas técnicas matemáticas, estadísticas y computacionales solo al alcance de cerebros privilegiados. Además de acceso a un ingente volumen de datos económico-financieros y la capacidad informática para procesarlos y realizar los cálculos más complejos. Sin embargo, pese a todo ese despliegue, por cada predicción acertada, pueden encontrar cientos de predicciones erradas. Lo cual hace pensar que un eventual acierto, más que mérito del modelo utilizado, es el resultado puro de la providencia. A fin de cuentas, hasta un reloj estropeado da bien la hora dos veces al día.
De hecho, en 2001 el economista del FMI Prakash Loungani analizó el grado de acierto de las predicciones económicas a lo largo de los años noventa y llegó a dos conclusiones: (i) que las predicciones de los diferentes organismos eran prácticamente las mismas, y (ii) que la capacidad predictiva de todos ellos era terriblemente mala. El mismo autor, con la ayuda de otro colega, volvió sobre el mismo tema ya en plena crisis y, analizando las estimaciones sobre 77 países, se encontró con que, de los 49 países en recesión en el año 2009, ni un solo economista había sido capaz de anticipar la recesión en septiembre del año anterior. No ha sido el único en analizar la cuestión: por ejemplo, en 2012, los economistas Volker Wieland y Maik Wolters también ilustraron con datos el estrepitoso fracaso de los modelos macroeconómicos a la hora de acercarse siquiera a prever la Gran Recesión.

Finalizamos el repaso con otro 'paper' de 2014 del FMI en que el organismo internacional se compara con otras instituciones que también realizan proyecciones económicas. Seguro que no les sorprende el resultado: en efecto, no son ni mejores ni peores que otros gabinetes de análisis. Pero más interesante aún es el descubrimiento de que, pese a cierto sesgo optimista en época de recesiones, todos se equivocan por igual medida tanto al alza como a la baja. Si observan el gráfico a continuación, que representa en cuánto se han equivocado los economistas prediciendo el crecimiento mundial en cada año concreto, tomando como referencia la estimación hecha en primavera de ese mismo año, podrán notar que el error es prácticamente aleatorio, lo que convierte a mi hijo de nueve años tirando un dado en un predictor casi tan bueno como los doctores del FMI.

Teniendo en cuenta que el crecimiento real del PIB mundial en esos años ha sido en promedio del 3%, oscilando entre el 4,6% y el 1,3% (exceptuando 2009, cuando fue -1,7%), tener un error de un punto porcentual en la estimación del crecimiento no es cosa baladí. Predecir un 3% y que sea un 4% es un error del 25%. Imaginen que un ingeniero se equivoca calculando un puente en un 25%. Mejor no pensarlo, ¿verdad? Pues los economistas de los organismos internacionales lo hacen continuamente.
El problema es que los errores en las proyecciones económicas no son inocuos para los ciudadanos. El concepto de que la economía consiste en realizar predicciones suele asociarse al célebre economista defensor del 'laissez faire' —y tan errado en esta cuestión—, Milton Friedman, que sostenía que la tarea de la economía como ciencia positiva es proporcionar un sistema teórico que pueda utilizarse para hacer predicciones acertadas sobre las consecuencias de cualquier cambio en las circunstancias y que, por lo tanto, cualquier conclusión de política económica necesariamente se apoya en una predicción. De ahí que los aspirantes a ingenieros sociales se afanen en concebir motores de cálculo y diseñar modelos que les proporcionen una guía para manipular las variables económicas y lograr el pleno empleo. Como si la economía se comportara cual artefacto mecánico, cosa que no es.
De ahí que los aspirantes a ingenieros sociales se afanen en concebir motores de cálculo y diseñar modelos que les porporcionen una guía
Todos los estudios mencionados tratan de explicar las causas del desastroso acierto de la profesión económica haciendo predicciones, pero yerran estrepitosamente a la hora de determinar las raíces últimas de la incapacidad para hacer proyecciones mínimamente solventes. No se trata de un problema técnico ni de falta de sofisticación matemática, ni de insuficiente capacidad informática para manejar grandes cantidades de datos. No, el problema es la pertinaz insistencia de los economistas en construir modelos que, por diseño, pasan por alto los elementos clave de la acción humana, que en última instancia son de los que se derivan los resultados en la vida real. La economía no se puede manejar con ecuaciones diferenciales como quien diseña un puente o un túnel, pero los economistas se empeñan en hacerlo como si fueran ingenieros.
Los modelos empleados en hacer proyecciones —y tomar decisiones de política monetaria y fiscal que nos afectan a todos— están basados en una teoría, la llamada neoclásica, que descansa en hipótesis que no son consistentes en absoluto con la realidad. Los protagonistas de la economía no somos seres inanimados o autómatas programables que siempre reaccionan de igual forma a los mimos estímulos. Los protagonistas somos seres humanos, concebimos subjetivamente nuestros fines y los perseguimos, estimando los medios necesarios y descubriendo en este recorrido vital nuevos fines y nuevos medios. No hay fórmula matemática, ni supercomputador, ni PhD de Chicago o el MIT que pueda modelar el comportamiento individual, subjetivo y privativo de las personas.
De ahí que sea necesario repensar la ciencia económica y abandonar el complejo de querer emular a la física y a su aplicación práctica, la ingeniería. Hay que asumir el fracaso del modelo actual basado en caricaturas del ser humano y en la falsa sensación de precisión matemática, y apostar por métodos científicos más acordes a la realidad, basados en la acción humana. Los economistas no son, ni nunca serán, ingenieros.